Me detuve un instante frente a The Church, el famoso restaurante de Dublín, conocido principalmente por su curiosa ubicación. Había comenzado a llover, lo que no era extraño, en aquel país el tiempo cambiaba cada cinco minutos y era una seña de identidad: four seasons in one day.
Cambié mi peso de un pie a otro y dejé que la nostalgia me invadiera. Lo había visitado por primera vez, hacia ahora cinco años, en un viaje de fin de carrera con mi mejor amiga Isabel. Mi propósito fue claro desde el principio: conquistar a su hermano Marc, del que yo estaba enamorada desde mi adolescencia. Marc era un hombre difícil de olvidar, deportista y un estudiante brillante. Alto, con el pelo negro de textura suave y ondulada. Siempre lo llevaba corto, pero se adivinaba la independencia de sus rizos, creando una imagen de travieso seductor. Sus ojos de ébano destellaban en contraste con su rostro siempre bronceado. Tenía una mirada atrayente y atractiva. En realidad, era imposible resistirte a él, a su magnetismo y seguridad. Hay personas que nacen con el don del éxito, y él era una de ellas. Sin embargo, no adolecía de un profundo egocentrismo, sino que era cercano y amable, incluso simpático, esto último siempre conmigo. Y yo, durante años, tuve la sensación de que no me tomaba en serio, que nunca llegaría a ser para él nada más que una amiga. Pretendía que ahora, que me había convertido en una mujer, no me mirara solo como a la simpática compañera de su hermana pequeña.
―¿Es éste el restaurante?―pregunté a Isabel con un deje de incredulidad palpable en la voz.
―Sí, es una iglesia reconvertida en pub, restaurante, sala de fiestas… una mezcla un poco extraña, pero que todos los turistas deberían visitar en Dublín ―afirmó ella sonriendo.
Me alisé el vestido negro y me ajusté la cazadora de ese color, atusándome el pelo largo, haciendo que éste volara alrededor de mi rostro arrebolado por la excitación.
―¿Tú crees…? ―Hice una pausa armándome de valor―. ¿Tú crees que se alegrará de verme?
Isabel me miró enarcando una ceja y después paseó la mirada por todo mi cuerpo.
―Si no lo hace, es que tengo un hermano tonto de remate ―remarcó cogiéndome del codo―. Venga, que llegamos tarde.
Y sin darme tiempo a replicar nada más, me empujó hasta la entrada, dónde un guardia de seguridad nos abrió la puerta y nos saludó con una leve inclinación de cabeza. Una vez en el interior, tuve que adecuar mi vista a la oscuridad, pues apenas estaba iluminada por velas situadas de forma estratégica en los salientes de piedra; las pequeñas mesas y las enormes vidrieras del piso superior conferían al lugar un ambiente mágico. La camarera, viendo nuestro desconcierto, acudió a ayudarnos y nos explicó el funcionamiento del mismo. Carta de la izquierda: piso inferior con acceso al espectáculo de baile tradicional y más informal; carta de la derecha: piso superior con mesas dispuestas para una cena con platos más elaborados. Isabel y yo nos miramos sin saber dónde acudir, hasta que vimos asomar la cabeza morena de su hermano por el otro lado de la barra, llamándonos.
El corazón me dio un vuelco y casi dejé de respirar por un momento. Se había dejado crecer el pelo, que le caía desordenado, dándole una apariencia de ejecutivo despistado. Su sonrisa seguía siendo la misma, abierta y franca. Directa a producir un cataclismo en mi interior. Sin poder apartar la mirada de él, me dejé arrastrar de nuevo por Isabel, que una vez lo tuvo frente a ella, corrió a sus brazos. Marc la recogió y le besó la coronilla, para después levantarla y hacer que ella pataleara, entre divertida y enfadada. Me quedé apartada y algo cohibida. Sentí unos ojos fijos en mí y desvié la mirada hacia el otro ocupante de la pequeña mesa junto a la ventana. Era un joven de la misma edad que Marc, con el pelo largo, recogido en una pequeña coleta en la nuca, de la que se desprendían algunos rizos del color del trigo en verano. Sus pupilas verdes me observaban con un punto de interés y de diversión. Le sonreí. Él se levantó y se acercó a mí.
