I
Esto no es una novelette sino una serie de notas. La novelette no puede escribirse realmente porque participa de su época, que es distante y que sólo puede percibirse a través del lenguaje y los recursos de esa época. Por lo tanto, la pieza, en virtud de esas razones y otras demasiado personales incluso para este tipo de Confesión de la Verdad, es poco más que una serie de construcciones hacia algo menos sustancial… y, como el autor, no puede completarse.
II
La novelette se apoyaría en dos artículos escritos por el difunto John Campbell, que durante treinta y tres años fue editor de Astounding / Analog, que fueron escritos poco antes de su prematura muerte el 11 de julio de 1971, y aparecieron como editoriales en su revista más tarde ese mismo año, el segundo es tal vez lo último que llevará su firma. Ellos imaginan una galaxia negra que resultaría de la implosión de una estrella neutrónica, una implosión tan poderosa que las fuerzas gravitacionales desatadas contendrían no sólo la luz misma sino el espacio y el tiempo, y «Una Galaxia llamada Roma» es el título de él, no el mío, puesto que él visualiza una nave espacial que podría quedar atrapada dentro de esa galaxia negra sin poder salir… porque la velocidad para salir tendría que exceder la velocidad de la luz. Todos los caminos del viaje conducirán a esa galaxia, entonces, y ninguno a otra parte. A una galaxia llamada Roma.
III
Conciban entonces una nave espacial más rápida que la luz que cayera en la galaxia negra y no pudiera salir. Caer sería fácil, o al menos inevitable, ya que una de las características de la galaxia negra sería su invisibilidad, y allí estaría la nave. Luego la historia giraría alrededor de los esfuerzos de la tripulación por escapar. La nave se llama Skipstone. Fue terminada en 3892. Quinientas personas murieron para que la nave pudiera volar, pero en ésta era hay todavía menos respeto por la vida que ahora.
Abandonado a mis propios medios, podría interesarme menos el problema de cómo escapar que el problema de la adaptación. El funcionamiento doméstico en un sector anterior del universo; la sumisión a los elementos, una bella, irónica desesperación literaria. Pero esto no es ciencia ficción. La ciencia ficción fue creada por Hugo Gernsback para mostrarnos la formas de salir de una impasse tecnológica. Así sea.
IV
A pesar de que el material era muy interesante, me acobardaba incluso esta serie de notas, y mucho más el trabajo terminado y pulido. Mi vida personal es mi pozo negro, me pareció importante señalarlo (¿a quién le importaría?); mis hijas me proporcionan una implosión más correcta y duradera que cualquier estrella neutrónica, y el sonido de los pulsars no es nada comparado con la música del paddock en la pistas de carreras Aqueduct de Ozone Park Queens, en un claro día martes de verano. «Basta de presentar conceptos impresionantes, distancias infinitas, saltos cuasar, graves mensajes entre los brazos de la Nébula Espiral», podría haber señalado yo. «Se que hay quienes encuentran allí una verdad última, pero yo no soy uno de ellos. Preferiría dedicar los años de vida que me quedan (ésta es mi vena melodramática) a la comprensión de las agonías de esta ciudad de clase media en el norte de New Jersey; mientras no pueda ocuparme de eso, ¿cómo podré abarcar a Ridgefield Park, y no hablemos de la extensión de fisión que incluye gases progresivamente más pesados?». Por cierto casi me sometí a esto hasta que se me ocurrió que Ridgefield Park siempre sería tan misterioso como las estrellas y que uno no podía negar el infinito sólo para perseguir un problema que sería impenetrable hasta que uno se fuera de este mundo.
Entonces decidí intentar la novelette, por lo menos como esta serie de notas, aunque con cierto temor, pero el temor no me alteró, ni lo lamenté, porque mi vida es simplemente una serie de notas para vivir, y Ridgefield Park es sólo un vago modelo de trabajo de Trenton donde, a pesar de todo, viven varios millares de personas que no pueden distinguir la mano derecha de la izquierda, y también mucho ganado.
V
La nave espacial Skipstone, en un vuelo de exploración a través de las galaxias mayores y menores que rodean a la Vía Láctea, cae en la galaxia negra de una estrella neutrónica y se pierde para siempre.
La capitana de esta nave, la única conciencia viviente en ella, es su comandante, Lena Thomas. Es cierto que la bodega de la nave transporta quinientos quince muertos sellados en una sustancia gelatinosa que absorberá los rayos gama no protegidos. Es cierto que estos rayos en algún momento del futuro apresurarán su reconstitución. Y es cierto también que otra parte de la bodega contiene las prótesis de siete ingenieros especializados, hombres y mujeres, que pueden ser puestos en funcionamiento muy sencillamente y que proporcionarían a Lena no sólo las respuestas a cualquier problema técnico que surgiera sino que le harían compañía durante el largo tiempo de vuelo del Skipstone.
