En el año 2047 —cinco después de la primera expedición individual a Marte— fue descubierta en las excavaciones de Mesopotamia una extraordinaria máquina de indudable procedencia extraterrestre. Tenía características de vehículo espacial, pero por su reducido tamaño y su compacta y complejísima estructura se dedujo que se trataba de una nave-robot sin tripulantes. Al principio se pensó que había sido enviada para recoger datos sobre la Tierra y transmitirlos a sus misteriosos constructores, pero la ausencia de transmisores de largo alcance parecía contradecir esta hipótesis.
Fueron practicadas infinidad de minuciosas investigaciones y formuladas numerosas teorías, pero ninguna resultó plenamente satisfactoria.
—oOo—
Iba a morir, pero ni siquiera esa terrible certeza lograba sofocar la serena dicha que lo embriagaba.
Durante un mes había paseado libremente por un nuevo mundo, bajo un nuevo cielo. Había visto amanecer cada mañana con renovada sorpresa un sol pequeño y apretado como una pupila de fuego, como uno de esos enormes rubíes que las leyendas sitúan en la frente de gigantescos ídolos orientales. Durante un mes había sido la voz de Marte, y a través de él —pues afortunadamente el transmisor había salido casi indemne del violento aterrizaje—, el austero y solitario planeta rojo le había hablado a la Tierra de sí mismo.
Su misión estaba cumplida. A pesar de que la nave había quedado inutilizada para el regreso, la expedición podía considerarse como un rotundo éxito. Con los datos por él suministrados, los científicos planificarían la no muy lejana colonización, la cura de rejuvenecimiento de un mundo viejo y cansado. Habría grandes dificultades —sobre todo para regenerar la atmósfera, demasiado pobre en oxígeno, hasta hacerla respirable—, pero serian superadas.
En el interior de la astronave, el aire enrarecido era ya prácticamente irrespirable. Dijo adiós a la Tierra, cortó la transmisión, se enfundó su traje espacial y salió. Se aproximaba el hierático crepúsculo marciano. En el tanque de oxígeno había reserva para una hora escasa… Suficiente para un último paseo. Pero a los pocos pasos, la emoción y el cansancio le paralizaron las piernas. Se tumbó boca arriba y hundió los dedos en la arena rojiza. Entornando los ojos, el primer marciano se dispuso a morir.
—oOo—
La arena se fue ablandando bajo sus dedos crispados, mientras la noche se inundaba de una tenuisima y hasta entonces desconocida luz violácea.
“¡Qué larga puede ser una hora —pensó sorprendido de estar todavía vivo— y que dulce una agonía!”.
Cuando la luz creció hasta convertirse en vivo resplandor estático y sintió en sus pulmones la caricia de una bocanada de aire fresco, comprendió que, por un extraño milagro, no estaba agonizando, sino volviendo a la vida. Abrió los ojos de par en par e intentó incorporarse, pero sus entumecidos músculos no le respondieron. Excepto aquel fantástico resplandor, no veía nada, ninguna forma concreta. Era como yacer sobre el acolchado fondo de un lago de luz violácea.
Y el lago le habló. Le habló dulcemente, sin palabras, como pulsando un misterioso teclado de su mente que ni él mismo conocía.
—Has estado inconsciente varias horas —le dijo la luz—. Ya estás fuera de peligro, aunque muy débil todavía. Te hemos salvado cuando estabas a punto de morir, y ahora te pedimos prestada tu vida. Te pedimos que dejes atrás tu mundo y tu tiempo y vengas con nosotros a visitar al Padre, que a todos nos espera en un lejanísimo rincón del espacio. Te rogamos que accedas, aunque, naturalmente, puedes rehusarte, en cuyo caso te devolveremos a la Tierra.
Con una voz mental recién estrenada, el astronauta respondió:
—Iré con vosotros. —Y perdió el sentido.
—oOo—
Cuando abrió los ojos por segunda vez, la luz violeta había desaparecido. Se hallaba tumbado en una litera, desprovisto de su traje espacial, en un extraño camarote perfectamente aireado e iluminado. Al incorporarse se halló frente a tres criaturas de gran tamaño y aspecto reptiliano enfundadas en sendas escafandras autónomas transparentes.
—Nos alegra verte restablecido, hermano —le dijeron telepáticamente los antroposaurios— y te agradecemos que hayas accedido a venir con nosotros. El Padre estará contento de verte.
