País Relato - Autores

carlos rojas

el centauro

El día de Navidad de 1961, la duquesa del Amor Bendito dio a luz a un centauro.
El parto fue normal y sin dolor. El centauro nació en el castillo solariego, cerca del mediodía, como antes lo hicieron siete generaciones de sus antepasados. Tenía cabeza y pecho de niño, ancas y patas de potranco en miniatura y una colita rosada.
Hombre un tanto excéntrico, el duque quería que su primogénito fuese una niña. Así lo manifestaba todavía la víspera, quizá con ánimo de mostrarse un poco original. Sin embargo, no pudo contener las lágrimas de gozo cuando una enfermera le dio la buena nueva. Sentíase doblemente satisfecho, como padre y caballista ilustre dueño de las mejores cuadras de toda la región.
—¡Bien! —dijo el ginecólogo, palmoteando la espalda de su excelencia, con la familiaridad que inspiran ciertos acontecimientos—. Desde luego, es el niño más hermoso que he visto en mi vida.
Transido de dicha, el duque le estrechó fuertemente la mano sin murmurar palabra.
La duquesa, pálidos todavía los finos labios por la pérdida de sangre, sonrió a su esposo desde el lecho ducal.
—Siento que no fuese una niña —susurró quedamente con tierna hipocresía—. Otra vez será, cariño mío.
Su excelencia la besó conmovido en la frente.
—¡Quién quiere una niña! —exclamó con voz temblorosa—. ¡Daría todas las niñas del mundo por nuestro hijo!
Largo rato permanecieron mirándose en silencio, sin parpadear ni sonreír: tan intensa era su felicidad. Al cabo de unos instantes, la duquesa sintióse exhausta y soñolienta, incapaz de pensar en nada. El duque, por una extraña elucubración inconsciente, sólo acertaba a recordar el mercado “Chichicas-tenango”, en Guatemala, donde él estuviera una vez de joven, y aquella india renegrida que, en medio de la plaza, voceaba: “¡Ataúdes!” ¡Ataúdes blancos y nuevecitos para niños! ¡Ataúdes baratitos!
Volvió a la realidad para sorprenderse mirando a la duquesa. Dormida semejaba una extraña. Una mujer distinta y parecida a su esposa, un espíritu indeciso entre el sueño y la muerte. Su excelencia se preguntó cual sería el color de sus ojos y, extrañamente, no pudo recordarlo. Entonces se dijo que los muertos debían estar ciegos. En la noche de la eternidad evocarían su pasada existencia sin verla jamás. Pensarían incluso que la vida fue el espejismo de un mundo imposible e inalcanzable: algo perfectamente inútil, indigno de vivirse y de recordarse.
Al caer la tarde, llegaron los padres de la duquesa y el hermano soltero del duque. La abuela inclinóse temblando sobre la cunita azul del recién nacido y manifestó que el centauro era la viva imagen de su madre.
El abuelo, antiguo gobernador de carácter autárquico, créyose en la obligación de contradecirla.
—Yo diría que se parece a mí, modestia aparte. Tiene los ojos azules como todos los hombres de mi familia.
—Los ojos de los niños se oscurecen pronto —dijo la abuela—. Es el retrato de mi madre que en paz descanse.
—De todos modos, es precioso —capituló el abuelo.
—¡Oh! Esto sí —y la anciana sintió que ya amaba a su nieto, con un amor indecible y profundísimo, más intenso aún que el cariño materno que antaño sintiera por la propia duquesa, su hija.
—¡Qué aspecto tan saludable el suyo! Casi parece un niño de dos años, ¿verdad? —preguntó la duquesa que acababa de despertarse.
—No es mi ideal de recién nacido —dijo el hermano del duque, chanceándose—. Lo encuentro, ¿cómo diría yo?…, un poquito demasiado grande.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¿No puedes tener formalidad y respeto? Es un niño perfecto.
—Un angelito…
—¡Una divinidad!
—Una bendición del cielo.
Aquella noche la duquesa quiso que su hijo fuese presentado a la servidumbre. En el hogar de la alcoba, bajo un supuesto autorretrato de El Greco, crepitaba el fuego. El aire olía a saúco, a menta y a brezo. Al resplandor de lsa llamas, sombras delgadas, interminables, trepaban por el techo y las paredes. Afuera empezó a nevar. A los lejos, aullaban los lobos y el viento gemía quedamente contra los cristales del ventanal.
