PAIS RELATO

Libros de c. hall thompson

Autores

c. hall thompson

arcilla

No he vuelto allá desde aquella época. Y no soy el único que no lo ha hecho. Me he enterado de que todos los médicos que entonces residieran en la institución del extremo norte de Dunnesmouth han abandonado el sitio para no volver jamás. Lo cual no tiene nada de extraño. Quienes presenciaron lo que allí ocurrió, sintieron necesariamente el impulso de huir lo más pronto posible de la casa maldita. Wickford no pudo permanecer allí más tiempo que yo. Ni siquiera pudo hacerlo aquel novato de la medicina, Fothering, que, no obstante ser tan entusiasta, se conmovió profundamente ante el horrible desenlace del caso de Jeremy Bone. De pie, en la capilla silenciosa, estos hombres recordaban la espantosa muerte que descubrieran en los sombríos rincones del establecimiento; en la habitación que había ocupado Jeremy Bone volvían a ver aquel ser asqueroso y licuescente, surgido de ignotos infiernos para desafiar el raciocinio de toda persona normal. ¿Es pues sorprendente que hayan dejado el sitio para nunca volver?
Sin embargo, otros, que nunca habían oído hablar de la maldición de las marcas de arcilla, se han aventurado alguna vez por esa región de Dunnesmouth, tan tristemente célebre. He oído decir que, ahora, los pórticos de la casa están hundidos; que los aleros están a punto de derrumbarse, y que los muchachos del pueblo suelen ir por las noches a lanzar piedras a los fantasmas a la luz de la luna, y a los cristales de las rechinantes ventanas. Dicen que las zarzas obstruyen el camino que conduce a la casona, y que la reja de hierro forjado oscila como un ebrio; que la puerta principal ya no tiene bisagras y que el orín ha comido el latón de la placa colocada en una columna contigua a la entrada. Empero, si alguien se atreve a acercarse, aún puede leer el estropeado letrero: WICKFORD HOUSE. Y, debajo de esto, con letras casi borradas, una sola palabra: MANICOMIO.
Al principio, en tiempos más felices, Wickford House era muy diferente. No había ese olor a documentos mohosos escondidos en gavetas de madera corriente; y nadie había visto marcas de arcilla en una garganta hinchada y amoratada. Los prados verdeaban, frescos, bajo el rocío de la Nueva Inglaterra; la casa tenía un aspecto de limpieza objeto de asiduos cuidados, con sus pórticos blancos y sus persianas verdes, su apacible atmósfera. Unos muchachos jugaban a sencillos e ingenuos juegos en los prados interiores; sus rostros tenían esa tranquilidad que es indicio de la falta de preocupaciones. Los vigilantes, con chaquetas blancas, pasaban por entre los jóvenes, casi inadvertidos. A veces, aun ahora, el recuerdo de la franca risa del doctor Gaunt logra paliar el dolor de aquellos horribles últimos días. Peter Gaunt comprendía a sus muchachos; era el único que realmente podía manejarlos. Incluso Wickford tenía que admitir que, bajo la vigilancia de Gaunt, los muchachos no parecían lo que en realidad eran: enfermos mentales en un asilo para alienados.
Alienados. Es probable que yo emplee mal este término. Últimamente no puedo oír que alguien lo pronuncie sin sentir un desagradable calosfrío. Un calosfrío interno. Tiene esta palabra, para mí, matices prohibidos que me aterrorizan, como no lo hubiera sospechado antes. Es un término que en un tiempo creí comprender; ahora, ya no estoy tan seguro de ello. Peter Gaunt odiaba el vocablo “alienado”. Declaración extraña en labios de un psiquiatra, ¿verdad? pero todos los aspectos de este caso han sido extraños; espantosamente extraños. Alienados. Sí. Era la palabra sobre la que discutían Gaunt y Wickford en la noche del día en que se confió a Jeremy Bone bajo la custodia de Gaunt.
Estábamos terminando de beber nuestro acostumbrado brandy en la biblioteca de paredes forradas de cuero. Era un largo salón de alto techo, y antigua chimenea manchada de hollín. Los libros acomodados en los anaqueles ocupaban gran parte de los muros, y las grandes cortinas de terciopelo que cubrían los amplios ventanales apagaban el ruido de la lluvia, dando a la habitación un ambiente de solemne tranquilidad. Los muchachos ya estaban recluidos en los dormitorios. De tiempo en tiempo, algún hombre de uniforme blanco atravesaba los corredores, ya oscuros. Esos eran todos los ruidos que se oían; incluso la aguda risa del muchacho Trask, que tenía accesos de hilaridad en las noches lluviosas, parecía provenir de muy lejos, y no llegaba a molestarnos. Yo estaba hojeando, sin leerlo en realidad, un volumen de Stekel. Lo que de hecho ocupaba mi atención era observar, por encima del libro, a Wickford.
La luz del hogar hacía que el rostro del médico, ya de por sí redondo, pareciera más mofletudo y rojizo. Unos mechones de cabello blanco coronaban su ancha frente, como la melena de un león. Wickford limpiaba sus lentes con un pañuelo inmaculado; era el vivo retrato del médico satisfecho de sus éxitos profesionales. En efecto, había ya alcanzado un lugar prominente en las investigaciones psiquiátricas, en cuyos trabajos el nombre de Harrison Wickford había llegado a ser una autoridad. Hombre de algo más de sesenta años, jefe de su propio sanatorio, se le debían muchas teorías importantes. Su continente era calmado, sonriente, con la actitud del hombre que confía en sí mismo; su voz había adoptado un tono de seguridad y pedantería.
—Todo lo que necesitan los muchachos es atención, paciencia y, a veces, ciertas medidas correctivas. Si se siguen estos procedimientos, es fácil manejar a los alienados...
Peter Gaunt me guiñó un ojo y sonrió irónicamente. Yo sonreí, a mi vez.
Una de las cejas de Wickford se alzó, en gesto petulante; no le gustaba que lo tomaran a la broma.
—No creo haber dicho nada humorístico... —dijo. Gaunt echó una mirada a su brandy, al replicar:
—“Alienados”. Este es un término tan definitivo, tan desolador...
Wickford alzó los hombros y sentenció:
—El término insania se refiere a una enfermedad perfectamente caracterizada.
—¿De veras? —la huesuda cabeza de Gaunt osciló de un lado a otro—. Yo no estoy muy seguro de ello. ¿Podemos afirmar categóricamente que una persona es un alienado porque es diferente de nosotros, porque su mente funciona en forma ligeramente distinta a la de los demás? La línea de separación entre lo normal y lo anormal, la realidad y la fantasía, es demasiado difusa para poder establecer una frontera perfectamente marcada. Me inclino a pensar que no tenemos ningún derecho a ponerles a estos muchachos la etiqueta de “alienados”, esa fría, irrevocable palabra. Es posible que sus mentes estén confusas; que estén asustados: que algo los haya empujado hacia esa frontera indeterminada en que no distinguen la realidad de la fantasía, pero... ¿no nos sucede lo mismo, a veces, a todos?
Wickford hizo un vago gesto, levantó la sonrosada mano en ademán de negar, y dijo, riéndose:
—¡Tonterías, mi estimado Gaunt! ¡No habla usted en serio! Pero, si de veras lo cree usted así, entonces no hay manera de establecer en dónde termina la cordura y en dónde empieza la locura. Sí, como usted dice, la línea fronteriza entre la realidad y la fantasía es indeterminable, ¿cómo podríamos saber a ciencia cierta quién está cuerdo, y quién loco?
Los oscuros ojos de Gaunt se clavaron agudamente en Wickford. Con expresión de reto, le preguntó:
—¿Cómo? Eso es precisamente lo que me gustaría saber.
