País Relato - Autores

carlos buiza

historia de amor

»Los inviernos de Polkj son largos y fríos. No se parecen a los cálidos inviernos de la Tierra. Allí hay sol en medio mundo mientras el otro medio se cubre de blanca nieve; es como si la noche y el día durmiesen juntos, muy juntos, abrazándose. Aquí todo Polkj se hiela; durante cien años terrestres permanecemos dormidos, aletargados, sin vivir. Después nos levantamos más viejos, más gordos, mas cansados. Comenzamos nuestra nueva vida con inquietud, inseguros al principio; así transcurren otros cien años.
»Es triste haber conocido la Tierra. Es triste haberla conocido sabiendo que nunca más podré volverla a ver. Fue como un sueño, como una ilusión materializada por algún milagro. Algo increíble. ¡Qué bella era! Y los terrestres, los queridos terrestres, con sus menudos y ágiles cuerpos con sus despiertas mentes en sus amplios cerebros, ¡qué bellos son!
»La bendición de las estrellas, la gloria de los espacios, los Reyes de la Creación…, ¡cómo los quiero!
»Oigo el cierzo de Polkj soplar enfurecido fuera de la cueva. No se parece en nada al amable cierzo que conocí en la Tierra. Este es maligno, infernal; es un frío asesino. Por eso hemos de permanecer cien años en este encierro. Se parece al frío sideral, que interrumpe cualquier halito de vida en Polkj.
»El espacio… otra maravilla que desde aquí nunca podemos contemplar. Nuestra maldita atmósfera está rodeada por nubes amarillas y grises, que la luz de nuestro sol nunca podrá atravesar; sólo penetran a su través las radiaciones que nuestros cuerpos necesitan cuando están despiertos.
»El espacio… Mi viaje fue inexplicable. ¡Qué amables fueron los terrestres! Ahora rememoro su llegada en aquella inmensa nave que parecía un mundo pequeño; su llegada tan lejana que parecen haber transcurrido mil millones de siglos desde entonces. Sólo en dos horas, en dos cortas horas de la Tierra, pudieron hablarme y pude comprenderles: por una parte nuestras mentes receptivas; por otra, su complicado y efectivo cono de la memoria… Así pude oír sus voces agradables, sus palabras que se formaron como cataratas de cristal y de sonido, que compusieron como arabescos de luz sólida produciendo belleza y tranquilidad en mi espíritu.
»¡Cómo os añoro, queridos terrestres!
»Durante el largo viaje —que a mí se me hizo muy corto—, ellos me fabricaron unas vestiduras especiales, muy ligeras y muy seguras, para cuando llegásemos a la Tierra. Mi cuerpo no está hecho para soportar el clima terrestre. Es natural. Se supone fácilmente en cuanto se ve: tengo un cuerpo feo, monstruoso, lleno de arrugas y cráteres; parece un pergamino. El color también es feo, como el color de Polkj, amarillo y gris, y por las noches despide una fosforescencia horripilante. Tampoco su olor es agradable: hasta los perros terrestres rehuían mi proximidad; el fétido olor parecía filtrarse a través del hermético traje. Por eso, ¿cómo iba a poder estar sin protección en un mundo lleno de belleza?
»De pronto, una mañana —tenía que ser una mañana— apareció la Tierra en las pantallas de los visores. Cuando la vi, del tamaño de una manzana, brillando como una increíble gema en el negro espacio, mi interior se detuvo. Era un milagro en el cielo. Sus mil reflejos me invadieron como una ola de amor… Porque desde el principio la amé, ¡inmensa fuerza con que sólo a las cosas sublimes se puede amar! Quise comunicaros todas mis sensaciones, pero el cono de la memoria no estaba ya sobre mi cabeza y nadie pudo comprenderme. ¡Qué pena! Me llevasteis a mi departamento para que descansase, como si yo pudiera descansar sabiendo que maravilla estaba a punto de contemplar… ¡pisar la Tierra…!
Esta vez parece que el viento es más fuerte. Estamos todos apretados en la cabaña, unos contra otros, y nuestros rústicos corpachones no despiden casi calor… El sueño tarda en llegar esta vez. Por una parte lo deseo: así podré pensar en vosotros; pero también es un martirio porque sé que jamás podré veros de nuevo.