Uno a uno, los servidores desfilaron ante la cunita del centauro. Andaban casi a puntillas, conteniendo el aliento para no turbar el sueño del recién nacido. Pasó el viejo mayordomo enlevitado, que había visto tres generaciones de duques venir al mundo, el chófer, la cocinera, las dos camareras, la doncella, el jardinero y el bibliotecario analfabeto de sus excelencias. Todos se inclinaron un instante sobre la escanilla, entornaron los párpados y pronunciaron unas palabras de emocionada alabanza.
En pie, apoyado de espaldas contra la pared, cerrados los ojos, su excelencia, el duque, fumaba y sonreía. Su excelencia, el duque, era feliz. La dicha le penetraba con el calor de las llamas, la fragancia a hierbabuena y el gemir del viento entre los árboles del parque. Sin lujuria ni deseo, con una vaga, despersonalizada melancolía, evocó la noche en que el centauro fue concebido. Aquella tarde había asistido con la duquesa a una corrida. Quemaba el aire, resplandecía el cielo sin nubes. La muchedumbre, aturdida por el sol, expresaba su tedio con silencio o protestas. Un profundo hastío pesaba sobre la plaza. Todo cambió, bruscamente, con la aparición del último toro, bestia negra y reluciente, de excepcional empuje, que tomó tres varas, derribó dos picadores y corneó un banderillero. Cuando rodó muerto, una clamorosa ovación premió su valentía. El graderío se llenó de pañuelos desplegados. En pie la muchedumbre vitoreaba la res y su matador. Resonaban todavía la gritería y los aplausos de la multitud, cuando, de súbito, inesperadamente, el toro volvió a incorporarse. El gentío contuvo el resuello. Durante unos instantes, nadie ni a respirar se atrevía. Su excelencia mordióse los labios y sintió las uñas de la duquesa clavándosele en la muñeca. En el silencio escalofriante, bajo el sol de primavera, la bestia babeando sangre y espumas verdosas, afianzó las pezuñas en la arena, levantó la testuz y lanzó un mugido escalofriante. Luego cayó muerta: esta vez para siempre.
Aquella noche, en la alcoba del hotel donde empezó su vida marital, su excelencia cerró los ojos, apretó los labios y poseyó a la duquesa. Permanecieron abrazados unos segundos interminables y luego ella susurró el nombre de otro hombre, como tenía por costumbre en ciertos momentos. Su excelencia ni siquiera la oyó. Hundido en el fondo de una tiniebla azulenca, surcada de rojas estrías, veía la cabeza del toro, con el belfo ensangrentado, saludando la muerte con un salvaje bramido de desesperación.
Y ahora, con los párpados entornados, sonriendo y aspirando el humo del cigarrillo hasta los pulmones, volvía a verla. Flotaba en algún rincón de su conciencia adormecida, mientras el resuello agónico de la res se confundía con los gritos de la vieja bruja de Chichicastenango: “¡Ataúdes!” ¡Ataúdes blancos y nuevecitos para los niños! ¡Ataúdes recién pintados! “¡Ataúdes!”.
Su excelencia seguía sonriendo. Al salir de la estancia, los criados pasaban ante él, inclinándose un poco y daban las buenas noches. El duque respondía con leve parpadeo, idéntico para todos. Era bueno saberse respetado y querido por los inferiores. La vida, a fin de cuentas, merecía vivirse en dulces instantes como los de aquella noche. Sin darse cuenta, iba estrechando las manos de la servidumbre, con los párpados todavía entornados y el aire ausente. La escena tenía un aire entre trágico y grotesco: Parecía la despedida del duelo en un entierro de mentirijillas.
Detrás de los cristales del ventanal, la nieve, estremecida por el viento, dibujaba movedizas sombras fantasmales. A lo lejos, aulló un lobo y repicaron las campanas de una iglesia.
Entre tanto, el centauro soñaba en un mundo que aún no había visto. Arrebujado en su cunita, soñaba el sol, el mar y la lluvia. Soñaba un anciano esperando el apocalipsis bajo un pórtico rojo; el ladrido de un perro y el canto de los grillos; ríos llenos de peces rojos y tierras cubiertas de lilas floridas, heladas al alba; mariposas amarillas volando entre brezos verdes en una mañana soleada, olorosa a muerte; grandes cementerios abandonados, con altos cipreses en torno a los cuales danzaban los niños; desiertos de arena negra bajo los cielos azules; auroras boreales que súbitamente iluminaban la tierra asombrada, con su luz roja como la sangre; noches sin estrellas, llenas de lagos invisibles. Soñó el Universo en el alba de los tiempos y sintióse después exhausto, aterrado y soñoliento.
