País Relato - Autores

carlos murciano

la invasión

—Adelante, muchacho.
—¿Listo, Bob?
—¿Preparaste la cinta?
—No te preocupes. La audición es perfecta.
—¿Suena mi voz muy rara por teléfono?
—Si lo que tienes que decirnos es tan serio como anuncias, no sé por qué te pones a bromear. Estamos todos en vilo y la cinta graba ya esta charla insulsa. Sancho y Suárez están conmigo. Y el jefe tiene en pie de alerta a toda la emisora. ¿Quieres empezar de una vez?
—Mira, Bob, tú sabes que he venido aquí a descansar. Elegí Las Cañadas, al pie del Teide, porque es el sitio ideal, por su aislamiento. Hace treinta años que vine por vez primera, cuando era un niño. No había olvidado nunca la impresión que este valle hondo causó en mi ánimo. Por fortuna, todo está como entonces. Perdón, todo estaba ayer como entonces: el parador, la soledad y el silencio: un silencio jamás oído. La ascensión fue lenta; quería recordar aquel viaje, con mi padre y mis hermanos. Y no me ha sido difícil. Porque nada cambió en este tiempo. Sólo los nombres: lo que antes se llamaba La Esperanza, El Diablillo, Montaña Elanca, ahora se llama Sector 1, Sector 3, Sector 6. La civilización, Bob. Y fue precisamente esto lo que me afirmó más en mi decisión de olvidar durante estos veinte días otra vez a solas. Metí debajo de la cama la maleta al escritor, al periodista. El hombre y la naturaleza, llena de libros; escondí la pluma. Hice el propósito de no leer ni escribir una línea; de no acordarme para nada de la emisora, del jefe, de Sancho, de Suárez, de ti, Bob. Y apenas unas horas después, me tienes pegado al teléfono, con la noticia a flor de piel.
—Rompe de una vez, Gino. ¿O vale ya cuanto has dicho?
—Eso es cosa vuestra, Bob. De todas formas, empiezo. Cortad luego por donde queráis.
—Vale.
—¿Cuándo borrarás de tu diccionario esa palabra horrenda, Bob?
—Adelante, Gino. Estás agotando nuestra paciencia.
—Habla Gino Lomás, desde el Parador Alto, al pie del Teide. Son las dos de la tarde del dos de febrero del año 2002. Doy datos exactos por la coincidencia de números y porque acaso se trate de una fecha clave en la historia de la Humanidad. Muchos de quienes ahora me escuchan saben que no he sido nunca amigo de sensacionalismos. Siempre me atuve a la verdad de los hechos, traté de no desorbitarlos. Obro así ahora: voy a decir sencillamente lo que es, lo que he visto, lo que veo.
Ayer, a mi llegada, el Parador Alto tenía sólo cuatro habitaciones ocupadas: un matrimonio sueco, de edad media, los Anderson; dos señoritas de la misma nacionalidad, cuyas edades, juntas, debían sumar un siglo y cuyos apellidos ignoro; un profesor argentino, el doctor Pereira y una muchacha francesa, de la que sólo sé su nombre: Ivonne. El personal de servicio estaba, pues, tranquilo, descansado. Y el silencio era tan perfecto, que ni siquiera las conversaciones, susurradas, lo turbaban. Anoche me fui a la cama dispuesto a disfrutar, desde el primer instante, de estos veinte días de paz que creía merecerme; dispuesto y, al par, seguro de que lo lograría. Al despertar, bien crecida la mañana, tomé mi desayuno y me acerqué, despacio, al borde de ese valle inmenso que ahora se llama Antiguo. Sobre una piedra, Ivonne miraba la tierra no hollada, las laderas recubiertas de un oscuro verdor, las enormes piedras acechando el fluir —el huir— de los siglos. Me miró con sus ojos azules y yo le sonreí; ella me devolvió una sonrisa tímida. No quise molestar su contemplación: era como un ser hundido en plena naturaleza que tratase de respirar y empaparse, a través de sus poros, del sol, aire y cielo, de paisaje total y cegador. Así quise ya hacer, diez, quince metros más allá de donde ella reposaba. Pero, apenas transcurridos unos minutos, un leve rumor comenzó a levantarse, a hacerse mayor, al tiempo que la arena amarilla de aquel rincón del valle, se movía, ondulaba ligeramente, hervía. Sí, era exactamente eso: un hervor, sordo, apagado, pero que iba tomando posesión de aquel ámbito, instantes atrás tan en calma. Vi cómo Ivonne se alzaba de la piedra que le servía de asiento y, vacilante, los ojos clavados en aquello que no acertaba a explicarse, se dirigía a mí, la mano extendida. Yo tomé su mano y la noté fría, temblorosa:
—¿Qué es eso? —me dijo. Y sin esperar mi respuesta:
—Me llamo Ivonne.