Los labios de Wickford dibujaron una “o” de sorpresa. Luego, debió pensar que su amigo y colega le quería gastar una broma, pues rio francamente y, dándome un afectuoso codazo, exclamó:
—¡A veces pienso que nuestro buen amigo Gaunt forma parte de los muchachos internos, y no del cuerpo médico!
Y la risa del psiquiatra aumentó en intensidad. Yo sonreí cortésmente. Gaunt esbozó una sonrisa benévola. Wickford cambió de tema y se volvió hacia Gaunt para decirle:
—Y... hablando de internos, ¿ya examinó usted al muchacho que puse hoy bajo su custodia?
—¿Bone? Sí, lo he observado —dijo el doctor Gaunt, pensativo.
Había un profundo tono en sus palabras; se oyó el eco de ellas en el silencio de la habitación. Un leño consumido se hundió en la rejilla de la chimenea.
—Bone —repitió Wickford—. Eso es: Bone. Jeremy Bone. Extraño nombre, ¿verdad? Parece que no adelanta mucho. No parece tender hacia la normalidad. El delirio de persecución no cede; sigue hablando con un personaje imaginario que él llama Oliver, que lo tortura... Pensé que usted podría hacer algo por él. Tiene usted una especial habilidad para los casos difíciles...
Sentí que se despertaba mi curiosidad. Era la primera vez que oía el nombre de Jeremy Bone. Ahora, desearía no haber oído nunca ese infernal nombre. Pero, esa noche, no sentí ningún presentimiento de horror; solo curiosidad.
Me incliné en la silla hacia adelante, y dije:
—¿Bone? ¿Quién es? ¿Cuál es su historia?
Gaunt dijo:
—Es verdad, lo había olvidado; todavía no lo ha visto usted... —al decir esto, encendió su pipa, apagó la cerilla, y prosiguió—: Como dijo el doctor Wickford, se trata de un caso fascinante. Este Jeremy Bone es muy joven (creo que tiene diecisiete años), y, a decir verdad, no sabemos mucho acerca de él. Sabemos, sí, que desciende de una muy vieja familia de aquí, de Nueva Inglaterra. Quizá sus más remotos antepasados hayan llegado en el Mayflower. Su madre murió al traerlo al mundo, y según los recortes de periódicos de aquella época, su padre murió un año después, de lo que podemos llamar una gran depresión, causada por una secreta tragedia cuyo misterio nadie ha podido desentrañar.
—Y, ¿cómo se crio Jeremy? —pregunté, ansioso.
—Lo crio una tía abuela suya, solterona —contestó Wickford—. Era un extraño pajarraco esta tía, desde cualquier punto de vista. Recluyó al muchacho en el aislamiento más completo; no lo mandó a la escuela, no le permitió tener amigos; lo tuvo confinado en los húmedos cuartos de una vieja y deteriorada casona.
Peter Gaunt miró fijamente el resplandor del extremo de su pipa y dijo:
—Yo creo que la soledad es uno de los males que aquejan al muchacho. Además de cierto vago temor que lo tortura. Quizá el mismo temor que mató a su padre; un terror hacia algo extraño que ocurrió en otro tiempo a su familia.
—¡Bah! —exclamó Wickford, tronando los dedos—. ¡Temor! ¡Soledad! Parece letra de melodrama. El muchacho es un llano y simple caso de inestabilidad emocional; se trata de melancolía rayana en la depresión a causa de una manía persecutoria.
—Palabras —dijo Gaunt apartando la pipa de sus labios con un ademán de impaciencia—. ¡Palabras! ¿Pueden las palabras sondear los inquietos pensamientos de un ser acobardado como Jeremy Bone? ¿Pueden aliviar sus temores? Temores que, tal vez, estén basados en algo que solo en parte existe.
Se oyó una risa burlona.
Wickford preguntó:
—Dígame, Gaunt, ¿es usted médico o cazador de brujas?
Dijo aquello en broma, pero produjo un efecto extraño. La lluvia parecía gritar contra las ventanas. Una risa hueca resonó como la de un fantasma. Todos nos sentimos un poco inquietos.
—Volviendo al muchacho —dijo Gaunt lentamente—; cuando su tía abuela murió, los albaceas de Bone mandaron a Jeremy a una escuela de Blackmoor. Los informes dicen que se comportó extrañamente desde antes de partir; se mostraba atemorizado y se negaba a ir a Blackmoor; parecía vivir en un mundo propio, con gente creada por su imaginación. Era de esperarse que la compañía de niños normales le sería benéfica. Después de la llegada de Jeremy Bone, corrieron extrañas historias en Blackmoor. Solo se basaban en incidentes sin importancia, pero realmente desagradables,
“Un día apareció decapitado un animal que era la mascota del colegio. En otra ocasión, los compañeros de cuarto de Jeremy hablaron atemorizados acerca de hechos escalofriantes que habían sucedido al chico durante la noche”.
—La junta directiva del colegio estaba preocupada —lo interrumpió Wickford—, y eso era natural. La reputación del establecimiento peligraba. Las inscripciones habían disminuido. Estando así las cosas, me llamaron. Examiné al muchacho. No hablaba más que de un ser extraño llamado Oliver, una “cosa” que lo obligaba a hacer “el mal”: mutilar, y aun matar. “Oliver quiere que yo extermine a otros como lo exterminé a él”, repetía.
Wickford sacudió la cabeza, y sus labios hicieron una mueca.
—Un caso típico de esquizofrenia; por supuesto, de doble personalidad: una buena, la otra mala, llamada Oliver, que lo incitaba a cometer crímenes repugnantes para su yo normal. Creí que podríamos librarlo de todo eso, pero...
Y Wickford levantó las manos con las palmas hacia arriba.
Peter Gaunt frunció las cejas y dijo:
—El caso no es tan desesperado como usted cree, doctor. Bone se ha portado muy bien desde que está bajo mi custodia. Parece haber hecho muy buena amistad con su compañero de cuarto, ese otro jovencillo llamado Swan. Al verlo, pensaría usted que son hermanos de sangre. Posiblemente lo que Jeremy necesita es una amistad. Con eso, puedo yo descubrir las causas de miedo y averiguar exactamente quién es Oliver y qué terrible significado tiene para Jeremy. Tal vez, una vez que lo sepa, pueda yo arrojar de él a ese ser infernal.
—¡Arrojar! —repitió Wickford con entonación burlona—. Habla usted como un predicador que lanzara exorcismos contra los malos espíritus. Realmente, mi querido Gaunt, no somos inquisidores ante un caso de posesión diabólica.
Peter Gaunt levantó una ceja y dijo suavemente:
—¿No?
Las palabras murieron. El fuego de la chimenea bailó una danza macabra en las paredes de la biblioteca. Entonces, repentinamente, un grito agudo, que no tenía nada de humano, rompió el silencio. Gaunt se puso rígido. Wickford quedó inmóvil, con su vaso de whisky a mitad del camino hacia sus labios. Cuando me dirigí a Gaunt, sentí la boca extrañamente seca.
—Viene de su pabellón —le dije.
En aquel momento volvió a oírse el grito; era el lamento de un alma atormentada que se elevara desde un abismo sin fondo. Gaunt se puso en pie. Se dirigía hacia la puerta cuando esta se abrió violentamente. Lowery, un ayudante que trabajaba en el pabellón de Gaunt, se detuvo en el umbral. Su rostro mostraba una palidez alarmante.
—Es ese muchacho Bone, doctor. Se ha puesto como un loco furioso.
El grito de agonía llegó de nuevo hasta nosotros.
Lowery se pasó la lengua sobre los secos labios.
—Será mejor que venga usted, doctor —dijo.
