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aurora salas delgado

si me limpias el coche

“Hasta lo más pulcro dice encontrar un punto de suciedad con tal de deleitarse en el placer de la limpieza”
—Son treinta euros con cuarenta y siete céntimos, gracias —puso su mano para que le entregasen el dinero, sonrió y le devolvió el cambio sin perder la sonrisa—. Que tenga un buen día.
Guardó el dinero en la riñonera, cogió un par de trapos limpios. Aún tenía dos coches y una furgoneta que limpiar. Ese día víspera al de nochebuena iba a acabar con ella.
—Buenos días —lo saludó un nuevo cliente que se acercaba, posiblemente para que le diera cambio para la máquina.
El hombre, un tanto mayor y con barba blanca, ojos azules como el cielo, regordete y con hoyuelos. Le sonrió entregándole diez euros.
—¿Necesita cambio de euro o de menos?
—Lo que me des estará bien, creo que mi coche necesita un buen y gran repaso, así que gastaré lo que necesite.
—¿Puedo ver su vehículo? Si necesita ayuda, sólo tiene que decirlo, señor.
—Loli, eres muy amable.
—Gracias. Es mi trabajo. ¿En qué cabina lo metió?
—Es aquél rojo del final.
Loli se aproximó a verlo. Su coleta rubia bailó al compás de sus andares firmes.
—Madre de Dios… ¿dónde se ha metido para que acabe así?
—Eh…
—Bueno, tranquilo, me pondré con ello enseguida. Tengo dos coches y una furgoneta, pero si tiene prisa…
—Oh, no, haga usted lo que tenga que hacer, iré a desayunar mientras. ¿Le traigo un café? Aquí tiene las llaves, señorita.
Loli las tomó con un pequeño suspiro.
—Desayuné hace un par de horas, muchas gracias, señor. Vaya tranquilo.
El extraño anciano, con cara de bonachón, se alejó del lavadero dejándole allí con aquel estercolero, porque eso era de todo menos un coche: Las ruedas y todo el bajo lleno de barro, hojas pegadas, ramitas que se veían asomar por el filo del capó y en los guardabarros, el techo cubierto de escarcha, los cristales de la parte de atrás manchados con lo que parecían miles y miles de dedos… sin contar con la de mosquitos u otros insectos voladores que se habían estrellado en los frontales del coche, ni que aquel vehículo hubiese pasado por una guerra y velocidad de escándalo, vaya.
Decidió echar agua caliente para que se fuese ablandando la parte de insectos, mientras que el barro, intentaría quitar el que estaba seco antes de mojarlo. Fue a por el aspirador, debería quitar esas ramitas antes de nada.
Cambió la emisora de radio tras acabar con el barro y las ramitas, echó el agua caliente y se metió en la cabina de al lado a meterle mano a otro de los coches pendientes. Por suerte, solo era por fuera, la furgoneta era la que debía limpiar hasta su cámara frigorífica.
Colocó un auricular en su oreja para poder estar al tanto de todo, la música obligatoria del lavadero acababa machacándole la cabeza.
—… esta noche es nochebuena y mañana Navidad…
Sonrió ante el villancico que escuchaba, pronto acabó con el coche y se plantó al siguiente que también terminó. Limpió la furgoneta por fuera y echó desinfectante por dentro de la cámara para que se fuera el olor dejándola abierta. Se dirigió al coche rojo mirando su reloj, había pasado media hora, esperaba que le diese tiempo, no quería hacer esperar al buen anciano.
—…ya saben que hoy es luna llena, no olviden pedir su deseo en este día de víspera a nochebuena. Los días mágicos como este no suelen ser habituales, aprovéchelos.
—Una buena cita, con el hombre de mis sueños y que me limpien el coche… ¿valdrá eso como deseo?
—Posiblemente, señorita.
Se giró aturdida al no esperarle.
—Esto… aún me queda un poco y quería limpiarle los cristales por dentro.
—Oh… —sonrió de oreja a oreja—. Tranquila, iré a dar una vuelta. Pero siento curiosidad… ¿qué haría si su deseo se cumpliese?