—Soy yo quien debe daros las gracias por haberme salvado la vida. Pero decidme: ¿dónde estamos?, ¿quiénes sois?, ¿adónde vamos?, ¿cómo es que, siendo tan distintos a mí, me llamáis hermano y me habláis de un Padre común?
—Es una historia muy larga, terrestre. Una historia que comenzó hace un millón de años. Ante todo, debes saber que estás en una gran astronave, rumbo a una lejana galaxia. La primera vez que recuperaste la conciencia —cuando accediste a acompañarnos— estabas en nuestra base subterránea de Marte, desde la cual estudiamos tu planeta Y tu raza desde hace muchos años. Hemos acondicionado este camarote especialmente para ti, pues nosotros no respiramos oxígeno. Nuestra nave, y otras tres que nos acompañan, forman una expedición compuesta por representantes de otras tantas razas cósmicas, muy distintas entre sí, pero todas hermanas. Acudimos a nuestra milenaria cita con el Padre.
»Como ya te hemos dicho, la historia que vamos a contarte comenzó hace un millón de años. Existía entonces un planeta, por lo que sabemos no muy distinto del tuyo, con una avanzadísima civilización. Sus habitantes, de extraordinaria longevidad e inteligencia, Vivian dedicados a la investigación, a la meditación y el arte. Un día, los astrónomos descubrieron que su sol iba a convertirse en nova.
»A pesar de sus enormes conocimientos, no estaban en condiciones de detener la catástrofe ni de emigrar a otro planeta habitable, pues no existía ninguno en la zona de espacio por ellos conocida. Entonces, bajo la dirección de un gran sabio, el Padre, llevaron a cabo un audaz y desesperado proyecto para evitar la total extinción de la vida. Construyeron unas complejísimas matrices artificiales, y, en el interior de cada una instalaron doscientos ochenta y ocho cigotos humanos, ciento cuarenta y cuatro de cada sexo, en estado de suspensión vital. Estas esporas metálicas fueron lanzadas al espacio en todas direcciones, con la esperanza de que algunas cayeran sobre mundos aptos para la vida y germinaran. Cada una de ellas iba provista de un prodigioso cerebro electrónico encargado, no sólo de las operaciones de navegación y aterrizaje, sino también de una delicadísima y trascendental tarea biológica; una vez posada la matriz sobre un planeta, el cerebro electrónico debería captar todas sus características ambientales para luego, de acuerdo con sus conclusiones —y esta era la parte más prodigiosa del plan— modificar los genes y programar el desarrollo de los embriones de forma que los futuros individuos se adaptaran lo más perfectamente posible a las condiciones vitales del nuevo mundo. Cada micronave iba provista de un robot-nodriza encargado de cuidar las criaturas hasta su completo desarrollo. La matriz metálica iría “pariendo” a los bebés de dos en dos, por parejas heterosexuales, y, atendida por el robot, podría funcionar durante muchos años, hasta producir, en el caso óptimo, ciento cuarenta y cuatro parejas de seres racionales o potencialmente racionales, más que suficientes para poblar un planeta.
»Poco antes de la explosión fatal, el sabio que había coordinado el proyecto fue lanzado al espacio, en estado de catalepsia, en una gran astronave con un numeroso séquito de robots. Durante un millón de años vagaría por el cosmos hasta regresar al punto de partida, para allí despertar y conocer los resultados del gigantesco experimento.
“Como seguramente habrás adivinado, tanto tu raza como la nuestra y las otras tres que nos acompañan descienden de sendas matrices metálicas. Falta poco para que se cumpla el millón de años y termine el largo peregrinaje, el largo sueño de nuestro ancestro. Vamos a su encuentro para mostrarle los frutos de su magna obra, para honrarlo y para oír la voz de su sabiduría. Por eso te hemos llamado hermano y te hemos pedido que vengas con nosotros. El Padre —si todavía vive, si su nave no se ha perdido en las profundidades del espacio— se emocionará al verte, pues tu especie se asemeja más que ninguna otra a la extinta raza de nuestros antepasados”.
El terrestre permaneció anonadado durante varios minutos, mirando fijamente a sus extraordinarios compañeros. Y a medida que los miraba iban difuminándose las siniestras facciones de lagarto, iban destacándose los ojos inteligentes y dulces, aquellos ojos humanos y más que humanos, hasta que en lo más profundo de su ser los reconoció como sus auténticos semejantes, como sus venerables hermanos mayores.