Sin embargo, Lena no usa las prótesis, ni siente la necesidad de hacerlo. Es altamente especializada y competente, al menos en relación con las tareas de rutina de ese vuelo de prueba, y siente que pedir ayuda externa sólo sería admitir debilidad, que se enterarían en el Bureau y disminuirían sus posibilidades de promoción. Lena tiene razón, el Bureau ha puesto transmisores visuales y biológicos en todos los cubículos de esa nave; Lena no puede ver ni hacer nada que no deje una huella; no pensarían bien de ella si tuviera que depender de la ayuda externa. Hacia los embalsamados siente algo más; su condición, sacudiéndose en la bodega del barco mientras éste se mueve en el sendero tachyonic, parece aproximarse a la de ellos: aunque ellos están privados de la conciencia, esa cualidad parece casi irrelevante en la condición del hiperespacio; y si hubiera alguna forma de resolver el misterio, bien podría hablar con ellos. Tal como están las cosas, tendrán que contentarse con diálogos imaginarios y durante largos períodos inactivos en que observará los monitores, contemplará el arco iris del hiperespacio, la colisión del espectro, y no dirá absolutamente nada.
Sin embargo no decir nada será imposible, y el hecho es que Lena habla incesantemente por momentos, aunque sea consigo misma. Eso es bueno porque la historia debe tener mucho diálogo; el efecto dramático se impulsa mejor a través de una caracterización directa, la necesidad compulsiva de Lena, de vez en cuando, de establecer su condición y su relación con los espacios que ocupa satisfará esa necesidad.
En su conversación, por supuesto, a menudo se dirige a los embalsamados.
—Piensen —les dice a esos embalsamados, algunos de los cuales han muerto hace ochocientos años, otros hace unas semanas, todos apilados en la bodega en relación con su estatus en la vida y su capacidad de atesorar dinero para pagar por el proceso que les devolverá la vida—… piensen en lo que está sucediendo aquí.— Y hace un gesto señalando la bodega, los colores que brillan a través de los ojos de buey hasta su muñeca, los colores que bailan en el aire, y sus ojos llenos y enloquecidos por esa luz, lo cual no indica que esté loca sino sólo que la condición del espacio en sí es insana, que el efecto de Michelson-Morley tiene realidad psicológica y también física aquí. —Bien, yo podría estar muerta en la bodega y todos ustedes aquí observando girar los colores, es lo mismo, de todas maneras es más rápido que la luz— y por cierto los efectos de sacudida y deslizamiento del sendero tachyonic son tales que en el momento de hablar lo que dice Lena es cierto.
Los muertos viven; los vivos están muertos, todo se desliza y se mezcla como ella ha observado; y si no fuera que sus polos objetivos de conciencia estaban fijados por años de entrenamiento y disciplina, así como los de ella están modificados por un tipo diferente de entrenamiento y disciplina, ella presionaría las palancas para expulsar a los muertos uno por uno al ataúd más grande del espacio, algo indicado sólo como procedimiento de emergencia en circunstancias más graves y que provocaría su separación del Bureau inmediatamente después de su regreso. Los muertos son una carga preciosa; en esencia, pagan por los experimentos y deben ser manipulados con la mayor delicadeza.
—Los manejaré con la mayor delicadeza —dice Lena en el hiperespacio—, y nunca los abandonaré, —paquetitos de mi pequeña prisión— y así sucesivamente, cantando y tarareando mientras la nave se mueve a una velocidad de alrededor de un millón de kilómetros por segundo, siempre acelerando y sin embargo excepto los colores, las náuseas, el balanceo que desorienta, su propia y creciente locura, las circunstancias de esta historia, Lena podría estar en el local del IRT de Lenox Avenue a la hora pico, avanzando lentamente por la ciudad, mientras los círculos de la enfermedad se mueven en el auto en los intestinos del verano.
VI
Tiene veintiocho años. Casi dos mil años en el futuro, cuando el hombre ya ha establecido colonias en cuarenta planetas en la Vía Láctea, ha poblado totalmente el sistema solar, está trabajando en los experimentos a mayor velocidad que la luz lo más rápidamente que puede para trasladarse a otras galaxias, la ciencia médica de la época no es notablemente superior a la nuestra, y la esperanza de vida humana no se ha extendido significativamente, ni las enfermedades de la humanidad que conocemos ahora como congénitas han sido erradicadas. La mayoría de los embalsamados están entre los ochenta y noventa años; pocos de ellos, los muertos más recientes, tenían cerca de cien, pero la longitud de vida promedio todavía está un poco por debajo de los ochenta, y la mayoría de éstos han muerto de cáncer, ataques al corazón, insuficiencia renal, derrame cerebral, y cosas por el estilo. Hay cierta ironía en eso de que el hombre puede al menos haber puesto un pie en su galaxia, puede haber resuelto los misterios del sendero FTL, y sin embargo encuentra al hecho de su propia biología tan asombroso como le ha resultado a través de toda la historia, pero todo sociólogo comprende que los que viven en una cultura son los menos calificados para criticarla (porque han asimilado totalmente los códigos de la cultura, incluso en lo que se refiere a la crítica). Lena no ve esa ironía más que lo que el lector tendrá que verla para apreciar la ironía más profunda y más metafísica de la historia, que es ésta: que la mayor velocidad, el mayor espacio, el mayor progreso, la mayor sensación no han dado como resultado una expansión definible en los límites de la conciencia y la personalidad y para Lena el impulso FTL no es más que una creciente trampa.
Es importante comprender que Lena es sólo técnica; y aunque está altamente especializada y ha sido entrenada por el Bureau durante muchos años para su tarea de piloto, realmente no necesita poseer el conocimiento técnico de los científicos de nuestro propio tiempo… que su tarea, que es esencialmente de investigación y conducción de naves, podría ser realizada por una adolescente, que todo su entrenamiento no le ha brindado protección contra el aburrimiento y la depresión de su trabajo.
