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aurora salas delgado

mi mejor amiga

“Si me miras con esos ojos… no sé si es por amistad o algo más que ello…”
—Cielos, cuanta gente, no puedo ver a Rocio.
—No te preocupes, Dan, déjala ir.
Dan suspiró ante su amigo, Rocío se había perdido sin ningún aviso. Quizás todos tenían razón, quizás debía darse por vencido con esa chica.
—Me voy a casa.
Luis puso una mano en su hombro.
—Anímate, no todas las chicas son iguales, algún día llegará la adecuada.
—Querrás decir la que no me ignore.
Luis le sonrió levemente.
La noche se presentaba triste, acababa de mudarse a un piso, ya era un hombre independiente, de treinta y tantos años de edad, soltero, con trabajo fijo, coche y un perro.
Teo lo saludó con sus gestos de alegría al abrir la puerta, el pastor alemán, de colores blanco y dorado pelaje, se echó sobre él lamiéndole la cara.
—Vamos, vamos… jajajaja… tú sí que eres genial, sobre todo para animar a un amigo.
Dejó la chaqueta sobre el colgador de la entrada, se quitó los zapatos y colocó las zapatillas de casa. Otra noche más, sólo con Teo y el televisor. A veces echaba de menos a sus padres pero por el jaleo de cuando llegaba al silencio que tenía ahora.
El sueño comenzó a hacerle mella con el calor que desprendía el radiador y la manta, el sonido de la tele de fondo y la compañía de su mascota.
Llamaron a la puerta.
Dan se espabiló dispuesto a hacer un esfuerzo en averiguar quién llamaba a esas horas de la noche a su puerta.
Miró por la mirilla, su perro no era de ladrar pero sí de ponerse en alerta y curiosear.
—¿Nica? —se preguntó extrañado y abrió.
—Hola, Dan… —le plantó dos sonoros besos, el pastor alemán, al ver que no sucedía nada interesante, simplemente la olfateó un momento y se marchó hacia su cojín—. Qué perrito tan bueno, caray.
—Nica, ¿qué haces aquí? ¿Sabes la hora que es?
—Eh, acabo de llegar, sé más suave conmigo. Y cuando digo, acabo, es que he estado fuera. Me había pasado por la casa de tus padres, pero me dijeron que te habías mudado. No sabía nada, así que me costó encontrar la calle y el número, estoy muy perdida.
La chica morena, de largo cabello recogido en una alta coleta, pasó por su lado meneando su cintura mientras se quitaba el abrigo que la cubría.
Dan cerró la puerta con un suspiro. Llevaba sin ver a Nica desde que ella comenzó a estudiar. Había sido su primer amor, su mejor amiga. Pero ella nunca pareció interesarse en él, sin embargo, ahí la tenía.
Cuando se giró casi le dio un patatús al ver cómo iba vestida.
—¿Tienes algo de beber? Traje aperitivos, pero no bebida.
—Esto… claro… —le contestó sin saber qué más decir.
Ella sonrió divinamente comenzando a sacar de una bolsa que traía snacks y otras chucherías.
Su blusa escotada y algo transparente, con aquellos pantalones pegados cuya tela imitaban a cuero, con algunos rotos, sus tacones altos…
El corazón le iba a estallar, la fiebre que tenía de ella, de saber cuánto la quería y deseaba, le golpeó en una sacudida. Fue hasta la cocina tratando de disimular su estado, ella seguía siendo tan preciosa, lástima que él no fuera tan valiente como para decirle qué pensaba realmente.
Otro suspiro se le escapó mientras sacaba los vasos.
—¿Coca cola? —le preguntó.
—Lo que quieras, ya sabes que me gusta todo, hasta el agua.
Dan rio internamente, cómo olvidar que no era delicada a nada de comer ni beber. Aun así, que cuerpazo repleto de curvas que tenía, seguramente se debía a su dieta de “me como lo que quiera y punto”.
—Aquí tienes. —le dejó un vaso lleno del refresco—. ¿Qué te trae por aquí?
—Oh, Dan… ¿qué me va a traer si no? Estamos en vacaciones, quiera o no, sigo viviendo aquí. La universidad está genial, pero se echa de menos a los mejores amigos y familia.
—¿Pero… aún tienes eso? —le preguntó divertido sentándose a su lado.
—Oye… —le dio en el hombro riendo su broma—. Claro que sí, o eso creo.
—¿Cenaste?
—No, por eso he traído un par de hamburguesas del McDonald’s. —dijo sacándolas de la bolsa.
—Así que esto era lo que olía en el ambiente. Muy considerara.
—No podía dejar que cocinaras en mi primera visita.
