País Relato

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baronesa de wilson

almeraya

I
En la fecunda Arabia existe un pueblo encantador en donde la Naturaleza ha derramado copiosos dones: su nombre es Hedjar.
Flores mil esmaltan su pradera, recreándose la vista en las magnolias, en las fragantes y purpúreas rosas, en la olorosa madreselva y en la cándida y perfumada violeta.
La sabrosa piña se ostenta a la par del fresco cocotero, y el dulce plátano se mece al par de los tamarindos.
La brisa juguetea entre los árboles, y los cristalinos arroyos serpentean por entre las cañas y los rosales.
El sol ilumina con sus postreros rayos las casitas y las cabañas, mezclándose con la voz de los pastores el canto de los pájaros, el arrullo de las tórtolas y el melancólico rumor de la Naturaleza.
En aquel pueblecito vivía un joven príncipe, de imaginación soñadora y poética y de pasiones impetuosas y ardientes.
Era muy bello: su rostro de un óvalo perfecto, sus ojos negros y brillantes, la abundante cabellera de ébano, el blanco mate de su cutis, y la soltura y gracia de sus movimientos, hacían de nuestro héroe un hermosísimo mancebo.
El príncipe, embelesado, contemplaba la puesta del sol, y como también era poeta, rimaba sonoros versos para después escribirlos en las hojas de los árboles.
Embebecido vio llegar la noche, mostrarse la plateada luna, y entonces descendió a los jardines, y tendiéndose sobre el musgo aspiró con delicia los perfumes que se exhalaban de la dormida Naturaleza.
Poco a poco cayó en una especie de sueño magnético, pareciéndole que una blanca y torneada mano separaba las ramas, inclinando su hechicera cabeza sobre su ardorosa frente.
Después continuó contemplándole y recitando con voz armoniosa, versos de una cadencia admirable, de unos pensamientos sublimes.
Era como un canto dulcísimo y embriagador.
Cuando el príncipe salió de su letargo, la visión había desaparecido.
A la noche siguiente quiso saber si era realidad, pero el mismo letargo se apoderó de él y la maravillosa aparición turbó de nuevo el sosiego de su corazón.
Algunos días pasaron; el joven estaba loco de amor, y su alegría se había trocado en la más profunda tristeza: ya no cantaba las bellezas de la Naturaleza, sino que eran los ecos de su acalorada imaginación, la fantasía del alma enferma, los gemidos de la desesperación.
—El amor —decía— es un éxtasis divino, pero en realidad solo proporciona desencantos y amarguras.
Cuando declinaba el día sentía latir su corazón con violencia, y al aparecer la reina de la noche, el astro plateado y melancólico, perdía la razón cual si su pálida lumbre ejerciera un misterioso influjo en su organismo.
Una tarde, en que el calor era abrasador, sintió desencadenarse tan horrorosa tormenta, tan amenazadora y ruda, que su ánimo se sobrecogió.
El huracán arrastraba árboles y plantas, destruyendo cuanto encontraba a su paso.
El cielo estaba sombrío y amenazador, pero apenas las tinieblas envolvieron a la tierra, cuando el príncipe bajó al jardín murmurando:
—La Naturaleza está triste como mi corazón; tu imagen seductora, aparición de mis ensueños, ha dejado en mi alma los rastros que en la tierra deja la tempestad; pero las flores recobraron su lozanía, los árboles levantaron de nuevo sus altaneras copas hasta el cielo, y yo ignoro si recobraré la paz perdida, la alegría de mi alma: cuando solo amaba a mis flores, hijas de celestes regiones, era feliz, y ahora…
De repente el príncipe lanzó un grito de júbilo.
Su desconocida estaba sentada a orilla del plateado lago; sus torneadas formas apenas estaban veladas por una ligera y vaporosa gasa; sus pies pequeños y modelados, cual los de las estatuas griegas, se bañaban en las cristalinas aguas del lago: su cabellera de oro flotaba a merced del viento, y sus ojos azules y dulces, cual los de un ángel, se fijaban con amorosa expresión en Hassan.
—Ven —le dijo con la voz tan melodiosa como el canto de un ruiseñor—, ven a mi lado.
El joven fue a caer de rodillas ante la celestial criatura.
—Largo tiempo hace que me buscas, y he tenido compasión de ti: he venido para borrar de tu corazón ese fatal amor que te he inspirado, y que creí apagar con mi ausencia; no siendo así, debo hacerte algunas reflexiones.
—Adorada criatura, ángel de mis sueños, jamás te olvidaré; mi amor es de aquellos que duran toda la vida.
—¿Toda la vida? Los amantes, desde que el mundo existe, repiten eso mismo, y lo creen de buena fe —repuso la joven sonriéndose—; pero desengáñate, eso es un imposible para el corazón humano. Escucha: deseo curarte de ese amor refiriéndote la historia de mi vida, y por ella verás es imposible amarme ni que yo ame. Mi nombre es Almeraya, y hace un siglo era joven y bella.
Hassan hizo un movimiento de terror.
—¿Me miras con espanto? Te digo la verdad. Hace un siglo, mejor dicho, ochenta años, amaba con locura, con ese transporte que solo se siente una vez: oír la voz de mi adorado me hacía estremecer de gozo, su mirada me embriagaba, cuando sentado a mis pies me decía: «Te amo», mi seno era ámbito estrecho para contener tanta felicidad, y sufría, sí, porque el amor, cuando llega a ser poderoso e indomable, es un sufrimiento.