Gaunt ya había echado a andar. Wickford y yo lo seguimos apresuradamente. Los grises pasillos nos parecieron más fríos y solitarios que nunca. El pabellón “A” quedaba detrás de la primera esquina. Sentí que la piel del cráneo se me ponía tensa al entrar en el dormitorio de Bone: yo mismo no habría podido explicar el porqué de mi nerviosismo. El grito se había convertido en el gemido de un animal atemorizado. La habitación estaba a oscuras. Un olor espantoso se mezclaba con el de los antisépticos. Aquel hedor a materias en descomposición parecía provenir del oscuro rincón ocupado por la cama de Jeremy Bone. Observé el rostro de Gaunt. Estaba pálido y tenso. Seguí la mirada que lanzaba a ese rincón. Contra la pared, un halo fosforescente parecía revolotear como un ave de rapiña. Cuando lo observamos, sus contornos parecieron sangrar. Un momento después, se desvaneció. Lentamente, aquella masa amorfa se perdió en la oscuridad, y un último y diabólico alarido brotó de la garganta del infeliz que permanecía temblando en la cama. Era Jeremy Bone quien gritaba así.
La enorme cabeza, bamboleándose sobre su tenso y largo cuello, contrastaba grotescamente con el frágil cuerpo del muchacho. El voluminoso cráneo y los grandes huesos frontales iban a rematar en una barbilla débil cubierta por ralo vello. Los ojos, enormemente abultados, delataban un terror inmenso. Nunca había yo visto cosa igual. La saliva escurría de su boca entreabierta, y sus enormes manos, cubiertas con unos extraños guantes de piel, aferraban con todas sus fuerzas el cuello del pijama. Lentamente los gritos fueron convirtiéndose en gemidos lastimeros. El muchacho continuó mirando fijamente al lugar donde apareciera aquella nube espectral. Sus labios comenzaron a moverse, y por fin salieron de su boca palabras coherentes.
—¡Gracias a Dios! Se ha ido. No me obligará a hacer eso... No, no...
Los vidriosos ojos parpadearon, parecieron enfocarnos, y finalmente se posaron sobre Peter Gaunt.
—¡Doctor Gaunt! —gritó, poniéndose en pie, vacilante, haciendo oscilar su enorme cabeza y asiéndose a una manga de Gaunt—. ¡No permita que Oliver regrese! ¡Por favor! Me obligaría a hacer cosas horribles. Cuando llegó usted, estaba hablando conmigo, diciéndome al oído: “¡Mata! ¡Mata!” Quería que matara yo a Swan...
—¡Dios santo! ¡A Swan! —gritó Wickford.
Alguien encendió la luz; me volví entonces hacia Wickford. Luego, vi el gordo cuerpo inerte de Swan, tendido a través de la cama que ocupaba el otro rincón. Wickford estaba pálido y pensativo, mientras yo tomaba el pulso al muchacho. Respiró aliviado cuando le dije que Swan solamente estaba dormido. En ese momento, sus ojillos se abrieron y Swan nos dedicó una sonrisa estúpida. Le di unas palmaditas en el hombro.
—Todo está bien, hijo. Vuelve a dormirte.
Jeremy Bone rio histéricamente.
—¿Lo ven? No he hecho nada a Swan. Oliver quería que lo atacara, pero luché contra él. Fui el más fuerte... —el temor volvió a ensombrecer los ojos enormemente abiertos del muchacho—. Pero si cedo... si soy débil, algún día me obligará... me dirá: “¡Mata!”, y obedeceré... ¡Sí; obedeceré!
—Bone —dijo Peter Gaunt en un tono tranquilo y amable—. Escúchame, Bone. Oliver no puede obligarte a hacer nada que tú no quieras hacer.
La cabeza del muchacho se sacudió con furia.
—¡No lo conoce usted! —gritó Bone.
—Escúchame, Bone; solamente de ti dependen tus acciones.
—No. Él puede obligarme. Usted nunca ha leído los papeles que están en el cofre... —de pronto, se interrumpió. Sus ojos fueron de uno a otro. Soltó la mano de Gaunt y en voz silbante gritó—: ¡El cofre!
Se puso en cuclillas, y frenéticamente buscó algo bajo la cama. Dejó escapar un grito de satisfacción y luego se acurrucó en un rincón aprisionando con sus huesudos brazos un pequeño cofre exquisitamente tallado en madera de teca. Parecía un animal acorralado que viera acercarse a sus verdugos, lleno de desconfianza y de terror.
Murmuré al oído de Wickford:
—¿Qué hay en el cofre?
—Lo tiene con él desde que llegó. Se puso histérico cuando tratamos de quitárselo. Le permitimos tenerlo con él. Dijo algo acerca de unos papeles.
—Mera imaginación. Cree que contiene papeles de su familia. Pero está vacío. Yo mismo lo examiné. Todo es imaginación suya. Como esa idea de llevar siempre esos ridículos guantes. Hemos tratado muchas veces de quitárselos, pero no lo hemos conseguido.
Miré con atención las manos anormalmente grandes que aferraban la caja de teca. La mirada extraviada del muchacho volvió a posarse sobre Gaunt.
—Usted no conoce a Oliver —volvió a decir Jeremy Bone con voz ronca—. Tiene un gran poder. Ese es el secreto del cofre... Usted no entiende; nunca ha oído hablar de la Marca de Arcilla. Nadie sabe nada acerca de ella. Solo yo sé. Tía abuela sabía, y pudo tenerme a salvo. Logró tener a Oliver alejado de mí. Pero ahora, él viene y me dice: “¡Mata! ¡Jeremy, mata! ¡Mata!” —las palabras terminaron en un grito—. ¡Quítenmelo! ¡En nombre de Dios, apártenlo de mí!
Peter Gaunt puso las manos sobre aquellos descamados hombros, tratando de inmovilizar los temblorosos brazos. Le fue imposible. La saliva escurría de la boca torcida de Jeremy Bone. Sus ojos parecían ir a salirse de las órbitas. Hubo necesidad de que tres de nosotros interviniéramos para sujetarlo. Gaunt movió la cabeza con desaliento y, respirando fatigosamente, dijo:
—Tendremos que usar la aguja.
Así lo hicimos. Los espasmos fueron haciéndose cada vez más débiles. Finalmente, los flacos brazos del muchacho se relajaron.
Pero sus ojos brillaban aún con tenor. Una vez más murmuró:
—¡Sáquenlo de aquí!
Eso fue todo. Luego se quedó dormido. Sus manos enguantadas sujetaban firmemente el cofre de madera de teca.
Por orden de Gaunt, Lowery se quedó de guardia junto a Jeremy Bone por el resto de la noche. Silenciosamente, Wickford, Gaunt y yo volvimos a la biblioteca. El cuarto nos pareció más frío y menos acogedor; tal vez la tormenta que caía había arreciado: la lluvia azotaba las ventanas, produciendo un ruido temeroso. Serví tres brandis; Gaunt tomó su vaso sin decir una palabra. La regordeta mano de Wickford tembló un poco. Sin embargo, trató de conservar su actitud indiferente.
—Ya ve usted —me dijo—, esquizofrenia y delirios de persecución. Cree que lo persigue ese... Oliver. Todo es resultado de una imaginación enfermiza.
Se bebió de un trago el brandy. Dejó su vaso y luego se calentó las manos frente a los rescoldos del fuego, como si las tuviera muy frías. Durante un largo tiempo no habló Gaunt.
—¿Imaginación? —dijo por fin, lentamente—. No estoy seguro de eso...
Sus ojos buscaban algo en un rincón lejano de la oscura habitación; estaba recordando esa brillante y pútrida masa que había desaparecido en la oscuridad, tras la cama de Jeremy Bone.
