Yo quería que Arturo fuera rey, pero sólo en una ocasión a lo largo de tantos años l egué más al á de sus meras evasivas y hablé seriamente con él sobre su derecho al trono; tal conversación no tuvo lugar hasta cinco años después del juramento de la Mesa Redonda, durante el verano anterior al año de la proclamación de Mordred, momento en que las murmuraciones hostiles se habían convertido en un grito ensordecedor. Sólo los cristianos estaban a favor de la aclamación de Mordred, y ni siquiera se mostraban entusiastas, pero se sabía que su madre había sido cristiana y que el niño había recibido el bautismo; tales argumentos bastaron para persuadir a los cristianos de que Mordred tal vez apoyara sus ambiciones. El resto de Dumnonia confiaba en que Arturo los libraría del pequeño, pero éste pasaba sus deseos por alto serenamente. Aquel verano era, según el cómputo solar que hemos adoptado, el cuatrocientos noventa y cinco después del nacimiento de Cristo, una estación maravil osa inundada de sol. Arturo se hal aba en el cenit de su gloria, Merlín tomaba el sol en nuestro jardín con mis tres hijas menores, que siempre le pedían más cuentos, y Ceinwyn era feliz. Ginebra se deleitaba en su encantador palacio del mar, con sus arcos y galerías y su oscuro templo oculto, Lancelot parecía satisfecho en su reino junto al mar, los sajones se enfrentaban unos con otros y Dumnonia vivía en paz. Recuerdo que, por otra parte, aquel verano fue tremendamente desgraciado.
Pues fue el verano de Tristán e Isolda.
Kernow es el reino salvaje que se agarra a la esquina occidental de Dumnonia como una zarpa. Los romanos l egaron al í pero pocos se asentaron en tan salvaje terreno y, cuando dejaron Britania, el pueblo de Kernow siguió viviendo su vida como si los invasores no hubieran pasado por al í. Labraban pequeños campos, pescaban en aguas procelosas y extraían el precioso estaño de la tierra. Decían que viajar a Kernow era como volver a la Britania de antes de la l egada de los romanos, aunque nunca visité aquel as tierras, ni Arturo tampoco.
El rey Mark ocupaba el trono de Kernow desde que yo tenía conciencia. Casi nunca nos importunaba, aunque de vez en cuando -
generalmente cuando Dumnonia tenía algún conflicto con algún enemigo más poderoso del exterior- consideraba que algunas de nuestras tierras más occidentales le pertenecían; entonces se producía una breve refriega fronteriza y las naves bélicas de Kernow invadían y saqueaban nuestras costas. Siempre vencíamos, cómo no. Dumnonia era grande y Kernow pequeña y, concluido el conflicto, Mark enviaba emisarios para decir que todo había sido un malentendido. Durante una breve temporada, al principio de la era de Arturo, cuando Cadwy de Isca se rebeló contra el resto de Dumnonia, Mark l egó a apoderarse de una gran porción de tierra dumnonia adyacente a su frontera, pero Culhwch terminó con la rebelión y cuando Arturo envió la cabeza de Cadwy como presente para Mark, los lanceros de Kernow se retiraron silenciosamente a sus antiguas fortalezas.
No menudeaban tales escaramuzas, pues el rey Mark solventaba sus campañas más notables en el lecho. Era famoso por el número de esposas que había tenido pero, mientras que otros como él poseían varias al mismo tiempo, Mark las desposaba de una en una. El as morían con una regularidad apabul ante, casi siempre, al parecer, al cabo de cuatro años justos de la celebración del matrimonio, efectuada por sus druidas; Mark siempre encontraba la forma de explicar tales muertes (unas fiebres, un accidente o un parto difícil), pero casi todos sospechábamos que era el aburrimiento del rey lo que alimentaba el fuego de las piras donde se incineraban los cuerpos de las reinas en Caer Dore, la fortaleza real.
La séptima esposa que murió fue Ial e, sobrina de Arturo, y Mark envió un mensajero con un triste comunicado sobre setas venenosas y el apetito voraz de Ial e. Envió además una mula de carga con lingotes de estaño y unos raros huesos de bal ena para evitar la posible ira de Arturo.
La muerte de las esposas, sin embargo, no parecía evitar que otras princesas osaran cruzar el mar para compartir el lecho con Mark. Tal vez fuera preferible ser reina en Kernow, aunque por breve tiempo, que aguardar en las estancias de las mujeres a que se presentara un pretendiente que tal vez no l egara nunca; además, las justificaciones de las muertes siempre eran plausibles. Se trataba de simples accidentes.
Tras la muerte de Ial e, no se produjo otro matrimonio hasta mucho después. Mark envejecía y se dio por supuesto que el rey había dejado de jugar al matrimonio, pero aquel delicioso verano del año anterior al ascenso de Mordred al trono, el viejo rey Mark tomó una nueva esposa.
Tratábase de la hija de nuestro antiguo aliado Oengus Mac Áirem, el rey irlandés de Demetia que nos sirvió la victoria en bandeja en el val e del Lugg, victoria por la cual Arturo le perdonó los mil ares de delitos que aún cometía en tierras de Cuneglas. (…)El matrimonio del viejo rey Mark con la niña de Demetia era un pacto entre dos reinos pequeños que a nadie importunaba y, por otra parte, nadie creyó que el rey Mark se casara con la princesa a cambio de beneficios políticos. Lo hizo únicamente porque tenía un apetito insaciable de jóvenes de sangre real. Contaba ya casi sesenta años, su hijo Tristán cerca de cuarenta e Isolda, la nueva reina, sólo contaba quince.
El desastre comenzó cuando Culhwch nos envió un mensaje diciendo que Tristán había l egado a Isca con la jovencísima esposa de su padre.
Culhwch había sido nombrado gobernador de la provincia occidental de Dumnonia tras la muerte de Melwas por envenenamiento con ostras, y en su mensaje decía que Tristán e Isolda habían huido del rey Mark. La l egada de los fugitivos parecía complacer a Culhwch, lejos de preocuparle, pues, al igual que yo, había luchado junto a Tristán en el val e del Lugg y en las afueras de Londres, y apreciaba al príncipe.
–Al menos esta esposa sobrevivirá -escribió su ama-nuense al consejo-, y lo merece. Les he dejado una vieja fortaleza y una guardia de lanceros. – El mensaje continua ba con la descripción de una incursión de piratas irlandeses de la otra oril a del mar y concluía con la petición de rebaja de los tributos, habitual en Culhwch, y la advertencia, también habitual, de que la cosecha prometía ser escasa. En resumen, se trataba de un despacho normal sin nada que pudiera despertar aprensión en el consejo, pues todos sabíamos que la cosecha sería abundante y que Culhwch se disponía a la disputa de siempre sobre los impuestos. En cuanto a Tristán e Isolda, nos tomamos la anécdota como cosa divertida y nadie vio ningún peligro en el a. Los escribanos de Arturo archivaron la carta y el consejo pasó a discutir otros temas.