Su madre, la duquesa, pensaba en aquel nombre que ella susurraba en los arrebatos de la carne. Jamás conseguiría recordarlo. Quizá fuese el apodo de su esposo el duque, proferido sin darse cuenta. El nombre, claro, no correspondía a nadie. Desconocía a su hipotético amante, incluso en sueños. Sólo se materializaba en su conciencia en los instantes más íntimos. Pero la duquesa no quería confesar su pecado, porque honradamente no se sentía culpable: sería como acusarse de haber llegado a una pesadilla.
Medio dormida, recordó a una mujer de su linaje, quemada por bruja en el siglo XVI. A los quince años, todavía soltera, dio a luz dos mellizos muertos y confesó trato carnal con el diablo. La iglesia le ofreció el perdón; pero ella se negó a arrepentirse. Se dijo desposada con el íncubo y pidió la muerte llorando, para regresar a los brazos de su señor. Sus propios padres, horrorizados, se negaron a defenderla. Murió en la hoguera sonriendo y cantando las glorias del maligno.
La duquesa cerró los ojos y suspiró. Bien pudiera sor que el demonio holgase con otras mujeres de su estirpe, sin saberlo ellas. Quizá su hijo, fuese el fruto del diablo. Tal vez Satán le sembró las entrañas en aquella noche de nueve meses atrás. Suspiró adormecida y se encogió de hombros bajo las sábanas bordadas con la corona ducal. La vida se le antojaba incomprensible y maravillosa.
Pasaron los años y el centauro creció en el castillo de sus padres. Era un niño silencioso y tímido, de grandes ojos azules que parecían observarlo todo con profunda atención. A veces, pasaba horas muertas ante los cuadros de la galería, o se tendía en un rincón de la sala. Encogidas las patas bajo el vientre, escuchando embelesado los corales de Bach. Cada domingo asistía a misa en la capilla, en compañía de sus padres, y era de notar entonces, el respeto, la maravillosa devoción impropia de su edad, con que seguía el oficio, inmóvil y extático ante el altar.
—Será un artista —afirmaba su padre—. Tal vez un filósofo.
—Será un músico prodigio —decía su madre—. Un nuevo Mozart.
Y, en el fondo, ambos trataban de convencerse mutuamente y a sí mismos de que grandes destinos aguardaban al niño para ocultar su temor. En realidad, el porvenir de su hijo les preocupaba. A los seis años aún no había empezado a hablar, los mejores pediatras del país solían visitarles y, todos, como de común acuerdo, manifestaban que sus cuerdas vocales eran perfectas y su inteligencia más que notable.
—Es mera cuestión de tiempo.
—Su mente registra las palabras y su significado exacto.
—Sin duda, sostiene silenciosos monólogos en soledad.
—Quizá sea un poco perezoso y un tanto reservado para manifestárnoslos.
—Pero un día romperá a hablar como cualquier niño y todos admiraremos entonces de su talento.
Mostraba el centauro notable propensión al aislamiento. En ocasiones, pasaba tardes enteras en el panteón de la familia, junto a la tumba del primer duque que labrara Berruguete, siguiendo con la vista las inscripciones de las losas, o mirando absorto como las arañas hilaban sus telas en los rincones del mausoleo. A veces, al caer el día, tendíase en la terraza y contemplaba traspuesto el sol poniente hundirse tras las montañas del valle. Entonces soñaba despierto grandes jardines con estanques negros y azulados, inundados de luz verdosa y de insectos de oro, donde doce centauros niños como él contemplaban, sin verla, la lenta agonía de un gran centauro invisible.
Los otros niños le adoraban y las niñas rivalizaban por sus favores. El centauro les permitía montar a su grupa, y ellos le cabalgaban por los prados del castillo dando gritos de alegría. En verano se bañaban juntos en la gran alberca de mosaico, en cuyo fondo campeaban las armas nobiliarias de la familia. En invierno, cuando llegaban las nieves tempranas y los árboles mudaban de color primero, para desnudarse después, los pequeños se sentaban junto al hogar y escuchaban medio adormecidos los cuentos de hadas que les narraba la vieja duquesa, abuela del centauro.
Todo fue bien hasta el día que el centauro cumplió siete años. De nuevo era Navidad. Los arroyos se helaron de madrugada y el cielo, grisáceo, encapotado, amenazaba tormenta. Aquella mañana el chófer encontró un lobo rojo, muerto de hambre, al pie del castillo. Nevó toda la noche y al amanecer se hizo un profundo silencio sobre la tierra.
