País Relato - Autores

carlos saiz cidoncha

racismo

Fueron los niños quienes le descubrieron, los niños que se habían alejado en sus juegos por las últimas cavernas apenas exploradas, aquellas que las viejas leyendas decían más próximas a la Superficie.
Avanzaba sollozando a la suave luz fosforescente de los microhongos, tanteando ante sí como si estuviera ciego.
—Mira —susurró la pequeña Lain—, es un hombre.
—¿Pero quién es? —respondió Hut en el mismo tono—. No es nadie a quien conozcamos.
—¡Cuidado! —exclamo un tercer niño.
El hombre se detuvo, e incluso retrocedió un paso, medroso.
—¿Quién hay ahí? —grito—. ¿Quién hay ahí?
Los chicos se pegaron al suelo, asustados. Pero aquel extraño personaje no podía causarles miedo por mucho tiempo. Adelantó un brazo y, al dar un paso hacia un lado, tropezó y estuvo a punto de caer.
Una triple risita brotó del grupo infantil.
—¿Quiénes sois? —gritó de nuevo el hombre—. Ohl, debo de estar enloqueciendo ya… ¿Quién se ríe en la oscuridad? ¿Sois personas, o demonios?
Hut, como persona mayor del grupo (tenía diez años cumplidos), se creyó en el deber de hablar:
—Soy Hut —dijo simplemente.
—Yo soy Lain —siguió la niña.
—Y yo, Perth.
—¿Quién eres tú?
El hombre se sentó en el suelo y, para sorpresa de los niños, se echó a reír.
—Voces, voces que me hablan en la oscuridad —murmuró—. Es el delirio, me estoy muriendo. ¿O no? ¿Sois reales? ¿Sois personas de verdad?
—Soy Hut —dijo de nuevo el niño mayor.
—Yo soy Lain.
—Y yo, Perth.
—¿Quién eres tú?
—Soy Lee, Adam Clayton Lee… —la voz del hombre era espasmódica—. Pero si sois personas de verdad… venid a ayudarme, por favor. Estoy perdido en estas cuevas desde hace… desde hace… no lo sé; he perdido la noción del tiempo. Estoy muerto de hambre, de sed, de cansancio… ¡Ayudadme! ¡Ayudadme!
El misterioso intruso se puso a gatas en el suelo, tanteando a derecha e izquierda. Paso a paso, los niños se le acercaron.
Y entonces fue cuando el llamado Adam Clayton Lee tendió la mano en su dirección. Resonó un triple grito de espanto, que retumbó en mil ecos contra las paredes de la caverna, en tanto que los niños huían a todo correr. En vano Adam Clayton Lee agitó el brazo, suplicando:
—¡No os vayáis! ¡Por favor, no os vayáis!
Los tres fugitivos estaban ya fuera del alcance de su voz, y aunque así no fuera nunca hubieran vuelto sobre sus pasos. Corrían y corrían, y no se detuvieron hasta llegar a las inmediaciones del primer pueblo troglodita.
—¡Un Normal! —chilló Hut, atragantándose debido al pánico—. ¡Allí, en la cueva… la última cueva del fondo…!
Acudió la gente. El robusto Ran dejó la fragua. La tía Zres abandonó lo que estaba tejiendo. La joven Lur dio la espalda a su cocina.
—¿Quién?
—¿Qué?
—¿Cómo?
—¿Dónde?
—¿Cuándo?
El corro de gente fue aumentando. Y el pánico hizo su aparición en el pueblo.
—Los Normales…
—Otra vez los Normales…
—Después de tantos años…
—Nos matarán a todos…
Empezaron a gritar. Empezaron a sacudir a los asustados niños. Pero, finalmente, la voz de Hut se dejó oír, chillando con todas sus fuerzas.
—¡No! ¡Era solo uno, y parecía medio muerto! ¡Nos pedía ayuda!
Y el silencio se hizo. Las personas mayores miraron a los niños, pensativas. Luego se miraron entre sí. Y luego miraron de nuevo a los niños.
—De modo que pedía ayuda… —murmuró el tío Benth.
—Y era uno sólo…
—Y parecía medio muerto…
Alguien soltó una risita sin ninguna alegría. Y una mujer sonrió. Y un hombre crispó los puños.
—Vamos.
—Vamos.
