La tormenta se había estado fraguando durante todo el día. Había comenzado en la mañana con el viento, frío y húmedo, que tan familiar le era, y aumentado al mediodía y por la tarde con una furia intensificada, como si hubiese deseado tomarle por sorpresa y al hallar eso imposible quisiese aterrorizarle.
Pero el viejo lo conocía. Un torrero retirado conoce el viento de cabo a rabo. Habiendo vivido con él durante toda su vida, está familiarizado con todos sus trucos y lo aprecia, aunque sepa que el viento desea matarle, quizá debido a este mismo amor, y que por esto mismo precisamente nunca podrá sorprenderle.
Sí, lo amaba; lo amaba cuando tan sólo era una simple brisa que refrescaba con su gustillo salobre mientras uno paseaba en un atardecer de finales de verano, lo amaba cuando era frío y lo llenaba a uno de hielo en el mismo momento en que daba un paso fuera de la casa.
En cierta manera había estado casado con el viento durante toda su vida, y su amor era un amor nacido del hábito. No podía evitar el amarlo de una forma apasionada y sin embargo extrañamente distante, la forma en que uno ama a alguien que conoce absolutamente, alguien que es parte de uno mismo, alguien a quien uno se acomoda tan automáticamente que ni siquiera se da cuenta, tal vez hasta pensando en que lo que ocurre es precisamente todo lo contrario.
Al atardecer había estado apretando dura y firmemente, las crestas de las olas se habían convertido en pequeños enanos, el mar había tomado la forma ominosa de una vasta superficie plana de roca, agitándose como bajo los efectos de un terremoto, hasta que su superficie comenzó a romperse en trozos, moviéndose de aquí para allá, despedazándose unos contra otros, royendo los costados de los demás hasta sacar carne blanca que era lanzada por el viento y pulverizada contra el cielo como roca en polvo. Finalmente había comenzado a crecer en fuerza una vez más, malignamente. Pero él lo había estado esperando; tan sólo alzó sus ojos al cielo por un segundo, allí donde las nubes pasaban corriendo como un rebaño de ganado neblinoso en una meseta brumosa.
Y él había notado cómo el viento se daba cuenta en alguna forma y se irritaba ante su superioridad; había sentido manos estirándose, las manos de una vieja senil arañando las paredes de la casa como si hubiesen deseado arrancarla de la roca y ahogarla en el océano, llenarla con agua, sorber la vida de su interior y aplastarla como la cáscara de un huevo contra una punzante cresta de roca.
—Está ahí de nuevo —murmuró tan sólo—; está ahí de nuevo la vieja.
Y no le sorprendió que a veces el viento le pareciese como una vieja loca, mientras que otras semejase una joven y bella furia. Era ambas cosas, era así de simple.
Al caer la noche, su rabia creció. En la pálida luz velada de la Luna se alzó desvergonzada, con sus piernas abiertas, sobre la casa, agarrándola con ambas manos para arrancarla, para arrebatarla de sus cimientos o aplastarla hecha astillas si la roca no la soltaba. Y como siempre él permaneció junto a la ventana observando sus amplias faldas ondulando en todas direcciones… La casa rechinando, las paredes crujiendo bajo sus manos… Y sonreía ausente, placentero, sabiendo que la casa era más fuerte que ella.
El loro parecía notar su calma, hasta él mismo parecía darse cuenta de que no había nada que temer de esa clamorosa vieja arrugada de allí afuera, que ella había venido una vez más tan sólo para demostrar su furia y que se iría pronto de nuevo. El animal se agarraba a los barrotes de su jaula, rezongando de vez en cuando un tanto altaneramente, tal vez para ocultar el que, a pesar de todo, tenía un poco de miedo:
—Polly bonito —decía—. Pollypollypolly…
Cayó la oscuridad.
Las nubes se ennegrecieron y tan sólo aquellas que volaban muy por encima, en la vecindad de la Luna que brillaba débilmente, eran visibles como veloces trazos de plata. La vieja bruja rascó sus uñas contra la casa hasta hacerse sangre, pero perseveró. El mar golpeó como si pensase que la roca era un trozo de azúcar sin resistencia alguna, pero la roca era imperturbable.
Por fin se hizo de noche.
La loca noche final del demente amorío del otoño, antes de que la paz del invierno se extendiese como un gran, gran orgasmo.
«Se está bien aquí —pensó el viejo—. Tuve suerte al conseguir esta casa en el archipiélago. Supón que hubiese tenido que irme a la ciudad…».
Permaneció allí, al lado de la ventana, mirando afuera hacia el mar, y resopló. La ciudad. Coches, multitudes de gente. Coches. Luces de tráfico, casas de apartamentos, estufas eléctricas y calefacción central. Coches.
No, esto… esto…
—Polly bonito, Polly baila. Pollypolly bonito. Polly tiene frío. Buen tiempo. Buen tiempo. Polly.
Se calló.
El loro se movió preocupado. Erizó sus plumas. Levantó la cabeza como respondiendo a una llamada. Sus plumas se erizaron de nuevo y se tornó pequeño, muy pequeñito, como asustado por algo, como si hubiese estado caminando por una calle oscura y solitaria sin nadie a la vista y de repente hubiera oído una voz susurrando su nombre cerca del oído. Como si algo extraño le hubiese llamado a través de un largo túnel oscuro.
Movió una pata dificultosamente, extendió a medias las alas como para escapar de una mano oscura que se extendiese hacia él. Pero se fue de lado. Quieto. Silencioso. Inmóvil.
El viejo se volvió y miró al animal. Estaba agarrado a un barrote de su jaula, y de repente parecía tremendamente solitario y ansioso.