—No estoy muy seguro —repitió lentamente con tono dudoso—. Tal vez ese temor, esa manía persecutoria, tiene su origen en algo verdaderamente real.
El rostro de Wickford enrojeció. Quiso disimular su malestar hablando bruscamente.
—Ya le dije, querido compañero, que somos médicos, no cazadores de espantos.
Gaunt asintió con un movimiento de cabeza.
—Puede ser. Pero hay cosas que ni los médicos han podido catalogar con palabras científicas —hablaba casi en un susurro—. Existen seres malditos en perdidas regiones del más allá, de lo eterno, que esperan una oportunidad de volver y aterrorizar a los hombres. Quizá por miedo nos hemos negado sistemáticamente a admitir la existencia de esos monstruosos seres y a combatirlos, y evitamos enfrentamos a lo desconocido mediante el simple recurso de llamar locos a los hombres acosados por esos entes. Pero, ¿realmente se trata de locos?
Wickford infló sus mejillas en un gesto despectivo. Produjo con los labios un ruido que quería decir “tonterías”. Gaunt siguió hablando como si no lo hubiera oído.
—Si pudiera ganarme la confianza de Bone, lograría llegar a las raíces más recónditas de su miedo. Si averiguo lo que quiere decir cuando habla de Oliver y la Marca de Arcilla... Si puedo llegar a ser su amigo...
—¡Amigo! —rugió Wickford—. ¿Amigo de un esquizofrénico que está al borde de la manía homicida? —se rio con sorna—. Tome en cuenta mis palabras, doctor. Si quiere hacer las cosas bien, debe tener a Jeremy Bone bajo una constante y estricta vigilancia. ¡Amigo! Nadie será nunca su amigo.
El cuarto quedó en silencio. Peter Gaunt contempló fijamente el fuego de la chimenea. Sus ojos no se movían, pensativos. Desde ese momento comprendí que demostraría a Wickford que estaba equivocado.
Así fue.
Vi muy pocas veces a Peter Gaunt en las semanas que siguieron a estos hechos. Por razones ajenas a esta narración, me ausenté de Wickford House. Tampoco lo vi inmediatamente después de mi regreso. En cambio, oí hablar mucho de él. La historia de los maravillosos progresos que había hecho en el caso de Jeremy Bone había ido adquiriendo las proporciones de una leyenda entre los médicos residentes. A la hora del café, entre cigarrillo y cigarrillo, solo se hablaba del “nuevo” Jeremy Bone, un muchacho apacible, dócil y, según todas las apariencias, sano. Después de los primeros quince días de tratamiento, se habían suprimido las inyecciones. Nadie había vuelto a oír gritar a Bone durante la noche por miedo a su azote, Oliver. Aquello era de todo punto increíble.
Cuando encontré a Peter Gaunt, estaba ya ansioso de hablarle acerca de su éxito. Quería yo saber de qué medios se había valido para lograr el que Jeremy Bone aceptara recorrer las más tenebrosas regiones de su mente. Me asombré al enterarme de que pasaba tardes enteras con Bone en la vieja capilla que se levanta en el rincón más lejano de Wickford House. Me pregunté qué efecto producirían en el muchacho los acordes que Gaunt arrancara a las gargantas del viejo órgano.
Pero mis preguntas quedaron sin contestar.
Recuerdo que cierta inquietud inexplicable comenzó a invadirme cada vez que veía a Peter Gaunt. Me parecía más delgado, y extrañamente taciturno, cuando lo normal hubiese sido que se mostrara orgulloso de su éxito.
Las cuencas de sus ojos se habían hundido, y aunque no hablaba a nadie de Jeremy Bone, se leía en su rostro que el muchacho permanecía constantemente en su pensamiento. Se había vuelto muy distraído y se encolerizaba a la menor cosa. Aquello empezó a preocuparme.
Hasta la tarde en que fuimos llamados a la oficina particular de Wickford, no comprendí que este compartía mis temores.
Wickford nos ofreció té y rosquillas. Se mostraba jovial y hablaba demasiado. Sin duda alguna, iba a tratar un asunto delicado. Gaunt lo miraba con un aire ausente. Al cabo de un rato dijo Wickford, como si se tratara de un asunto sin importancia:
—A propósito, querido Gaunt, supongo que le alegrará enterarse de que, por disposición mía, podrá usted tomarse ese año de vacaciones que le corresponde, y que tantas veces ha tenido que aplazar.
Gaunt se enderezó rápidamente en su asiento. Parecía dudar de haber oído bien.
—Pero no quiero...
—Tonterías, viejo amigo —interrumpió Wickford—. Usted necesita unas vacaciones. Ha estado trabajando quizá más de lo debido, ¿no es cierto? Parece usted estar un poco fatigado.
—No quiero vacaciones —cortó secamente Gaunt—. Hay algunas cosas que no puedo abandonar. Apenas comienzo a llegar al fondo del problema de Jeremy Bone. Detenerme ahora podría causar un desastre.
—¡Tonterías!
—¡Tonterías! ¡No; no son tonterías! —contestó Gaunt con vehemencia—. Le digo a usted que no me atrevo a abandonar ahora a ese muchacho.
—¡Doctor Gaunt! —gritó Wickford—, ¿tengo que recordarle que soy yo quien dirige esta clínica? —me miró luego y dijo—: Considero que el doctor Lambert puede hacerse cargo de Jeremy Bone durante su ausencia.
Por un momento, Peter Gaunt se limitó a mirar intensamente a Wickford. Esperaba yo más protestas de su parte. Pero no dijo nada. Sus ojos oscuros se ensombrecieron más aún; sus hombros parecieron encorvarse repentinamente. Luego, sin pronunciar una sola palabra, se volvió y salió del cuarto.
Tal vez debí sentirme ofendido, pero intuí que algo mucho más fuerte que los celos profesionales hacían que Gaunt no quisiera cederme el caso de Bone. El miedo enfermizo de una amenaza desconocida se había dejado entrever en aquella breve discusión con Wickford. Lamenté lo que le sucedía y sentí deseos de tranquilizarlo. Pensé que hasta podría yo continuar su método en el tratamiento de Jeremy Bone, si conseguía que Gaunt confiara en mí. Pero cuando lo encontré solo en la biblioteca, esa noche, no me mostró más que una helada cortesía.
Entonces, traté de hacerlo hablar.
—Haré todo lo que pueda, Gaunt. Podría dar buen resultado que continuara yo su tratamiento, ¿no cree usted?
Miró fijamente el libro que tenía en las manos, y luego dijo:
—No. Solo cuídemelo bien hasta que yo regrese.
—Pero...
La dura mirada de sus ojos oscuros me contuvo. Y cuando me habló, lo hizo con voz apagada, monótona.
—Escúcheme, Lambert. No le interesaría conocer mi método de tratar a Jeremy Bone. Es... bueno, no es ortodoxo. Cuando se asoma uno a ciertas profundidades, como yo lo he hecho, se aprenden cosas que ningún hombre desearía conocer.
—Pero yo quiero conocerlas. Si usted ha tenido un éxito tan grande... probablemente yo...
Cerró el libro violentamente.
—Está bien —exclamó—. Voy a decírselo. Creo en esa historia infernal. Estoy compartiendo sus temores y tratando de creer en ese demonio, Oliver, que lo aterroriza, para, creyendo en él, poder destruirlo.
Aquello era increíble. Se hubiera dicho que al cabo de siglos, la hechicería dejaba oír aún su voz por encima de la ciencia. Estupefacto, vi cómo Peter Gaunt se levantaba de su asiento, dejaba el libro sobre la mesa de lectura y salía. Cuando mis manos dejaron de temblar, me serví una bebida fuerte. La necesitaba.