―Hola ―pronunció en un castellano torpe con una profunda voz varonil―. Tú debes ser Paula. Yo soy Patrick, el compañero de Marc.
Me tendió una mano y yo se la cogí. Solo en ese momento levanté los ojos y me fijé con más detenimiento en aquel hombre. Llevaba un jersey negro de pico, del que asomaba una camiseta del mismo color, y unos vaqueros desgastados. Sonrió con amplitud y arrugas de satisfacción le circundaron los ojos verdes, como si fuera un pequeño diablillo.
―¿He pasado el examen? ―inquirió enarcando una ceja.
Me ruboricé y agaché la cabeza, soltándome de su mano. En ese momento, Marc se acercó a mí y me dio dos besos, uno en cada mejilla, invitándome a sentarme con un gesto de la mano. Lo hice, sin dejar de observar cada uno de sus movimientos, hasta que una voz grave, interrumpió mis devaneos mentales.
―Tú sí ―afirmó Patrick.
―¿El qué? ―pregunté con cortesía, sin apenas mirarlo.
Él cogió mi mano y me obligó a dirigir mi rostro hacia él.
―Tú sí has pasado con nota ―murmuró con voz ronca, y se concentró de nuevo, con gesto divertido, en la carta.
Suspiré hondo y soporté la congoja que amenazaba con estrangular mi garganta, dirigiéndome con paso firme hasta la entrada del restaurante. En aquellos pocos pasos, aproveché también para maldecir mentalmente a Marc por citarme allí, ya que sabía que aquel restaurante era en el que Patrick y yo celebrábamos nuestro aniversario de boda cada año. Era nuestro lugar. Saludé al guardia, al que ya conocía por las numerosas veces que lo visitaba, y me dirigí con decisión a la mesa en la que sabía que Marc me esperaba. La mesa junto a la ventana que daba a una pequeña terraza, ahora vacía, donde las hojas del árbol que daba algo de sombra eran golpeadas sin piedad por las gotas de lluvia que caían con furia sobre ellas. Como si el cielo quisiera estar en consonancia con mis sentimientos.
Él se levantó nada más verme y se acercó a mí. Me dio un cálido beso en la mejilla y me indicó que me sentara. Pensé que nada, en estos cinco años transcurridos, había cambiado. Llevaba un traje gris oscuro sobre una camisa de un blanco inmaculado. Su cabello seguía siendo negro como el petróleo y se ondulaba en las puntas. Observé de refilón cómo varias miradas femeninas lo examinaban apreciativamente. Seguía poseyendo esa seguridad de caballero victoriano que provocaba que te sintieras cómoda con él a tu lado.
―Bueno, ¿y qué es eso tan importante que tenías que decirme? ―pregunté enarcando una ceja en su dirección.
Sus ojos de color caoba se posaron en mi rostro y lo escrutaron con detenimiento. Me agité algo nerviosa sobre la silla. Su mirada siempre había sido capaz de provocar que todo mi cuerpo se tensara. Iba a hablar cuando sonó su teléfono. Comprobó la pantalla y maldijo en voz baja.
―Disculpa, tengo que contestar ―murmuró.
Sonreí con levedad y ojeé la carta, distraída, mientras le daba algo de intimidad. Escuché una exclamación sonora a mi derecha y giré la cabeza hacia la joven que reía en una mesa cercana. Cerré los ojos y exhalé aire con suavidad.
