País Relato - Autores

carlo frabetti

par

Nada más verla, acurrucada en un banco del parque, comprendió que ardía en su misma fiebre.
Aquellos ojos alucinados, las profundas ojeras de un insomnio implacable, aquella actitud tensa, a la vez asustada y desafiante…
A pesar de su patética demacración, se veía que era joven. Había sido hermosa, mejor dicho, aún lo era: en su expresión brillaba la arrogante belleza de la rebeldía.
Él se estremeció violentamente, incapaz de apartar los ojos de ella, que, absorta en alguna dolorosa obsesión, no se había dado cuenta de su proximidad. Él era tímido y retraído, del mismo modo que son tímidos los perros que han recibido muchos golpes, pero una fuerza superior a cuanto hubiera experimentado hasta entonces lo obligó a permanecer allí, a pocos metros de ella, mirándola fijamente… Tal vez fuera la última mujer de la ciudad. La última mujer sin su PAR…
El PAR, prodigiosa culminación de la tecnología, no había sido un invento súbito, inesperado. Se había llegado a él paso a paso, a lo largo de años de progresivos perfeccionamientos.
El punto de partida del proceso había que buscarlo en aquellas muñecas de goma con forma de mujer, de tamaño natural, que habían hecho furor en la segunda mitad del siglo veinte.
Con el tiempo, la goma fue sustituida por materiales cada vez más convincentes. Las muñecas fueron provistas de un armazón interno y un motor central que les imprimía movimientos rítmicos… cada vez más convincentes.
Termostatos, sincronizadores, efectos acústicos… De la muñeca hinchable al robot-concubina, difícil de distinguir de una mujer real, la escalada fue rápida e ininterrumpida.
Naturalmente, el robot-amante masculino no tardó en aparecer.
Se fabricó en serie diversos tipos de ambos sexos, para todos los gustos, y los que tenían suficiente dinero para ello podían encargar robots “a la medida”, o incluso modelos de gran fantasía, con rasgos extrahumanos, miembros supletorios, efectos especiales, etc.
A los androides, para ser perfectos, sólo les faltaba un alma. Un alma a la medida que la sirviera de complemento psíquico al usuario.
Pero la psicología, la neurología y la cibernética no se habían quedado atrás.
Cuando se hubo conseguido un símil electrónico satisfactorio del cerebro humano, se pudo dar el paso definitivo: del robot-amante al robot-pareja-ideal… El PAR.
Su fundamento teórico era bien sencillo: una vez establecido, mediante tests de muy diversos tipos, el esquema psíquico de un individuo, se programaba el pseudo-cerebro de su androide-pareja de acuerdo con sus exigencias intelectuales e idiosincrásicas.
Cada robot iba además provisto de un receptor de ondas cerebrales sintonizado con la frecuencia mental de su dueño, para poder captar sus cambios de humor y adaptarse a ellos; un auténtico “sexto sentido”, esa comprensión más allá de las palabras que no puede faltarle a la pareja ideal.
Ella alzó la cabeza bruscamente, como si de pronto la presencia de él la hubiera tocado.
Sus ojos se encontraron y se reconocieron y sus fuegos febriles se entrelazaron en un único incendio…
Era muy difícil distinguir a un robot de un humano, no sólo por lo perfectamente que las máquinas imitaban a los hombres…, sino también por lo recíproco.
Y más que difícil, la distinción era, en la mayoría de los casos, superflua. Las relaciones interhumanas se habían convertido en meros ritos que un autómata podía efectuar igual o mejor que un hombre.
Naturalmente, en tan uniforme panorama sociológico, los inadaptados destacaban como esporádicos tumores. Tumores que había que curar.
O extirpar.
Se sentó junto a ella, en silencio.
Sus ojos, como cautivos de una mutua hipnosis, no se separaron ni un instante. Sus manos se buscaron y enlazaron, temblorosas al principio, luego con desesperada fuerza.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el con voz casi inaudible.
Cuando los inadaptados eran aun relativamente numerosos, se reunían en pequeñas tribus seminómadas y semisalvajes. Usaban nombres antiguos, ropas sencillas y escasos utensilios mecánicos.
Pero, su vida se había ido haciendo cada vez más dura, cada vez más difícil. Poco a poco, el sistema los había ido captando con los más sutiles señuelos.
Llegó el día en que prácticamente todos los habitantes de la ciudad, hombres y mujeres, tenían su PAR.
—María —respondió ella, esbozando una sonrisa.
Era la primera vez en mucho tiempo que veía sonreír de aquella manera… Dulcemente, con comprensión y ternura, y también con un punto de tristeza…
—María…
No necesitaron hablar mucho. A las pocas horas corrían juntos a través de la noche, cogidos de la mano, alejándose para siempre de la ciudad…
—oOo—
Una vez comprobada la eficacia del modelo experimental “María ojos atormentados”, fue fabricado en serie y distribuido estratégicamente por parques y lugares solitarios.
De este modo, la ciudad resolvió por fin el engorroso problema —más que nada estético— de los últimos inadaptados.