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aurora salas delgado

pide un deseo

“Si la magia existe, déjame que me envuelva en su manto y cumpla mis sueños”.
Araceli llegó cansada del trabajo, dejando la chaqueta en la percha de la entrada. Sus padres debían haber ido con su hermana al teatro, ya que se los había prometido, una obra que a ellos les gustaba, un musical, lo cierto que no tenía mala pinta y ella misma podía haberse apuntado, pero no, porque tenía que trabajar.
La casa vacía, sin sobrinos, padres, hermanos… ni perro que le ladrase, era todo un manjar de relax en esos momentos. Sonrió, tampoco estaba tan mal.
Puso la tele mientras se hacía con una infusión para entrar en calor. Un programa de corazón salió de improviso:
—… y no olvidéis de pedir vuestro deseo de Navidad, ya sabéis que la esperanza es lo último que se pierde. Feliz Navidad y que tengáis mañana buena cena en familia… nos vemos la semana que viene, no lo olvidéis, sólo podréis pedir vuestro deseo hoy, luna llena, no mañana, Nochebuena… Jajajaja…
—Y bla bla bla… —la siguió Araceli cambiando de canal, topándose con una película de mosqueteros—. Esta no la había visto.
El agua empezó a hervir, giró la manivela del fogón para silenciar el fuego y servirse su ansiado té. Con la taza en sus manos, comenzando a calentarlas, se había olvidado de sus queridos guantes, y el tiempo, amenazaba con nevar.
—Un deseo… ¿eh? Pediría al hijo de Papá Noel, si es que tiene uno, y si lo tiene, que estuviese buenorro, con esa tableta de chocolate, que se presentase por la chimenea… bueno, por el patio, Jajajaja… y me hiciera pasar la mejor noche de mi vida… imagínate, Jajaja… y si luego además se queda y salimos… un novio buenorro. ¡Bah! Ni en sueños…
Se sentó en el sofá, con la taza entre las manos sobre las rodillas.
—Dale, Dartacan… o Dartañan o como sea que te llames, venga hombre… —bebió su infusión a sorbos, dejando que el calor la recorriera.
Los anuncios se colaron en la parte más imponente de la película, el anuncio de herbal esences, no es que tuviera el champú, pero le hacía gracia el mero hecho de que la chica parecía darle un orgasmo descomunal lavarse el cabello, y si lo hiciera un hombre… eso tenía que ser digno de verse. Como fuese, le dieron ganas de darse una ducha.
El baño estaba afuera, su casa era como las antiguas de antaño, en la que atravesabas el patio para llegar a los dormitorios y el baño entre ellos; sólo que habían hecho una pequeña reforma y había cerrado la mitad de aquello para no estar temblando de frio en épocas como aquella.
Otro anuncio cambió a colonias, el cuerpazo de invictus la dejó un rato embobada, pero nada más terminar, se incorporó, dejó la taza en el fregadero y se fue a su habitación para coger ropa limpia, su pijama de forro polar era la mejor opción, porque aquella noche rezaba frio de cojones, esperaba que sus padres y hermana hubiese cogido los chaquetones de pelos o plumas.
El calefactor pronto sumergió la sala de aseo en un calor agradable. Lo apagó cerrando bien la puerta para que no se escapase y puso música de la radio que tenía en un estante. La cadena no sonaba con villancicos, menos mal, en su lugar, sonaba una bachata que la hizo moverse a su son mientras se desvestía.
Agua caliente salía ya del chorro de la ducha, se metió disfrutando del relajamiento de sus músculos al contacto de ésta, haciendo que cerrase los ojos en un suspiro. Tomó el champú con desgana para lavarse el pelo.
La musiquilla del anuncio del champú que había visto hacía unos minutos, se coló de alguna manera en su cerebro, moviendo, casi sin darse cuenta, los dedos en su cabello igual que en el comercial, imitando los gemidos incluso. Rio al percatarse de lo ocurrido.
—Esto no funciona sin un buen…
—Permíteme. —la cortina se corrió y alguien se metió tras ella dejándola muda de la sorpresa—. Precioso cabello.
Unas manos grandes, de dedos largos, comenzaron a frotar su cabeza en un masaje delirante. Cerró los ojos ante la delicia, posiblemente el vapor del baño y el calor, que no recordaba si lo había apagado, le estaban jugando esta gran pasada.
