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brianna callum

tu nombre en las nubes

Sierras de Córdoba, Argentina, 14 de febrero de 2014
Miró una vez más el reloj sobre la mesa de luz. Estaba retrasada. Muy retrasada, en realidad. Pero no había podido negarse cuando su hermana menor le rogó que la acompañara a elegir un regalo para su novio. ¡Jovencitas! Era comprensible, su hermana tenía quince años y a esa edad el día de San Valentín resultaba sagrado. Para ella, que ya contaba con treinta primaveras y que no tenía novio, ni siquiera a la vista, San Valentín tenía tanta importancia como lo tendría una piedra en el zapato… Bueno, tal vez la piedra importaría más, porque sería molesta. La festividad, le resultaba por completo indiferente.
Se echó un poco de perfume detrás de las orejas y en las muñecas. Después, mientras caminaba hacia la puerta y dando unos cómicos saltitos apresurados, se toqueteó las hebillas de los zapatos de tacón alto para cerciorarse de que estuvieran bien ajustadas. Apagó las luces y salió al porche. Cerró la puerta, guardó la llave en el bolso y, una vez en la vereda, empezó a caminar con prisa hacia la terminal de ómnibus. No estaba lejos, solo a algunas cuadras, lo que no justificaba en absoluto tomar un taxi para hacer el trayecto.
Caía la tarde. Mientras descendía por la avenida empinada, echó un vistazo a su izquierda, donde las sierras que bordeaban la ciudad se habían teñido rojizas producto del efecto producido por los últimos rayos de sol. Hacia adelante, la catedral se recortaba en lo alto, rodeada de construcciones en distintas alturas. La ciudad de La Falda parecía estar inmersa en un pozo y justo desde ese punto estratégico ese efecto parecía resaltado.
Caminó un poco más y por fin divisó la terminal. Apenas miró hacia uno y otro lado, y cruzó la calle. Oyó la bocina de un auto, pero no se detuvo a mirar. Nunca prestaba atención a los bocinazos, tampoco a los chistidos, tal como oía ahora. Siguió avanzando.
—¡Sabrina! —oyó que alguien gritaba. Era una voz masculina que no logró reconocer dado que el ruido ambiental, con autobuses y coches, en esa zona era perturbador. Además, ¿cuántas Sabrina podría haber? No tenía por qué ser ella a quien esa persona se dirigía. —¡Sabrina Urlezaga! —gritó esta vez el hombre, entonces ella sí se detuvo en seco. Ya no había lugar a dudas, la persona se dirigía a ella.
Volteó el rostro hacia el lugar del que había provenido la voz. Primero divisó el automóvil: un Volkswagen gol color gris plata con vidrios polarizados. Enfocó la vista en la ventanilla del acompañante, que era la que ella podía ver desde donde estaba, a la derecha del vehículo. Alcanzó a ver una mano que la saludaba, pero pronto esa mano desapareció, la puerta del conductor se abrió, y emergió un hombre.
Ella parpadeó sorprendida mientras él rodeaba el vehículo para llegar a su lado. Era Iván Novak, uno de sus compañeros de trabajo. No es que le sorprendiera ver a Iván, lo que la sorprendía era encontrarlo tan guapo… Más guapo que nunca. Acostumbrada a verlo con el uniforme de trabajo, le daba la impresión de que él destacaba maravillosamente bien dentro de ese traje oscuro que parecía haber sido cortado a medida. Su cabello negro estaba peinado con prolijidad y sus ojos oscuros la veían con un cariz risueño.
—¡Hola! —la saludó él, con una sonrisa que hizo resplandecer los blanquísimos dientes en su rostro de piel bronceada.
—Hola, Iván —respondió ella al saludo. Él ya había llegado a su lado, se inclinó hacia adelante y la besó en la mejilla. Con la cercanía, Sabrina pudo percibir el aroma masculino de la piel recién afeitada y, como siempre le sucedía, el primer impacto, al verlo, le produjo una sensación extraña, como un dolor en la boca del estómago. Se trataba de nerviosismo, también de un poco de ansiedad.
Desde que había conocido a Iván, poco más de año y medio atrás al ingresar a su actual empleo, se había sentido atraída por él. Siempre era igual, su cercanía la ponía nerviosa. No obstante, como Iván por ese tiempo estaba en pareja, ella había aprendido a controlar y a reprimir lo que él le hacía sentir con su sola presencia. Allí estaba el dolor de estómago, pero si seguía la regla general, en uno o dos minutos… tal vez cinco, se le pasaría.