Cuando haya terminado esa última investigación, volverá a Urano y le darán una licencia de seis meses. La espera con muchas ganas. Aprecia la oportunidad. Sólo tiene veintiocho años, y está cansada de que la envíen con los muertos a rodar por el espectro durante semanas cada vez, y que le gustaría mucho ser, al menos por un tiempo, una muchacha joven. Le gustaría estar en paz. Le gustaría que la amaran. Le gustaría tener una vida sexual.
VII
Es necesario dar algún lugar al elemento del sexo en esta historia, aunque sólo sea porque tiene una protagonista femenina (con quien la asepsia no resultaría bien); y en la tradición de la ciencia ficción literaria moderna, donde se da cierta posibilidad a toda la gama de las necesidades y conductas humanas, sería torpe y poco maduro ignorar el tema. Por cierto se pueden escribir las escenas fáciles con gran éxito: Lena masturbándose mientras mira por la ventanilla los coloridos niveles del hiperespacio; Lena soñando que se acuesta con alguien mientras inconscientemente se masajea los pezones, la nave que se hunde cada vez más profundamente (y ella todavía no lo sabe) hacia la galaxia negra; la galaxia negra misma como algún símbolo vaginal de absorción último cuyas proyecciones freudianas no serán ignoradas entre las imágenes de esta historia… en realidad, uno puede imaginar a Lena avanzando a los tumbos hacia los eyectores en lo más profundo del pánico de la galaxia negra para sacar a uno de los embalsamados, y sus oscuras fantasías necrofílicas mientras el cuerpo asciende lentamente en la loza brillante, la expresión que tendrán sus ojos cuando recobre la conciencia y perciba en qué se ha convertido… ah, ésa sería una escena muy poderosa, por cierto, casi todo lo relacionado con el sexo en el espacio es poderoso (uno también podría pensar en los efectos del espacio en el orgasmo; ¿sería el orgasmo que todos nosotros conocemos y amamos tanto o algo completamente diferente, tal vez la exaltación?), y yo enfrentaría el tema directamente, si pudiera, y adecuándolo a las necesidades reales de la historia para lograr un diálogo poderoso y excitante.
—Por Dios —diría Lena al final, mientras la música de su prisión la oprime, la invade, la lleva a la extinción…— Por Dios, sólo necesitábamos hacer el amor. Para eso nos han mandado al espacio, sólo eso ha significado para nosotros, necesito tenerlo, lo necesito, ¿entiendes? —Metiendo y sacando sus dedos de sus superficies acuosas…
… pero por supuesto esto no serviría, al menos en la historia que estoy tratando de conceptualizar. El espacio es aséptico, ése es el secreto de la ciencia ficción durante cuarenta y cinco años; no es el engaño o su público adolescente o los códigos de publicación los que han privado a la mayor parte de la literatura de la gama de la sexualidad humana sino al hecho de que en los espacios limpios y abismales entre las estrellas, el sexo, esa demostración de nuestra humanidad perversa e irremplazable, no tendría ningún papel. No por nada los astronautas volvieron para contarnos su visión de los otros mundos, no por nada vacilaron con sus pesados trajes espaciales al avanzar a saludar a los coroneles, no por nada todos esos matrimonios, todos esos chicos encantadores sufren existencias tan terribles. Simplemente no hay lugar para el sexo. No calza. Lena comprendería eso. «Nunca pensé en el sexo», diría, «nunca, ni una sola vez, ni siquiera al final cuando todo estaba a mi alrededor y yo bailaba».
VIII
Por lo tanto será necesario caracterizar a Lena de alguna otra manera, y que la oportunidad sólo llegue en el momento de crisis, el momento en que el Skipstone sea arrastrado a la galaxia negra de la estrella neutrónica. Ese momento ocurrirá ya bastante avanzada la historia, tal vez quinientas o seiscientas palabras después del comienzo (su vida previa en la nave y las impresiones del hiperespacio vendrán en párrafos expositorios entrelazados entre la parte de la acción), y su única indicación de lo que ha sucedido se dará cuando haya un profundo e intenso estremecimiento en las entrañas de la nave en el lugar donde están los embalsamados y ella sienta que cae.
Para explicar esta sensación es importante explicar el hiperespacio normal. No hay sensación de movimiento en el hiperespacio, no podría haberla, el impulso lleva a Skipstone más allá de cualquier concepto del sonido o la luz y a un área donde no hay lenguaje para abarcar ni glándulas para registrar. Si ella corriera las cortinas (curiosamente parecidas con sus volados y sus colores pastel a las que podrían usarse hoy en los hogares de clase media del tipo que yo habito), quedaría privada de toda sensación, pero por supuesto no puede; debe abrirlas a los ojos de buey, y por ellos puede ver la canción de los colores a la que he aludido previamente. Adentro hay un profundo y penoso malestar, una sensación de pérdida terrible (y esto puede explicar por qué Lena piensa en exhumar a los muertos) que puede ser atribuida a los efectos del hiperespacio en el corpus; pero esas sensaciones pueden ocultarse, no ser visibles desde afuera, pueden ser completamente controladas por los personajes flemáticos como lo son la mayoría de los pilotos de esos vuelos experimentales. (Lena misma es un poco flemática. Reacciona más al estrés que algunos de sus colegas pero siempre dentro de la gama normal prescripta por el Bureau, que sin duda realiza un control superficial).
