Lacónica fue la frase que dijo el tipo de los bigotazos: «Vamos jovencito, ya se lo devolveremos para que algún día siga escribiendo sus tareas y estudiando... si sale de esta con vida. Ahora es tiempo de matar gringos para salvar a la Patria». Su autoridad le eximía de decir algo más. Iba vestido de fajina militar y era sin duda el jefe del pelotón, quien estaba de pie junto a la pizarra y al frente de unos cuantos niños y niñas de pelos chuzos negros, de ojitos aindiados y con las caras manchadas de mugre y miedo. Además del uniforme, llevaba escopeta y los cartuchos terciados en bandolera. Lo dijo a primeros del siglo pasado, a un niño, y se lo llevaron como soldado para formar en las filas del ejército de Augusto César Sandino, el general patriota nicaragüense. Lo fueron a buscar al ranchito que hacía de escuela rural, le quitaron el cuaderno donde practicaba sumas y restas y le pusieron un fusil en las manos. Y se fue, aunque más bien lo fueron.
Hoy, un siglo más tarde, el anciano que en aquellos días era el niño, recuerda el episodio con serenidad, como se ha tomado todo en la vida. Incluida la guerra. Una vida larga, larguísima, de ciento diez años. En aquel tiempo no era consciente de que le habían hecho cambiar las matemáticas elementales por la Historia. Al fin que se fue al monte a tirar tiros y quizás haya matado a más de un gringo. Aunque confiesa que nunca tuvo buena puntería, o quizás no la quiso tener. Ni él mismo lo sabe o no lo quiere saber, que es diferente pero es igual. A los veintitrés años luchó contra los marines norteamericanos en la Batalla de Ocotal, el pueblo donde nació y que él vio cumplir, siendo un párvulo, el primer siglo de su fundación y no hace mucho también, el segundo.
En una ocasión escuchó decir al viejo Tacho Somoza, al primero de los tiranos: «Que yo sepa tengo una sola hacienda y se llama Nicaragua». Padeció la continuidad de la feroz dictadura bajo las botas de su hijo Tachito. Padre e hijo se disputaron la crueldad, la arbitrariedad y el latrocinio. A muchos vio nuestro hombre cómo los enterraban después de matarlos a balazos, a los héroes y a los villanos, y ahora sigue allí, esperando, como desde hace tantos años a que la parca lo venga a buscar de una vez por todas a él también. Pero la muy testaruda no sabe otra cosa que negarse o perderse por el camino.
¿Qué no fue en su vida Héctor Gaitán? Hombre alto y hermoso en sus años mozos, siempre la piel blanquita como la conserva aún hoy, con las manchas de los años, que no de la vejez. Vive con su mujer Nora, cuarenta años más joven, la última de todas, en la vieja estación de un ferrocarril ya fantasma. Entre las vías muertas crecen los matorrales y a los andenes, pulcros de limpieza por las manos de Nora, se les nota el descuido del tiempo, con la herrería oxidada y los letreros con faltas de ortografía porque algunas letras se les han caído. Apenas si se puede leer el nombre de la estación: El Progreso.
El viejo Gaitán fue guerrillero, minero, telegrafista y también ferroviario. Sería tedioso seguir nombrando los tantos oficios en los que supo ocuparse. «Que si uno no se está quietecito, en tantos añares le da para hacer muchas cosas», dice socarrón don Héctor. Tuvo media docena de hijos con otras mujeres, pero cuando conoció a Nora se dio cuenta de que quien mucho abarca poco aprieta y solo se dedicó a ella, y a los diez hijos que vieron ir naciendo. No recuerda si uno de ellos, también de nombre Héctor y diez años mayor que Nora, fue el primogénito. Quizás hubiera habido algún otro antes y se haya muerto. Él cree que sí, que fue el primero, por eso lo bautizaron con su nombre.
El padre se siente muy orgulloso de su hijo, aunque ya no pueda decírselo. Murió hace dos años, a los setenta y ocho. Que un hijo se te muera a esa edad y lo puedas llorar, es quizás una ironía de Dios o un abuso del destino.
Héctor hijo era un gran actor de radionovelas de las que don Gaitán no se perdía ni un episodio. «¡Cómo disfrutaba cada capítulo!», cuenta su mujer. Si al hijo lo conocían en todo el país como el señor de las historias, a don Gaitán, se lo conoce como el padre del señor de las historias.
Hasta hace muy poquitos años solía hacer gimnasia y ahora, salvo los días lluviosos, no deja de pasearse a sus aires el pueblo enterito. Cuando joven la lectura le ayudó a dejar el alcohol al que se estaba aficionando y un buen día se dio cuenta de que lo mejor, para no tener problemas en la vida, era quedarse con una sola mujer. La buena compañía de Nora y sus hijos es otro de los ingredientes de su longevidad. Eso, solo eso ahora, es lo que necesita para seguir viviendo. Ser honesto, no meterse en malas vainas y disfrutar de lo poco que tiene (lo poco material), son las otras ayudas para mantenerse sano y centenario.