Y la multitud se puso en marcha, en silencio. Cada cual hablaba consigo mismo, con su propio pensamiento, y ciertamente apreciaba lo que su propio pensamiento le respondía. La multitud se puso en marcha, y eran varias las personas que sostenían trozos de piedra o rústicos garrotes.
Le encontraron en el mismo lugar donde los niños le habían dejado. Les oyó venir y se incorporó.
—¿Habéis vuelto? —Gorgoteó, esperanzado.
—Sí, hemos vuelto —le respondieron.
—Todos hemos vuelto.
Le rodearon, mientras él manoteaba torpemente.
—No puede vernos —susurró la joven Lur—. Está ciego.
—No, no está ciego —respondió Ran—. Sus ojos no están acostumbrados a la luz de los microhongos. Nuestros antepasados tampoco podían ver nada en los primeros meses… Él viene de la Superficie.
—Mirad sus manos.
Un escalofrío corrió por la multitud. Y luego, como reacción, el corro se cerró un poco más.
—¿Quiénes sois vosotros? —pregunto el intruso, empezando a inquietarse—. ¿Habéis escapado también?
—Sí, hemos escapado —dijo alguien.
—Escapamos hace mucho tiempo.
—Nuestros tatarabuelos fueron los que escaparon.
El hombre que decía llamarse Adam Clayton Lee intentó penetrar en las tinieblas que le envolvían.
—No os entiendo.
—Nos entenderás —dijo el robusto Ran. Y empezó a cantar:
«Cinco sí, cinco sí, cuatro no.
¡No, señor!
Cuatro no, cinco sí, cuatro no.
¡No, señor!»
Adam Clayton Lee emitió un pequeño grito de sorpresa:
—¡Entonces… fue aquí en donde os ocultasteis! ¡Sois… sois los Mutantes!
—Sí, somos los Mutantes.
—Los cochinos Mutantes.
—Los bastardos Mutantes.
—Los Mutantes, que no fueron creados por Dios.
—Los Mutantes, que fueron creados por el Demonio.
—Los Mutantes, que deben ser destruidos.
—¡Basta! —gritó el hombre, llevándose las manos a los oídos.
—Nos refugiamos aquí, pero no todos tuvieron oportunidad de hacerlo.
—Cogieron a más de la mitad antes de que los demás se internaran en las grutas.
—Y persiguieron también a los que habían entrado.
—Hasta que creyeron haberlos matado a todos.
—Pero algunos escaparon a través de las grietas ocultas. Y encontraron este mundo subterráneo.
—Donde lograron sobrevivir y reproducirse.
—Encontraron metal, y hongos comestibles. Y plantas de maderadura que crecían sin necesitar la luz. Crearon una civilización.
—Y nosotros somos sus descendientes.
Adam Clayton Lee se encogió sobre sí mismo, en el centro del corro.
—¿Qué vais a hacer conmigo? —gimió—. Estoy hambriento, estoy muerto de cansancio.
Alguien rió:
—Te daremos de comer, Normal, pero deberás ganártelo. Y deberás ganar cada segundo que te permitamos vivir.
—Deberás cantar, Normal —dijo Ran—. Canta, Normal…
«Cinco sí, cinco sí, cuatro no».
—¡No! —grito el hombre de la Superficie.
—¡Si! ¡Canta, canta, Normal!
«Cinco sí, cinco sí, cuatro no…»
—¡Canta!
—¡Canta!
Se puso en pie, tambaleándose, temblando de espanto. Alguien le golpeó en la cara, derribándolo de nuevo. Otro le dio una patada en un costado.
—¡Canta!
—¡Canta!
«Cinco sí, cinco sí, cuatro no…»
—¡Canta!
«¡No, señor!…»
—¡Canta!
«Cuatro no, cinco sí…»
—¡Canta!
—¡Canta, Normal, canta!
El hombre se volvió a levantar, sujetándose a la pared de la gruta.
—¡No lo sé! ¡No lo sé! ¡Nadie canta eso!
—Sí, nosotros lo cantamos —dijo Ran, implacable—. Lo hemos venido aprendiendo de generación en generación. Tus tatarabuelos se lo enseñaron a los nuestros. Tus tatarabuelos eran unos grandes maestros de canto.
—No, no sabe cantar —rió el alto y delgado Zog—. Tal vez prefiera bailar.