Dicha sesión fue celebrada en Durnovaria y, como de costumbre, Ginebra había acudido desde su palacio del mar a la ciudad durante el tiempo de las reuniones, y nos acompañó a la hora de la comida.
Ginebra levantó la mirada al entrar en el patio un desconocido; lo acompañaba Hygwydd, el escudero de Arturo, y lo anunció como Cyl an, el paladín de Kernow; ciertamente tenía aspecto de paladín de un rey, pues era un bruto enorme, de negros cabel os y poblada barba, con un hacha azul tatuada en la frente. Se inclinó ante Ginebra y sacó un espadón bárbaro que depositó en el suelo con la hoja apuntada hacia Arturo. Tal gesto significaba tensión entre ambos países.
–Tomad asiento, lord Cyl an. – Arturo le indicó el asiento vacío de Mordred-. ¿Gustáis un poco de queso o de vino? El pan es reciente.
Cyl an se quitó el yelmo de hierro, terminado en una feroz máscara de lince.
–Señor -anunció con voz de trueno-, vengo con una queja.
–Y con el estómago vacío, sin duda -le interrumpió Arturo-. ¡Sentaos! Darán de comer a vuestra escolta en las cocinas. ¡Y recoged la espada!
Cyl an se rindió a la falta de protocolo de Arturo. Partió una hogaza por la mitad y cortó un buen pedazo de queso.
–Tristán -explicó secamente cuando Arturo le preguntó el motivo de la queja. Cyl an habló con la boca medio l ena de comida, detal e que hizo estremecer de repulsión a Ginebra-. El Edling ha huido a estas tierras, señor -prosiguió el paladín de Kernow-, l evando consigo a la reina. –
Tomó un cuerno de vino y lo apuró de un trago-. El rey Mark desea que vuelvan.
Arturo no respondió, se limitó a tamborilear con los dedos en el borde de la mesa.
Cyl an siguió engul endo queso y pan y volvió a servirse vino.
–Ya es mal suficiente -prosiguió tras un eructo prodigioso- que el Edling haya… -hizo una pausa y miró a Ginebra de soslayo, luego corrigió la frase-… esté con su madrastra.
Ginebra le interrumpió para pronunciar la palabra que Cyl an no se había atrevido a pronunciar en su presencia. El emisario asintió, enrojeció y prosiguió.
–No es cierto, señora. No es que haya copulado con su propia madrastra sino que ha robado a su padre la mitad del tesoro. Ha roto dos votos, señor. El de obediencia hacia su propio padre y el de respeto a su reina; y hemos sabido que se les ha dado asilo cerca de Isca.
–Tengo entendido que el príncipe se hal a en Dumnonia -replicó Arturo sin entusiasmo.
–Y mi rey quiere que vuelva, quiere que vuelvan los dos. – Cyl an, una vez transmitido el mensaje, atacó el queso de nuevo.
Cyl an se quedó estirando las piernas al sol, y el consejo reanudó la sesión para debatir la respuesta de Arturo al rey Mark.
–Tristán -dije- siempre ha sido amigo de nuestro país. Luchó con nosotros cuando nadie más lo hizo. Llevó hombres al val e del Lugg. Estuvo en Londres con nosotros. Merece nuestro apoyo.
–Ha roto juramentos hechos a un rey -adujo Arturo en tono preocupado.
–Juramentos paganos -dijo Sansum, como si tal argumento aliviara la falta de Tristán.
–Pero ha robado dinero -añadió el obispo Emrys.
–Dinero que pronto sería suyo por derecho -dije en defensa de mi viejo compañero de batal as.
–Y eso es precisamente lo que preocupa al rey Mark -añadió Arturo-. Ponte en su lugar, Derfel, ¿qué temerías más?
–¿La escasez de princesas? – dije. Arturo desaprobó mi ligereza frunciendo el ceño.
–Teme que Tristán vuelva a Kernow al frente de un grupo de lanceros. Teme la guerra civil. Teme que su hijo se haya cansado de esperar su muerte, y tiene razón al temerlo.
–Señor -dije-, Tristán nunca ha sido calculador. Actúa impulsivamente. Se ha enamorado tontamente de la esposa de su padre, no pretende robarle el trono.
–Todavia no -replicó Arturo como un mal presagio-, pero lo hará.
–Si damos refugio a Tristán, ¿qué hará el rey Mark? – inquirió Sansum astutamente.
–Incursiones -replicó Arturo-. Quemar algunas granjas, robar ganado. O enviar lanzas para l evarse a Tristán vivo. Sus naves podrían hacerlo. –
Entre los reinos de Dumnonia, sólo los hombres de Kernow eran buenos navegantes, y los sajones, en sus primeras invasiones, aprendieron a temer las barcas alargadas de los lanceros de Mark-. Sería una irritación constante. Diez o doce campesinos y sus esposas muertos todos los meses. Habrá que destinar un centenar de lanceros a la frontera hasta que todo se arregle.
–Caro -comentó Sansum.
–Excesivamente caro-asintió Arturo con tristeza.
–El rey Mark debe recuperar su dinero a toda costa -insistió Emrys.
–Y a la reina, seguramente -dijo Cythryn, uno de los magistrados del consejo-. Me imagino que el orgul o del rey Mark no le permitirá dejar tal insulto sin venganza.
–¿Qué le sucederá a la niña si regresa? – preguntó Emrys.
–Eso -replicó Arturo con firmeza- es asunto que sólo concierne al rey Mark, y no a nosotros. – Se frotó la larga y huesuda cara con ambas manos-. Creo -añadió con cansancio- que debemos meditarlo. – Sonrió-. Hace mucho tiempo que no voy a esa parte del mundo. Tal vez sea el momento de volver. ¿Me acompañarías, Derfel? Eres amigo de Tristán, tal vez a ti te escuche.
–Es un placer, señor -dije.
El consejo acordó que Arturo mediara en el asunto; enviaron a Cyl an de vuelta a Kernow con un mensaje donde se describía lo que Arturo se disponía a hacer y luego, con doce de mis hombres, cabalgamos hacia el sudoeste al encuentro de los amantes errantes.