Los efectos de la caída en la galaxia negra son, sin embargo, totalmente distintos, y es aquí donde la organización emocional de Lena se altera totalmente.
IX
En este punto de la historia habría que incorporar montones de datos físicos, astronómicos y matemáticos, preferentemente en forma de proporcionar la base realmente científica de la historia sin asustar al lector.
Por supuesto no hay que preocuparse mucho de la repulsión del lector; la mayoría de los que leen ciencia ficción lo hacen porque se interesan en este tipo de difíciles especulaciones (muy a menudo quedan decepcionados, pero también muy a menudo después de un tiempo no pueden detectar la diferencia), y escucharían aún durante mucho más tiempo una conferencia que, por ejemplo, los lectores de las suscripciones de John Cheever, quien apenas podía soportar las diatribas sociológicas lanzadas a la perenne visión del Gehenna que es el don de Cheever para sus admiradores. Así sería posible, sin que resultara forzado, hacer conocer los siguientes hechos, y estos hechos podrían sin duda separarse del cuerpo de la historia y relatarse simplemente de esta manera.
Se supone que en otras galaxias hay estrellas neutrónicas, estrellas con un tamaño cuatro o cinco veces mayor al de nuestros soles «normales», que en su proceso nuclear, ardiendo y ardiendo para mantener su luz, caerán dentro de diez o quince mil años de difícil existencia, cuando su hidrógeno se fusione con el helio y luego con el nitrógeno y luego con elementos aún más pesados hasta que, con una implosión de terrible fuerza, hambrientos de una energía que ya no está allí, caigan unos sobre otros y provoquen un desastre.
Un desastre no sólo para ellos mismos sino posiblemente para toda la galaxia que habitan, porque la fuerza de gravedad creada por la implosión sería tan vasta como para sellarse literalmente en la luz. No sólo la luz sino el sonido y las propiedades de todas las estrellas en este gran tubo de energía. De manera que la galaxia misma sería chupada al caño de la gravedad creado por el colapso y absorbida en el corazón parpadeante y desesperado de la estrella extinguida.
Es posible hacer varias extrapolaciones a partir de las estrellas neutrónicas —y de las estrellas neutrónicas mismas no tenemos dudas; ahora se sabe que muchas nova y supernova fueron creadas exactamente por este efecto, no por ex- sino por im-plosión—, y las siguientes son algunas de ellas:
a) Las fuerzas de gravedad creadas, como grandes ejes que giraran a partir de la estrella, arrastrarían hacia adentro todas las partes de la galaxia dentro de su radio, y por la fuerza de gravitación, la galaxia sería invisible… estas fuerzas, como hemos dicho, literalmente contienen luz.
b) La estrella neutrónica, que funciona como una aspiradora cósmica, podría literalmente destruir el universo. En realidad el universo puede encontrarse en este momento en el lento proceso de ser destruido mientras centenares de millones de sus soles y planetas son inexorablemente atraídos hacia estos grandes vórtices. El proceso sería lento, por supuesto, pero aparentemente inexorable. Una estrella neutrónica, teóricamente, podría absorber al universo. Hay muchas más que una.
c) Como contrapartida, el universo puede haber sido creado por una implosión de este tipo, que arrojara enormes filamentos cósmicos en un período que para nosotros se mide en eones pero que para los cosmólogos es un instante, y que en este momento están siendo absorbidos. El universo puede ser un accidente.
d) Aparte de lo que dice la cosmología, una nave atrapada en ése vórtice en esa galaxia «Negra», o invisible, atraída hacia la fuente mortal de la estrella neutrónica, sería incapaz de salir de ella por un impulso normal más rápido que la luz… debido a que la gravedad absorbería la luz, sería imposible llegar a ningún nivel de aceleración (que en algún punto no excedería la velocidad de la luz) para permitir la huida. Si fuera posible surgir desde el campo, esto sólo podría hacerse cambiando inmediatamente a un impulso tachyonic sin aumento de la aceleración… un proceso que podría volver loco al ocupante y que, en todo caso, no tendría un destino claro. El agujero negro de la estrella muerta es un vacío literal en el espacio… uno podría caer por el agujero, pero entonces ¿adonde, adonde iría?
e) El proceso mismo de estar en el campo de la estrella muerta bien podría volverlo loco a uno.
Por todas estas razones Lena no sabe que ha caído en la Galaxia llamada Roma hasta que la nave simplemente cae allí.
Ni que, instantánea e irreparablemente, se volverá loca.
X
Una vez presentados los datos tecnológicos, la crisis de la historia —la caída en la galaxia— ya ha ocurrido hace rato, y el autor tendría la obligación de describir las sensaciones reales que acompañaron la caída en la galaxia negra. Como poco o nada se sabe de esas sensaciones —excepto que está claro que la gravedad suspendería casi todas las leyes físicas— aquí sería fácil caer en un estilo surrealista; Lena vería monstruos arrastrándose por las paredes, es decir, monstruos bidimensionales, pequeños recortes de su pasado; podría revivir su vida en plena conciencia desde el nacimiento hasta la muerte; podría literalmente ponerse del revés en lo anatómico y realizar, en su imaginación o concretamente, groseros actos físicos consigo misma; podría nacer y morir mil veces en la extensión sin luz y sin tiempo del agujero… todo eso podría hacerlo dentro de los confines de la historia, y seguramente produciría un poderoso material. Se podría hacer en forma picaresca, describiendo una perversión o locura por capítulo… es decir, unir los capítulos con más datos sobre los excesos de la gravedad y el hecho de que las estrellas neutrónicas (esto es interesante) son probablemente los pulsars que hemos identificado, estrellas que pueden detectarse a través del sonido pero no de la vista, a través de distancias inimaginables. El autor podría hacer este tipo de cosas, y hacerlas muy bien, por cierto; en realidad ya las ha hecho antes centenares de veces, pero de esta manera, tal vez, no tendría en cuenta a Lena. Lena tiene necesidades más imperativas que las del autor, e incluso las de los editores. Tiene terribles dolores. Está sufriendo.