Todavía soñoliento, el centauro bajó a desayunar Los duques le esperaban en el comedor. Sonrientes oyeron su trotecillo familiar al descender por las escaleras. El niño entró en la sala y besó a sus padres. El duque le tendió la mejilla, sin apartar los ojos del periódico. La duquesa le acarició la cabeza distraídamente y, de pronto, mientras su madre le servía un tazón de café con leche, el centauro pronunció sus tres primeras palabras:
—¿Quién es Dios?
Crujió el diario en manos del duque. La duquesa se ruborizó y evitó la mirada entre iracunda y atónita del esposo. Convenientemente, con la angustia, aristocrática distinción de aquellos por cuyas venas corre sangre siete veces probada, sus excelencias, tácitamente, y de común acuerdo, decidieron ignorar la embarazosa pregunta. Pero entonces, con voz todavía más clara y mejor timbrada, el pequeño centauro volvió a repetir:
—¿Quién es Dios?
El duque cerró los ojos. De improviso, sentíase inesperadamente viejo, débil agotado. Los temores de los últimos tiempos acababan de materializarse: su único hijo y heredero era un imbécil. Siete años había tardado en romper a hablar. Siete largos interminables años, llenos de promesas y embustes de pedíatras serviles que le aseguraban el excepcional talento del niño. Siete años de esperanza, amor y miedo mal reprimidos, para enfrentarse ahora con la verdad desnuda y aterradora. A una edad cuando los niños hablan por los codos y lo conocen todo: desde el misterio genésico a la capital de la China nacionalista, el centauro balbuceaba una palabra incomprensible: “Dios”.
“Dios”. El duque, naturalmente, nunca había oído antes tal nombre, aunque era persona cultísima que hablaba seis idiomas y escribía tres: “Dios”. Por alguna razón extraña, la palabra en labios de su hijo le entristecía y aterraba. Tenía un regusto extraño, un sonido escalofriante. “Dios”. Y a la congoja de su excelencia, se unía ahora un enojo incoercible que le obligó a cerrar los puños, para no abofetear al niño como lo hubiera hecho un gañán.
Apretó los dientes y contuvo el sordo arrebato de ira. “Me acuso —se dijo— de odiar a mi hijo porque es un pobre retrasado mental”. Un gran silencio, en el fondo del espíritu, acogió su confesión. Sintió el duque, en la carne y en la sangre, la vergüenza y humillación de toda su estirpe. “¿Qué hice yo para merecer este castigo? No forniqué más de lo conveniente. No sufrí nunca enfermedades venéreas. No disminuí el jornal de mis obreros. No voté por las izquierdas, ni falté un domingo a la iglesia desde que tengo uso de razón. ¿Por qué ha de ser mi hijo, mi único hijo precisamente, un idiota que sólo sabe repetir una palabra irritante o incomprensible?”.
Entre tanto, la duquesa trataba de vencer el escándalo y la sorpresa de los primeros instantes. Con un esfuerzo indecible dejó la cafetera de plata sobre la bandeja sin que su pulso temblara. Luego apoyó ambas manos en el borde de la mesa y permaneció inmóvil durante unos segundos deseando con toda su alma sobreponerse a su congoja y aturdimiento. Estaba a punto de conseguirlo cuando por tercera vez el centauro formuló su pregunta:
—¿Quién es Dios?
La duquesa alzó los ojos y su mirada se cruzó con la del duque. En el dolor de saberse padres de aquel estúpido, sus excelencias sintiéronse trágica, amargamente unidos, como no habían vuelto a estarlo desde los primeros días de su matrimonio. Ambos evocaron a un tiempo, en silencio, el recuerdo de aquellas horas en que soñaban perpetuarse en nueva carne que continuaría el linaje a través de los tiempos. Al placer de aquellas caricias se unió para siempre el orgullo de sentirse herederos y continuadores de la dinastía que en su sangre volvía a renacer. Un intenso sentimiento de amarga frustración les mantuvo falsamente impasibles durante unos instantes; luego, la duquesa rompió a llorar abrazada al centauro.
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Pobrecito mío!
Desde aquel día, el hogar de los duques se convirtió en un infierno. A su cretinismo, unía el centauro una extraña maldad. Con perversa insistencia, parecía complacerse en atormentar a sus padres y a cuantos le rodeaban. Ya no dormía, ni jugaba. Día y noche, repetía la misma pregunta sin cesar: aquellas tres únicas palabras que formaban todo su vocabulario: “¿Quién es Dios?”.
