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aurora salas delgado

te dibujaré hasta besar tus labios

“Sólo debo cerrar los ojos para encontrarte, todo tú estás dibujado en mi alma”
Irse a Corea y ser profesora de inglés, le estaba costando la vida últimamente; no sabía si era por entender demasiado bien el idioma o por ser tan morena que no parecía contrastar con los residentes.
—Increíble. —se dijo a sí misma en voz alta—. Soy joven, pero tengo oídos. —habló en su idioma castellano—. ¿Será posible? Sólo quiero llegar hasta su camarín y que me firmen el disco, para una vez que tengo la oportunidad… Miserables crías fanáticas… —se quejó cuando un nuevo grupito se coló delante de ella.
Estaba ya hasta las narices de estar allí en esa espantosa cola en la que encima la ignoraban. Se dio por vencida y decidió irse a la cafetería.
—Un café sólo, por favor. Diantres… —exclamó cuando alguien la empujó.
—Lo siento—. dijeron en coreano.
Ella se giró, esa voz…
—Ay… ay madre… —habló en su idioma— ¿Yong?
—Habla más bajo, no quiero que me reconozca todo el mundo. Tengo suficiente contigo.
—Ya, claro. —tomó su café pagándole al camarero—. Bueno, un placer. —le dijo y se marchó para seguir quejándose de su mala suerte a solas.
Yong la miró extrañado. Estaba claro que ella no era de allí, su idioma había sonado a español. Eso sí, le había reconocido a pesar de llevar la capucha de la sudadera.
Tomó otro café y se acercó a su mesa.
—¿Puedo sentarme?
Suleima lo miró con sorpresa.
—¿Me hablas a mí?
Él sonrió, fijo que era una fan.
—Sí, a ti.
—Puedes sentarte donde quieras, ¿por qué aquí?
—Porque no me has puesta en evidencia, sólo tengo media hora para un descanso. Debería estar firmando autógrafos del nuevo disco.
—Créeme que lo sé. Estuve en esa espantosa fila donde no paran de colarse o de decirme groserías solo porque tengo mi cabello rizado y piel morena. Adoro el país, pero odio que la gente me trate así, tan rara no soy.
—No eres rara, eres… un ejemplar exótico.
Suleima rió.
—Ejemplar exótico. —repitió, tomó un sorbo de su bebida—. Creo que me conformaré con eso para subir mi autoestima.
Yong se sentó enfrente de ella, dejando su brebaje sobre la mesa.
—Eres interesante. ¿Cómo es que me conoces?
—Eres famoso. —le contestó encogiéndose de hombros—. ¿No lo sabes?
—No hasta qué punto. Me parece increíble que haya llegado hasta el extranjero.
—No quiero subirte el ego, pero sí, has llegado, hay “frikis”, o así nos llaman, que les gusta tu música. Considérame una.
—¿Y qué haces aquí, vives aquí?
—Soy profesora, y sí, llevo unos meses viviendo aquí. Quería mi disco firmado, pero creo que no va a poder ser, pronto tengo que ir al trabajo.
—¿Tu trabajo está cerca?
—Sí, es la academia de aquí al lado.
—Sé cuál es. Déjame tu disco.
Suleima enarcó una ceja.
—Es mi disco.
—Qué desconfiada.
—Tengo que irme a trabajar.
—Te recogeré. —le dijo al ver que se levantaba.
—Venga ya, ¿en serio?
—Totalmente.
—Saldré dentro de cuatro horas, no creo que tengas tanta paciencia.
—Estaré haciendo también mi trabajo.
—Oh, claro, casi lo olvido que estoy hablando con una superestrella. —Se puso su chaqueta—. Gracias, me conformo con haberte visto. Un placer.
—No me dijiste tu nombre. —la paró antes de que se fuera.
—Ni siquiera podrás pronunciarlo.
—Escríbemelo. —le dijo con una sonrisa.
—Olvídalo. Tienes millones de fans. Gracias por el rato.
Ella se fue. Yong la siguió con la vista hasta que desapareció, volvió a su café y se dio cuenta de que se había dejado una carpeta. Sonrió para sí y leyó el nombre, seguro que era el de ella; también ponía la dirección de la academia.
Suleima suspiró largamente, sólo le quedaba recoger e irse a casa; había perdido su oportunidad de que le firmasen el disco, pero al menos había conocido en persona a Yong… sólo esperaba que él no se hubiese dado cuenta de lo mucho que le gustaba, aún no podía creer que se lo hubiera encontrado y se sentara con ella. Quizás debería haber actuado de otra forma, pero… no hubiese podido, además, seguro que el chico estaba harto de que todas se rindiesen a sus pies.
Terminó de repasar un par de exámenes que había hecho y buscó su carpeta en su bolso.
—Mierda… —exclamó, no estaba.
Hizo memoria, no la había necesitado hasta ahora, así que…
—Oh, Dios… ¿me la dejé en la cafetería? Mi disco estaba dentro, por eso la tenía en la mano. —miró la hora—. Y ya estará cerrada. Menudo día.
—Suleima —la llamaron desde la puerta; ella levantó la cabeza en respuesta—. Sal ya y no le hagas esperar más, lleva un buen rato esperándote.