—Sí, ellos también gritaban: «Baila, Mutante, baila». Y nuestros tatarabuelos bailaban. Bailaban colgando de una soga.
—¡Escuchadme! —gritó Adam Clayton Lee—. ¡Por Cristo Crucificado, escuchadme! Yo no he colgado a nadie…; soy un fugitivo como vosotros…
—¡Ah!, ¿sí? —se burló Ran—. ¿Eres de una raza inferior porque el color de tu pelo es distinto?
—¿Eres de una raza inferior porque tus ojos son demasiado salientes?
—¿Eres de una raza inferior porque tu piel es morena?
—¿Eres de una raza inferior porque tus orejas son alargadas?
—¡No! —aulló el hombre, acosado—. Dicen que soy de una raza inferior… porque soy un ser humano. La Galaxia está en guerra y los Xern, nuestros enemigos, han ocupado este planeta… el quinto de Gamma Sagitarii. Para ellos todos los humanos terrestres son de raza inferior…; nos matan o nos someten a la esclavitud…
Un coro de carcajadas acogió su explicación.
—¿Los Xern? —rió Zog—. ¿Son superiores a la humanidad? ¡Claro, lo comprendo! Sin duda tienen «seis dedos».
«Seis sí, cinco no, cinco no.
¡No, señor!»
Todos se retorcían de risa. Se apretaban los costados y reían a carcajadas.
—¡Los Xern son los verdaderos Normales! ¡Vosotros sois también Mutantes!
—¡Los Xern han sido hechos a imagen y semejanza de Dios, y vosotros a la del Demonio!
—¡Los bastardos humanos Normales son una abominación, y deben ser destruidos!
—¡Escuchadme, por favor! —gritó desesperadamente Adam Clayton Lee—. Los Xern os perseguirían a vosotros también…; os matarían…
—¿Y qué diferencia hay entre su persecución y vuestra persecución? —rió el forzudo Ran—. Nos ocultamos de vosotros y nos ocultaremos de ellos. ¡Ya estamos acostumbrados! Pero tú…
—¡Ya lo tengo! —interrumpió de pronto la tía Zres—. ¡Escuchad esto! —Y empezó a contar con voz chillona—:
«Cuatro sí, cuatro sí, cinco no.
¡No, señor!
Cinco no, cuatro sí, cinco no.
¡No, señor!…»
Todos rieron y aplaudieron.
—¡Baila, Normal, baila! —dijo alguien.
—¡Traed una cuerda! —pidió otro—. El Normal bailará mientras nosotros cantamos.
—¡Baila, Normal, baila!
—¿Para qué una cuerda? —pregunto Ran—. Tengo aquí mi cuchillo. Veremos si sus intestinos han sido creados por Dios o por el Demonio.
—¡Bien dicho, Ran! —vocearon varios.
—¡Llevaos a los niños! —pidió la tía Zres.
Hut alzó la mirada suplicante.
—¡Yo quiero ver cómo matan al Normal!
Y fue en aquel momento cuando llegó el viejo Krau. Llegó, y se dirigió lentamente hacia el hombre de la Superficie, renqueando. Se interpuso entre él y la multitud.
—¿Qué quieres, Krau? —pregunto Ran extrañado.
El viejo se volvió hacia él y alzó una nudosa mano.
—No matarás a tu hermano, Ran —dijo.
—No es mi hermano —respondió el otro—. Es un Normal. ¡Mira sus manos!
El anciano no bajó la mirada.
—Unos hombres llegaron hace mucho tiempo de la Superficie buscando refugio contra aquellos que los oprimían —dijo con su voz cascada—. Hoy otro hombre llega aquí, también desde la Superficie, y huyendo asimismo de aquellos que le oprimen. Es tu hermano, Ran.
—¡No! —gritó alguien—. ¡Es un Normal!
—No es una víctima que huye de la opresión —continuó el otro—. ¡Es el mismo opresor de nuestros antepasados, que hoy se pone en nuestras manos!
—¡Aparta, Krau!
—¡Esperad! —dijo una nueva voz.
La joven Lur salió de entre la multitud y se puso junto al viejo.
—¡Escuchadme todos! —pidió—. Sólo hay dos razas en todo el Universo, la de los perseguidos y la de los perseguidores. Este hombre es un perseguido, igual que nosotros. No ha colgado a los nuestros, pero alguien ha colgado a los suyos. No ha seguido a nadie a través de las cavernas para matarle, sino que alguien lo ha seguido a él con esa intención. Si nuestros antiguos muertos necesitaban venganza, son los Xern quienes se la han dado. El Universo está en guerra, y este hombre está en el mismo bando que nosotros.