En pocas semanas, su excelencia envejeció diez años. La duquesa tuvo una crisis de nervios y sollozó horas enteras, arañándose las mejillas entre chillidos escalofriantes, sin que los ruegos y solicitudes de su esposo pudiesen calmarla. Vivía secretamente aterrada por la idea de haber concebido un hijo del demonio. La maldición de la bruja se transmitía con la estirpe. Nadie, sino el diablo, hubiese podido arrancarle, en los instantes de delicia carnal, aquel nombre desconocido y olvidado más tarde. De noche, presentía al maligno oculto en la sombra, transformado en su esposo, abrazado a su cuerpo. Si el duque le prodigaba dulces palabras y tiernos halagos, la duquesa, despavorida, creía que el demonio intentaba adormecerla primero y violarla después.
Su hijo, el centauro, les martirizaba implacable.
Formulaba su pregunta con gesto de profundo interés y respeto; diríase que sinceramente esperaba una respuesta sensata a sus desatinos. Luego, ante el dolor de sus desdichados padres, cobraba su rostro una expresión de dulce asombro e infinita sorpresa, como si el desdichado no pudiese comprender todo el mal que estaba causando.
Fue imposible impedir que la servidumbre conociese la verdad. Antes de que el duque pudiese aislar a su hijo de los criados, el centauro los importunó a todos con la misma pregunta. Los sirvientes perdieron la ejemplar devoción que hasta entonces mostraron hacia sus excelencias. En la cocina, todo el servicio, incluido el viejo mayordomo, se mofaba subrepticiamente de la tragedia de los duques.
—El pequeño está loco —pontificó el chófer que era algo aficionado a la lectura—. Y su caso es incurable, pues si bien sabido que la ciencia carece de remedio para estas enfermedades de tipo obsesivo. Si dijese que es Napoleón, tal vez podría sanar; pero así…
Para evitar escándalos mayores, el duque escondió al pobre imbécil en uno de los salones del piso alto del castillo. La estancia había permanecido cerrada durante muchos años y estaba polvorienta y desvencijada. Allí se hacinaban un viejo piano desafinado, un sofá descolorido, un oso blanco disecado, con rosadas pupilas de cristal, que cazara en el Polo el abuelo del duque, dos armarios llenos de revistas y libracos y un espejo roto.
La luz entraba por una ventana que se abría sobre el parque del castillo y los establos. La yedra centenaria subía hasta el alféizar por el torreón, y entre el follaje anidaban los ratones.
Impulsado por una irresistible fascinación, el duque decidió observar aquella tarde, por el ojo de la cerradura, las reacciones del centauro confinado en soledad.
Al principio, el niño parecía tranquilo y resignado ante aquel castigo que no podía comprender. Tendióse en el sofá; recogiendo la cola bajo las ancas. Atónito, miraba a su alrededor, con los ojillos azules muy abiertos. Declinaba la tarde, y al otro lado de la ventana el crepúsculo encendía los cielos.
El centauro apoyó la cabeza entre los almohadones y, aburrido, descabezó un corto sueñecito. De pronto, el duque le vio incorporarse vivamente, presa de una brusca inquietud. Empezó a trotar por la estancia, agitado, impaciente. Diríase que buscaba algo, invisible u oculto en los rincones, o esperaba a alguien que en cualquier momento iba a materializarse en el aire. Entonces, a la luz del ocaso, que ya oscurecían las primeras sombras de la noche, el duque creyó presenciar una fantástica, increíble metamorfosis.
Desapareció de improviso el cuerpo de potranco y el centauro se transformó en un niño espigado, que continuó la búsqueda ansiosa por el salón. Casi inmediatamente, tomó la apariencia de un chimpancé que palpaba las paredes, el sofá y el piano, como si no pudiese dar crédito a su existencia. También el mono parecía poseído por la misma inquietud que el centauro y, en medio de su cara rosada pilosa, brillaban las pupilas del duquesito. El simio se convirtió en un árbol, que agitaba las ramas estremecidas por un viento silencioso. Había algo humano y patético en aquel arbusto descortezado y desnudo, un dolor trágico que el duque no pudo soportar. Creyendo volverse loco, su excelencia apretó los puños contra las sienes. El sudor helado le resbalaba por la frente y las mejillas. Cuando finalmente entreabrió los párpados, era ya de noche.
En el salón reinaba la oscuridad. El duque abrió la puerta y dio la luz. El centauro estaba todavía tendido sobre el sofá. Alzó la cabeza y sonrió tristemente a su padre. Los dos se miraron durante unos instantes, y, antes de que el duque pudiese acercarse, el centauro volvió a preguntar:
—¿Quién es Dios?