—¿Esperándome? Dile que pase, será el camarero, me dejé la carpeta.
Su compañero la miró de reojo, sonrió pillo.
—Oh, sí, es el camarero. Le diré que estás aquí y que ya acabaste.
—Gracias.
Volvió a sumirse en el examen a corregir.
—Oye, Suleima.
—¿Mumm? —contestó sin levantar la vista.
—Te dejo las llaves en la mesa de secretaría, eres la última en irte.
—De acuerdo, no te preocupes.
—Bien, hasta mañana.
—Hasta mañana —volvió a su tarea—. Diantres… este chico siempre comete el mismo error… creo que le haré copiar esta frase quinientas veces. —dijo en voz alta rodeando lo corregido.
—Uff… menos mal que no soy alumno tuyo, si no…
—Gracias por traerme la carpeta desde el café, no recuerdo su nombre de camarero. —le habló sin mirarle.
—Eh… soy Yong, te dejaste la carpeta.
—Ah, te llamas igual que mi idol de k-pop. —dijo sonriendo, levantó la cabeza para verle—. Y… ¡¿Yong?! ¡¿Pero qué haces tú aquí?!
—Te dejaste la carpeta y el disco, te dije que vendría a recogerte.
—Gracias por traerme mis cosas. Supongo que sabes dónde está la puerta.
—¿Me estás rechazando? —preguntó alucinado.
—Claro, ¿qué puedo hacer si no con un rompecorazones como tú?
Él sonrió.
—Aún no he tenido ni la oportunidad de intentar rompértelo.
—Ni la tendrás.
—Me tomé la libertad de firmarte el disco.
—Gracias. —Marchó hacia la puerta haciéndole con un gesto que estaba ahí la salida.
—No tengo intención de irme así de fácil.
—¿Ah, no? ¿Y qué esperas hacer?
Se acercó a ella, tomó su mano tirando hacia él y la rodeó con su brazo besándola.
Suleima se quedó tan sorprendida que no pudo reaccionar hasta que su cabecita sonó con una campana.
Se retiró de sus labios, pero no pudo hacerlo de sus brazos.
—¿Qué te crees que estás haciendo?
—Nada, sólo es que tenía ganas de besarte, desde que te vi… esos labios… son tan tentadores.
—¿Sólo por mis labios?
Él sonrió.
—Por tu cabello rizado, por tus bonitos ojos marrones, por tu forma de mirarme y hablarme… porque eres intensa desde el primer momento. Dame una oportunidad, sé quién soy, pero también me merezco esa clase de cosas.
—Sólo te has encaprichado conmigo. —lo desafió.
—Pues bendito sea el capricho de tenerte ahora mismo entre mis brazos.
—Estás loco.
—Si es así como me vas a decir que sí, estaré tan loco como quieras.
Ella rió.
—Muy loco.
—No te romperé el corazón.
—¿Te ha dado fuerte?
—No sabes cuánto.
Volvió a besarla.
Suleima se dejó unos momentos, para volver a retirarse y zafarse de sus brazos.
—Muy señor popular, yo aún tengo trabajo que hacer.
—Esperaré.
Ella lo miró divertida.
—Eres un sueño.
—Deja que se haga realidad.
—Muy gracioso. —le dijo regresando a su mesa.
—Señora profesora, ¿no será que aún necesita pellizcarse para creer que estoy aquí?
—Sé que estás ahí. —le habló cansina.
Yong sonrió aproximándose a la mesa donde estaba.
—¿Cuántas veces debo repetirlo? ¿Quinientas?
Suleima levantó la mirada hacia él.
—Tengo que trabajar, te cansarás de mí y te irás.
—Te esperaré.
—Ya.
—No suelo besar a las chicas, ¿de verdad me conoces como idol? Hablan de esas cosas sobre mí.
—No he leído ni una sola revista. Déjame acabar.
—De acuerdo.
Pasaron un par de horas. Suleima había olvidado su presencia ya que todo estaba en silencio.
Se estiró al acabar con el último examen y comenzó a recoger.
—Bien, ahora vayamos a casa.
Lo buscó asustada, ¿de verdad la había esperado? Sí que había leído revistas, nunca besaba ni esperaba a nadie, era el antipático del grupo, ni una sola novia, ni una sola cita.
—En serio, ¿de verdad eres Yong?
Éste rió.
—Lo soy.
—¿Y por qué yo?
—Ya te lo dije, no suelo mentir. ¿Quieres otra demostración?
—¿Vas a besarme de nuevo?
—¿No te gustó?
—Claro que no, fue muy de improvisto.
—Esta vez voy con aviso.
—Eh…
No pudo decir más. Sus labios volvieron a unirse, sin embargo, no se resistió, se dejó llevar. Lo abrazó exigiendo más, él respondió apretándola contra sí.
Susurró a su oído.
—Sí que he leído esas revistas.
Él rio, la tomó de la barbilla.
—Voy a volver a besarte. —le dijo—. Espero que muchas veces.
—Mummm… ¿Cambiarán las revistas?
Le guiñó un ojo.
—Sólo dirán que me he enamorado.