―Bueno, ¿y qué es esa cosa tan importante que tenías que decirme?―pregunté elevando los ojos de la cerveza cuando Patrick se acercó a mí. Percibí, por su cabello salpicado de pequeñas gotas de agua transparentes, que había comenzado a llover. Él se detuvo a solo un paso de mi mesa y resopló, a la vez que se alisaba el pelo despeinado. Sonreí de forma inconsciente, adorando ese gesto que se había convertido en familiar.
―No puedes irte ―barbotó de forma rápida y después, incongruentemente, me ofreció una sonrisa deslumbrante.
―Dentro de cuatro horas cojo el avión de regreso a Madrid. Se han acabado mis vacaciones, ya lo sabes ―respondí algo confusa.
Llevaba varios días debatiéndome entre el deseo de decirle lo que sentía y la tristeza ante la separación. Unos días demasiado cortos, unos días llenos de esperanza en los que habíamos pasado juntos todos y cada uno de los minutos que su absorbente trabajo le permitía. Habíamos hablado, reído, compartido confidencias como dos íntimos amigos, cuando en realidad apenas nos conocíamos. Pero aquello no resultaba extraño, al contrario, yo tenía la sensación de que nos habíamos encontrado después de una larga separación, como si fuéramos almas destinadas a unirse. Lo que me preocupaba era que él no sintiera lo mismo.
―Quiero que tengamos un hijo ―aseveró, todavía de pie. Y esta vez, su rostro se mostró serio.
―¡¿Qué?! ―exclamé atragantándome con un sorbo de cerveza. Tosí y lo miré estupefacta.
―No lo estoy haciendo muy bien, ¿verdad? ―murmuró y se mostró compungido. Yo sonreí algo nerviosa como respuesta―. Tenía, en realidad, tengo todo apuntado en este papel. ―Sacó una pequeña cuartilla arrugada del bolsillo trasero de su pantalón vaquero y la desplegó en su mano―. Lo primero: besarla, después decirle que la quiero. ―Levantó la vista un momento del papel y me lo mostró―. ¿Ves? Aquí está. Luego pedirle que se case conmigo. ―Escuché risitas nerviosas provenientes de un grupo de mujeres sentadas en la mesa más próxima a la mía y abrí la boca totalmente sorprendida, sin saber cómo reaccionar. Él asintió con la cabeza, como si hablara consigo mismo y después me miró confiado―. Todo ordenado. Lo siguiente, el anillo. Te he comprado un anillo ¿sabes? Quería hacer todo lo correcto ―afirmó y se palpó el bolsillo de la camisa y después frunció el ceño―. ¡Joder! Me lo he dejado en el despacho. ―Sonrió algo atribulado―. No te importa que no haya anillo, ¿no? ―Sin esperar mi respuesta, fijó la vista de nuevo en el papel―. ¡Mierda! ―masculló entre dientes―. Lo principal era decirte que estás preciosa. ―Sus ojos verdes, chispeantes, chocaron con los míos―. Estás preciosa ―afirmó con convicción y se volvieron a escuchar risas a nuestro alrededor―. Y bien ―continuó él impasible―, ¿cuál es tu respuesta?
―¿A qué pregunta? ―acerté a decir cuando pude cerrar la boca.
―A cualquiera de ellas ―sonrió confiado y guiñó el ojo a las mujeres que seguían cuchicheando y riéndose.
―Es que… no estoy segura de que hayas planteado ninguna pregunta ―balbuceé.
―Me lo vas a poner difícil, ¿verdad? ―pronunció con voz grave y procedió a arrodillarse, lo que provocó un gran revuelo a nuestro alrededor. Incluso la música había bajado el volumen y los comensales y camareros se habían reunido para observar la escena.
―¡Levántate! ―siseé ruborizada.
Pero él me ignoró y se mostró todavía más persuasivo.