Al día siguiente fue llamado en consulta un joven neurólogo, famoso ya en el mundo entero, de cuyas, obras y sabiduría, entendidos y profanos se hacían lenguas.
La eminencia se atusó el bigotillo, se caló las gafas de montura de concha y examinó al centauro detenidamente por espacio de un par de horas. Fue con él cariñoso y comprensivo, paciente y amable. Por último, pulsó un timbre, llamó a los duques, encendió un “kedive” egipcio y se repantigó en el sillón.
—A mi parecer —anunció el doctor lentamente, pesando las palabras en el aire— el niño está embrujado.
Su excelencia hizo un gesto de desasosiego. Su excelencia sentía deseos de chillar.
—Vamos, vamos, doctor. Estamos en pleno siglo XX, creo yo.
—Lo sé, lo sé —asintió el neurólogo—. Pero grandes figuras médicas de todos los tiempos han creído en la hechicería. Recordemos el caso de Antonio de Haen quien en el siglo XVIII hizo uso de la electroterapia. Fue uno de los espíritus más avanzados de su época y un devoto de las prácticas ocultistas —aplastó el cigarrillo cuidadosamente en el fondo del cenicero de cristal y luego continuó—. Por desdicha, en el caso de su hijo no cabe otro diagnóstico. Dejando aparte su misteriosa obsesión, el estado mental del niño es normalísimo. Si no estuviese maleficiado, ¿por qué iba a empeñarse en preguntar incesantemente el significado de una palabra desconocida en todos los idiomas de la tierra? Una palabra que por algún motivo extraño nos acongoja y avergüenza, aunque no podamos comprenderla —suspiró con los párpados entornados, las manos cruzadas sobre el pecho—. ¡Dios! ¡Qué nombre tan maravilloso! Produce una fascinación especial. Como la sangre derramada, nos repele y atrae al mismo tiempo.
Aquella misma tarde, el duque visitó al señor arzobispo, de quien era amigo personal desde hacía varios años. Abochornado y ruborizándose, le confesó que su hijito presentaba ciertos problemas mentales y humildemente solicitó consejo y suplicó ayuda.
El arzobispo le escuchaba con profunda atención. Era un anciano casi blanco de puro pálido, de rasgos afilados y bondadosos. Cuando el duque concluyó el confuso relato de sus desdichas, el príncipe de la Iglesia cruz los dedos sobre la escribanía de cuero repujado y sacudió la cabeza pesaroso.
—Mi esposa y yo nos preguntábamos si su ilustrísima podría dignarse a cenar una noche con nosotros, y, de paso, conocer al niño —dijo el duque—. El doctor apunta la posibilidad de que mi hijo esté hechizado.
—Hechizado, ¿eh? —El señor arzobispo sonreía ahora socarronamente—. Mi querido duque, estos hombres de ciencia son todos iguales: petulantes y pusilánimes al mismo tiempo. Creen que sus libros contienen la respuesta de los enigmas; pero cuando se enfrentan con problemas insolubles, caen en ridículas supersticiones… ¡Embrujado! ¡Qué ideas, caramba! Amigo mío, estamos viviendo una crisis terrible.
—En efecto, eminencia.
Su excelencia cruzó las piernas y contuvo su impaciencia. El arzobispo empezaba a chochear. Demencia senil lo llamaban.
—¿Pensamos en la misma crisis?
—Pues… creo que sí.
—Usted no se refería a la decadencia del humanismo, ¿verdad?
—¿Del humanismo?… ¡Oh, no, claro que no!
—Me preocupa la crisis de la ciencia, duque. Casi me obsesiona. En los últimos dieciséis años la ciencia se ha desentendido completamente de la moral. Hubo un tiempo en que la Humanidad esperaba el bien sobre la tierra como última consecuencia del progreso científico. Más tarde, la ciencia perdió esta misión, casi mesiánica, y cifró sus fines en la investigación pura. Fueron los años anteriores a la primera guerra mundial. Cuando un físico era un señor extravagante a quien un día daban el premio Nobel. Hoy se ha convertido en instrumento de destrucción. Desprovista de toda clase de consideraciones éticas, su poder terrible y monstruoso amenaza con aniquilarlos. ¿Está usted de acuerdo conmigo?
Sorprendido en el preciso instante en que echaba una mirada subrepticia al reloj, el duque se atropelló sobresaltado.