El viaje empezó con alegría, a pesar de la delicada empresa que nos aguardaba al final. Nueve años de paz habían aumentado la riqueza del país y, si el buen tiempo estival no cambiaba y a pesar de las negras predicciones de Culhwch, todo prometía una gran cosecha. Mucho complacieron a Arturo los campos bien cuidados y los nuevos silos. Lo saludaban a la entrada de todos los pueblos y vil as, y siempre cálidamente. Los niños cantaban a coro ante él y depositaban regalos a sus pies: muñecas de trigo, cestos de frutas o pel ejos de zorro. Él repartía oro a cambio, discutía de cuantos problemas hubiera en el lugar, conversaba con el magistrado residente y proseguía su camino.
Pasamos aquel a noche en el antiguo palacio del gobernador romano de Isca, donde vivía Culhwch. Lo hal amos sumido en la preocupación, no por causa de Tristán sino porque la ciudad estaba infestada de cristianos fanáticos. La misma semana anterior, un grupo de jóvenes cristianos había invadido los templos paganos de la ciudad, habían tirado al suelo las estatuas de los dioses y habían ensuciado las paredes con excrementos. Los lanceros de Culhwch detuvieron a unos cuantos profanadores y l enaron las mazmorras, pero estaba preocupado por el futuro.
A la mañana siguiente salimos de Isca escoltados por Culhwch y una docena de hombres, cruzamos el Exe por el puente romano y torcimos hacia el sur, hacia las tierras marítimas de las costas más extremas de Dumnonia. Arturo no hizo más comentarios sobre el frenesí, de los cristianos, pero aquel día se mantuvo singularmente.
Culhwch había enviado un mensaje al príncipe advirtiéndole de nuestra l egada, y Tristán salió a nuestro encuentro. Cabalgaba solo y su cabal o levantaba nubes de polvo al galopar en nuestra dirección. Nos saludó con alegría, pero la fría reserva de Arturo le enfrió el ánimo. Tal reserva no se debía a ningún rechazo innato que sintiera por el príncipe (al contrario, lo apreciaba), sino al hecho de que su misión no se reducía a actuar de mediador en la disputa sino que habría de juzgar a un viejo amigo.
–Está preocupado -le dije sin precisar más, procurando hacerle entender que la actitud de Arturo no presagiaba nada en su contra.
Yo l evaba el cabal o por las riendas, pues, como de costumbre, me sentía más seguro a pie, y Tristán, tras saludar a Culhwch, bajó de la sil a y continuó a pie, a mi lado. Tristán no escuchaba. Estaba enamorado y, como todos los amantes, no sabía hablar sino de su amada.
–Una joya, Derfel -me dijo-. Eso es lo que es, ¡una joya irlandesa! – Andaba a mi lado a grandes zancadas, con un brazo sobre mis hombros y sus luengas barbas negras tintineando, pues intercalaba aros de guerrero en las trenzas. Tenía la barba más entrecana, pero seguía siendo atractivo, con una nariz huesuda y los vivos ojos negros encendidos de pasión-. Y se l ama -dijo con aire soñador- Isolda.
–Lo sabíamos -contesté secamente.
–Una niña de Demetia -dijo-, hija de Oengus Mac Airem. Una princesa de los Uí Liatháin, amigo mío. – Pronunció el nombre de la tribu de Oengus Mac Áirem como si estuviera forjado en oro puro-. Isolda -repitió-, de los Uí Liatháin. Tiene quince veranos y es bel a como la noche.
Pensé en la ingobernable pasión de Arturo por Ginebra y en los propios deseos de mi espíritu por Ceinwyn, y me dolió el corazón por mi amigo. El amor lo había cegado, lo había barrido, lo había enloquecido. Tristán siempre había sido apasionado, dado a caer en el pozo de la desesperación o a elevarse de felicidad hasta las alturas, pero era la primera vez que lo veía poseído por los tempestuosos vientos del amor.
–Tu padre -le advertí con cuidado- quiere que Isolda vuelva.
–Mi padre es viejo -dijo, despreciando todo obstáculo- y cuando muera, l evaré en barco a mi princesa de los Uí Liatháin hasta las verjas de hierro de Tintagel y le construiré un castil o con torres de plata que l egue hasta las estrel as. – Su propia extravagancia le hizo reír-. ¡Verás como te parecerá adorable, Derfel!
No dije nada más, le dejé seguir hablando. No tenía ganas de escuchar noticias de nosotros, no le importó que yo tuviera tres hijas ni que los sajones estuvieran a la defensiva; en su universo sólo había espacio para Isolda.
–¡Verás cuando la conozcas, Derfel! – repetía una y otra vez y, cuanto más nos acercábamos a su refugio, más se exaltaba, hasta que al final, incapaz de permanecer alejado de su Isolda un momento más, montó en su cabal o y partió al galope delante de nosotros. Arturo me miró socarronamente y le sonreí.
–Está enamorado -le dije, como si fuera necesario explicarlo.
–Con lo que le gustan a su padre las jovencitas -añadió Arturo sombríamente.
–Vos y yo conocemos el amor, señor -le dije-, tratadlos con benevolencia.
El refugio de Tristán e Isolda era un hermoso palacio, quizás el más bonito que yo había visto. Las bajas colinas estaban regadas por innumerables arroyos y cubiertas de bosques densos, con ríos abundantes que se precipitaban hacia el mar y altos acantilados donde chil aban las aves. Era un rincón salvaje de gran bel eza, muy apropiado para la pura locura del amor.
Y al í, en la pequeña fortaleza oscura, entre profundos bosques verdes, conocí a Isolda.
La recuerdo pequeña y morena, fantasiosa y frágil. Poco más que una niña, en realidad; aunque obligada a ser mujer por su matrimonio con Mark, parecióme una niña tímida, menuda, delgada, un jirón apenas de una madurez próxima; miraba fijamente a Tristán con enormes ojos oscuros hasta que éste insistió en que nos saludara. Se inclinó ante Arturo.
–No os inclinéis ante mí -le dijo Arturo, ayudándola a erguirse de nuevo-, pues sois, reina. – E hincando él una rodil a en tierra, le besó la menuda mano.
Hablaba en murmul os, como una sombra. Tenía el pelo negro y, para parecer mayor, se lo había recogido en un gran moño en la coronil a y se había adornado con joyas, aunque las lucía con cierta torpeza; me recordó a Morwenna, cuando se disfrazaba con ropas de su madre. Nos miraba con temor. Creo que Isolda comprendió antes que Tristán que la incursión de hombres armados no era la visita de unos amigos sino la l egada de quienes habían de juzgarla.
Culhwch les había proporcionado refugio. Era una fortaleza de madera y paja de centeno, no muy grande pero bien construida, que había pertenecido a un caudil o partidario de la rebelión de Cadwy, motivo por el cual perdió la cabeza. La fortaleza, que tenía tres cabañas y un almacén, estaba rodeada por una empalizada y situada en una depresión boscosa del terreno, a resguardo de los vientos del mar, y al í, junto a seis fieles lanceros y un montón de tesoro robado, Tristán e Isolda pensaron convertir su amor en una gran canción.