―Paula, hoy estás preciosa. Ahora voy a besarte, pero antes quiero pedirte que te cases conmigo y también deseo tener un hijo contigo, o dos, o tres si tú quieres. Pero sobre todo, quiero decirte que mi vida cambió cuando te vi aparecer aquí mismo, hace un mes, y supe en ese instante que no te dejaría escapar. ¿Qué me dices? ―preguntó de nuevo sosteniéndome la mano e inclinando la cabeza como un caballero medieval, lo que provocó nuevas risas alrededor.
―Empieza por besarme, Patrick. Lo demás es negociable ―respondí reprimiendo una carcajada de felicidad.
―Paula, ¿estás aquí?
Escuché la voz de Marc llamándome y parpadeé, alejando con ello mis recuerdos.
―Dime ―contesté y me masajeé el hombro derecho de forma inconsciente.
―¿Todavía te duele? ―inquirió con gesto preocupado.
Con el paso de los años, Marc había acabado convirtiéndose en uno de nuestros mejores amigos. Conocía a Patrick porque compartían piso y trabajo, ambos eran analistas informáticos, y yo estuve viviendo con ellos durante bastantes meses, hasta que conseguimos alquilar un pequeño apartamento cerca del centro. A veces, cuando lo recuerdo, todavía me asombra la capacidad de reinventarse del ser humano. Siempre pensé que no habría otro hombre del que me pudiera enamorar que no fuera Marc, sin embargo, él nunca mostró sorpresa ni desagrado por nuestra relación, y ello me descubrió que yo sí que estuve enamorada de él, pero él no de mí.
Nuestra historia jamás se escribió.
―Solo a veces. ―Sonreí restándole importancia―. ¿Va a venir Mary?
Su rostro se ensombreció y negó con la cabeza.
―Mary y yo lo hemos dejado ―explicó mesándose el pelo con gesto cansado.
―Vaya, lo siento ―dije y le cogí la mano para apretársela con fuerza―. ¿Quieres hablar de ello?
Mary y Marc habían comenzado a salir juntos hacía ya más de un año. Ella era una compañera de trabajo. Una joven irlandesa pelirroja y alegre, que parecía congeniar a la perfección con el carácter apacible y sencillo de Marc. Sin embargo, no fue la única. Hubo muchas mujeres en la vida de Marc en cinco años. Siempre que celebrábamos algo importante, se presentaba con una nueva conquista. Y a todas acababa abandonando. Lo sabía porque yo solía ser su paño de lágrimas. Buscaban en mí una explicación que solo correspondía dar al interesado.
―No hay mucho que decir. Ella quería algo más serio y yo no estaba preparado ―masculló.
Solté una brusca carcajada y él me miró con gesto hosco.
―La historia de siempre ―me disculpé sin disculparme―. ¿Cuándo vas a sentar la cabeza de una vez por todas?
―Cuando la chica de la que estoy enamorado deje de darme esquinazo. ―Sonrió de forma sesgada y se formaron dos hoyuelos en sus mejillas.
Hice una mueca y solté su mano como si quemara. Nunca sabía con certeza si hablaba en serio o en broma, solo sabía que no me gustaba ese juego peligroso de seducción. Todo había comenzado el mismo día que Patrick me declaró su amor. Cuando regresamos juntos al apartamento, nos esperaban Isabel y su hermano. Les contamos que habíamos decidido que viviríamos juntos y que no regresaría a Madrid. Las reacciones de los dos fueron totalmente diferentes, mientras Isabel se enfureció diciéndome que cometía una locura, Marc adoptó un papel indiferente. Le dio un fuerte apretón en la mano a Patrick, le palmeó la espalda, lo denominó «campeón» y con posterioridad, sonriéndome a mí, le dijo de forma textual: «Eres un maldito cabronazo. ¿Sabes que me has robado a la chica de mis sueños?». Eso distendió el ambiente, otra cualidad loable de Marc, que sabía desenvolverse en cualquier situación. Pero a mí siempre me quedó la duda de si bromeaba o escondía una verdad tras una máscara de falsa aceptación. Después de aquello, situaciones parecidas se habían desarrollado en lugares y momentos distintos. Patrick afirmaba que no le importaba y se jactaba de haber sido el ganador. Yo, con sinceridad, me sentía incómoda cuando el tema surgía. Lo que, por fortuna, no había vuelto a suceder en el último año. Para mí, Marc había sido mi primer amor, pero Patrick era mi amor. La diferencia no solo estivaba en los tiempos verbales.