No recuerdo con precisión los pensamientos que pasaron por mi cerebro en ese momento. Pensé que tal vez también Peter Gaunt había cruzado esa temida línea que separa la razón de la locura. Casi estoy seguro de haber dicho a Wickford que el estado de Peter Gaunt era más peligroso de lo que habíamos supuesto. Pero entre el miedo y la desconfianza, estaba el agudo acicate de la curiosidad. ¿Y si Gaunt tenía razón? ¿Y si existían cosas que solo personas como Jeremy Bone podían ver y temer, y que únicamente por eso eran señalados como lunáticos?
La curiosidad venció. Decidí investigar. A la mañana siguiente hice mi primera visita a mi nuevo paciente. Los corredores estaban oscuros y fríos; la niebla se pegaba contra las altas y enrejadas ventanas.
Las palmas de mis manos estaban húmedas; recordaba, como un eco, la voz de Peter Gaunt, que me llegaba desde más allá de un profundo silencio. Me repetí que Wickford estaba en lo cierto, que todo aquello era absurdo. No me dio resultado. Sentía miedo. Mis labios estaban secos. Abrí la puerta del dormitorio de Jeremy Bone.
Se oyó girar rápidamente una llave en una cerradura. Jeremy estaba sentado junto a la ventana, con el cofrecito de madera de teca sobre las rodillas. Había bajado la tapa rápidamente al verme.
Sus ojos entornados mostraban su recelo. Las enormes manos enguantadas asían fuertemente el cofre.
Dije con calma:
—¿Qué tal, Jeremy?
La desproporcionada cabeza se volvió hacia mí con un ademán grotesco.
—¿Quién es usted?
—¿No me recuerdas? Soy tu amigo... el doctor Lambert.
—No... —respondió, y sus manos afianzaron aún más fuertemente el cofre—. Nadie es mi amigo. Nadie me cree. Solamente el doctor Gaunt. Él sabe que no estoy loco. Ha visto a Oliver. El doctor Gaunt es mi amigo...
Me senté a su lado, y él se apartó hacia un rincón. Traté de imitar el tono convincente de Peter Gaunt.
—Todos somos tus amigos, hijo mío. Recuérdalo. Quiero ayudarte. Ahora que el doctor Gaunt se ha marchado...
—¡Marchado! —gritó roncamente Jeremy Bone, y vi que su desconfianza se convertía en terror—. Pero... ¡no puede abandonarme! Estaba ayudándome; estaba manteniendo a Oliver apartado de mí. Él comprendió, y pudo combatir a Oliver. ¡No debe marcharse ahora!
—Escúchame, Jeremy. Estoy aquí para ayudarte. Debes creerme. Dime: ¿cómo puedo mantener a Oliver apartado de ti? Debes ser mi amigo. Como lo eras del doctor Gaunt. Como si fuéramos hermanos...
Jeremy Bone saltó de su asiento; un verdadero alarido salió de su garganta. Apretó fuertemente la caja de madera de teca contra él. Su cabeza osciló salvajemente.
—¡No! No debió usted decir eso. No “como hermanos”. Ahora, Oliver me obligará a hacerlo. No quiere que nadie sea mi amigo, ni mi hermano. ¡Me forzará a matar al doctor Gaunt! ¿No comprende? Es “La marca de Arcilla”. Hermano contra hermano. Siempre... Primero Oliver... Ahora Gaunt... ¡No, por favor! ¡No le permita hablarme al oído! No quiero matar al doctor Gaunt. ¡No! ¡Deténgalo!
Traté de calmarlo, pero mis palabras caían en oídos cerrados por el miedo. Los ojos de Jeremy parecían querer salirse de sus órbitas. Su boca se contrajo en una mueca horrible. Sus manos cubiertas por los guantes grises eran como garras convulsas. De su garganta brotaron, uno tras otro, gritos atroces. Por fin llegó un ayudante llevando la inyección. Aun después de inyectarlo, pasó mucho tiempo antes de que Jeremy Bone se hundiera en un sueño intranquilo.
Yo soy médico. Estoy acostumbrado a los aspectos más duros y dudosos de la ciencia. Un hombre como yo encuentra difícil creer en la charla incoherente de un chiquillo confinado en un manicomio. Me repetí varias veces que todo el asunto era absurdo. La idea de que un adolescente frágil como Bone venciera y matara a un hombre de la fuerza de Gaunt, era ridícula. Sin embargo, durante el resto del día, me atormentó un profundo sentimiento de fracaso y ansiedad. Decidí interrogar a Peter Gaunt más detalladamente sobre el caso; presentía yo que él sabía mucho más de lo que me había dicho. Nunca tuve oportunidad de hacer estas preguntas. Llegué demasiado tarde.
Cuando terminé de hacer mis visitas, fui a la oficina de correos de Dunnesmouth para recoger unos libros. Regresé y cené en Wickford House. Para entonces ya se había marchado Gaunt. Terminé mi cena a solas, intrigado por su ausencia, y luego pasé a la biblioteca. Estaban allí otros dos médicos residentes, discutiendo animadamente sobre una afirmación de Freud. Les pregunté por Gaunt. Nadie lo había visto desde la mañana. Me encogí de hombros, me serví un brandy, y traté de interesarme en uno de los nuevos libros. Tal vez fue una subconsciente inquietud la que me distrajo. Había comenzado a llover. A pesar del fuego de la chimenea, la biblioteca me parecía fría y extraña. Decidí irme a descansar, y me retiré temprano a mis habitaciones. Había yo cerrado la puerta tras de mí y encendido una lámpara, cuando vi en el suelo un sobre de cartulina, junto a la puerta. La nota era corta y estaba escrita con letra firme y mano segura.
“Querido Lambert:
“Dejo a Jeremy Bone bajo sus cuidados sabiendo que usted no me fallará. Cuide de que ninguna desgracia le sobrevenga, pero le suplico que no le haga preguntas. Manténgase fuera del asunto. Es «mi caso» y debe esperar a que yo regrese”.
Estaba firmado simplemente: Gaunt. Miré el escrito por unos momentos; luego suspiré. Después de todo, era “su caso”; podría esperar a que él regresara. Regresar... De pronto, una idea me hizo fruncir el ceño. Para un hombre que no deseaba vacaciones, había partido muy precipitadamente y sin decir a nadie una sola palabra... Extraño... Puse la nota sobre mi escritorio y comencé a desnudarme. El nudo de mi corbata se mostraba rebelde. Miré entonces mis manos en el espejo. Temblaban.
—¡Tonterías! —dije en voz alta. La palabra seca y atrevida sonó como un silbido en la oscuridad.
La repetí, y esta vez su sonido me pareció más convincente. Estaba yo preocupándome por estúpidos disparates, repetidos sin cesar por un esquizofrénico. Tenía que dominarme. Todo iba bien.
Pero aun con las cortinas bajadas y el calentador eléctrico funcionando, mi cuarto de descanso me parecía hostil y lleno de murmullos misteriosos e incesantes...
Debí de quedarme dormido. El cuello me dolía de tanto cabecear. En alguna parte se abrió una puerta, porque una corriente de aire húmedo pasó entre mis tobillos. El lamento de la tormenta había disminuido, pero en aquel momento, aun antes de abrir completamente los ojos, percibí una profunda y rápida respiración. Y oí que alguien murmuraba algo desde un lugar muy cercano a mí. Permanecí inmóvil, y abrí los ojos. Dentro del cuarto, junto a la puerta abierta de mi habitación, en cuclillas y empapado por la lluvia, estaba Jeremy Bone.
Mis nervios se pusieron tensos. Hice un esfuerzo por hablar con naturalidad.
—Bueno, Jeremy, ¿no deberías estar ya en la cama? Ha pasado la hora de acostarse.