—Yo sí, naturalmente. ¿Cómo no iba a estarlo?
—Bueno…, bueno. Cenaré con ustedes cualquier día de la semana próxima y estaré encantado de conocer a su hijito… ¡Oh! De nada, de nada, ningún sacrificio. Todo lo contrario, un placer.
Pero el arzobispo nunca tuvo ocasión de ver al centauro. Aquella noche, el niño escapó de su encierro. Por la enredadera de yedra se descolgó torreón abajo hasta el jardín. Cien veces estuvo a punto de caer. Sus cascos hacía el descenso penosísimo. Tenía que sostenerse con los dientes y buscar entre los ramajes los salientes del muro. Sangraba por la boca y las rodillas. A la luz de la luna su sombra se proyectaba gigantesca sobre los prados.
Llegó al suelo jadeante y temblando de miedo. Pero en sus ojos brillaba una intensa determinación. Cojeando, se dirigió a las cuadras donde el duque encerraba sus corceles. Levantó la aldaba con la frente y abrió el portal empujándolo con el cuerpo dolorido. Los caballos, despertados por el resplandor de la luna, le miraban soñolientos y asombrados. El pequeño centauro avanzó hacia ellos y en voz baja les preguntó:
—¿Quién es Dios?
Hubo un largo silencio de asombro. En el techo, un murciélago colgado cabeza abajo contemplaba la escena con sus atónitas pupilas amarillentas.
—¿Quién es Dios? —repitió el centauro.
—Un negro potro inglés —el favorito de su excelencia— se incorporó irritado. Los demás siguieron su ejemplo. El establo olía a paja seca y a blanco de España.
—Vuelve con los tuyos —dijo el potro empujándolo con la cabeza—. Tú no perteneces a nuestra raza. Eres un hombre.
—Los hombres no saben quién es Dios —murmuró el centauro.
—Nosotros tampoco —gruñó un caballo andaluz, ciego de sueño—. Nos basta conocer al hombre. Él nos esclaviza; nos unce a sus carros; nos obliga a arar sus campos; nos lleva a las plazas de toros, de donde nunca se vuelve. Regresa con los opresores. No eres de los nuestros.
—Tienes la mirada del hombre.
—Sus gestos…
—Su voz…
—Su cara aplastada y pálida…
—¿Qué buscas entre los caballos?
—¿Quién te manda?
—¿Qué pretendes?
—Quiero saber quién es Dios.
—No lo conozco dijo un viejo percherón bostezando. —Nunca lo hallarás en el establo porque no es un caballo. Nosotros somos sólo esclavos, como lo serán mañana nuestros hijos. Ni siquiera tenemos derecho a un nombre. Somos únicamente un número, que nos quemaron en el anca con un hierro al rojo cuando apenas podíamos andar.
—Si Dios fuese un esclavo, yo quisiera serlo también.
—No puedes, pequeño —y en la voz del viejo percherón había ahora un acento casi piadoso—. No tienes derecho. Se es como se nace, nada más. Tú viniste al mundo entre los tiranos y hueles como ellos. Todo el mundo huele a su propia casta. Nosotros a sudor, y vosotros a muerte. Nunca podremos confundirnos, no señor —se interrumpió, sacudiendo la cabeza, para proseguir después—: echa un caballo ciego al campo; esconde a un hombre detrás del horizonte y el jamelgo sentirá en seguida su tufillo a muerte.
—¿De veras?
—Vaya. Es un humo especialísimo. Tal vez sea el secreto del hombre. Quizá la desesperación de saberse condenado y el ansia de vivir, hagan de él un déspota.
—¿Y Dios? ¿Quién es Dios? ¿También un condenado? ¿Ha muerto acaso o viva todavía?
—¡Y yo que sé! —replicó el percherón soñoliento, mirando al centauro con sus ojos enrojecidos—. A mí, ¿qué puede importarme? Yo mismo moriré muy pronto. Soy viejo y llevo años viviendo de prestado. Estoy tan cerca de la muerte que empiezo a pensar en ella con demasiada frecuencia. Pronto oleré a muerto que, como tú, como los hombres. Tal vez por esto no te odio como debiera. Pero los otros caballos son demasiados jóvenes para comprendernos. Ellos ignoran la muerte y, por tanto, a su modo, son inmortales. Esta es su única felicidad en la servidumbre —se tendió en la paja y cerró los ojos—. Anda, vete ya, hijo mío, vuélvete con los tuyos y olvídate de Dios y de los esclavos. Cierra el portal al salir. Gracias.
