Yo era «el Italianini», el único extranjero del colegio. Y además vestía de una forma ligeramente distinta y sospechosamente moderna. Mis pantalones cortos eran algo más cortos que los de los demás niños, y debajo de ellos llevaba, ¡horror!, una especie de bragas.
En un desesperado intento de sustraerme a las burlas y a las agresiones no meramente verbales de mis compañeros, llegué al extremo de comprarme a escondidas unos calzoncillos españoles; pero por más que intentaba enrollarlos, asomaban por debajo del borde inferior de mis pantalones italianos, con lo que fue peor el remedio que la enfermedad (aún faltaba medio siglo para la moda de la ropa interior vista) y tuve que volver al denostado slip.
Por si esto fuera poco, en el libro de historia, al hablar del descubrimiento de América, se mencionaba, entre los exploradores más famosos, a uno conocido como «el Italiano Caboto». Y yo tenía una cabeza muy grande, perfecta para darle un pescozón al grito de «¡Toma, Caboto!».
He dicho que solo había un extranjero en mi colegio, pero sería más exacto decir que había uno y medio. El «medio» era un chico de padre alemán y madre española un par de años mayor que yo, alto y rubio (dos características poco frecuentes en la España de los cincuenta), que, un día, durante el recreo, sin que nunca antes hubiéramos cruzado una sola palabra, se plantó delante de mí y me dijo: «Soy alemán y te odio» (cómo son las asociaciones mentales: mientras echaba a correr como alma que lleva el diablo, me acordé de una frase de Entre los pieles rojas, de Emilio Salgari: «Soy Scibellok y te mato»). Tras su contundente declaración de principios, el semiteutón intentó pegarme, pero por suerte yo corría más que él. A lo largo de todo ese curso, mi principal ocupación durante los recreos fue evitar al Rubiales, como era conocido a causa de su apellido impronunciable.
Pero para salir indemne yo tendría que haber evitado a un diez por ciento de mis compañeros de colegio durante todo el tiempo, lo que era humanamente imposible (a pesar de que durante los recreos solía refugiarme en la biblioteca con la aquiescencia de un par de profesores comprensivos, pues era obligatorio jugar al fútbol). Entre los nueve y los trece años de edad fui la percha de los golpes. Cuando alguien quería pegar bien sin mirar a quién, allí estaba yo, siempre dispuesto a recibir sin rechistar un empellón o una colleja.
Hasta que apareció Fidel Castro, que, además de salvar a Cuba, me salvó a mí.
A mi colegio iba un sobrino del general Moscardó, el héroe del Alcázar de Toledo (que, emulando a Guzmán el Bueno, había inmolado a su propio hijo para no rendir la plaza cuya defensa le había sido encomendada por Franco). El joven Moscardó (he olvidado su nombre de pila, o, para ser más exacto, he olvidado si lo he olvidado o si nunca lo supe), un muchacho apuesto y carismático, no estaba en mi clase, pero íbamos y volvíamos del colegio en el mismo transporte escolar, y una fría mañana de diciembre de 1958, poco antes de las vacaciones de Navidad, arengó a los ocupantes del autobús. «¡Hemos de detener a ese bandido!», dijo refiriéndose a Fidel Castro, como si nosotros pudiéramos haber hecho algo para torcer el curso de la historia. Y yo, que nunca rechistaba, en aquella ocasión no pude contenerme. «Fidel Castro no es un bandido», repliqué, «es como Robin Hood: les quita a los ricos lo que antes ellos les han quitado a los pobres». Moscardó me miró con una mezcla de sorpresa y displicencia, y dijo: «Mira por dónde, el Italianini nos ha salido comunista». Y yo, con una audacia impropia de mi consolidado estatuto de víctima propiciatoria, repliqué: «¡Como Jesucristo!». Y ahí terminó la discusión y empezaron los golpes. Al grito de «¡Blasfemia!», Moscardó se abalanzó sobre mí, jaleado por todos los presentes.
Estábamos sentados en los últimos asientos, y en la parte trasera del autobús había espacio suficiente para una pelea cuerpo a cuerpo. De alguna manera, el traqueteo del destartalado vehículo me favoreció y, para mi propia sorpresa, conseguí retorcer el brazo de mi contrincante e inmovilizarlo. Los demás vociferaron furiosos: «¡Dale fuerte, Moscardó, no te puede ganar un italianini con bragas!», pero no intervinieron; una regla no escrita de las peleas escolares prohibía terminantemente la intervención de terceros cuando dos estaban pegándose.
Otra regla no escrita establecía el protocolo a seguir tras una inmovilización: el inmovilizador tenía que preguntar con tono conminatorio: «¿Te rindes?», y si el inmovilizado contestaba que sí, había que soltarlo sin más y la pelea se daba por finalizada con la victoria del primero. Si el inmovilizado contestaba que no o no contestaba (en este caso callar no equivalía a otorgar, sino todo lo contrario), el inmovilizador apretaba un poco más (el brazo, el cuello o cualquier otra parte sensible) y volvía a hacer la pregunta de rigor, y así hasta que el inmovilizado se rendía. Rendirse a la primera era un deshonor, pero nadie aguantaba más de tres apretones.
—¿Te rindes? —le pregunté a mi contrincante, aplastado contra la puerta trasera del autobús.
él, en vez de limitarse a contestar que no o a no decir nada, exclamó:
—¡Un Moscardó nunca se rinde!
ante tan contundente respuesta, no tuve más remedio que soltarlo.
—No me he rendido —se apresuró a decir él con mira da desafiante.
—Ya lo sé —reconocí.
—Por tanto, no has ganado.
—Vale.
—Y, por tanto, Fidel Castro es un bandido.
—Y si te hubieras rendido, ¿crees que dejaría de serlo? —le pregunté.
—No, claro que no —respondió un tanto desconcertado.
—Entonces, ¿para qué nos hemos peleado?
Moscardó no contestó. Pero al día siguiente se sentó a mi lado en el autobús.
—Me ganaste de chiripa. Perdí el equilibrio al tomar la curva el autobús —dijo.
—¿No habíamos quedado en que no te gané? —repliqué.
—Es verdad, no me ganaste —se apresuró a decir; pero al cabo de un rato me preguntó—: ¿Por qué no seguiste retorciéndome el brazo?
—Porque sabía que no ibas a rendirte —contesté.
A partir de entonces, nadie volvió a pegarme ni a burlarse de mis bragas. Yo no entendía muy bien por qué, hasta que un día oí a dos compañeros que susurraban a mis espaldas. «Pues dice Moscardó que Caboto es un machote», dijo uno, y el otro contestó: «No lo parece, pero si Moscardó lo dice…».
Como quien no quiere la cosa, Moscardó empezó a sentarse a mi lado en el autobús al menos un par de veces por semana. Al principio hablábamos de política (él sostenía que los nazis solo habían matado a unos cuantos judíos, y porque eran agentes del enemigo), pero poco a poco empezó a hablarme de su familia. Así me enteré de que su padre, pariente del héroe del Alcázar y también militar, no le dejaba leer tebeos ni novelas, invocando la suprema autoridad moral de Santa Teresa de Jesús («La imaginación es la loca de la casa» y «Novelas, no verlas» eran sus citas favoritas). Le presté algunos tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, que su padre toleró porque el apellido y el talante del protagonista constituían un claro homenaje a sus valores patrios y familiares.
También le presté algunas novelas de Salgari, que leyó a escondidas.
Al año siguiente, Moscardó no volvió al colegio, al parecer por motivos de salud, y nunca volví a verlo. Mucho tiempo después, alguien me dijo que se había suicidado.