—Yo, Gino. Y estoy tan asombrado como usted.
Ivonne liberó su mano, abrió un pequeño bolso y extrajo unos prismáticos, que me entregó. En tanto los graduaba, los enfoqué hacia el valle. Y lo que vi me causó, primero, repugnancia; después, miedo. Ivonne trató de alcanzar los prismáticos y la contuve con un gesto.
—¿Qué es eso?, repitió. —Su pronunciación apenas si tenía el acento peculiar de sus compatriotas. Dudé, antes de contestar. Lo hice, al cabo:
—Arañas.
—¿Qué?
—Araignées.
—Le he entendido, Gino. Deme los prismáticos.
Ivonne miró hacia el valle. Luego volvió a mí sus ojos con un gesto de terror.
—No lo comprendo. Nunca vi nada igual.
Conteniendo mi repulsión, volví a mirar. Eran millares, millones de arañas blancas, de distintos tamaños, que parecían surgir del seno de la tierra, que al carecer de espacio, de suelo bajo sus patas, pasaban y repasaban unas sobre otras y lentamente comenzaban a abrirse, a organizarse, a extenderse por las laderas próximas, en una ascensión lenta, al principio; desbordante, después. Empujé a Ivonne, para liberarla de aquella visión fascinante, y corrimos hacia la casa. Los Anderson desayunaban con apetito; las dos señoritas viajeras, envueltas en vistosos vestidos rameados, hojeaban unas revistas. El doctor Pereira no estaba. Debía permanecer en su habitación, lector incansable; o en el sofá de la terraza.
—Busque a Julián, el “maître”. Ivonne me seguía callada. Yo trataba de conservar la serenidad, pero debían notarse mi palidez, mi nerviosismo.
—Julián, reúna en el bar a todo el personal de servicio. Avise al doctor Pereira. Procure hacerlo antes de cinco minutos.
Julián, alto, canoso, reposado, seguro de sí, dijo:
—¿Un incendio, señor Lomas?
—Peor.
Cinco minutos después, sin rodeos, di a conocer la noticia. Julián la tradujo para los cuatro suecos. Yo añadí:
—Les ruego lo comprueben por sí mismos antes de tomar cualquier decisión. Y usted, Julián, póngase en contacto con la capital y dé la noticia a las autoridades. Trate de hacer comprender la gravedad de la situación.
Momentos después se inició la desbandada. Los Anderson metieron a puñados su equipaje en el coche y lo pusieron en marcha; sus dos compatriotas les seguían, un minuto más tarde. Julián dio instrucciones a los empleados, que colmaron la furgoneta oficial sin despojarse siquiera de sus ropas de servicio.
—Yo permaneceré aquí. Espero que podamos resolver esto sin males mayores. Procurad que envíen un helicóptero. Será lo mejor.
Uno tras otro, los coches enfilaron la carretera, que empezaban a cubrir las arañas. Se vio patinar el de los Anderson, recuperarse luego, perderse los tres en la primera curva.
El doctor Pereira se me acercó:
—Voy a quedarme, señor Lomas.
—Yo también.
—Lo suponía. Claro que nuestros motivos son diferentes. Usted busca el sensacionalismo…
—La noticia, doctor. Y no la busco; sencillamente, la he encontrado.
—¿Sabe lo que se juega?
—No llegará la sangre al río.
—¿Usted cree?
—Doctor, parece satisfecho.
—Lo estoy.
—¿Por qué?
—Porque voy a vivir el momento más importante de mi existencia.
—¿No tiene miedo?
—Desde luego. Pero vale la pena.
Ivonne bajaba la escalera principal. Sus ojos azules tenían un brillo extraño. Me acerqué:
—Debió marcharse en la furgoneta.
—Tengo mi coche.
—¿Por qué se queda?
—Porque sería incapaz de conducir. Estoy aterrorizada.
—No lo parece.
Me miró largamente y salió al jardín. La piscina colmada de un agua clarísima, dejaba ver el fondo de losas verdes. Ivonne hundió su mano y la retiró, presta:
—Helada.
—Lo está siempre, pese al sol.
El rumor crecía. Las pequeñas formas blancas borraban ya la cinta de la carretera, avanzando hacia la casa.