Al caer, ve a los muertos; al caer, oye a los muertos; los muertos la llaman desde el depósito, le gritan: «libéranos, libéranos, estamos vivos, esto es un tormento»; en su sustancia gelatinosa, con los miembros distendidos, adheridos hasta los dedos de las manos y los pies a las membranas que los sostienen, su descomposición se revierte porque la desviación en que han caído revierte el tiempo; y suplican a Lena que los saque de un tormento que ni siquiera pueden expresar por lo profundo que es; sus voces están en la cabeza de Lena, tañendo y golpeando como campanas de extraña forma, «¡Libéranos!», gritan; «ya no estamos muertos, ¡ha sonado la trompeta!», y así sucesivamente, pero Lena literalmente no sabe qué hacer. En este trayecto aterrador sólo es el piloto; no es especialista médica; no sabe nada de profilaxis ni de restauración, y cualquier paso que dé para liberarlos de la gelatina que los sostiene sin duda les destruiría la biología, cualquiera sea su estado mental.
Pero aunque no fuera así, aunque al liberarlos pudiera darles la paz, no puede hacerlo porque está sucumbiendo a sus propias respuestas En el agujero negro, si se han levantado los muertos, entonces los que están de pie son realmente los muertos; ella, Lena, muere en ese espacio; muere mil veces en un período de setenta mil años (porque aquí no hay tiempo objetivo, la cronología sólo es controlada por la psiquis, y Lena tiene mil vidas completas y mil muertes completas), y es terrible, claro, pero también es interesante porque por cada ciclo de muerte hay una vida, setenta años en los que puede meditar sobre su condición en soledad; y después de aproximadamente doscientos años (o menos, cada vida es individual, algunas son más largas, otras más cortas), Lena ha llegado a comprender exactamente dónde está y lo que le ha sucedido. Que le haya llevado mil cuatrocientos años llegar a esa comprensión en cierto modo es increíble, y sin embargo es una especie de milagro también, porque en un universo infinito con infinitas posibilidades, todas reconstituidas para ella, era sumamente improbable que aun en catorce mil años diera con la respuesta, si no hubiera mediado el hecho de que tiene una voluntad particularmente fuerte y que algunas de las personalidades por las que ha vivido son altamente creativas y controladas y le han permitido pensar en serio. Además una continuidad entre una y otra vida, aun con diferentes personalidades, de manera que Lena puede usar los conocimientos anteriores.
La mayoría de las personalidades son débiles, por supuesto, y no pocas son dementes, y casi todas son cobardes, pero queda un poco de residuo; aun en las peores hay suficiente residuo como para llevar adelante el conocimiento, y entonces, en el año catorce mil, cuando finalmente ha descubierto la verdad y se da cuenta de lo que le ha sucedido y de lo que está pasando y de lo que tiene que hacer para salir de allí, entonces reúne todas las fuerzas que le quedan, va dando tumbos hasta la consola (tiene sesenta y ocho años de edad y su personalidad es la de un hombre viejo, quejoso, que también ha sido piloto-acarreador) acude a una de las prótesis, el jefe de ingenieros, que está exactamente como cuando ella lo viera catorce mil años y dos semanas atrás, y cuando éste emerge de la consola, con un ligero chirrido de la maquinaria, Lena respira aliviada, demasiado débil incluso como para responder con placer al hecho de que en esas condiciones de antitiempo, antiluz, anticausalidad, la máquina sigue funcionando. Pero por supuesto que funciona. Las máquinas siempre funcionan, incluso en esta historia de ciencia ficción tan terrible y final. No son las máquinas las que fallan sino quienes las operan, o, en casos extremos, el cosmos.
—¿Qué sucede? —pregunta el jefe de ingenieros.
La estupidez de la pregunta, su ingenuidad e irrelevancia en medio del infierno en que ha estado Lena, la deja estupefacta, pero se da cuenta, aun a través de una niebla, que es natural que el jefe de ingenieros emerja sin memoria de las circunstancias y que haya que enterarlo de todo. Esto es inevitable. Protestando y quejándose, ella le cuenta, con su voz de viejo, lo que ha sucedido.
—¡Pero qué terrible! —exclama el jefe de ingenieros—. Realmente es terrible —y, acercándose a un ojo de buey, contempla la galaxia negra, la Galaxia llamada Roma, y una sola mirada le basta para volver a su posición inicial y luego desintegrarse, no porque haya fallado el mecanismo (el mecanismo nunca falla, en última instancia), sino porque simplemente ha recreado una sustancia humana que no podría tolerar lo que ha visto afuera por el ojo de buey.
Lena queda sola otra vez entre los gritos de los muertos que continúan.