—¡No! —gritó Ran a su vez—. Nosotros no pertenecemos a ningún bando. Si los Xern ganan la guerra seremos perseguidos por ellos. Y si los humanos vencen, también ellos nos perseguirán.
—Si los humanos vencen, tal vez el haber sido tratados como una raza inferior… tal vez eso modifique sus sentimientos hacia los que ellos antes trataron de la misma forma. Tal vez entonces comprendan «el lado malo» de las teorías racistas…, el lado que ven las razas sometidas.
—¡Tiene razón! —aprobaron varias voces.
Pero otras gritaron:
—¡Que muera el Normal! ¡Que nuestros antepasados sean vengados por nosotros mismos!
—¡Nunca será un igual para nosotros! —chilló la tía Zres—. Si un día pudimos considerarnos iguales, fueron ellos, los Normales, los que dijeron que no lo éramos. ¡Es tarde ya para cambiar de opinión!
—Si le matamos nos igualaremos a los asesinos de nuestros antepasados. ¡Seremos igual que ellos, y nada podremos reprocharles! —opinó uno.
—Fueron ellos los que desencadenaron la lucha —le replicó otro—. El odio engendra odio, y justo es que el asesino muera a manos de los hijos de la víctima.
—¡Que viva!
—¡Que muera! El silencio se hizo de pronto en el exterior del círculo, y fue avanzando hasta llegar a las primeras filas. Todos callaron y volvieron la cabeza hacia atrás.
Y luego las filas se apartaron, una tras otra, abriendo camino hacia el centro, hacia donde se hallaba el aterrorizado Adam Clayton Lee.
Había llegado Tur Neb, el de los Dos Nombres, el dirigente de la comunidad, respetado por todos, guía y jefe de la raza subterránea.
Avanzó entre las filas de sus gentes, hasta quedar ante el intruso.
—¿Es este el Normal llegado de la Superficie? —preguntó entonces.
—Este es —respondieron una docena de voces.
—Un Normal no puede vivir entre mi pueblo —dictaminó Tur Neb—. Dame tu cuchillo, Ran.
El robusto Ran tendió el arma al jefe. Un cuchillo de cobre, muy afilado.
—Él no ha hecho nada para morir —dijo la joven Lur.
El jefe avanzó hacia el hombre de la Superficie. Miró a la joven Lur. Y la joven Lur se apartó de su camino. Luego miró al anciano Krau. Y el anciano Krau se apartó de su camino.
Adam Clayton Lee intentó retroceder, escapar.
—Sujetadle —ordenó Tur Neb.
Y una docena de fuertes manos inmovilizaron a Adam Clayton Lee.
—El odio debe ser enterrado —dijo el dirigente—. Un Normal no puede vivir entre mi pueblo.
El cuchillo realizó su tarea. Se escuchó un grito, y la roja sangre manchó el suelo de roca.
—Lo que debía ser hecho ha sido cumplido —dijo Tur Neb.
El hombre de la Superficie había quedado acurrucado en el suelo, hecho un guiñapo. Las manos que le sujetaban soltaron la presa.
Y Adam Clayton Lee se alzó, con un gemido, llevándose las ensangrentadas manos a la boca. En el suelo quedaban dos pequeños objetos blancos, retorciéndose levemente merced a las últimas contracciones de nervios y músculos. Dos objetos alargados y cilíndricos, que habían significado antaño miles de muertos y un frenético odio entre los hombres: dos dedos humanos.
Hubo un pesado silencio.
Luego Ran rió.
Y Zog rió.
Y el viejo Krau rió.
Y la tía Zres rió.
Y la joven Lur rió.
Y todos rieron, mas no como antes, sino con auténtica alegría, con el contento de ver el problema solucionado a gusto de todos.
Rodearon al recién llegado. La tía Zres recogió hongos para cuidar sus heridas. La joven Lur tomó su brazo. El robusto Ran le echó la mano por encima del hombro.
Y en amistosa compañía todos ellos le guiaron hacia los poblados trogloditas, hacia el hogar de la Raza Perseguida a la que ahora él mismo pertenecía.