Arturo hizo trizas su música.
–El tesoro -le dijo a Tristán aquel a noche- debe volver a manos de vuestro padre.
–Pues que se lo quede -declaró Tristán-. Lo tomé sólo por no pediros caridad a vos, señor.
–Mientras estéis en esta tierra, lord príncipe -dijo Arturo gravemente- seréis nuestros invitados.
–¿Y por cuánto tiempo, señor? – preguntó Tristán.
Arturo miró hacia las oscuras vigas del techo con el ceño fruncido.
–¿Llueve? ¡Hacía mucho que no l ovía!
Tristán repitió la pregunta y Arturo rehusó contestar nuevamente. Isolda tomó la mano de su príncipe y la sostuvo mientras Tristán recordaba a Arturo la batal a del val e del Lugg.
–Cuando todos os abandonaron, señor, yo acudí a vuestro lado -le dijo.
–Ciertamente, príncipe -admitió Arturo.
–Y cuando luchasteis contra Owain, señor, estuve a vuestro lado.
–Así fue.
–Y l evé los halcones de mis escudos a Londres.
–Es verdad, lord príncipe, y al í lucharon bravamente.
–Y di mi palabra en la Mesa Redonda -añadió Tristán. Ya nadie la l amaba la Hermandad de Britania.
–Cierto, señor -asintió Arturo con pesadez.
–Así pues, señor -suplicó Tristán-, ¿no merezco acaso vuestra ayuda?
–Merecéis mucho, lord príncipe, y todo lo tengo en cuenta. – Fue una respuesta evasiva, la única que Tristán recibiría aquel a noche.
Dejamos a los amantes en la fortaleza y nos preparamos unas yacijas de paja en los pequeños almacenes. La l uvia cesó durante la noche y el día siguiente amaneció cálido y espléndido. Me desperté tarde y descubrí que Tristán e Isolda habían huido de la fortaleza.
–Si tienen dos dedos de frente -me dijo Culhwch con un gruñido- se habrán alejado cuanto hayan podido.
–¿Seguro?
–No tienen dos dedos de frente, Derfel, están enamorados. Creen que el mundo existe sólo para su conveniencia. – Culhwch caminaba cojeando ligeramente, consecuencia de la herida sufrida en la batal a contra Ael e-. Se han ido hacia el mar -me dijo-, a rezar a Manawydan.
Culhwch y yo seguimos a los amantes; salimos de la hondonada boscosa a una colina barrida por el viento que terminaba en un acantilado agreste donde sobrevolaban las gaviotas y el ancho océano rompía en blancas embestidas de espuma. Nos detuvimos en la cima del acantilado y miramos hacia abajo, donde, en una pequeña cala, descubrimos a Tristán e Isolda paseando por la arena. La noche anterior, contemplando a la tímida reina, no l egué a comprender en realidad qué era lo que había sumido a Tristán en la locura de amor, pero aquel a mañana ventosa lo entendí.
Me quedé mirando y la niña echó a correr de pronto alejándose de Tristán, brincando, dándose media vuelta y riéndose de su amado, que caminaba despacio tras el a. Llevaba un amplio vestido blanco, su pelo negro volaba libremente al viento salado. Parecía un espíritu, una ninfa del agua como las que danzaban en Britania antes de la l egada de los romanos. Y entonces, acaso para hacer una broma a Tristán, o tal vez para l evar sus plegarias más cerca de Manawydan, el dios del mar, se arrojó de cabeza al agitado oleaje. Zambul óse en las aguas y desapareció por completo, mientras Tristán permanecía consternado en la arena contemplando la demoledora masa blanca del agitado mar. Después, lustrosa como una nutria en la corriente, apareció su cabeza. Agitó la mano, nadó un poco y regresó a la playa con el vestido blanco pegado a su patético cuerpecil o delgado. No pude evitar la vista de sus pequeños y altos senos y sus largas y estilizadas piernas; Tristán la ocultó a nuestros ojos envolviéndola en las alas de su gran manto negro y al í, a la oril a del mar, la estrechó con fuerza y apoyó la mejil a en su pelo, empapado de agua salobre. Culhwch y yo nos retiramos y dejamos a los amantes solos en el viento marino que soplaba desde la fabulosa Lyonesse.
–No puede enviarlos al á -gruñó Culhwch.
–No puede -dije. Nos quedamos contemplando el movimiento del mar infinito.
–Entonces, ¿por qué no les quita un peso de encima? – preguntó Culhwch enfadado.
–No lo sé.
–Tenía que haberlos enviado a Brocielande -dijo Culhwch. Empezamos a caminar hacia el oeste, rodeando las colinas por encima de la cala, y el viento le levantaba la capa. El camino nos l evó a una gran altura desde donde avistamos un enorme puerto natural; el mar había invadido un val e fluvial y formaba una cadena de lagos marinos amplia y bien resguardada.
–Halcwm -dijo Culhwch que se l amaba el puerto-, y el humo procede de las minas de sal. – Señaló hacia un tenue color gris que rielaba en el lado más lejano de los lagos.
–Aquí tiene que haber marineros capaces de l evarlos a Brocielande -dije al ver al menos doce barcos anclados al abrigo del puerto.
–Tristán no lo aceptaría -contestó Culhwch sombríamente-. Se lo propuse, pero cree que Arturo es amigo suyo. Confía en él. No puede esperar a ser rey, pues dice que para entonces, todas las lanzas de Kernow estarán al servicio de Arturo.
–¿Por qué no mataría a su padre, simplemente? – pregunté con amargura.
–Por la misma razón por la que ninguno de nosotros mata a ese enano mal nacido de Mordred -replicó Cwlhwch-. Matar a un rey no es moco de pavo.
Aquel a noche cenamos de nuevo en la fortaleza, y nuevamente presionó Tristán a Arturo para que le dijera cuánto tiempo podrían permanecer Isolda y él en Dumnonia, pero Arturo tampoco quiso responder en aquel a ocasión.
–Mañana, lord príncipe -le prometió-, mañana lo decidiremos todo.
Pero a la mañana siguiente, dos grandes naves de altos mástiles e irregulares velas y con proas altas tal adas en forma de cabeza de halcón entraron en los lagos salados de Halcwm. Los bancos de ambas naves estaban l enos de hombres que, al quedarse sin viento para las velas a causa del resguardo que la tierra proporcionaba, prepararon los remos e impulsaron las grandes naves negras hacia la playa.