Se da cuenta de inmediato de lo que le ha sucedido (catorce mil años de percepción pueden conducir a un tiempo de reacción rápido, aunque más no sea), habla otra vez a la consola, usa los botones y extrae tres prótesis más, todos ellos ingenieros de categoría apenas inferior al que había convocado en primer lugar. (No se ignorará su parecido con los tres hombres que llevaron consuelo a Job, y habrá oportunidad de meter alguna rápida alegoría religiosa, que siempre es útil para dar a una historia ambiciosa un nivel más de significado). Aunque no son tan calificados y categóricos en sus definiciones como el jefe de ingenieros, son lo suficientemente rápidos como para absorber la explicación de Lena, y, esa vez, su advertencia de no acercarse a los ojos de buey, de no mirar la galaxia. En cambio se quedan donde están, en posturas rígidas y curiosamente penosas, como si esperaran que hablara Lena.
—Entonces, ya ven —dice ella finalmente, como si concluyera una larga y difícil conversación, y en realidad así es—. Por lo que veo, la única forma de salir de esta galaxia negra es pasar directamente al sendero tachyonic. Sin ningún incremento de la aceleración.
Los tres que la consuelan asienten con lentitud y aire sombrío. No saben bien de qué habla Lena, pero no hay que olvidar que ellos no tuvieron catorce mil años para pensar en el asunto.
—A menos que ustedes sugieran otra cosa —dice Lena—. Algo distinto. Otra cosa. De otro modo, será un infinito aquí, y realmente yo ya no aguanto más. Catorce mil años bastan.
—Tal vez —sugiere con suavidad el primero de los tres hombres—, tal vez es tu fatalidad, tu destino, pasar un infinito en este agujero negro. Tal vez de alguna manera estás determinando el destino del universo. Al fin y al cabo fuiste tú quien dijo que tal vez se tratara de un accidente gigantesco, ¿verdad? Tal vez tu sufrimiento le da un sentido.
—Y además —cecea el segundo—, también tienes que pensar en los muertos que hay aquí. Esto no es fácil para ellos, como sabes, todo este traqueteo en vida, y un viraje súbito al sendero tachyonic probablemente los destruiría para siempre. En el Bureau se enojarían y tú serías culpable de daños importantes. No, yo, en tu lugar, me quedaría con los muertos —concluye el segundo, y enseguida parece surgir un clamoroso murmullo del depósito, aunque es difícil decir si es de aprobación o de dolor. Los muertos no son muy expresivos.
—De todas maneras —interviene el tercero, quitando un mechón de cabellos de sus ojos, apartando la mirada de los temibles y omnipresentes ojos de buey—, no hay mucho que se pueda hacer en esta situación. Has caído en una estrella neutrónica, una chimenea negra. Es algo que supera de lejos las pequeñas capacidades y posibilidades del hombre. Yo, en tu lugar, aceptaría mi destino. —Su modelo es el de un científico ya maduro que estudia la teoría cuasar, pero en realidad parece un metafísico—. Hay regiones de la experiencia en las que el hombre no puede internarse sin recibir un severo castigo.
—Para usted es muy fácil decir eso —replica Lena con amargura, mientras sus quejas se transforman en sollozos—, pero usted no ha sufrido como yo. Además existe la posibilidad, al menos teórica, de que yo salga de aquí si incremento gradualmente la velocidad sin aceleración.
—¿Pero dónde aterrizarás? —pregunta el tercero, moviendo su tembloroso dedo índice—. ¿Y cuando? Aquí se han destruido todas las reglas del espacio y el tiempo; sólo persiste la gravedad. Puedes caer por el centro de este sol, pero no sabes por dónde saldrás ni dentro de cuánto tiempo. Es inconcebible que emerjas al espacio normal en la época que piensas como contemporánea.
—No —agrega el segundo—, yo no lo haría. Tú y los muertos están unidos ahora; verdaderamente tu destino es permanecer con ellos. ¿Qué es la muerte? ¿Qué es la vida? En la Galaxia llamada Roma todos los caminos conducen a lo mismo; tienes tiempo de sobra para meditar sobre estas cuestiones, y estoy seguro de que se te ocurrirá algo perfectamente viable, y muy interesante.
—Ah, bien —interviene el primero, mirando a Lena—, si quieres mi opinión, creo que sería mucho más noble de tu parte quedarte aquí; por lo que sabemos, tu condición da sustancia y viabilidad al universo. Tal vez tú eres el universo. Pero de todas maneras no quieres escuchar, de modo que no voy a discutir. Créeme que no —agrega con cierta irritación y luego hace un gesto a los otros dos; los tres, deliberadamente, van hacia un ojo de buey, apartan una cortina y miran afuera. Antes de que Lena pueda detenerlos —aunque no está segura de que esto no sea precisamente lo que ella deseaba— quedan reducidos a cenizas.
Y Lena queda sola con los gritos de los muertos.
XI
Como se ve, los aspectos satíricos de la escena anterior pueden producir grandes consecuencias, y si no se controla hábilmente el material, en este momento la pieza degenerará fácilmente en una farsa. Es posible, como saben casi todos los comediantes, reducir (o elevar) los temas más descarnados o más terribles a la escatología o la farsa con sólo particularizarlos; y será difícil no usar esta escena como necesaria distensión a través de lo cómico en una historia que, al fin y al cabo, es muy depresiva, tanto más depresiva porque ha usado la tela más enorme para pintar sus mensajes de que el hombre queda inevitablemente empequeñecido por el cosmos. (Al menos ése es el mensaje que más fácilmente se extraería del material; en realidad yo tengo otras cosas in mente, pero ¿cuántos podrán detectarlas?).