Su pesada respiración vibraba en la quietud del cuarto. Su labio inferior temblaba; sus ojos tenían una mirada vacía, como paralizada por el terror. El tono de su voz, completamente normal, me sorprendió.
—Doctor Lambert, quiero que me encierre.
—Vamos, Jeremy; no te gustaría eso.
—¡Tiene usted que encerrarme! —gritó—. Oliver ha venido. Le advertí a usted que lo haría y lo ha hecho. Lo he obedecido... y he matado... —un sollozo desgarrador salió de su pecho—. He matado al doctor Gaunt.
Quise avanzar hacia él, pero me contuve inmediatamente.
—Estás equivocado, hijo mío. Tú no podrías hacer daño al doctor Gaunt. Es tu amigo.
—Sí... —asintió, sacudiendo pesadamente su deforme cabeza—. Como un hermano. Por eso tuve que hacerlo, ¿comprende usted? Tenía yo que obedecer a Oliver, tal como dice la “Marca de Arcilla”... La capilla estaba tan silenciosa...; el órgano se quejaba suave y tristemente... Yo no quería matarlo. Pero Oliver no dejó de apremiarme hasta que lo hice... Su cuello era blando y fácil de torcer... y luego esas marcas grises sobre la carne, y el triste sonido del órgano, parecido al grito de un moribundo...
—Jeremy —dije con calma—, escúchame: el doctor Gaunt se ha marchado de vacaciones. Dentro de poco tiempo estará de regreso. Tú no lo mataste. Eres solo un niño; Gaunt es un hombre muy fuerte.
—No conoce usted la fuerza de Oliver. Cuando él me habla, mis manos se vuelven como tenazas.
—Trata de comprender, hijo mío. El doctor Gaunt me dejó una nota.
—Yo escribí esa nota. Después de estrangularlo, pensé escapar. Ahora comprendo que no puedo hacerlo. Siempre habrá una víctima... Cuando Oliver me ordene: “¡Mata!”, tendré que cumplir sus órdenes.
Tragué saliva; sentí la garganta tensa. Cada vez me resultaba más difícil hablar con calma.
—Mira, Jeremy, lo único que pasa es que la ida del doctor Gaunt te ha perturbado. Necesitas descansar y quitarte esas ropas mojadas. No debiste salir bajo la lluvia. Jeremy...
—¡No me cree usted! —exclamó Bone, cortante. Aquel terror incontenible apareció de nuevo en sus ojos—. ¡Le digo que debe encerrarme! ¡Yo maté a Gaunt! Y habrá otros. Esa es la verdad...; está en el cajón secreto del cofre... Si no me encierra usted, me mataré. No permitiré a Oliver torturarme más. ¡Lo juro! me colgaré de la campana de la torre... Yo...
Había yo puesto mis manos sobre sus frágiles hombros. Bone agitó los brazos furiosamente, gritando. Sus gritos atrajeron a Lowery, el ayudante del pabellón “A”. Cuando vio al chico, hizo un ademán de alivio.
—¡Gracias a Dios! Hemos estado buscándolo desde el mediodía.
Rodeó a Bone con sus fornidos brazos.
—Muy bien, jovencito. No hay que agitarse. Y nada de volver a huir.
Le dije secamente:
—Será mejor que use las sábanas.
Lowery movió la cabeza en señal de asentimiento. Él y otros ayudantes que habían acudido se llevaron en brazos a Bone, que aún se retorcía. Por los pasillos quedó resonando el eco de aquellos gritos siniestros: “¡Me mataré! Se lo advierto... No quería hacer daño a Gaunt. ¡Nadie más debe correr su suerte!” Los gritos fueron haciéndose más débiles; oí cómo se cerraba una pesada puerta. Después, solo quedó el silencio.
Regresé a mi habitación. Despeinado y en bata de noche, Wickford se dirigía a la puerta.
—¿Qué demonios pasa aquí, Lambert?
Entre sorbos de brandy, le narré los acontecimientos. Sus mejillas se inflaron.
—¡Eso es absurdo! Recibí una nota de Gaunt, diciéndome que se marchaba...
—Yo también recibí una. El muchacho asegura que él la escribió.
Wickford profirió un sonido burlón.
—Ese es el resultado de seguirles la corriente. Eso solo sirve para empeorarlos.
Me bebí el resto del brandy, y pregunté:
—¿De modo que no cree usted que haya algo de cierto en el asunto? ¿Qué me dice de la “Marca de Arcilla” y de ese cofre de madera y, ahora, de esta historia del asesinato?
—Fantasías —dijo Wickford—. Pura y simple fantasía. Debemos liberar al muchacho de esas imaginarias luchas. Hay que seguir el método ortodoxo; esa será la solución. Gaunt, con su método, estaba apartándose cada vez más de su meta. Por eso quise que usted se encargara del caso.
—Pero...
—No hay “peros” que valgan, mi querido amigo. Tome en cuenta mis palabras. Todas esas historias solo están basadas en la fantasía de un esquizofrénico.
Quise creerle. Aquella era la respuesta lógica y segura. Vi a Wickford bostezando, retirarse a sus habitaciones, tranquilo y satisfecho de sí mismo. Me pregunté por qué yo no podía estar tan seguro como él. Todavía sonaban en mis oídos los agudos gritos de Jeremy Bone. Cerré mi puerta con llave. Afuera, el viento aullaba entre las ramas secas de los árboles. Ni siquiera la manta acolchada que me cubría me libró de un continuo temblor. Esa noche dormí poco. Una aprensión indefinible me provocaba una extraña sensación en la boca del estómago. Pero el final de la historia no ocurrió aquella noche. Nada sucedió hasta el siguiente sábado. Ese día, Fothering descubrió todo en la capilla.
Como Peter Gaunt, el joven Fothering era un artista del teclado; su común interés por la música de órgano los había hecho trabar una gran amistad, y eran ellos quienes se encargaban de la música durante el servicio dominical en la capilla. Habiéndose ido Gaunt de vacaciones, era natural que Fothering se hiciera cargo del órgano y fuera el sábado a la capilla para ensayar lo que pensaba tocarnos al día siguiente. Pero lo que encontró entre telarañas en la oscuridad, detrás de los tubos dorados del órgano, distaba mucho de ser algo natural. Era un bulto informe de huesos, ropa y carne humana en descomposición. Los ojos sobresalían en forma espantosa de las amoratadas órbitas; la piel del rostro se había ennegrecido. Parecía imposible que esa masa fétida fuera todo lo que quedaba de Peter Gaunt.
Sudor frío corrió por la roja cara de Wickford, que se enjugó con un pañuelo. Sus gruesos labios se movieron sin que ningún sonido saliera de ellos. Fothering se tambaleó. Todo color había desaparecido de su rostro. Nos dio la espalda y vomitó. Yo vencí la náusea y me incliné para ver mejor. Aun a la difusa luz que se filtraba por los emplomados de las ventanas, pude ver la hinchazón de la garganta. Había dos marcas de pulgares, una a cada lado de la laringe. Las marcas eran grises, y cuando las toqué, se desvanecieron, quedando tan solo un polvillo fino y seco. Las palabras salieron lentamente de mi boca.
—La “Marca de Arcilla”.
La respiración de Wickford parecía haberse interrumpido; luego, queriendo dar una impresión de firmeza y seguridad, gritó:
—¡Tonterías! Está usted equivocado, Lambert. Ese muchacho no puede haberlo hecho. La mera suposición es absurda.
Me puse en pie.
—No lo es, si cree usted en Oliver —le dije.
Wickford se limitó a mirarme fijamente.
—Gaunt creía. Nos advirtió que el muchacho no estaba loco. Dijo que sus temores tenían una causa real...