—¿Vas a la fiesta? —le preguntó él, aunque era obvio. Ese día la empresa de tarjeta de crédito para la cual ellos trabajaban daba la fiesta anual para agasajar a sus empleados. Se llevaría a cabo en Córdoba Capital, en el salón de uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad. Y ella, maquillada y arreglada como estaba, con ese vestido negro entallado aunque no ceñido, que delineaba sus curvas naturales, —que a consideración de Iván eran de infarto —iba vestida como para asistir a una fiesta.
—Sí —asintió ella. Miró hacia la plataforma de la terminal, donde varios autobuses estaban detenidos y un hormiguero de gente iba de aquí para allá. —Pero me temo que voy retrasada.
—Te tengo malas noticias —dijo él. Ella alzó una ceja aunque no añadió palabra en espera de que él completara lo que tenía para decir. —Acaba de irse un diferencial.
—¡Ay, no! —clamó ella. El ómnibus diferencial solía tardar poco más de hora y media para llegar hasta la Capital dado que no hacía paradas en el camino. El colectivo regular tardaba dos horas y media, con suerte, y a eso debía sumarle el tiempo de espera. —¡No llegaré ni para el brindis! —protestó.
Iván sonrió.
—Si querés, puedo llevarte. Yo también voy a la fiesta, y si vamos por el camino del Cuadrado, en una hora estaremos cómodamente instalados en el elegante salón.
—¿Podrías llevarme? —preguntó Sabrina con esperanzas renovadas.
—¡Desde luego que sí, en el auto hay lugar suficiente! —dijo él en tono alegre. Volteó hacia el lugar del acompañante y abrió la portezuela para que ella ingresara. No se apartó ni un ápice y, cuando ella pasó a su lado, sus cuerpos se rozaron sutilmente. Una vez más, algo se apretó dentro del estómago de Sabrina. Iván sintió como si entre ellos hubiesen saltado chispas.
Sabrina comprobó que no había nadie más en el vehículo. De alguna manera, sintió alivio. Eso significaba que él no llevaría de invitada a ninguna mujer. Sabía que Iván hacía bastante tiempo que no estaba en pareja, pero ignoraba si él tenía alguna nueva novia.
Una vez que los dos estuvieron instalados y con los cinturones de seguridad abrochados, él puso el vehículo en marcha. En el estéreo sonaba un compilado de rock nacional.
Llegaron a la intersección de Ruta 38 y Santa Teresa. Aguardaron a que los agentes de tránsito les dieran permiso de doblar a la izquierda, para dirigirse hacia el camino del Cuadrado. Delante, las sierras que pronto recorrerían, se alzaban imponentes, aunque como era de noche, se veían como moles oscuras apenas iluminadas por la luna y recortadas delante de un cielo donde las estrellas parecían millares de luciérnagas suspendidas en el aire.
El camino del Cuadrado, una de las rutas más bellas de la provincia de Córdoba, estaba erigida entre sierras majestuosas que unía el pueblo de Valle Hermoso con Río Ceballos. Era fascinante de ver, con sus colores variados, distintos verdes y amarillos en la vegetación, los terrenos divididos por pircas, y los rojizos, rosados, grises y marrones de tonalidades variadas que revelaban las inmensas rocas al haber sido cortadas para dar paso al camino.
A esa hora, en la que la noche ya se había instalado, no se distinguían los colores, solo los delineadores reflectivos, ojos de gato, amarillos y blancos en el centro de la calzada, y rojos en los guardarraíles. A la derecha, el millar de lucecitas de la ciudad de La Falda, resultaba un espectáculo fascinante. En el estéreo, ahora sonaba la canción Antes y después, de Ciro y los persas. Iván seguía la letra en algunas estrofas.
Que placer verte otra vez
nos decimos sin hablar
hoy todo vuelve a empezar
y será lo que ya fue
—¿Le prestaste atención a la letra? Esta canción habla de almas que se reencuentran en distintas vidas… —dijo Sabrina con tono pensativo.
Iván desvió un momento la vista, que tenía fija en el camino, para encontrarse con los ojos de ella. Y un fenómeno inexplicable, se gestó en el aire.
—Siempre que la escucho me pregunto si algo así será posible. Sería fascinante, ¿no te parece?
Nuestro amor renacerá
con idéntica pasión
almas y transmutación
nuevos cuerpos ¿quién serás?