»Llegamos. Un sol radiante invadía todos los rincones. Ni un sólo lugar estaba a la sombra. ¡Cómo podría explicar esto a los míos! Lo he intentado un millón de veces y se quedan igual; no podrían entenderlo ni aunque les estuviese hablando hasta la eternidad… Parecía un rio de oro que discurriese junto a mí, sobre mí, arriba y abajo. Hubisteis de notar mi maravilla porque me atasteis a un vehículo sobre el cual recorrimos una gran distancia. Gracias, amigos, por el espectáculo; fue corto, pero mereció la pena. Vosotros estabais a mi lado mirándome, vigilando de vez en cuando mis correajes, no fuera a caerme. Os lo agradezco una vez más.
»Después de subir una gran cuesta entramos en el Palacio de Cristal. Todo allí era transparente, brillante, limpio. Había mesas blancas y aparatos hechos con blancos metales; muchos de vosotros ibais de un lado para otro enfundados en bellísimos trajes también blancos. Los que me miraban, corrían, posiblemente para comunicar la novedad a los demás. Yo hubiera querido hablaros y que me pusieseis de nuevo el cono; o, al menos, poder oír nuevamente vuestras voces. Más no supe haceros ver mis deseos; mi rústica mente no encontró la forma. Pero aún recuerdo las palabras que oí la primera vez. Jamás podrán olvidárseme.
—La cosa esta clara —dijo el comandante—: un planeta superpoblado… si pueden ser considerados estos engendros como población; cien años al frío y otros cien al calor; una masa de nubes que sólo filtra algunas radiaciones y una estrella madre que fácilmente puede ser hidrogenada. En cuanto nos dé la gana. Así, el planeta se revitalizará, desaparecerán las nubes, y se convertirá en la segunda Tierra que tanto hemos buscado.
—Pero los cien años de frío… —dijo, confuso, el Regidor.
—Desaparecerán, excelencia. El frío no guarda relación con la órbita del planeta ni con su rotación axial: se debe a las puntuales reacciones de la atmósfera. Desaparecidas las nubes, una vez hidrogenado el sol, las estaciones se distribuirán en dos básicas: invierno y verano, y la temperatura se estabilizará entre los cero y los treinta grados.
—¡Al fin! —exclamó el Regidor pasándose la lengua por los labios—. Y esos bichos…
—Solucionado también, Excelencia —intervino el biólogo de la expedición—. Se pasan durmiendo los cien años de frío. Fuera, todo se cubre de hielo, desaparece toda vegetación, aletargándose; no existe ningún recurso de supervivencia. ¿Se figura que les pasaría si no pudiesen dormir?
—Morirían de hambre.
—Exacto, Excelencia: de hambre.
—¿Entonces?
—Entonces, señor, teniendo en cuenta los diez años que la estrella invertirá en el proceso de hidrogenación y teniendo en cuenta que la droga se propagara, totalmente, en cinco, tardarán en eliminarse más o menos el mismo tiempo que el proceso dure. Cuando este acabe no existirá ni uno de ellos. Nos ahorrarán un trabajo inmenso.
—¿El resultado, pues, será positivo? —pronosticó el Regidor por decir algo.
—¡Sin duda, Excelencia! Ya le hemos inyectado. En cuanto lo dejemos en su mundo comenzara el contagio… Y puedo asegurarle que será rápido.
—Bien, señores —exclamó el Regidor levantando su copa—: brindemos por nuestra buena estrella…
¡Cuánto tardamos en dormirnos esta vez! Mi familia parece intranquila; noto sus despiertas mentes incapaces de conciliar el sueño. Les habré contagiado mi nerviosismo… No es para menos, amigos, porque, aunque sufra, espero no haberme olvidado de vosotros dentro de cien años, cuando despierte… No pude advertiros que nuestro invierno durará cien años —aunque no creo que nos hagáis más visitas. Pero si venís entretanto yo no lo sabré y no sufriré por no haberos visto.
… Todo el exterior se hiela, toda vegetación desaparece, todo se duerme… incluso nosotros, la única vida animal inteligente, la única especie de Polkj.
He de dormir… Empiezo a tener hambre. Me concentraré…
Pero mi último pensamiento será para vosotros, queridos terrestres.
Porque os amo con todas mis fuerzas…”