Veíanse a popa haces de picas en reposo mientras los remeros trabajaban con los pesados remos. A proa, las cabezas de halcón lucían ramas verdes, señal de que acudían en son de paz.
No sabía quién arribaba en las dos naves, pero me imaginé que sería el rey Mark, que acababa de l egar de Kernow.
El rey Mark era un hombre muy corpulento que me recordaba a Uther cuando ya chocheaba. Tan obeso estaba que no podía subir las colinas de Halcwm sin ayuda, de modo que hubieron de transportarlo cuatro lanceros en una sil a sujeta por dos fuertes palos. Acompañaban al rey cuarenta lanceros más y abría la marcha Cyl an, su paladín. La inestables parihuelas se balanceaban colina arriba y ladera abajo, hasta l egar a la hondonada boscosa donde Tristán e Isolda creían haber encontrado refugio.
Isolda dejó escapar un grito al verlos y después, presa de pánico, echó a correr desesperada, huyendo de su esposo, pero en la empalizada no había más que una entrada y el enorme palanquín de Mark la cerraba por entero, de modo que volvió corriendo a la fortaleza donde estaba atrapado su amado. Las puertas de la fortaleza estaban guardadas por los hombres de Culhwch, que impidieron el paso a Cyl an y al resto de los lanceros de Mark. Isolda l oraba, Tristán gritaba y Arturo rogaba. El rey Mark ordenó que posaran las angaril as frente a la puerta de entrada y al í aguardó hasta que Arturo, pálido y tenso, salió y se arrodil ó ante él.
El rey de Kernow tenía grandes mofletes y la cara surcada de capilares rotos, la barba rala y blanca, la respiración, superficial y ronca, y los ojos pegajosos de legañas. Indicó a Arturo que se levantara y se bajó como pudo de la sil a; de pie sobre sus gordas e inseguras piernas siguió a Arturo hasta la choza más grande. Era un día cálido, pero Mark no se deshizo del manto de piel de foca con que se cubría como si aún tuviera frío.
Entró en la choza apoyado en el brazo de Arturo; dentro habían dispuesto un par de asientos.
Culhwch, asqueado, se plantó a la entrada de la fortaleza con la espada desenvainada. Yo me quedé a su lado y, detrás de nosotros, la morena Isolda l oraba.
Arturo permaneció en la choza una hora entera, al cabo de la cual salió y nos miró a su primo y a mí. Exhaló una especie de suspiro y luego entró en la fortaleza pasando de largo entre nosotros. No oímos sus palabras pero sí el l anto de Isolda.
Culhwch fulminaba con la mirada a los lanceros de Kemow rogando que uno lo desafiara, pero nadie se movió. Cyl an, el paladín, permanecía inmóvil junto a la verja con una gran lanza de guerra y su enorme espadón.
Isolda gritó de nuevo y, de pronto, Arturo salió a la luz del sol y me asió del brazo.
–Ven, Derfel.
–¿Y yo, qué? – preguntó Culhwch en tono desafiante.
–Mantén la guardia -le dijo Arturo-, que nadie entre en la fortaleza. – Se alejó y le seguí los pasos.
No dijo nada mientras subíamos la colina que se levantaba frente a la fortaleza, ni cuando seguimos el sendero empinado, ni tampoco cuando l egamos a la alta cima del acantilado. El faral ón del cabo se adentraba en el mar a nuestros pies, el agua rompía alta y ascendía hecha espuma para caer hacia levante con el viento incesante. El sol bril aba sobre nuestras cabezas, pero mar adentro cerníase un gran nubarrón y Arturo se quedó mirando la l uvia oscura que caía sobre las olas vacías. El viento hacía ondear su manto blanco.
Una gaviota gritó en el aire, el mar lamió la rocas al retirarse de nuevo a las profundidades y el viento salobre nos agitó los mantos.
–Que los dioses me ayuden -dijo Arturo por fin, con la mirada fija en la hoja temblorosa-. ¡Cuánto he deseado matar a ese monstruo seboso!
–¿Y por qué no lo habéis hecho? – pregunté con voz ronca.
No respondió inmediatamente, vi que las lágrimas le corrían por las hundidas mejil as.
–Les he ofrecido la muerte, Derfel -dijo-, rápida e indolora. – Se secó las mejil as con los puños y después, con una ira súbita, dio una patada a la espada-. ¡Dioses! – Escupió a la hoja oscilante-. ¿Qué dioses?
–¿Qué les va a suceder, señor? – pregunté.
Se sentó en otra piedra. Permaneció un largo rato en silencio, contemplando la l uvia a lo lejos, en el mar, con las mejil as inundadas de lágrimas.
–He vivido, Derfel -dijo- según los juramentos que he hecho. No conozco otra forma, pero esos juramentos me contrarían, como tendría que suceder a todos los hombres, porque coartan el libre albedrío y, ¿quién de nosotros no quiere ser libre? Pero si los abandonamos, perdemos la guía y nos sumimos en el caos. Caemos, simplemente, y no somos mejores que las bestias. – De pronto, no pudo continuar, sólo l oraba.
Yo miraba la masa gris del mar. Me pregunté dónde nacerían y morirían aquel as olas tan grandes.
–Supongamos -dije- que ofrecer votos fuera un error.
–¿Un error? – Me miró de hito en hito y volvió a perderse en el océano-. A veces -prosiguió sin entusiasmo- los juramentos no pueden cumplirse. No logré salvar el reino de Ban, aunque bien sabe Dios que lo intenté, pero no pudo ser. De modo que falté a mi palabra y pagaré por el o, mal que no fuera por voluntad propia. Aún tengo que matar a Ael e, y ese voto debo mantenerlo, no lo he roto aún sino que he retrasado su cumplimiento. Prometí rescatar Henis Wyren de manos de Diwrnach, y lo haré. Acaso tal compromiso fue un error, pero estoy obligado a l evarlo a cabo. Es decir, ahí tienes la respuesta. Aunque un juramento sea un error, tienes obligación de cumplirlo porque lo has jurado -Se secó las mejil as-. Es decir, sí, un día tengo que mandar mis lanzas contra Diwrnach.
–Ningún juramento os ata a Mark -dije con amargura.
–Ninguno, pero Tristán sí está comprometido, y también Isolda.
–¿Nos afectan a nosotros sus juramentos? – pregunté.
–Supongamos -me dijo- que dos votos se contradicen. Supongamos que hubiera jurado luchar por ti y que hubiera jurado combatirte como enemigo, ¿qué juramento habría de cumplir?
–El que hubierais pronunciado primero -contesté, porque conocía la ley tan bien como él.
–¿Y si ambos se pronunciaron al mismo tiempo?
–En tal caso, tendríais que someteros al juicio del rey.