El hombre se le acercó. El loro abrió el pico. Un sonido semiahogado salió de él, como si nunca lo hubiese usado antes, pero ahora tuviese, de repente, una urgente necesidad de hablar, como si de pronto tuviese tanto que decir y tan poco tiempo para decirlo.
—Polly —dijo—. Polly. Polly habla. Polly dice.
Formaba las palabras inciertamente, tanteando. Como si hablase una lengua extranjera que hubiese tenido que aprender demasiado aprisa.
—Polly habla. El único… en el mundo…
Una vez más se quedó quieto.
—Habla… Pollypollypolly… Polly bonito… ¡Oh, qué viento!…
El viejo se derrumbó sobre un sillón al lado de la jaula.
—Pollypolly —murmuró.
Pero el pájaro no pareció darse cuenta de él. Estaba quieto, frío y silencioso, escuchando algo muy lejano. Los pájaros son unos animales raros, pensó. Todos los animales son raros. La gente también son animales raros.
Pero no la tormenta.
De repente el animal levantó la cabeza y le miró directamente, y su mirada era tan extraña que, por un momento, se preguntó si realmente era su loro. Una mirada extraña, una mirada que no le reconocía.
—La conexión será breve y seremos incapaces de entrar en contacto de nuevo antes de que sea demasiado tarde. No sabemos si podremos terminar lo que tenemos que decir, así que por favor no interrumpa, sino escuche y pase la información. Hemos sido incapaces de encontrar en su planeta cualquier otro organismo receptivo a nuestra transmisión. Podemos percibir ondas de pensamiento de los cerebros inteligentes, pero no podemos contactarlos directamente. Rebotan. Aun este organismo es difícil de controlar. Pollypollypolly…
Abrió la jaula y alargó la mano hacia el animal.
—Polly —dijo este agitado—. Polly.
Se alzó. El loro se comportaba extrañamente esta noche.
—No podemos mantener la conexión por períodos más largos. ¡Es tan importante! ¡Tenemos tanta prisa! Estamos hablando por un método desconocido para usted, con palabras que hemos aprendido mediante el estudio de sus ondas de pensamiento. Quiénes somos no importa; somos una especie bastante distinta de la suya, pero éste es un asunto de la mayor importancia para ambas. Hemos enviado una nave, pero si no se hace algo no llegará a su destino a tiempo. Lo que está sucediendo es imposible de explicar con las palabras que conocemos. Según nuestros cálculos, se está formando en las cercanías de su sol un punto de ruptura, un punto en el que la estructura del espacio amenaza romperse. Usted no tiene palabras para expresarlo. Si no siguen nuestras instrucciones este centro va a condensarse y convertirse en incontrolable. Alrededor de él aparecerá un torbellino que eventualmente disolverá la estructura del espacio y significará el fin tanto de su raza como de la nuestra. La única cosa que puede evitar la condensación del centro es una rápida y fuerte oleada de energía. Ustedes podrían ocasionarla usando sus primitivas bombas de hidrógeno y cohetes, enviándolos a un punto en las cercanías inmediatas de pollypollybonitopollybuentiempopollypolly…
La casa se agitó por el asalto de la tormenta, se estremeció como si fuera de cartulina, se movió como una casa de decorado hecha con muros de papel.
—Polly —dijo el loro—. Polly. No podemos mantener la conexión por mucho más tiempo. El punto crítico está situado en algún lugar entre el primero y segundo planetas de su sistema. El número de bombas que deberían ser adecuadas si ustedes usan las más potentes que poseen es de unas veinte. No lo solucionará, pero tal vez retrase la formación del centro hasta que lleguemos hasta ustedes. Estamos trabajando en un plan a largo plazo para mejorar la estabilidad del espacio a nuestro alrededor, pero este centro ha aparecido tan repentinamente que no podemos hacer nada al respecto sin su ayuda. Una oleada de energía bruta, ahora, podría salvarnos a todos. No indefinidamente, pero al menos hasta que nuestra nave llegue a él. De otra manera, la ruptura ocurrirá rápidamente. El campo base se resquebrajará, la masa no será ya capaz de mantener su estructura, nuestra parte del universo será convertida en energía, y la destrucción se extenderá como un fuego forestal y tal vez ocasionará la ruptura del universo entero… No podemos ya… Demuestre que usted ha… La conexión se…
Le rascó suavemente bajo el ala, como acostumbraba, y murmuró:
—Sí, Polly; está bien, Polly. Polly bonito…
El animal volvió sus ojos hacia él, y estaban llenos de una gratitud tan inmensa que no podía ser simplemente por la caricia.
Retiró la mano.
La casa se estremeció una vez más.
Fue hasta la ventana y miró hacia fuera. El océano se alzaba como alguien tratando de trepar, para ahogarlo todo en un odio ciego. Se había despertado al fin, y a su lado el viento no era nada, una vieja que ni siquiera podía destruir una antigua casa en una pequeña roca lejos en el archipiélago. Permaneció al lado de la ventana, con sus piernas muy abiertas, como si de nuevo se encontrase en el puente de un navío mirando al horizonte.
Casi no se podía ver nada debido a la espuma lanzada por encima de la pequeña isleta.
De pronto una idea apareció en su mente, una idea que contestaba a una pregunta que había estado enterrada en su subconsciente por un largo tiempo. ¿No lo puse allí?
Fue hasta allí.
Oh, sí, allí estaba. El audífono. Murmuró algo acerca de su dejadez. No podía oír una maldita cosa sin ese infame artilugio.
Volvió a la ventana.
Ahora oía el delirante chillido de allá afuera, el desencantado y rabioso chillido que rasgaba las nubes y el cielo, y fustigaba al recién despierto mar hasta enfurecerlo, y arañaba al impasible disco de la Luna.
Pero también oía al loro, que se arreglaba las plumas con el pico.
—Polly bonito —decía—. Polly bonito…