—Pero decidme, hermanos —les preguntó tras un largo silencio—. ¿Cómo conocéis la historia con tantos detalles, si todavía no habéis visto al Padre? ¿Quién os la contó?
—En cada matriz, mediante un sistema de grabación todavía desconocido para los terrestres, pusieron una especie de película que, convenientemente reproducida, revelaría, mediante imágenes y símbolos, cuanto acabamos de contarte.
»El robot-nodriza tenía orden de esconder la matriz en un lugar seguro una vez terminada su misión. Cada ciento cuarenta y cuatro unidades de tiempo —aproximadamente uno de vuestros siglos—, la matriz emitiría señales electromagnéticas con objeto de que sus descendientes pudieran descubrirla y conocer su historia al llegar a cierto grado de civilización. Nosotros hace apenas tres mil años que descubrimos la nuestra, y tardamos casi un siglo en arrancarle su mensaje. Hemos de reconocer que, aunque nuestra técnica es muy avanzada, no hemos construido ninguna máquina comparable a la matriz. Los conocimientos biológicos y psicosomáticos de nuestros ancestros, su dominio sobre el cuerpo y el espíritu, eran sin duda prodigiosos.
»Hasta ahora hemos entrado en contacto con otras cuatro especies matriciales: con tres de ellas mantenemos abiertas relaciones amistosas, mientras que a la tuya, de momento, nos limitamos a estudiarla desde nuestras naves o mediante robots-espía antropoides.
»Ahora hemos iniciado juntos un largo viaje, que durará varios años, hacia nuestro común punto de origen. Tal vez nos encontremos allí con otras razas hermanas venidas de los más diversos puntos del espacio a su cita con el Padre. Tal vez no hallemos más que un desierto cementerio cósmico. Pero vale la pena intentarlo.
—oOo—
Cuando el terrestre despertó por tercera vez habían pasado diez años, aunque para su cuerpo y su mente en estado cataléptico no había sido más que una noche de sueño profundo.
—Ponte tu traje espacial y ven, hermano —le llamó la voz.
Salió de su camarote y, siguiendo la llamada, llegó a la sala central de la astronave. Los tres antroposaurios miraban a través de una gran pantalla telescópica. Sobre un fondo estrellado extraordinariamente denso, que más bien parecía una inmóvil aurora, se recortaba una pequeña mancha negra, como un tumor de noche en un gigante de luz.
—Estamos cerca de nuestro objetivo —el cadáver oscuro y desmembrado de lo que fue un gran sistema solar—. En esa mota negra termina nuestro viaje, hermano.
El pequeño tumor iba creciendo y desgranándose bajo la mirada expectante de los cuatro astronautas. Al poco tiempo, la mancha era ya un gran archipiélago de restos planetarios y, entre los islotes de noche, se destacaba uno débilmente iluminado, como un pálido fantasma en un cementerio.
Hacia él se dirigieron a baja velocidad y entonces el terrestre pudo ver en la pantalla las otras tres naves de la expedición acercándose en trayectorias convergentes.
Las cuatro a la vez se posaron sobre el asteroide iluminado, cerca de una gran cúpula transparente de cuyo interior brotaba la apacible claridad.
No eran los primeros en llegar: otras siete astronaves, de las más variadas formas, rodeaban la cúpula como titánicos centinelas.
En el mismo instante de tomar tierra, una música dulcísima inundó simultáneamente a los representantes de las cinco especies cósmicas.
Cuatro escotillas se abrieron a la vez, y once heterogéneos camaradas se encaminaron juntos hacia la cúpula. Pasaron a través del muro transparente como si se tratará de una pompa de jabón, y a los pocos segundos se hallaron frente al Anciano. Permanecía sentado en el suelo, como un solemne buda, con las piernas cruzadas, erguido el cuerpo enjuto y ligeramente inclinada la descomunal cabeza. Cubierto únicamente por su inmensa barba, parecía a la vez un mendigo y un rey. Una veintena de seres de las más diversas apariencias le rodeaban en actitud reverente.
Los tres ojos resplandecientes del Anciano se posaron, uno tras otro, en los recién llegados, a la vez que su dulce música les daba la bienvenida.
A su vez, el terrestre saludó con los ojos a cada uno de sus hermanos, y casi no vio los tentáculos, las antenas, las escamas, las probóscides… Sólo vio ojos inteligentes y dulces, ojos humanos que le devolvían la mirada con amor.
Se sentó en el suelo, junto a los demás, y se dispuso a escuchar la Palabra del Padre.