–¿Por qué del rey? – me confundía como si yo fuera un lancero novato aprendiendo las leyes de Dumnonia.
–Porque vuestro juramento al rey -repliqué obedientemente- está por encima de todos los demás juramentos, y vuestro deber primero es para con él.
–De modo que el rey -dijo con convicción- es el guardián de nuestros juramentos, y sin rey no queda más que una maraña confusa de votos contradictorios. Sin rey, sólo hay caos. Todos los juramentos l evan al rey, Derfel, todas nuestras obligaciones terminan en el rey y todas nuestras leyes son patrimonio del rey. Si desafiamos al rey, desafiamos el orden. Podemos luchar contra otros reyes e incluso matarlos, pero sólo cuando amenacen al nuestro y a su orden justo. El rey, Derfel, es la nación y nosotros pertenecemos al rey. Hagamos lo que hagamos, tú o yo, debemos hacerlo siempre en favor del rey.
Sabía que no hablaba de Mark y Tristán. Pensaba en Mordred, y por eso me atreví a decir en voz alta el pensamiento no pronunciado que tanto pesaba sobre Dumnonia desde hacía muchos años.
–Hay muchos, señor -comencé- que opinan que el rey deberíais ser vos.
–¡No! – gritó al viento-. ¡No! – repitió más calmado, mirándome.
–¿Por qué no? – pregunté, mirando la espada que reposaba en la peña.
–Porque se lo juré a Uther.
–Mordred no es apto para el trono. Y vos lo sabéis, señor.
–Derfel -replicó mirando de nuevo al mar-, Mordred es nuestro rey, y eso es todo lo que tenemos que saber tú y yo. Tiene nuestra palabra. No podemos juzgarlo, él nos juzgará a nosotros; de modo que si tú o yo decidimos que el rey sea otro, ¿dónde quedaría el orden? Si un hombre se apodera injustamente del trono, cualquiera podría hacer lo mismo. Si lo tomara yo, ¿por qué no habría de disputármelo otro cualquiera? El orden desaparecería y nos hundiríamos en el caos.
–¿Creéis que a Mordred le interesa el orden? – pregunté con amargura.
–Creo que Mordred todavía no ha sido proclamado debidamente. Creo que tal vez cambie cuando asuma los grandes deberes. Más probable me parece que no l egue a cambiar, pero por encima de todo, Derfel, creo que es nuestro rey y que debemos soportarlo porque es nuestra obligación, nos guste o no. En todo este mundo, Derfel -dijo, recogiendo a Excalibur de pronto y señalando el vasto horizonte con un amplio movimiento de la hoja-, en este mundo sólo hay un orden seguro: el orden del rey. No el de los dioses, que se han marchado de Britania. Merlín creyó que podría hacerlos regresar, pero fíjate cómo está Merlín ahora. Sansum nos dice que su dios tiene poder y tal vez sea cierto, pero para mí no. Yo sólo veo reyes, y en los reyes se concentran nuestros juramentos y nuestros deberes. Sin el os, seríamos fieras salvajes en liza por un territorio -Envainó a Excalibur con determinación-. Tengo que apoyar a los reyes porque sin el os sólo habría caos, y por eso he dicho a Tristán e Isolda que deben someterse a juicio.
–¡A juicio! – exclamé, y escupí en la tierra.
–Se les acusa de robo -replicó Arturo fulminándome con la mirada-. Se les acusa de quebrantar juramentos, se les acusa de fornicación. – Al decir la última palabra se le torció la boca y tuvo que darme la espalda para escupir al mar.
–¡Están enamorados! – protesté y, como no dijo nada, lo ataqué más directamente-. ¿Y vos, Arturo ap Uther, tuvisteis que someteros a juicio cuando faltasteis a un juramento? Y no me refiero al de Ban sino a la palabra que disteis cuando os comprometisteis con Ceinwyn. ¡Rompisteis un compromiso y nadie os l evó ante el tribunal!
Se volvió iracundo hacia mí y, durante unos instantes, creí que iba a desenvainar a Excalibur otra vez para acometerme, pero se estremeció y permaneció inmóvil. Las lágrimas le bril aban en los ojos de nuevo. Tardó largo en rato volver a hablar y, por fin, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
–Falté a aquel juramento, cierto, Derfel. ¿Crees que no lo he lamentado?
–¿Y no vais a permitir que Tristán falte a otro?
–¡Es un ladrón! – replicó furioso-. ¿Crees que podemos arriesgarnos a padecer años de ataques en la frontera por culpa de un ladrón que fornica con su madrastra? ¿Serías capaz de ir a hablar con las familias de los campesinos muertos en la frontera y justificar su muerte en nombre del amor de Tristán? ¿Crees que las mujeres y los niños deben morir porque un príncipe esté enamorado? ¿A eso l amas justicia?
–Creo que Tristán es amigo nuestro -contesté, y como no me dijo nada, escupí a sus pies-. ¿Mandasteis recado a Mark, no es así? – le acusé.
–Sí. Le mandé un mensajero desde Isca.
–¡Tristán es amigo nuestro! – le reproché a gritos. Arturo cerró los ojos.
–Ha robado a un rey -insistió con tozudez-. Le ha robado oro, esposa y honor. Ha quebrado votos. Su padre quiere justicia y yo he jurado cumplir con la justicia.
–Pero es amigo vuestro -insistí-, ¡y mío!
Abrió los ojos y me miró.
–Derfel, un rey acude a mí pidiendo justicia. ¿Debo negársela a Mark porque sea viejo, gordo y feo? ¿Por ventura la juventud y la bel eza merecen una justicia pervertida? ¿Por qué he luchado durante todos estos años, sino para asegurar que la justicia sea igual para todos? –
Estaba suplicándome en aquel os momentos-. Cuando veníamos hacia aquí y pasamos por todos los pueblos y vil as, ¿la gente huía al ver nuestras espadas? ¡No! ¿Y por qué? Porque saben que en el reino de Mordred hay justicia. Y ahora, sólo porque un hombre yace con la esposa de su padre, ¿quieres que eche a perder toda la justicia como si fuera una carga inconveniente?
–Sí -dije-, porque se trata de un amigo y porque si lo obligáis a someterse a juicio lo declararán culpable. No tiene la menor oportunidad de salvarse -argüí con amargura- porque Mark es el único testigo con derecho.