Recordé entonces las palabras murmuradas a mi oído: “El secreto del cofre”... Sí, Jeremy había dicho eso. Tal vez la clave de toda esta pesadilla esté en el cofre.
—Le digo que eso es imposible. ¿Por qué había de querer este muchacho asesinar a Gaunt? ¿Y cómo podría estrangular a un hombre tan fuerte como él?
Moví la cabeza.
—No lo sé. Pero una cosa es segura: Jeremy Bone no debe andar suelto. Él mismo me dijo que no quería repetir lo que había hecho. Tenemos que encerrar a Jeremy antes de que sea demasiado tarde.
No esperé más. No quise seguir oyendo las tercas protestas de Wickford. Casi atropellé a Fothering en mi prisa por salir a la oscuridad. Aquella caminata a través de los prados me pareció interminable.
Allá atrás, en la torre cubierta de moho, la campana de la capilla tañía, movida por el viento. Unos pasos detrás de mi avanzaba Wickford, resoplando y maldiciendo contra su mala suerte. Recorrí apresuradamente los corredores que me llevaban al pabellón “A”. Sentí las manos heladas, y calosfríos me recorrían la columna vertebral. No sé por qué, pero aun antes de tratar de abrirla, me di cuenta de que la puerta del dormitorio de Jeremy Bone estaba cerrada con llave.
Wickford me miró con asombro. La seguridad en sí mismo había desaparecido. Movió sus manos regordetas ansiosamente y gritó:
—¡No se quede ahí sin hacer nada! ¡Rompa la puerta!
Me lancé contra los gruesos tablones; algo cedió y la madera saltó en astillas. Al cuarto golpe, la puerta se abrió, y yo fui a dar dentro del cuarto. Un pálido reflejo de la luz de la luna brillaba sobre las paredes. En el rincón veíase la cama de Jeremy Bone. Nadie había dormido en ella. Permanecí un momento mirándola. Una extraña risita me hizo volverme, sobresaltado. Vi entonces a Swan sentado al borde de su cama, sonriendo a Wickford con una expresión estúpida. Su cabeza iba acompasadamente de un lado al otro. Su voz era un monótono canturreo que seguía el lejano tañido de la campana de la capilla.
—Escuchen las campanas... están sonando... din... don... din... don... din...
—¡Swan! —le grité—. ¿Dónde está Bone? ¿Cuándo se fue?
Sus descoloridos ojos me miraron fijamente.
—Din... don... Jeremy me dijo que usted vendría. Me encerró. No más Olivers... Din... don... No más Gaunts. El secreto del cofre...
—¡El cofre! —repitió Wickford con voz carente de entonación.
Encendí la luz y me acerqué a la cama de Jeremy Bone. En la sombra, bajo la cama, cubierto por una manta enmohecida, estaba el cofrecito de madera de teca. Lo saqué de allí. La cerradura no presentó resistencia. Al primer tirón saltó la tapa, y el cofre quedó abierto. Miré ansiosamente el interior. Estaba vacío. Un fétido olor surgía de él, como una nube de polvo que saliera de una tumba.
Ansiosamente, palpé el fondo del cofrecillo.
—Dijo que había papeles...; mencionó algo como un cajón secreto...
En la parte interior de la tapa, labrada en la oscura madera, había una cabeza de gorgona. Pasé los dedos sobre ella.
La cabeza giró con un leve “clic” y simultáneamente, en la base del cofre, un compartimiento poco profundo apareció ante mis ojos. Para entonces, el repugnante olor se había vuelto inaguantable. Parecía surgir del librito con pastas de cuero que yacía en el fondo del cajón secreto. Sus amarillentas páginas crujieron cuando las volví. El tipo de imprenta era arcaico y diminuto. Leí la primera página.
“Noches de Terror”, por Bartholomew Humphrey. “Este libro es una verdadera exposición de pruebas, recopiladas por el autor, concernientes a verdaderos casos históricos que demuestran que hidras, fantasmas, duendes, quimeras y demás entes nocturnos existen verdaderamente”.
Las páginas estaban completamente empolvadas. Un moho pegajoso se adhirió a mis dedos. El libro debía de haber sido abierto muchas veces en cierta página, cerca de la mitad, pues allí se abrió naturalmente; además, la página estaba señalada con una tira de terciopelo rojo, en la que podía leerse, bordado, el nombre de Bone.
Wickford se acercó a mí y comenzó a leer sobre mi hombro. El título se extendía a todo lo ancho de la página:
LA MALDICIÓN DE LA MARCA DE ARCILLA
De acuerdo con ciertos antiguos documentos que se conservan en los archivos del poblado de Dunnesmouth, en Nueva Inglaterra, vivía allí en el año 1603 una mujer llamada Hester Titus. Procedía de una familia de mala reputación, y se desconfiaba de ella, a causa de su carácter reservado y de su fealdad.
Estaba casada con un tal William Bone, individuo taciturno y sardónico, sospechoso de practicar la magia negra y la hechicería. Procesado por el secuestro y asesinato de una joven del pueblo, William Bone fue declarado culpable y condenado a morir en la hoguera. Cuando sus horrendas maldiciones se cambiaron en gritos de agonía, Hester Titus surgió entre la multitud, gritando que nunca podrían matar realmente a “su marido”, pues ella lleva ya en su seno la semilla de su estirpe y daría vida al hijo de William Bone.
Durante los meses siguientes, llevó esta mujer una vida misteriosa y solitaria, pues la gente de la villa, temerosa de Dios, la esquivaba. Tan solo al acercarse el momento del parto fue asistida por una comadrona. Esta mujer narraría después una extraña y terrible historia. Hester Bone, entre tremendos dolores, dio a luz dos gemelos. Uno de ellos, a quién llamaron Solon, era fuerte y lozano, aunque tan taciturno como su padre, desde el momento de nacer. El otro niño nació muerto, envuelto por una membrana, en la que se encontraba encogido. Su cuerpecillo estaba lleno de magulladuras. Lágrimas de sangre manchaban sus mejillas inflamadas.
—¡Dios nos ayude! —exclamaba más tarde la comadrona—. Tal parece que Solon hubiera estrangulado a su hermano más débil, desde antes de ver la luz del día.
Así, Solon fue señalado como un asesino aun antes de haber nacido.
Hester Bone crio a su hijo en una completa soledad. Quienes pasaban frente a la semiabandonada granja de Bone veían al niño, y contaban largas historias acerca de su deformidad. Su cabeza era enorme; su cuerpo el de un alfeñique, y sus manos enormes y musculosas, como las de un hombre robusto; todos coincidían al describir así a Solon Bone. Rápidamente, llegó a tener una especié de leyenda en toda esa sombría región de Dunnesmouth.
Unos quince años después del nacimiento del hijo de William Bone, se cometió un extraño asesinato, que sería el primero de una larga serie. La víctima, un niño que había intentado una o dos veces trabar amistad con Solon Bone, fue encontrado en el fondo seco de una cisterna.
Su cara amoratada mostró que había sido estrangulado. En su garganta veíase una serie de huellas digitales, marcadas con un polvo gris, que parecía la mohosa arcilla de una vieja tumba. Cuando el tercer monstruoso asesinato fue cometido, los vecinos de Dunnesmouth tomaron sus armas y descendieron a la granja de Bone.
Encontraron el cuerpo de Hester, la madre, dentro de la ennegrecida chimenea. Había sido estrangulada.
Un grupo de hombres iracundos acorraló al muchacho en el desván. Solon empezó a balbucir una extraña historia, según la cual su hermano gemelo lo aterrorizaba, forzándolo a matar a otros, así como lo había matado a él. Las manos de Solon, manchadas con aquella arcilla, eran las del asesino que dejara sus infernales marcas en las gargantas de sus víctimas. Antes de que Solon Bone terminara de hablar, su voz fue haciéndose más alta, hasta convertirse en un grito aterrador. Luego, señalando un oscuro rincón del desván, gritó:
—¡Ahí está! ¡Quiere que vuelva yo a matar!