—Jajaja… —ella negó divertida—. Si se cumpliese, y es mucho pedir, estaría encantada con todo, serían las mejores navidades de mi vida, sin duda. Pero señor, eso es imposible, no existe el hombre perfecto de mis sueños, por algo son sueños.
—Mumm… Iré a dar ese paseo.
—Gracias, deme media hora.
El anciano se marchó. Que conversación tan extraña, y ella le había contestado como si se conociesen, desde luego, aquel día estaba siendo agotador.
Terminó de frotar el capó, el rojo pasión que destilaba aquel auto brillaba tal que no pudo hacer otra cosa que quedarse satisfecha con su tarea. Rodeó el coche para darle el visto bueno, lo malo en ella era que le gustaba que todo estuviera perfecto.
—Señorita, ¿me dice qué le debo del coche gris de al lado?
—Oh, sí, claro. Sólo han sido tres euros.
—Aquí tiene.
Ella lo tomó. Vio cómo el anciano regresaba con un café en la mano.
—Gracias.
—No es nada, a usted, señor. —se despidió del cliente recién cobrado.
—¿Ya terminó?
—Sí, señor, dígame si quedó bien, si hay algo que no le guste, sólo dígamelo.
El hombre se aproximó a su vehículo. Loli le dio sus llaves. La sonrisa del rostro del viejo se ensanchó, se encaminó hacia ella y le dio el café.
—Lo siento, pensé que de verdad le apetecía, hace un poco de frío y usted no ha parado. ¿Qué le debo?
—Son siete euros.
—¿Tan poco? Pero si ha pasado hasta el aspirador.
—Solo gasté eso en las máquinas. —le explicó—. Aquí tiene su cambio.
—Gracias, Loli. —la tuteó y se metió en su coche—. Me esperan unas largas noches de trabajo. No me olvidaré de tu deseo.
Ella rió.
—Lo que usted diga, señor, gracias a usted, que tenga buen día, y cuídese.
—Feliz Navidad, ohohohoh.
El coche arrancó y el tubo de escape retumbó con un humo blanco que olía a dulce recién hecho, como unas galletas recién horneadas, y se alejó a gran velocidad.
Loli reaccionó cerrando la boca por la carrera del hombre mayor, que encima conducía bien, pero aquel perfume… quizás era del café y del hambre que tenía.
Y… ¿aquél anciano como sabía su nombre? Sacudió la cabeza una vez más y siguió con su tarea agradeciendo el calor del líquido.
La mañana fue pasando, hoy tenía todo el día. Descansó y comió con su hijo en casa de sus padres, y regresó al trabajo, hasta las ocho y media no acabaría.
Logró cambiar la machacona música del lavadero, eran ya las ocho y cuarto pasada, apenas había coches y aquello estaba algo desierto, hacía frio y se había colocado su anorak y guantes. Por suerte no había tenido que limpiar ningún auto más.
Estaba ya casi a punto de irse cuando un vehículo estacionó en una de las cápsulas.
Salió para verle por si el conductor necesitaba cambio o algo. La puerta del coche se abrió y un hombre de pelo negro, alto, con un trasero al que se le fueron los ojos, se giró ante ella, matándola ya de expectación con esos ojos verdes brillantes.
—Buenas noches, siento llegar tarde, señorita. Acabo de salir del trabajo.
—Oh, tranquilo. ¿Quiere que le limpie el coche?
—No, sólo necesito el cambio.
—Pero… —ella lo miró de arriba abajo, la verdad que aquél hombre era de los que quitaban el aliento, sobre todo trajeado—. Va a ensuciarse el traje.
Él sonrió. Y qué sonrisa tenía, pensó.
—Esto… no importa.
—Claro que sí. Déjeme ayudarle. ¿Quiere echarle la moneda a la máquina? Yo me encargo del resto.
—De acuerdo… las mujeres son las que mandan.
Echó la moneda y observó cómo Loli lavaba su auto, un alfa romeo 147 de color negro, un coche sencillo y elegante como era él, sin duda.
Ella se había quitado los guantes para que la manguera no se le escurriera. La observó trabajar sin perderla de vista, cuando acabó se le acercó.