Arturo sonrió tristemente al reconocer los hechos que yo quería que recordara. Me refería a nuestro primer encuentro verdadero con Tristán, un encuentro relacionado también con asuntos legales, una injusticia flagrante que en aquel caso estuvo a punto de perpetrarse porque el acusado era un testigo con derecho. Según nuestra ley, el testimonio de un testigo con derecho era incontrovertible. Aunque mil personas juraran lo contrario, sus testimonios carecían de valor ante la palabra de un lord, un druida, un sacerdote, un padre refiriéndose a sus hijos, alguien que hubiera hecho un regalo y hablara del regalo, una doncel a con respecto a su virginidad, un pastor con respecto a sus rebaños o un condenado que pronunciara sus últimas palabras. Y Mark era lord, un rey; su palabra estaba por encima de la de príncipes y reinas. Ningún tribunal de Britania escucharía a Tristán e Isolda, y Arturo lo sabía. Pero Arturo había jurado defender la ley.
Sin embargo, en aquel lejano día en que Owain estuvo a punto de pervertir la justicia por usar su privilegio de testigo con derecho para mentir, Arturo apeló al tribunal de espadas. El propio Arturo luchó por Tristán contra Owain, y ganó.
–Tristán -le dije- podría apelar al tribunal de espadas.
–Eso es un privilegio -dijo Arturo.
–Y yo soy su amigo -repliqué fríamente-, puedo luchar por él.
Arturo me miró de hito en hito como si acabara de descubrir la hondura de mi hostilidad.
–¿Tú, Derfel?
–Lucharé por Tristán -repetí fríamente- porque es amigo mío. Como lo fuisteis vos en otro tiempo.
–Puedes hacer uso de tal privilegio -comentó por fin, tras unos segundos-, pero yo he cumplido con mi deber. – Se alejó unos pasos y lo seguí a diez de distancia; cuando él se detenía me detenía yo también y cuando se giraba a mirarme yo volvía la cabeza a otro lado. Iba a luchar por un amigo.
Arturo ordenó secamente a los lanceros de Culhwch que escoltaran a Tristán e Isolda a Isca; decretó que el juicio se celebraría al í. El rey Mark podía presentar un juez y los dumnonios otro.
El rey Mark estaba sentado en su asiento sin decir palabra. Había discutido para que el juicio se celebrara en Kernow pero debió de comprender que en realidad no importaba. Tristán no se presentaría a juicio porque jamás podría ganarlo, de modo que sólo podría recurrir a la espada.
El príncipe l egó a la puerta de la sala y miró a su padre a la cara. Mark le devolvió una mirada inexpresiva, Tristán estaba pálido y Arturo se hal aba entre los dos, con la cabeza gacha para no tener que mirar a ninguno de el os.
Tristán no l evaba armadura ni escudo. Se había recogido el negro cabel o, l eno de aros de guerrero, con una tira de tela blanca, arrancada del vestido de Isolda, seguramente. Vestía camisa, calzas y botas, con la espada ceñida a un lado. Se acercó a su padre y se detuvo a medio camino. Desenvainó, lo miró a los ojos implacables y clavó la hoja con fuerza en el suelo.
–Me someto al tribunal de espadas -declaró.
Mark se encogió de hombros y, al letárgico gesto de su mano, Cyl an se adelantó. Evidentemente, Tristán conocía la pericia del paladín, sin duda, pues se puso nervioso tan pronto como el hombretón, de barbas crecidas hasta la cintura, se despojó del manto. Cyl an se retiró el pelo del hacha tatuada y se colocó el yelmo de hierro. Luego se escupió en las manos, se frotó las palmas con la saliva y avanzó lentamente hasta la espada de Tristán, la cual tiró al suelo de un golpe. Tal gesto significaba que aceptaba el combate. Desenvainé a Hywelbane.
–Yo lucharé por Tristán -dijo Culhwch. Se acercó y se situó a mi lado-. Tú tienes hijas, insensato -musitó.
–Y tú también.
–Pero yo me cargo a este sapo barbudo antes que tú, sajón, que eres un saco de tripas -añadió Culhwch cariñosamente. Tristán se interpuso entre nosotros y manifestó que él se enfrentaría con Cyl an en combate singular, que el combate le pertenecía a él y a nadie más; pero Culhwch le hizo retirarse con un gruñido-. He vencido a hombres que harían dos de este patán barbudo -le dijo.
Cyl an esgrimió su espadón y cortó el aire con la hoja.
–Cualquiera de vosotros -dijo en tono displicente-, no me importa cuál.
–¡No! – gritó Mark de pronto. Llamó a Cyl an y a dos lanceros más y los tres se arrodil aron junto a la sil a del rey a escuchar sus instrucciones.
Culhwch y yo nos imaginamos que Mark estaría ordenando a sus tres hombres que lucharan uno contra cada uno de nosotros.
–Yo me quedo con el bel aco de la barba y la frente embadurnada -dijo Culhwch-; tú, con ese pedo de perro pelirrojo y mi señor príncipe que se las entienda con el calvo. ¿Los despachamos en dos minutos?
Isolda apareció sigilosamente. Parecía aterrorizada en presencia de Mark, pero se acercó a abrazarnos a Culhwch y a mí. Culhwch la envolvió en sus brazos pero yo me arrodil é y le besé la pequeña y blanca mano.
–Gracias -nos dijo con su triste vocecil a. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas. De puntil as, besó a Tristán y luego, con una mirada amedrentada a su esposo, volvió a refugiarse en las sombras de la sala.
Mark levantó la cabezota por encima del cuel o del manto de foca.
–El tribunal de espadas -dijo con voz gangosa- exige que los hombres se enfrenten uno a uno. Siempre ha sido así.
–Pues enviad a vuestras vírgenes de una en una, lord rey -gritó Culhwch-, y las mataré de una en una.
–Un hombre, una espada -insistió Mark-; mi hijo ha solicitado hacer uso del privilegio, pues que luche él.
–Lord rey -dije-, según la costumbre, un hombre puede luchar por su amigo en el tribunal de espadas. Yo, Derfel Cadarn, solicito tal privilegio.
–Desconozco tal costumbre -mintió Mark.
–Arturo sí la conoce -repliqué_ con brusquedad-. Luchó por vuestro hijo en un tribunal de espadas y hoy seré yo quien luche.
Mark miró con ojos legañosos a Arturo, pero éste hizo un gesto negativo con la cabeza como si no quisiera entrar en la discusión. Mark volvió a dirigirse a mí.
–La ofensa de mi hijo es indecente -dijo-, y nadie sino él debe defenderlo.
–¡Yo lo defiendo! – exclamó Culhwch, y de nuevo se situó a mi lado reiterando que lucharía por Tristán. El rey se limitó a mirarnos, levantó la mano derecha e hizo un gesto cansino.
Los lanceros de Kernow, al mando del lancero pelirrojo y del calvo, formaron una barrera de escudos a la señal del rey, una barrera de a dos en fondo; la primera fila cerró la formación de escudos y la segunda los levantó para proteger las cabezas de los soldados de la primera.