―Voy a pedir ―dije levantándome de pronto. Él suspiró y se reclinó en la silla. Antes de que le diera tiempo a la camarera a acercarse a nuestra mesa, yo me aproximé a la barra con el teléfono en la mano.
Pedí dos pintas de Ghinnes negra y aproveché para llamar a Patrick. Me detuve un instante mirando con fijeza la fotografía que adornaba la pantalla de bloqueo de mi teléfono. Patrick sonriéndome de forma sesgada desde su mesa de despacho. Llevaba puesta la camisa que le regalé en su primer cumpleaños que celebramos después de nuestro enlace.
―Gracias, mi vida. ¿Una camisa? ¿Cómo sabías que era eso lo que más deseaba? ―preguntó cuando le entregué el paquete antes de que saliera para su trabajo.
Me percaté de su fina ironía y de su forma sarcástica de enarcar las cejas, y lo miré con detenimiento desde mi refugio en la cama.
―Lee la nota ―le insté susurrando.
Él entornó los ojos en mi dirección, y yo no pude evitar una sonrisa traviesa que me atravesó el rostro. Frunció el ceño y se dispuso a leerla.
―¿Hoy no entro a trabajar hasta dentro de tres horas? ―inquirió bastante extrañado.
―Sí, hablé con Marc y te ha conseguido un pequeño descanso. Últimamente trabajas mucho.
―Pero, me acabo de duchar y vestir. ¿Qué se supone que debo hacer ahora? ―exclamó desconcertado.
―¿Qué es lo que más deseas? ―pregunté yo a mi vez.
―Sabes que eres tú ―contestó y sus pupilas verdes brillaron con anticipación, adivinando la sorpresa.
―Pues ven ―pronuncié de forma seductora―, y recoge tu regalo.
Aparté las mantas y dejé ver mi cuerpo desnudo.
Él se acercó con lentitud, con una mirada oscurecida y expectante. Se inclinó sobre mí y me besó en los labios a la vez que se deshacía de su corbata.
―Me alegra que no vengas envuelta en nada ―murmuró mezclando nuestros alientos.
Respiré hondo y aparté ese recuerdo de mi mente. Después marqué el contacto y esperé a escuchar su voz profunda.
«Hola, soy Patrick. Ahora no puedo atenderte. Por favor, deja tu mensaje y te llamaré lo antes posible.»
Colgué sin dejar ningún mensaje y regresé a la mesa, donde esperaba, pacientemente, Marc.
―¿Me dirás ahora por qué me has citado aquí? ―pregunté dando un sorbo a la cerveza.
―Me voy de Dublín. Regreso a España ―murmuró observándome con atención.
Enarqué las cejas con muda sorpresa y esperé alguna explicación más por su parte.
―Y quiero que te vengas conmigo ―aseveró.
No era esa la explicación que esperaba y me atraganté, tosiendo sin disimulo alguno.
―¡¿Qué?! ―exclamé indignada.
―Me han ofrecido un puesto en la delegación de Madrid. Es una oportunidad que no puedo rechazar ―explicó con voz serena.
―¡Eso es imposible! ¿Y Patrick? ―farfullé abriendo los ojos de forma exagerada.
―Lo que más me importa de Dublín eres tú y no estoy dispuesto a dejarte aquí ―continuó él ignorando mis protestas.
―No puedo dejar a Patrick ―murmuré preguntándome si se habría vuelto loco.
Él, al parecer, me leyó el pensamiento.