Lo que salvará la escena y la historia misma, alrededor de este punto, será la rica descripción material de la galaxia negra, la estrella neutrónica, los efectos de alteración que han tenido en la realidad percibida. Todo truco retórico, todo recurso tipográfico, toda leve modificación del lenguaje y la memoria a la que deba acudir el autor serán utilizados en esta parte que describe el aspecto del agujero negro y sus efectos en la (sabemos que distorsionada) conciencia de Lena. Será una visión sombría, por supuesto, pero no necesariamente sin esperanzas; demostrará que nuestros conceptos de «belleza» o «fealdad» o «malo» o «bueno» o «amor» o «muerte» son poco más que metáforas, semánticamente limitadas, enmarcadas por el pobre equipo receptor de nuestras cabezas; y se sugerirá que, en vez de mostrarnos una realidad diferente o alternativa, es posible que el agujero negro sólo nos esté mostrando la única realidad que conocemos, pero extendida, infinitamente extendida de modo que la historia puede darnos, como sucede a menudo, con la buena ciencia ficción, en este punto, algún pantallazo de las posibilidades que hay más allá de nosotros, posibilidades que no caben en la dimensión de las palabras o de los problemas de calificación editorial. Y también en este punto de la historia valdría la pena caracterizar a Lena en forma «más cálida» y más «comprensiva» para que el lector la vea como un ser humano bien definido y admirable, muy valiente frente a todos sus desastres y sus catorce mil años y sus doscientas vidas. Esto puede lograrse a través de la técnica convencional de la ficción: individuación a través de la definición de la idiosincrasia, recursos del lenguaje, hábitos, amaneramientos, etcétera. En la ficción común, habitual, podríamos hacer que tartamudeara un poco, que tuviera un lunar en el pecho derecho, que le gustaran los policías, que tuviera miedo de los convertibles rojos, y nada más; en esta historia, debido a su tema considerablemente extendido, habrá que hacer algo más que eso, encontrar originalidades de idiosincrasia que, por su maravilla y sugestión de una posibilidad panorámica, se aproximen al agujero negro… pero no importa. No importa. Esto puede hacerse; la parte que entrelaza a Lena y su visión del agujero negro será la más lucida y la más admirada, pero en realidad será la más fácil de escribir, y estoy seguro de que yo no tendría el menor problema con ella si, como dije mucho antes, éste fuera un cuento y no una serie de notas para un cuento, ya que la historia misma está indeciblemente más de nuestro tiempo y espacio y recursos y sólo puede entreverse en pequeños destellos vacíos de luz, así como Lena puede asomarse al agujero negro, por más que conozca la gravedad de la estrella neutrónica. Estas notas se acercan tanto a la visión de la historia como puede hacerlo Lena.
Al terminar esta parte, está claro que Lena ha tomado la decisión de salir de la galaxia negra pasando automáticamente al sendero tachyonic. No sabe dónde emergerá ni cómo, pero sabe que lo que está viviendo no puede soportarlo más.
Se prepara a apretar los botones, pero antes de eso es necesario escribir el diálogo con los muertos.
XII
Presumiblemente uno de ellos se designará a sí mismo vocero de todos y aparecerá ante Lena en ese nuevo espacio como en un sueño.
—Escucha —diría este muerto, uno nacido en 3361, muerto en 3401, que espera ocho siglos su exhumación por una sociedad que pueda liberar a su cuerpo de la leucemia (está destinado a una desilusión)—… tienes que enfrentar los hechos de esta situación. No podemos dejarlo así. Es mejor la muerte que conocemos que la muerte que tú nos darás.
—La decisión está tomada —dice Lena, sin apartar los dedos de los botones—. No es posible volverse atrás.
—Ahora estamos muertos —continúa el muerto—. Al menos permite que esta muerte continúe. Al menos en las entrañas de esta galaxia sin tiempo tenemos una especie de vida, o al menos esa no-existencia con la que siempre hemos soñado. Podría contarte muchas de las cosas que hemos aprendido en estos catorce mil años, pero para ti tendrían poco sentido, por supuesto. Hemos aprendido a tener resignación. Hemos tenido momentos de gran penetración. Por supuesto nada de esto te importa.
—Nada me importa. Nada en absoluto.
—Todo importa. Aun aquí hay consecuencia, causalidad, sentido de humanidad, de responsabilidad. Puedes suspender las leyes físicas, puedes suspender la vida misma, pero no puedes separar los imperativos morales de la humanidad. Éstos son absolutos. Sería apostasía tratar de dejarlos.
—El hombre trata de dejarlos —dice Lena—, el hombre debe luchar, debe intentar controlar sus condiciones. Aunque pase de lo peor a la desaparición. Ése sigue siendo su destino.
Tal vez aquí el diálogo es un poquito florido. De todas maneras, ésta será su orientación. Hay que advertir que, colocando este punto de vista convencional en un personaje femenino proporcionará otro de esos necesarios niveles de ironía en que la historia debe abundar para no ser únicamente un muestrario de rarezas, una cascada de débiles maravillas que se muestran con timidez en una carpa de circo… la ironía le prestará legitimidad.
—No me importan los muertos —dirá Lena—. Sólo me importan los vivos.