—Sí… Yo también lo creo. Sería esperanzador tener la certeza de que dos almas que están conectadas y destinadas a estar juntas, tendrán varias oportunidades para vivir su amor.
—Y no solo eso, sino también de aprender de los errores, de evolucionar… ¿Creés que esas almas tendrán el poder de reconocerse vida tras vida?
—Yo creo que sí —dijo ella con un suspiro.
Iván soltó una risa.
—Y yo creo que lo tuyo es más romanticismo que certeza. Sos una romántica, después de todo.
—¿Yo, romántica? ¡Ni hablar! —refutó Sabrina, pero lo cierto era que tal vez lo fuera, aunque muy en su interior; pero la vida y las constantes desilusiones la habían hecho dura y poco demostrativa.
La repentina disminución de velocidad del automóvil y su consiguiente apagado, interrumpió la charla.
—¡Diablos! ¿Y ahora qué? —maldijo Iván, al no conseguir que el vehículo volviera a arrancar. —Esperá acá que voy a ver qué pasó —le pidió a Sabrina. Buscó una linterna en la guantera y después salió del vehículo. Revisó los daños. Se había cortado la correa de distribución. Nada podía hacer, solo llamar a la grúa y esperar. Sacó el teléfono móvil y volvió a maldecir cuando advirtió que en esa zona no tenía señal.
—¿Tiene arreglo? —preguntó Sabrina, que había desobedecido las órdenes de esperar dentro del coche.
—Te dije que esperaras dentro.
Ella se alzó de hombros.
—¿Qué puede pasarme? Además, aquí está muy bonito.
Iván miró a su alrededor. Sonrió a su pesar.
—Sí, es bonito… Y tendremos tiempo de sobra para contemplarlo —dijo con una mueca de disgusto. —No puedo hacer nada para arreglarlo, y no tengo señal para llamar a la grúa. Me temo que no llegaremos a la fiesta… Lo siento.
—Está bien, no te apenes. Podemos esperar a que pase otro vehículo, detenerlo y pedirle que nos envíen una grúa.
—Me gusta tu sugerencia. Eso haremos —consintió él.
Por mutuo acuerdo se sentaron uno junto al otro al borde de la colina, desde donde un poco más allá podían ver algunos campos delimitados por pircas. Siguieron conversando un rato más. Ningún automóvil pasaba. El tiempo transcurría…
Un grupo de nubes comenzó a descender sobre algunas zonas del camino y llegó hasta ellos. Eran espesas y al respirar, el aire se sentía denso. Sabrina alzó la mano como queriendo tocarlas, después se dedicó a trazar letras en el aire. Iván rio.
—No podés quejarte, te he traído a pasear por las nubes
—dijo y volteó el rostro hacia ella en el mismo instante en el que Sabrina volteaba el suyo hacia él. Estaban cerca, demasiado cerca, y una fuerza poderosa, igual que un imán, los atraía. Él alzó la mano para tocar la mejilla femenina, que recorrió con infinita ternura. —Sabrina… —susurró su nombre a las nubes. Después hizo lo que había deseado hacer desde hacía tiempo: Capturó sus labios en un beso que al principio fue suave, pero que pronto, cuando los anhelos de ambos emergieron a flor de piel, se tornó profundo.
Un vehículo pasó por la carretera… dos, tres… Fueron más de una docena; pero ninguno de los dos hizo ademán de detenerlos.
El amanecer los encontró abrazados, ella cobijada en la chaqueta y en los fuertes brazos de Iván y aún recostados en la hierba.
—¿Estás arrepentida de no haber llegado a la fiesta? —le preguntó él.
—No. No me arrepiento de nada —le respondió ella. Él la besó en la sien. Sabrina alzó el rostro para perderse en sus penetrantes ojos marrones, entonces, procurando ocultar el temor, le preguntó—: ¿Y esto ahora cómo sigue?
—El tiempo dirá… —dijo. Buscó la palma de Sabrina para enfrentarla con la suya y entrelazó sus dedos. —Por lo pronto, desde ahora recorreremos el mismo camino, juntos.
—¿Es esa una proposición? —le preguntó ella, risueña.
—Siempre que vos la aceptes —dijo él, esperanzado.
Sabrina se incorporó en un codo. Sonreía ilusionada.
—Con una condición —dijo ella. Él alzó una ceja, entonces ella completó: —Que vuelvas a traerme a pasear por las nubes.
Él sonrió, después le dio su palabra, antes de sellar su promesa con un beso:
—Siempre te traeré a pasear por las nubes, y en su espesura, escribiré tu nombre.