»El corazón es un insondable arcano; esa necesidad de amar, esos nobles arranques del alma, debían de ser extensivos; pero esos se refunden en una sola criatura, y jamás el corazón está satisfecho; entonces, en medio de esa felicidad, se siente un vacío inmenso, un deseo indefinible, y que nos hace exclamar: «Quisiera morir así». Te estoy hablando del amor noble, grande, sublime, tal como yo lo comprendo: del superficial, fruto solo de la vanidad o de una imaginación exaltada, de ese no debemos ocuparnos.
»Te decía que había refundido todo mi ser en un hombre inferior a mí: un día me paseaba por un frondoso bosque esperando a mi amado; las hojas agitadas por la brisa me parecían el rumor de sus pisadas; el canto de los pajarillos, la armonía de su voz; el aroma de las flores era para mí el perfume de su aliento, y los rayos del sol su sonrisa: impaciente, me adelanté para salir a su encuentro.
»Entonces dos voces conocidas hirieron mis oídos; mi corazón palpitó con violencia, y separando las ramas vi a mi amante a los pies de mi mejor amiga, estrechando sus manos y cubriéndola de besos.
»Mi odio se despertó candente, poderoso, no contra aquel hombre que así me ultrajaba, no contra aquella mujer falsa e indigna, sino contra el género humano, contra el universo.
»Y sin embargo, si el pérfido hubiera implorado mi perdón, en mis ojos y en mis brazos lo hubiera encontrado.
»Sin conciencia de mí misma me deslicé hasta un cercano arroyo y me sumergí en las cristalinas aguas; ya no amaba al perder la estimación por el ser que me era tan querido; dejé de amarle.
»Cuando llegó la muerte, grité: «¡Perdón, Dios mío… perdón!». El Creador me perdonó, y un ángel me condujo hasta los pies del Eterno.
Hassan estaba atónito; le parecía un horrible sueño; pero al fijar su ardiente mirada en Almeraya, sentía un amor incontrastable, infinito, por aquella peregrina hermosura.
—Nada puedo decirte de lo que vi —continuó—. El Señor, en su infinita bondad, me condenó a volver a la tierra, de donde me había desterrado contra su voluntad, hasta el día en que mis buenas obras borraran mi falta y volviera purificada y digna de habitar la celeste mansión; mi corazón ama a la humanidad, admiro a la orgullosa palmera, escucho con delicia el canto de las aves, me deleitan los rayos del sol, la pálida luz de la luna, la tierra con sus primores, el mar con su salvaje belleza y sus misteriosos abismos; la Creación, en fin.
»Velo por la cándida doncella, dulcifico los ímpetus de su corazón y la embellezco a los ojos del que ama; adorno sus rubios o negros cabellos con perfumadas flores, y la protejo para que nunca conozca esa terrible palabra: olvido. Inspiro a las jóvenes esposas la coquetería agradable, pues del desaliño nace el desvío; para el ser amado debe embellecerse el físico y el moral, hermosear el alma y el cuerpo, y soy, en fin, la protectora de la mujer que ama.
»Ya comprenderás es imposible que te ame; me agrada tu inspiración y tu amor a la Naturaleza; pero si me hablas de amor, te diré: «Olvídame, porque soy un imposible».
—Pero te idolatro, déjame verte, hablarte, y de ese modo labrarás mi dicha.
—Crees que te bastaría verme y hablarme; el corazón nunca está satisfecho y pronto desearías más; déjame partir y olvídame.
—¡Olvidarte, divina Almeraya, espejo de mi alma! Ese es un imposible; pídele al sol que interrumpa su curso, al mar que permanezca en calma eternamente, a las montañas que se tornen llanuras, y entonces podré olvidarte.
—Pues bien, sea: te doy de término un año; si entonces me amas aún, pediré a Dios te una conmigo; adiós, no te olvides que podré ser tuya dentro de un año.
Y sin que Hassan lograra detenerla, desapareció entre las sombras de la noche.
II
Pasó el tiempo que Almeraya había fijado.
Era una hermosa y serena tarde de otoño; en las orillas del lago se encontraba sentado el príncipe, gozoso, feliz, contemplando a una hermosa niña trigueña como una americana, graciosa como una andaluza y bella como las hurís del Paraíso.
Sus manos estaban enlazadas y sus labios murmuraban tiernas y amorosas frases, y las flores, los pájaros, la brisa y los arroyuelos unían sus armonías a las de los dos amantes.
—¡Cuánto te amo! —dijo Hassan—. ¡Cuán feliz soy a tu lado! Te amo como las madres a los niños, como el olmo a la hiedra, como las plantas al rocío, cual ama la Naturaleza a las primeras auroras de la primavera; te quiero como las tórtolas a su compañero, como los céfiros a las perfumadas flores; te amo con un amor inmenso y eterno.
En aquel momento cayó sobre los dos amantes una lluvia de vellosillas que embelleció aún más la negra cabellera de la joven.
El príncipe levantó los ojos y se turbó, tornándose triste e inquieto.
A corta distancia y en una pequeña eminencia estaba Almeraya sonriéndole con expresión dulce y melancólica.
—¿Lo ves, Hassan —le dijo—, cómo no eres más perfecto que los demás hombres? Ni los mares, ni las montañas, ni el sol han cambiado; pero tú me olvidaste. Ama a esa hermosa niña, ámala, y sobre todo, no la olvides. Mi alma está pura, vuelvo al cielo; allí no hay delirios, ni decepciones, todo es tranquilidad, ventura, goces imperecederos, amor que jamás se cansa ni olvida. Las afecciones de la tierra son poco duraderas; el corazón se complace en desear lo que no se posee, y al alcanzarlo, vuela en pos de otra nueva esperanza, sin que jamás se fije o esté satisfecho. Hassan, adiós para siempre: yo velaré por tu felicidad.
Y Almeraya desapareció sonriéndose, dejando a los dos jóvenes confusos y avergonzados.
La celestial aparición no volvió jamás a hollar con su planta el valle, ni tampoco las aguas del lago reflejaron su encantadora imagen.