«Lo que me dificulta es que veo de un solo ojo... y eso me atrasa la lectura a la mitad». Gracias a que en Ocotal, allá a principios del siglo pasado era uno de los pocos que sabía leer, lo hicieron telegrafista. Pero todo se acaba en la vida (aunque no parece que los días de don Gaitán), y en una oportunidad un funcionario del gobierno se apersonó en su estación y le dijo que el tren ya no pasaría más por esas vías. «Vamos patrás como los cangrejos», dicen que le dijo don Gaitán, porque para él, el ferrocarril es el progreso.
Como había perdido su documentación con tantos viajes que había hecho en su juventud (había estado en El Salvador luchando junto a Farabundo Martí) y no podía gestionarse una jubilación, le dejaron a cambio la estación como vivienda.
«Saber vivir es la mejor ciencia», dicen que dijo, y se acomodó ahí mismo con Nora y los hijos a seguir viviendo.
Ahora le tienen que ayudar a caminar porque las piernas le flaquean y «porque nos parieron con dos ojos, no con uno. De no, Diosito nos lo hubiera puesto en el medio de la frente como ese monstruo tan espantoso que luchó contra Odiseo». Le gusta leer a don Héctor, ¡cómo que se traga los libros..., porque se los traga!
Hablando de tragar, don Héctor Gaitán comió de todo en su larga vida. «Hasta mono comí», dice riendo y mostrando una dentadura faltona, pero suya. Por eso asegura que no hay que cuidarse mucho con lo que se manda al estómago. «Salvo el alcohol. Eso sí que no es bueno, porque además trae pendencias y la gente borracha no se controla y acaba matándose a tiros..., poco tiempo viven los borrachitos».
A veces no habla sino que piensa en voz alta. Entonces sus pensamientos dicen que la envidia, los chismes y las amenazas, son cosas malas que no hacen sino acortar la vida de las personas y además hacen que uno viva con un nudo continuo en la panza.
«Yo nunca fui ambicioso. Cuanto uno más tiene, más quiere y cuanto más quiere más se afana en conseguir lo que no tiene. Ya vienen los demás con las envidias y maldades, a molestarlo a uno. ¿Para qué tener tanto entonces? Con lo suficiente para vivir, basta. Mi esposa Nora me conoció con cuarenta años menos que yo y exagerado de pobre, muy pobrecito. Para mí ella es lo principal».
Hace muchos años se vino por los pueblos del campo un hombre pequeñito y manso, al que llamaban «Negro». Venía intentando convencer a la gente para que se sumara a la lucha contra la invasión de los Estados Unidos, porque hacían lo que querían en el país y al pueblo solo le dejaban miseria. Pero los de Nueva Segovia lo rechazaron. Le dijeron que ellos no estaban para luchas y mucho menos contra ese enemigo que bien fuerte era. Que mejor era seguir siendo pobres e invadidos.
«¡Inválidos... eso es lo que son, además de invadidos! Ese hombre se llamaba Augusto César Sandino y nadie le creía, pero él tenía una paciencia de ángeles y mucha razón en lo que decía. Al fin Somoza lo traicionó y lo mandó fusilar. Aquí me ve usté, a mí nunca me fusilaron hasta hoy día, será por eso que he podido llegar a cumplir más de cien», y se ríe don Gaitán de su ocurrencia.
Varias décadas atrás era muy amigo del carpintero de Sábana Grande, donde vive ahora, en la estación del ferrocarril que ya no pasa. El ferrocarril ausente.
«Yo le decía a Esteban Roque que él mismito me iba a fabricar el ataúd donde un día me meterían dentro. ¡Hágamelo bien cómodo, don Esteban!, mire que me voy a estar ahí dentro para siempre. Oiga, que para eso era el carpintero del pueblo y mi mejor amigo. Por mi parte iba a poder presumir que ese abrigo de madera me la había hecho él, que más que un carpintero era un artista, el mejor. Esteban me decía que no, que él se iba a morir antes que yo. Entonces yo le decía que mejor que me dejara hecho el ataúd, pos, antes de irse para el otro barrio.»
Su amigo el carpintero murió hace más de diez años y por fin se fue sin dejarle hecho el cajón, el muy ingrato. El día que murió Esteban Roque don Gaitán lo lloró como se llora a un gran amigo, pero también derramó unas cuantas lágrimas por el ataúd que nunca le hizo. «Eso no se le hace a un hermano», le decía junto a la caja mortuoria mientras le acariciaba la cabeza.
A los noventa años don Héctor Gaitán pensó que había vivido suficiente, que se le había ido la mano, entonces él mismo talló su epitafio en una plancha de mármol:
«Saber vivir es la mejor ciencia», escribió.
Pero la muerte se le demora en venir a buscarlo y ahí lo ha dejado al Epifanio (como él llama a esa losa de piedra noble), abandonado por el momento, bien colocadito en una tumba que aún está vacía y medio tapado por los cagados de los gallinazos. Eso sí, siempre se ocupa de que no le falte un ramo de gardenias blancas.