Entonces, a una orden, arrojaron las lanzas al suelo.
–¡Malditos! – exclamó Culhwch, pues comprendió lo que iba a suceder-. ¿Rompemos la barrera, lord Derfel? – me preguntó.
–Rompámosla, lord Culhwch -respondí en tono vengativo.
Éramos tres hombres contra cuarenta de Kernow. Avanzaron los cuarenta arrastrando los pies lentamente tras su tupida barrera de escudos, vigilándonos inquietos por debajo del borde del casco. No l evaban lanzas ni desenvainaron espadas, pues no iban a matarnos sino a inmovilizarnos.
Y Culhwch cargó contra el os. Hacía años que no me veía en la necesidad de romper una barrera de escudos, pero la antigua locura me poseyó al gritar el nombre de Bel; luego grité el de Ceinwyn y cargué con la punta de Hywelbane contra los ojos de un hombre; éste apartó la cabeza a un lado y entonces empujé con el hombro en el punto donde su escudo se unía al de su compañero.
La barrera se abrió y grité triunfalmente al tiempo que golpeaba a un oponente en la nuca con la empuñadura de la espada; después la clavé hacia delante para ampliar la brecha. En el campo de batal a, a esas alturas del combate, mis hombres estarían empujando detrás de mí, abriendo más la brecha y empapando el suelo de sangre enemiga; pero mis hombres no estaban detrás ni se me oponían armas por delante, sólo escudos y más escudos y, aunque giraba en círculo haciendo silbar la hoja de Hywelbane en el aire, los escudos iban encerrándome inexorablemente. No me atrevía a matar a ningún lancero pues habría sido una deshonra, ya que el os habían renunciado deliberadamente a sus armas y, despojado así de tal oportunidad, sólo podía tratar de asustarlos. Pero sabían que no mataría y el círculo de escudos se fue cerrando más y más a mi alrededor hasta que Hywelbane quedó inmovilizada en el tachón de hierro de un escudo; súbitamente, los escudos de Kernow me presionaron por todas partes.
Oí a Arturo dar una orden a voces; supuse que algunos lanceros de Culhwch y los míos se habrían aprestado a socorrer a sus señores y que Arturo se lo habría impedido. No deseaba que corriera la sangre entre Kernow y Dumnonia, sólo quería que el escabroso asunto terminara de una vez por todas.
Culhwch también estaba atrapado como yo. Gritaba rabiosamente a quienes lo mantenían cautivo, los l amaba infames, perros y gusanos, pero los hombres de Kernow cumplían órdenes. No debían herir a ninguno de los dos sino mantenernos inmóviles entre hombres y escudos. De tal forma tuvimos que presenciar, igual que Isolda, al campeón de Kernow, que se acercó al príncipe con la espada baja y se inclinó ante él.
Tristán supo que iba a morir. Se había quitado la tira de paño del pelo y la había atado a la hoja de la espada; en aquel momento la besó.
Después, esgrimió la espada, tocó con el a la hoja del paladín y saltó hacia delante al ataque. Cyl an lo esquivó. El choque de los aceros resonó en la empalizada y volvió a resonar con el segundo ataque de Tristán, que acometió con un movimiento rápido de arriba abajo, pero Cyl an lo evitó otra vez. Lo paró con toda facilidad, casi con aburrimiento. Tristán arremetió dos veces más y luego siguió asestando mandobles, moviendo la hoja y clavándola con la mayor velocidad de que era capaz, intentando desesperadamente agotar la defensa de Cyl an, pero sólo logró cansarse él y, al detenerse un momento para tomar aire y dar un paso atrás, el paladín atacó.
Fue un lance magistral, bel o de ver para quien gustase del espectáculo de una espada bien esgrimida. Fue incluso una estocada piadosa, porque Cyl an acabó con el espíritu de Trístán en un abrir y cerrar de ojos. El príncipe no tuvo tiempo siquiera de volverse hacia la puerta en sombras del salón a mirar a su amada. Sólo pudo fijar la vista en el que le robaba la vida mientras la sangre se le escapaba por la garganta cercenada y teñía de rojo su camisa blanca; luego se le cayó la espada al tiempo que expiraba con un resuel o atragantado y sofocado y, cuando el espíritu lo abandonó, cayó al suelo.
–Se ha hecho justicia, lord rey -declaró Cyl an sin entusiasmo al tiempo que sacaba la espada de la garganta de Tristán y se alejaba. Los lanceros que me rodeaban, y que no se habían atrevido a mirarme a los ojos, se retiraron. Levanté a Hywelbane y vi su hoja gris borrosa a causa de las lágrimas. Oí gritar a Isolda cuando los hombres de su esposo mataron a los seis lanceros que habían acompañado a Tristán y que en aquel momento defendían a su reina. Cerré los ojos.
No miraría a Arturo, no le hablaría. Me fui hasta el cabo a rezar a mis dioses y a rogarles que volvieran a Britania y, mientras oraba, los hombres de Kernow se l evaron a Isolda al lago salobre donde aguardaban las dos naves oscuras. Pero no se la l evaron a Kernow. La princesa de los Uí Liatháin, aquel a niña de quince veranos que saltaba descalza entre las olas y cuya voz era un susurro en la sombra, como la de los espíritus de los marineros que cabalgan en los vientos viajeros del mar, fue atada a un mástil y rodeada de maderos, que tanto abundaban en la playa de Halcwm; y al í, ante la mirada implacable de su esposo, fue quemada viva. El cuerpo de su amante fue incinerado en la misma pira No quise partir con Arturo; no quise hablar con él. Dejé que se marchara y aquel a noche dormí en la vieja y oscura fortaleza donde habían dormido los amantes. Luego me fui a Lindinis, a casa, y entonces fue cuando confesé a Ceinwyn la masacre de los páramos de hacía muchos años, cuando maté inocentes en cumplimiento de un juramento. Le conté la muerte de Isolda en la hoguera, le conté que gritaba y gemía mientras su esposo miraba.
Ceinwyn me abrazó.
–¿No sabías que Arturo podía ser tan inclemente? – me preguntó en voz baja.
–No.
–Él es lo único que nos separa del horror -añadió-, ¿cómo podría ser, sino de granito?
Y todavía ahora, cuando cierro los ojos, veo a veces a aquel a niña saliendo del mar con una sonrisa en la cara, el vestido blanco empapado y pegado a su menudo cuerpo y las manos tendidas hacia su amado. La veo cada vez que oigo a las gaviotas, pues su imagen no me abandonará hasta el día en que me muera y, aun después de la muerte, vaya donde vaya mi espíritu, al í estará el a; una niña quemada en la hoguera por un rey, por la ley, en Camelot.