Existen muchas declaraciones firmadas por testigos de aquella horrible escena. Como conjurada por el grito del muchacho, apareció en el rincón oscuro una masa licuescente y luminosa que fue tomando la forma de un feto encogido: el hermano gemelo de Solon Bone. Un momento después, el muchacho se lanzó contra quienes lo rodeaban, y recibió en el pecho toda la carga de una escopeta, y aquella cosa sobrenatural se desvaneció para no volver a verse jamás.
Sin embargo, no fue este el fin de la “Marca de Arcilla”. Según se dice, las siguientes generaciones de la familia Bone, como si una maldición pesara sobre ellas como un castigo por las impías prácticas de sus antepasados, tuvieron gemelos con una determinada frecuencia... Más de un descendiente de William Bone ha causado la muerte prenatal de su hermano gemelo, y durante su vida ha llevado en sus manos asesinas las repugnantes manchas de arcilla de la tumba.
El silencio envolvió el cuarto, como una membrana que vibrara. Podía oír la ronca respiración de Wickford junto a mí. A través de los prados nos llegaba el melancólico tañido de la campana de la torre de la capilla. La cabeza de Swan seguía meciéndose hacia atrás y hacia adelante. El muchacho cantaba estúpidamente:
—Din... don... Oigan la campana. Din... don... din... don...
Wickford sacudió su hirsuta melena.
—¡Es imposible! ¡El muchacho era un enclenque! Gaunt era un hombre vigoroso, prudente...
De pronto, se interrumpió. Su mirada se había posado sobre la caja de madera de teca. Se inclinó, y del cajoncillo secreto sacó un papel amarillento doblado varias veces. Lo extendió y empezó a leerlo con los ojos muy abiertos. Las palabras parecían ahogarse en su garganta.
—“Certificado de nacimiento. Cantón de Dunnesmouth. Nacidos este día, diciembre 13 de 1930, dos hijos gemelos, de James y Leticia Bone. Uno de los niños lleva por nombre Jeremy. El otro, muerto al nacer, recibió el nombre de Oliver”.
Wickford me miró con estúpida expresión.
—Le digo, Lambert, que todo esto es increíble. ¡Es la locura!
No escuché más. No sé por qué, repentinamente solo tuve oídos para el monótono “din... don...”, que salía de la boca de Swan. En alguna parte recóndita de mi cerebro, algo que había estado en las sombras del olvido salió a la luz. Oí de nuevo aquella voz histérica: “¡Se lo advierto! ¡No le permitiré que me atormente más! No más Olivers. No más Gaunts. ¡Lo juro! ¡Me colgaré en la torre!”
—¡Dios mío! —grité, y me lancé hacia afuera.
—¿Qué demonios...? —empezó a preguntar Wickford.
—El campanario —le dije—. ¡Allí es donde debe de estar! ¿No recuerda lo que dijo?
Wickford se quedó con la boca abierta. Para cuando llegué al corredor, Wickford, acezando, me pisaba los talones. No recuerdo haber corrido nunca tan velozmente como aquella noche. De pronto, tropecé. Oí a Wickford maldecir las zarzas que rodeaban la capilla. Cada tañido de la campana era como una aguja al rojo blanco que se clavara en mis tímpanos. Atravesé corriendo el sombrío santuario, di vuelta detrás del órgano para ir a dar a la pequeña sacristía. La puerta de la torre estaba abierta de par en par. La escalera era muy vieja y estaba cubierta de telarañas. Una corriente de aire frío bajaba por el cubo de la escalera. La puertecilla del suelo estaba abierta. El tañer de la campana resonaba allí como un trueno.
Me detuve en seco. Wickford no tardó en reunírseme. No dije nada. Me limité a señalar. En el rincón más oscuro de la torre del campanario, fue concretándose lentamente una luz brillante y sobrenatural. Doblado por la cintura dentro de una membrana oval, vimos a un niñito desnudo; sus facciones estaban crispadas por una eterna agonía; lágrimas de sangre manaban de sus párpados cerrados. La fosforescencia onduló, y fue haciéndose cada vez más borrosa. Un lamento como el de algún poder de las tinieblas en derrota, recorrió la torre. La visión se convirtió en una mancha de sangre, que pareció escurrir en el vacío. Por último, solo un punto tan pequeño como una cabeza de alfiler, de luz plateada y espectral, brilló un momento. Luego, nada. La campana de la torre tañía aún.
No nos costó trabajo encontrar a Jeremy Bone. Evidentemente, había atado una cuerda al travesaño de donde colgaba la campana, había dejado deslizarse el nudo corredizo hasta su cuello, y había saltado al negro hueco de la torre. Sin decir una sola palabra, Wickford y yo tiramos de la cuerda hasta que Bone subió hasta donde nos encontrábamos. Aflojé la cuerda. El frágil cuerpo quedó extendido en el suelo de la torre, bañado por la luz de la luna. Los ojos sobresalían desmesuradamente de sus órbitas. La cabeza estaba torcida formando un ángulo macabro. El cuerpo estaba todavía caliente, pero Jeremy Bone ya no respiraba.
Su cuello estaba roto.
Wickford era presa de una gran agitación.
—Le repito, Lambert: ¡esto es la locura! Somos hombres de ciencia, no comadres supersticiosas. Tiene que haber una explicación científica...
—¿Y lo que acabamos de ver en la oscuridad?
—Fue una alucinación colectiva... algo que ambos creímos ver. Algo que esperábamos ver.
Contemplando el cuerpo exánime del muchacho, negó desesperadamente con la cabeza.
—No, no lo creeré. Es físicamente imposible... ¿Un muchacho, casi un niño, estrangular a un hombre como Gaunt? ¡Es absurdo! ¿Cómo habían de tener sus manos un poder tan grande para...? Además, usaba siempre esos guantes grises que nunca dejarían las manchas que vimos en el cuello de Gaunt.
—Pero... ¿Y si se quitó los guantes...?
Wickford no me contestó. La campana dobló a muerte. Cruzamos miradas. Luego, me arrodille junto al cadáver de Jeremy Bone. Desabotoné el guante de la mano derecha, y lentamente lo saqué de la mano. Los dedos de Jeremy Bone estaban armados de garras...
Ahora, al tranquilo pasar de los días y las noches del pequeño poblado al que he venido a parar, hay momentos en que logro obligarme a creer que todo aquello fue solo una pesadilla infernal; pienso también que, en realidad, debe de haber una “explicación científica” de los acontecimientos que condujeron a la muerte de Gaunt, o que el doctor Wickford se retiró porque así lo deseaba, y no porque nunca volvió a estar seguro de sí mismo, ni pudo librarse de aquellas serenas palabras del doctor Gaunt: “¿Puede alguien trazar la línea divisoria entre la razón y la locura?”
Acaso podría yo decirme que la locura es un estado definido, y que, después de todo, seres como Jeremy Bone están verdaderamente locos, que no solo son esas lastimosas personas que ven la vida detrás de un velo que nunca se descorrerá. Claro, podría yo hacer toda esta clase de razonamientos y convencerme a mí mismo, pero un detalle me lo impide.
Nunca estaré en posición de explicar satisfactoriamente lo que vi aquella noche en la torre de la capilla.
Durante el resto de mi vida, oiré el lúgubre tañido de la campana, y tendré siempre ante mis ojos la fría palidez de los rayos de la luna sobre la mano de Jeremy Bone, esa terrible y nervuda mano cuyos nudosos dedos estaban cubiertos por la arcilla de las agrietadas paredes de una antiquísima tumba.