―No estoy loco. Sé que Patrick lo entenderá ―afirmó.
Abrí la boca para lanzarle un improperio, maldecirlo o directamente escupirle, pero la cerré con fuerza cuando él prosiguió su discurso.
―Te quiero, Paula. ―Hizo una pausa y me miró con algo de tristeza―. He estado enamorado de ti desde siempre y fui yo quien propuso a mi hermana que vinierais aquel verano. Vi mi oportunidad, y ella solo puso una condición: que le buscara un amigo de confianza para no quedarse abandonada ese mes. Se lo comenté a Patrick y él aceptó. Todo se torció cuando él no te dejó abandonada a ti y sí a mi hermana. Nunca pude perdonárselo.
―Tuviste infinidad de oportunidades de decirme que yo te importaba más que una simple amiga de tu hermana, y jamás lo hiciste ―le acusé.
―Eras solo una niña ―se defendió él.
―Dejé de ser una niña hace mucho tiempo, Marc ―exclamé comenzando a enfadarme.
―Sí, y entonces yo emigré a Irlanda para buscarme la vida. Pero nunca te olvidé. Cuando pensé que podía conquistarte, apareció Patrick ―murmuró.
Me froté las sienes con los dedos, buscando una solución, una explicación, un sentido a toda aquella conversación. Pero no lo conseguí.
―Fuiste nuestro padrino de boda ―musité con desconcierto.
―En realidad, quería ser el novio. ―Sonrió de nuevo con bastante melancolía.
―Nunca dijiste nada ―rebatí de nuevo.
―No podía hacerlo. Tú y él compartíais algo especial y decidí apartarme. ―Frunció los labios como si le doliera pronunciar esas palabras.
―Recuerdo que tu discurso de padrino fue realmente emotivo ―farfullé de forma incoherente.
―Y yo recuerdo que después me emborraché hasta conseguir olvidar todo lo sucedido ―contestó él con rapidez.
―Todas tus bromas…
Él no me dejó continuar.
―No eran bromas ―afirmó, y percibí la tensión en cada músculo de su cuerpo.
―No puedo abandonarlo ―expresé con seriedad.
―Solo te estoy pidiendo una oportunidad. Sé que al principio será difícil, pero conseguiré que te enamores de mí. Conseguiré recuperarte.
―Nunca me tuviste.
―Esperé demasiado tiempo. Esta vez no lo haré.
―No, no, no ―dije de forma mecánica negando también con la cabeza y sentí que las lágrimas arrasaban mis ojos cansados―. ¿Cómo puedes hacernos esto?
―Porque tengo que hacerlo ―aseveró formando una línea recta con sus labios.
―Debo hablar con él. Necesito hacerlo ―balbuceé sintiendo que toda mi estabilidad se tambaleaba.
―Te acompañaré. Lo haremos los dos ―dijo levantándose con ímpetu y arrastrándome a mí con él.
Lo seguí como si caminara entre la niebla, sin percibir el contorno de los objetos que me rodeaban ni del hombre que me cogía la mano con firmeza. Solo había una cosa que escuchaba por encima del ruido de las conversaciones murmuradas y la música, el retumbar de mi propio corazón.
Al salir a la calle, respiré aire como si me faltara y gemí en voz alta. Sin embargo, Marc no se detuvo. Me guio hasta un aparcamiento cercano y abrió la puerta de su coche para darme paso. Fruncí los labios y comencé a temblar.
―No puedo ―susurré.
―Confía en mí, Paula ―dijo y cogió mi barbilla para obligarme a enfocarlo. Sus ojos marrones poseían una profundidad atrayente e hipnotizadora. Asentí con levedad y me senté en el asiento del copiloto. Me puse el cinturón con manos torpes y jadeé con nerviosismo.