—¿Y cuánto vale tu tiempo hecho?
—Oh, no te preocupes, ya pagaste con las monedas —colocó la manguera en su sitio—. Por fin me voy a casa. Buenas noches, señor.
—Soy Aiden. —se presentó tomando su mano.
—Loli. —le dijo ella casi temblando al percibir el calor de aquella mano cogida—. Y… bueno… encantada, pero me esperan en casa para cenar.
—¿Y si la acompaño?
—Tengo coche, tranquilo, muchas gracias.
Ambos miraron el coche de Loli que misteriosamente estaba embarrado y sucio.
—Pues parece que su coche necesita un buen chapuzón.
—Dios… ¿Cómo ha podido ensuciarse así?
Se alejó de él, tomó las llaves de su bolsillo y arrancó para ponerlo en una de las cabinas. Sin embargo, antes de que se bajase, aquel hombre que le quitaba el hipo, había tomado la manguera y comenzaba a lavar su coche.
Loli, asombrada por el suceso, se quedó allí dentro observándolo con la boca abierta. Un extraño pensamiento se filtró entonces en su cabeza, ¿sería posible que su deseo…? No, sacudió la cabeza, claro que no.
Aiden acabó, ella salió del vehículo.
—¿Cuánto has echado?
—No tiene importancia, no podía dejar que te mojaras más.
—Tu traje… —dijo al ver que se había mojado.
—No importa, es sólo agua.
Se quedaron mirando un buen rato.
—La verdad que no me esperan para cenar. —se vio diciendo con un suspiro—. Alberto se ha ido con su padre.
El hombre sonrió.
—La invito.
—¿Por qué?
—Porque soy el hombre de tus sueños, Loli.
Ella rió.
—Ya.
—¿Y si te enganchas a mi brazo y dejas que lo sea?
Ella rio. Volvió darle el repaso, es que estaba como un tren, no podía negarlo.
—Es una broma estupenda. Gracias por todo, Aiden. Nos veremos otro día.
—¿Broma?
—Un tío buenorro como tú, no creo que esté soltero ni que nadie lo espere.
—¿En serio estoy buenorro?
—Y vistes genial. Así que… gracias, ve con tu chica, seguro que te está esperando.
—Desde luego, si la tuviera. Y resulta que estoy tratando de tener una pero ella me dice que…
Loli lo miró de reojo.
—¿De verdad estás intentando ligar conmigo?
—¿Y por qué no? Eres preciosa, trabajadora… y me encantó como le dejaste el coche a mi padre. Me habló de ti, no dudé en venir para comprobarlo, pero las palabras se quedaron cortas en describirte.
La muchacha lo miró con la boca abierta unos instantes.
—¿Tu padre?
—El anciano de esta mañana con ese coche rojo supersucio. —le afirmó con una sonrisa.
—Ah… pero…
—Y… ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, dijiste que no habías cenado.
Loli reaccionó de la sorpresa.
—Estás mojado, pillarás un catarro… ¡¿Pero qué…?!
La atrajo hacia sí, tomándola de la cintura.
—Me da igual que sea una hamburguesa en tu coche recién limpiado. Déjame conocerte, Loli.
—Dime que el día de trabajo está siendo tan duro conmigo que ya alucino.
—El día de trabajo ha finalizado y vamos a ir a cenar a esa hamburguesa. —Acarició cortamente su rostro al tomar un mechón de su cabello y depositarlo tras su oreja—. ¿Vamos?
—¿Y después de cenar…?
—Mi padre me habló de ciertos deseos…
—Tu padre es un poco cotilla —rechistó ofendida.
Aiden la miró fijamente.
—No me importaría comerte a besos, especialmente si la hamburguesa me deja con hambre.
Ella rió.
—De acuerdo, vayamos a cenar, te lo ganaste por limpiar mi coche.
—Lo ensuciaré de nuevo para lavártelo otra vez. —contestó todo sonriente.
—¿En serio?
Él tomó su mano.
—Merece la pena mojarse por ti.
Ella se soltó cortada.
—¿Cenamos?
Aiden asintió, la tomó de la barbilla.
—Tomaré primero el primer plato. —dijo besándola.