Y el centauro se fue. Las puertas del castillo estaban cerradas. Transido de frío y tristeza, descendió hasta el río, tratando de buscar cobijo entre un grupo de chopos gigantescos contra el viento que acababa de levantarse.
Junto a la ribera se detuvo. Los guijarros eran blancos como el tierro y rugía el torrente, mezclando su voz con la del vendaval. El pequeño centauro alzó la cabeza y miró a las estrellas.
—¿Quién es Dios? —les preguntó.
Y las estrellas atónitas no respondieron.
—¿Quién es Dios? —interrogó a los árboles.
Y los árboles gimieron, estremecidos por el huracán. Agitaron sus ramas, pero tampoco supieron contestarle.
—¿Quién es Dios? —demandó al viento.
Y el viento enmudeció instantáneamente.
Fue entonces cuando vio otro centauro en el fondo del agua iluminada por la luz de la luna llena. Instintivamente, el desconocido pareció asustarse tanto como él mismo y trató de huir; pero cuando el pequeño le sonrió, devolvió la sonrisa.
—¿Quién es Dios? —susurró.
Y el centauro del río no contestó, pero su mirada era tan intensa que en ella creyó descubrir algo semejante a una promesa. Por primera vez, otro ser se esforzaba en escucharle, en comprenderle quizá.
Un silencio perfecto les envolvía. En el agua, ahora inmóvil, el centauro le contemplaba fijamente. ¿Quién era aquel extraño? ¿Conocía la respuesta anhelada a su ansiosa pregunta, o la buscaba también, como él, en la angustia y en las tinieblas? ¿Sería Dios mismo, o quizá un hombre distinto de los otros, también perdido y solitario?
A lo lejos, aullaban los lobos y volvía a levantarse el vendaval. Una estrella fugaz cruzó el cielo. El bosque olía a tierra húmeda y leña seca.
—¿Quién es Dios? —murmuró por última vez.
Y el centauro de las aguas pareció responderle, pero sus palabras fueron tan quedas que el viento las ahogó. Volvió a sonreír entonces, sacudiendo la cabeza como disculpándose. Luego ambos se miraron de nuevo a los ojos y el niño creyó percibir en las pupilas del centauro una llamada silenciosa que le atraía irresistiblemente.
Despacio, muy despacio, todavía sonriendo, entró en el río. El agua cortaba como un cuchillo; pero hasta su frío era bueno, en medio de la honda felicidad que le embargaba. Dos pasos más y se hundió hasta el pecho.
Cuando el rostro del centauro casi rozaba el suyo, volvió a soñar el sol, el mar y la lluvia; un anciano esperando el apocalipsis bajo un pórtico roto; el ladrido de un perro y el canto de los grillos; ríos llenos de peces rojos y tierras cubiertas de lilas floridas, heladas al alba; mariposas amarillas volando entre brezos verdes en una mañana soleada, olorosa a muerte; grandes cementerios abandonados con altos cipreses en torno a los cuales danzaban los niños; desiertos de arena negra bajo los cielos azules; auroras boreales que súbitamente iluminaban la tierra asombrada, con su luz roja como la sangre; noches sin estrellas, llenas de lagos invisibles. Soñó el Universo en el alba de los tiempos y sintióse después exhausto, aterrado y soñoliento.
Pero ni siquiera entonces vaciló. Su corazón latía apresuradamente y una dicha indecible le embriagaba en medio del pánico, porque ahora, por fin, iba a terminar su búsqueda.
Dos días después hallaron su cuerpo junto a la presa del molino y aquella misma tarde le sepultaron, precipitada y vergonzosamente, en el panteón de la familia. El anciano arzobispo acudió al entierro y pronunció unas frases bastante inspiradas, comparando la muerte de los inocentes con el crepúsculo de un bello día de abril.
Lloraba la duquesa, abrazada al osito de felpa que fue del centauro. El duque se enjugó unas lágrimas furtivas al pie del sepulcro, e inmediatamente se irguió como un húsar, tratando de disimular su emoción. “Noblesse oblige”. Después se odió a sí mismo, porque de súbito se sorprendió pensando en sus caballos. El viejo percherón había muerto también aquella mañana. Dos noches antes, algún estúpido dejó entornada la puerta del establo y el frío le causó una pulmonía doble que terminó con él.
A su excelencia la vida se le antojó, de pronto, absurda, cruel e insensata. Entonces trató de recordar aquella palabra enigmática, cuyo sentido preguntaba siempre su hijo, y asombrado comprobó que la había olvidado siempre.