Al poco rato, habíamos salido ya del tráfico de la ciudad e internado en la planicie irlandesa. Oscureció rápido y las sombras de los pequeños bosques que colindaban la carretera se convirtieron en algo amenazante y aterrador. Me aferré con fuerza al cinturón de seguridad sin conseguir respirar. Marc sujetaba el volante con serenidad, sin embargo, sus puños estaban cerrados y su gesto, tenso. De vez en cuando me miraba de reojo y apretaba los labios con preocupación. El aire se volvió denso y sentí que me estaba ahogando.
―¡Para! ―supliqué.
Él giró de forma repentina para coger una intersección a la izquierda que desembocaba en un pequeño restaurante de carretera. Detuvo el coche y apagó el motor. Antes de que le diera tiempo a preguntar nada, salí corriendo del automóvil y me paré, jadeando y sujetándome las costillas, a unos metros. Al instante lo tuve junto a mí, sosteniéndome para que no cayera al suelo. De improviso, los focos de otro coche que aparcaba me deslumbraron y emití un grito desgarrador.
―¿Crees que conseguiré caerle bien a tu madre algún día? ―Me volví hacia Patrick, que conducía con solo una mano de forma tranquila, y él me sonrió.
―Ella te adora, como toda mi familia ―respondió.
―Pues si me adora, no quiero saber qué les dice y hace a los que odia. ―Bufé haciendo volar mi flequillo, y él prorrumpió en sonoras carcajadas.
―¿No es suficiente con que yo te quiera? ―inquirió todavía mostrando una sonrisa arrebatadora.
Hice un mohín y le cogí la mano para acariciarla con ternura.
―Para mí lo es todo. No necesito nada más ―afirmé con un nudo en la garganta.
―Te equivocas ―murmuró y de improviso soltó mi mano y aferró el volante girándolo con brusquedad―. Pero ¿qué demonios…?
Me golpeé contra el respaldo y gemí. Instintivamente intenté sujetarme al asiento ante el impacto que procedió al deslumbramiento por los focos de otro automóvil que venía hacia nosotros a gran velocidad. No me dio tiempo a pensar o a decir nada más. No recuerdo si estuve inconsciente o si olvidé retazos de aquellos momentos robados a la vida. Solo recuerdo que vi el rostro de Patrick vuelto hacia mí, que su frente tenía un profundo corte y sangraba con profusión. Y parecía dormido. Tenía una expresión plácida y serena.
―¡Patrick! ―grité con voz ronca intentando deshacerme del cinturón de seguridad para acceder hasta él.
Él abrió los ojos con lentitud y suspiró. Su mano serpenteó con torpeza hacia la mía y ambas se tocaron.
―Mi amor, ¿estás bien? ―pronunció casi sin voz.
―Sí ―afirmé sintiendo cómo las lágrimas se deslizaban por mis mejillas sin que pudiera reprimir el dolor que comenzaba a sentir en el hombro derecho.
―Te equivocas ―repitió de nuevo, como si no hubiéramos tenido un accidente―. Tú lo eres todo para mí. Sin ti, estoy perdido.
Cerró los ojos y yo grité de nuevo pidiendo ayuda.
―¡Tengo que llamarlo! ―aullé deshaciéndome del abrazo de Marc―. ¡Necesito escuchar su voz!
Saqué el teléfono del bolso y éste cayó al suelo, rebotando en una piedra. Marc lo alcanzó antes que yo y se lo guardó en el bolsillo de la americana del traje gris.
―¡No! ―grité golpeándole con los puños―. ¡Devuélvemelo!
―No lo haré. Cálmate, Paula. Por favor, mírame. ―Su voz me llegaba lejana, como de un lugar escondido entre las montañas, devolviéndome el eco de mis sueños perdidos.
Levanté la vista y él me sujetó los hombros con sus fuertes manos.
―Devuélvemelo ―supliqué.