—Entonces tendrá que importarte el universo —dice el hombre muerto—, tendrá que importarte eso, aunque más no sea. Tratando de salir por el centro del agujero negro, puedes romper la tela sin costuras del tiempo y el espacio. Puedes destruirlo todo. El pasado y el presente y el futuro. La explosión puede extender la chimenea de la fuerza de gravedad a un tamaño infinito, y todo el universo caerá en el agujero.
Lena hace un gesto negativo. Sabe que el muerto no es más que otra de sus tentaciones con disfraz más astuto y cadavérico.
—Mientes —dice Lena—. Esto no es más que otro efecto de la Galaxia llamada Roma. Yo soy responsable ante mí, sólo ante mí. El universo no está en juego.
—Eso es una racionalización —responde el muerto, al verla vacilar, sintiendo que él saldrá victorioso—, y tú lo sabes tan bien como yo. No puedes ser una solipsista total. Tú no eres Dios, no hay Dios, no hay Dios aquí, pero si lo hubiera tú no serías Dios. Debes medir el universo que te rodea.
Lena mira al muerto y el muerto la mira, y en esa confrontación, en la sombra de los ojos de él, mientras pasan por los apagados resplandores del efecto de la estrella neutrónica, ella ve que están cerca de una comunión tan terrible que se convertirá en una soldadura, en una conexión… que si escucha al muerto apenas un segundo más caerá en sus ojos como el Skipstone ha caído en el agujero negro; y no puede soportar la idea, no puede ser… debe aferrarse a la creencia de que hay alguna separación entre los vivos y los muertos y que hay dignidad en esa separación, que la vida no es la muerte sino otra cosa, porque si no puede aceptar eso se niega a sí misma… y entonces, rápido, rápido, antes de seguir pensándolo, aprieta los botones que llevarán de inmediato a la nave a más velocidad que la de la luz; y entonces, en la explosión de muchos soles que tal vez sólo suceda en su corazón, esconde la cabeza en los brazos y grita.
Y los muertos gritan junto con ella, y no es un grito de alegría ni de terror… es el verdadero grito primario suspendido entre los momentos del limbo, la vida y la expiración, y sus aullidos se enlazan en el vientre del Skipstone que entra en la luz redimida.
XIII
El final de la historia queda abierto, por supuesto.
Tal vez Lena emerge a su propio tiempo y espacio una vez más, y todo esto ha sido una pantalla que cubría la realidad más amplia. Tal vez emerge en otra cosa. También podría suceder que no saliera nunca del agujero negro sino que se quedara a vivir allí, y el Skipstone pasara a ser un planeta más en el universo tubular de la estrella neutrónica, el primero o el último de una serie de planetas que caen hacia su sol extinguido. Si la historia está bien hecha, si se preparan bien las ambigüedades, si los datos tecnológicos se establecen con exactitud, si el material se visualiza adecuadamente… bien, entonces no importa lo que le suceda a Lena, a su Skipstone y a sus muertos. Cualquier final servirá. Cualquiera será adecuado y emocionalmente satisfactorio para el lector.
Sin embargo, hay un final inevitable.
Le resulta claro al escritor que no escribirá, que no puede escribir esta historia, pero que si la escribiera llegaría a esta única conclusión clara, realmente implícita desde el principio y profundamente ligada al texto.
De manera que permitamos al autor que la escriba.
XIV
En la infinitud del tiempo y el espacio, todo es posible, y cuando son vomitados de ese gran agujero negro, lanzados desde este ano de una estrella neutrónica (trataré de no perderme una sola implicación freudiana), Lena y sus muertos adquieren esa infinitud, participan de la vasta gama de posibilidades. Ahora están en el grupo de las Antares parpadeando como un foquito de luz; enseguida están en el corazón de Sirio la Estrella Perro a quinientos gritos del depósito de muertos; después aparecen en la antigua Roma y ven a Jesús que camina con la cruz hacia el Calvario… y luego en otra galaxia inimaginable que está justo frente a la Vía Láctea de un billón de años luz de extensión, con cien mil planetas habitables, cada uno de ellos con su Calvario… y no están, todavía no están satisfechos.
No pueden, porque son humanos, participar de la infinitud; sólo pueden participar de lo que conocen. No pueden, puesto que han sido creados por la conciencia del autor, participar de lo que él no conoce sino sólo de lo que está cerca de él. Atrapados en la conciencia del autor, en la cárcel de su ser, así como el autor está atrapado en el Skipstone de su mortalidad, Lena y los muertos emergen en el año 1975 en la ciudad de Ridgefield Park, Nueva Jersey, y allí habitan los cuerpos de sus quince mil almas, y allí están, allí están todavía, viviendo en medio de las refinerías, paseando por Main Street, sentados en el teatro Rialto, haciendo compras en los supermercados, formando parejas y abrazándose en las estrellas implosionadas de sus lechos esta misma noche, en este mismo momento, como ese accidente, el autor, los ha concebido.
Es inimaginable que vengan, Lena y los muertos, desde el corazón de la Galaxia llamada Roma a poblar Ridgefield Park en Nueva Jersey… pero más inimaginable todavía es que desde todos los Ridgefield Parks de nuestro tiempo lleguemos y nos reunamos y construyamos las grandes máquinas que nos llevarán a las estrellas y algunas de las estrellas nos traerán la muerte y otras la vida y otras nada, pero las máquinas seguirán y seguirán andando y también —en cierto modo, a nuestro modo— seguiremos andando nosotros.