—Vamos adentro.
Julián se dirigió a mí.
—No querían creer lo que les decía, pero enviarán ese helicóptero.
—Julián, cierre todas las puertas y ventanas. Asegure los pestillos. Rellene con trapos o papeles las juntas, los posibles huecos. Nosotros vamos a la azotea.
Subimos, Ivonne, el doctor y yo. Mudos, contemplamos el espectáculo, la ola blanca que se acercaba incontenible. De pronto, Ivonne gritó:
—Mirad.
Se había vuelto hacia el volcán y señalaba su falda, por la que descendía un torrente de blanca lava.
—Mis queridos amigos —dijo el doctor Pereira—, el volcán ha entrado en erupción; pero lo que arroja no es lava: son arañas.
En efecto, del cráter del volcán salían, a borbotones, como espuma, millares, millones de arañas. Pereira añadió:
—No me cabe duda. Es una invasión: organizada, preparada durante siglos. Y me temo que no podremos contenerla. Esta mañana he recordado lo que hace tres mil años escribió Chen-Fu sobre un muro del palacio imperial chino: “Del vientre de la tierra brotó la vida; del vientre de la tierra brotará un día la muerte”. Creo que ese día es hoy. No hay nada que hacer.
—He dejado a Ivonne y al doctor arriba y me he puesto en contacto con vosotros. Bob, ¿me oyes?
—Perfectamente, Gino. ¿Qué vas a hacer?
—Aguantar hasta el último momento. Confío en poder salir de aquí en helicóptero. Todo depende del tiempo que tarden en llegar.
—¿Los pilotos?
—No. Las arañas. Y ahora lo dejo, Bob. Estad a la escucha.
—Descuida.
—Menos mal. Creí que volverías a decir “vale”.
—Habla de nuevo Gino Lomas, desde el Parador Alto, al pie del Teide. ¿Me oís?
—Con menos claridad, Gino. Pero te oímos.
—La situación se agrava. Ivonne, en un ataque de histerismo, ha intentado abrir el garaje y salir en el coche. Hemos tenido que darle un calmante. No avanzaría cien metros entre esa masa resbaladiza, brillante, que nos rodea y nos envuelve. Porque han empezado a ascender por las paredes de la casa. A través de los cristales, sus vientres translúcidos casi dejan pasar la luz. Pero hemos tenido que bajar las persianas para no verlas. El agua de la piscina ha desaparecido bajo su enorme masa viscosa. Lentamente, van recubriendo los muros. Se siente su hervor en torno, creciente, obsesivo. Si el helicóptero se retrasa verá desde el aire un montón blanco, sin forma: no un edificio. Sólo si arrojan gasolina y la incendian, o actúan con lanzallamas podrán abrir un hueco para tomar tierra. Claro que existe la posibilidad de que nos achicharren también a nosotros, pero no vemos otra solución. El doctor Pereira está tranquilo. Julián reza.
Ahora se oyen los motores. Hemos descorrido las persianas, pero es imposible ver nada. Sólo vientres claros, vientres transparentes. Julián me avisa que el ventanuco de la cocina ha cedido y empiezan a entrar por él las primeras arañas. Hay que matar a estos seres repugnantes, tratar de taponar el hueco. Termino, Bob.
—Suerte, Gino. Seguimos a la escucha.
—Vale. ¿Contento?…
Aquí, radio Centro. Señores radioyentes: acabamos de dar íntegra para ustedes la información que, desde el Parador Alto, al pie del Teide, nos ha hecho llegar, por teléfono, nuestro colaborador Gino Lomas. Desde hace cuatro horas estamos tratando infructuosamente de ponernos en contacto con él. Según noticias recibidas de la capital de la isla, las comunicaciones están interrumpidas, las carreteras cortadas. Observadores aéreos informan que la invasión prosigue. Millones de millones de arañas se extienden por la isla sin que hasta el momento se haya encontrado el medio de contenerlas. Las autoridades están actuando con la mayor diligencia y técnicos de la península se han desplazado allí urgentemente. A la hora en que comunicamos, comienzan a llegar a nuestra emisora noticias poco tranquilizadoras. En la comarca de Olot, de origen también volcánico, comienzan a advertirse síntomas similares, y desde Nápoles anuncian que las laderas del Vesubio están poblándose de una lava blanca formada por animales vivos. Los temores de nuestro compañero parecen confirmarse. Dentro de treinta minutos esperamos facilitar a ustedes noticias más concretas de estos nuevos invasores. Oigan, entretanto, nuestro espacio musical.