Se rindió y dejó el teléfono en mi mano derecha. Con un solo dedo desbloqueé la pantalla, emití un gemido quedo quedándome de nuevo mirando con fijeza su fotografía y seleccioné su contacto. Después, escuché. Escuché la voz de mi marido, aquel que había llegado a amar por encima de todo, dejando mi vida atrás para enfrentarme a un nuevo destino con él. Su voz profunda hacía que, aunque únicamente fuera unos instantes, mi mente y mi cuerpo se evadieran.
«Hola, soy Patrick. Ahora no puedo atenderte. Por favor, deja tu mensaje y te llamaré lo antes posible.»
Otra voz, más suave, casi acariciadora, me devolvió con brusquedad a la realidad que me rodeaba.
―No dejaré que sigas torturándote llamando a su teléfono una y otra vez. Escuchando una voz que nunca volverás a oír en vida. Una voz que jamás regresará ―susurró y me cogió el teléfono para guardárselo en el bolsillo de su chaqueta del traje.
―Él lo era todo, Marc. Tú no lo entiendes. ―Me rendí ante él y ante el mundo.
Sollocé, y él me acogió entre sus brazos.
―Lo vi morir, murió junto a mí y no pude hacer nada. En un instante mi vida se convirtió en un infierno y no fui capaz de hacer nada ―continué entre hipidos y gemidos.
―No pudiste evitarlo. Nadie pudo. Y no puedes seguir castigándote y escondiéndote de todos, porque no te dejaré ―expresó pasando su mano a lo largo de mi columna vertebral una y otra vez, sin descanso.
―Ya no sé qué voy a hacer ―dije perdiendo las fuerzas.
―Vendrás conmigo y empezaremos de nuevo ―contestó.
Me aparté con suavidad y observé su rostro, en otro tiempo tan querido, ahora ensombrecido por la preocupación y las dudas.
―Lo sigo amando ―confesé finalmente.
Él suspiró hondo y me abrazó con más fuerza todavía.
―¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no sé a lo que me enfrento? Una vez me aparté de la lucha, como un caballero. Ahora no lo voy a hacer. Juntos lo superaremos y estoy seguro de que con el tiempo llegarás a amarme como sé que me amabas antes de que él apareciera ―susurró con voz ronca.
―¿Cómo puedes estar tan seguro? ―inquirí aspirando su olor tan familiar, relajándome por fin, entre sus brazos.
―Porque tú lo eres todo para mí. Lo has sido siempre. Busqué a otra que te reemplazara durante años y no lo conseguí. No me alegro de que Patrick muriera, sabes que era mi mejor amigo, pero también me hizo un regalo: poder recuperarte ―aseveró cogiéndome con una mano la barbilla para que le mirara.
Y en sus ojos vi amor, vi un amor que no quise reconocer durante años, escondido en una apariencia de eterno casanova. Por primera vez, vi al hombre que se ocultaba tras un rostro de seductor y carismático triunfador. Por primera vez, vi a Marc. Al Marc que había inundado mis sueños adolescentes de promesas incumplidas.
―Yo… no sé si… ―balbuceé de forma incoherente.
Él me acarició el pelo y su dedo índice recorrió mis labios. Recogió una lágrima furtiva de una de mis mejillas y esbozó una sonrisa triste.
―Solo te pido una oportunidad ―murmuró.
―Una oportunidad ―repetí yo, sintiendo el calor que emanaba su cuerpo, la seguridad que imprimía a cada gesto y acción.
Apoyé mi rostro sobre su pecho y escuché su fuerte corazón retumbando al igual que estaba haciendo el mío. Dos corazones que habían perdido. Dos corazones que vieron deslizarse su oportunidad diluida en el tiempo.
―Sí ―susurré tan silenciosamente que no estuve segura de si él me escuchó.
Lo escuché suspirar hondo y se apartó unos centímetros, solo para cogerme el rostro con ambas manos. Se inclinó despacio y con incalculable ternura besó mis labios.
―Déjame escribir nuestra historia ―pidió junto a mi boca.