—Oh, sí… esto sí que es un placer. —dijo casi gimiendo.
—Permíteme que así lo sea.
Aquellas manos, dejaron de frotarle el cabello y se deslizaron por sus hombros lentamente, se soltaron un instante de ella para coger la esponja y enjabonarla.
—¿Vas a lavarme?
—Por supuesto. —dijo aquella voz masculina que aun teniéndola intrigada por saber quién era, no quería girarse, por si su fantasía se iba.
La esponja se deslizó desde su nuca hacia sus hombros, a sus brazos, volvían y bajaban a su espalda… a su cintura… a su trasero… donde la esponja desapareció para sustituirla por esas manos de nuevo que le dieron un estrujón que le hicieron estremecerse con gozo.
Madre mía, aquella alucinación que le estaba produciendo el cansancio del trabajo, la ducha, el calor, el vapor… o quizás le metió algo de más a su infusión… Que no terminara, no ahí, que llegase a más…
—Mumm… más… —se oyó decir.
—Permíteme —fue lo único que dijo aquella voz varonil antes de apegarse a ella y hacerle sentir una erección en su cintura.
Iba a volverse loca, estaba segura de ello.
—Sigue… —le pidió.
El agua aún caía bajo ellos. Las manos se movían ahora estrujando sus pechos, unos labios le besaban la clavícula, cuello y detrás de la oreja… sin contar con “eso” que la rozaba por abajo que la estaba poniendo a mil.
—Más…
Sin saber cómo, se vio girada ante un hombre totalmente desnudo, rubio de ojos azules, con esa tableta de chocolate que había deseado tan solo hacía unos minutos... y lo más extraño… ¿Llevaba un gorro de papa Noel?
—¿Quieres que siga o hacemos las presentaciones?
—Tengo a un extraño adonis en mi bañera—. habló Araceli totalmente pasmada, bajando la vista sin querer hacia el miembro masculino—. Oh Dios…
Quién fuese, sintió que reía, que la atraía de nuevo hacia él y se apoderaba de su boca.
—Hagamos después las presentaciones —susurró contra sus labios mientras metía su mano entre las piernas de ella y le arrancaba un gemido—. Creo que estás totalmente de acuerdo conmigo.
—Por Dios que lo estoy. No quiero despertar sin terminar mi orgasmo descomunal.
Él volvió a reír.
—Te juro que así será, bonita.
—Uff… hasta me dices bonita… esto es demasiado bueno.
La alzó de la barbilla para que lo mirase.
—Eres preciosa, Araceli… Voy a cumplir cada uno de tus recónditos deseos.
—Suena interesante… —le contestó sin poder acabar sus pensamientos en palabras cuando él la besó.
Aquel beso la hizo olvidar donde estaba, qué hacía y porqué… su cerebro se estaba derritiendo a la velocidad de la luz. El ambiente se había vuelto demasiado caliente, ese hombre la había vuelto realmente de manicomio.
No recordaba ni cuando la tomó y apoyó contra la pared para penetrarla, tan sólo el inmenso placer que estaba sintiendo, tal, que creía que estaba más que muerta y en el cielo.
El orgasmo la recorrió de arriba abajo ensordecedoramente… se dejó caer en el hombro de su inesperada pareja.
—Dios…
—Pienso seguir toda la noche.
—¿En serio?
—Pero será después de que salgamos.
—Llevas razón, vamos a acabar con la bombona y mi madre y hermana me matarán. Vamos a mi cuarto, cerraré con llave…
—Vamos a vestirnos.
Araceli alzó la mirada hacia él, pellizcándose y gruñendo ante el dolor.
—Por Dios… ¡¿Eres de verdad?!
Él la tomó aún en volandas y salieron de la bañera.
—Soy el hijo de papa Noel, tú me llamaste, estoy aquí para cumplir tu deseo.
—¿Qué clase de broma…? —Lo miró con la boca abierta tras comprobar que todo seguía cerrado excepto la ventana—. Estoy alucinando…
—Salgamos a dar un paseo, novia.
Araceli se mordió el labio negando, cerró los ojos aun en sus brazos, suspiró abriéndolos.
—¿Hasta que acabe la navidad?
—Hasta que me digas que me vaya.
Ella lo miró.
—Tendremos que conocernos… un poco más para decidirlo.
—Quiero conocerte. Nicolás Claus.
Araceli rio.
—Araceli Galán.
—Un placer.
—Igualmente.