—Siempre serás bienvenida, Nica. —Tomó la hamburguesa—. Mummm… creo que es mi preferida.
La chica sonrío comiendo. Estuvieron un rato en silencio mientras acababan la cena. Se miraron y rieron, Dan no recordaba cuanto tiempo hacia que no pasaba tan buen rato incluso en silencio.
Ella no había cambiado, sólo su pelo había crecido más, siempre le había gustado su cabello algo ondulado, le daba un toque mágico a ese rostro con forma de corazón que le tenía encandilado desde la primera vez que la vio.
Echó más cola en los vasos. Teo se había quedado en su cojín sin moverse, aperrado con el calor de la calefacción.
—¿Qué tal los estudios?
—A punto de finalizar, estoy haciendo las prácticas. Así que por fin puedo hacer lo que realmente he querido.
—Me alegro por ti, siempre se te ha dado bien ayudar a los demás. Serás una gran enfermera.
Nica sonrió leve. Bebió nerviosa de su vaso.
—Gracias, siempre creíste en mí.
—Por supuesto, ¿por qué no iba a hacerlo?
Ella desvió su vista a la tele.
—¿Y qué tal las novias?
Dan soltó una carcajada.
—¿Qué novias? Soy un hombre felizmente soltero.
—¡Vaya! —se sorprendió mirándole con más atención—. Aunque viendo a tu nuevo compañero de piso, supongo que es cierto que eres soltero y feliz.
—Lo soy… bueno, digamos que no ha habido nadie que me quiera. —Nica hizo un puchero—. No te apenes por mí, estoy bien.
—Ya veo. —dijo triste—. Creí que alguien me habría quitado ya el puesto.
—¿Qué puesto? Siempre serás mi mejor amiga, no creo que nadie pueda sustituirte.
—Ese es el problema —le miró acercándose a su rostro—. Que siempre me consideraste tu mejor amiga… ¿Por qué no algo más?
Dan la miró aturdido.
—Creo que no he oído bien.
—Oíste perfectamente. He estado esperando muchos años, gracias que tenía que estudiar y así olvidarme de ti. Pero chico, esto se acaba… y nada funciona.
—Estás de broma, ¿y los novios?
—No estoy de broma, nunca he salido con nadie que no sea contigo como tu superamiga. —se acercó más—. De verdad, Dan… necesito saber si puedo ser algo más.
Ella se aproximó más aún, apoyando sus manos sobre las piernas de él que la miraba sin poder reaccionar.
Teo pareció mirarlos un momento, se levantó y se marchó hacia el dormitorio dejándoles solos.
Nica se incorporó sin dejar de apoyarse en él, sus labios prendieron fuego en el cuello y el lóbulo de la oreja de Dan, que respondió atrayéndola y dejándola sobre él sentada a horcajadas de frente.
—Nica… —la llamó—. ¿Y por qué esperaste tanto?
—No hables… quiero hacer esto… lo estoy deseando…
Y no habló más, se dejó llevar por el placer que provocado de esos pequeños besos de Nica, de sus manos abrazándole, de su boca sobre su boca, haciendo que ya tomara las riendas… quería tocar su piel, esa piel perfecta… esos pechos que asomaban por el escote de la camisa transparente que lo tenían enloquecido.
Desabrochó los botones de la camisa, se escapó de la boca de ella recorriéndola desde la barbilla hasta llegar a sus senos. Una de sus manos ya había tomado uno y lo acariciaba haciéndola suspirar, atrapó el otro con su boca aún sobre la tela del sujetador; Nica se removió contra él haciendo que su miembro respondiera y ella notase el bulto.
—Por favor…
—Qué… —respondió entre susurros Dan.
—Tómame entera… sobrepasa ya esa barrera de mejores amigos…
—¿Acaso no estoy haciéndolo? —Besó su boca nuevamente, desabrochó su sujetador y pantalón—. Pienso sobrepasarlo todo, siempre lo he deseado.
—Entonces… ¿por qué nunca dijiste nada?
—Siempre he sido tu mejor amigo… tampoco quería dejar de serlo. —la miró unos instantes a los ojos sonriéndole—. ¿Por qué ahora?
—Yo… nunca pensé que te gustaba como para esto… yo… no tengo un cuerpazo de modelo…
—Tú eres perfecta en todos los sentidos figurados para mí. Siempre lo has sido. —Besó su cuello suave, haciéndola suspirar—. Y ahora voy a hacerte mía… qué mejor regalo de navidad que tú…
—Suerte que vivas solo.
—Suerte que te hayas decidido a venir… porque ya no pienso dejarte ir nunca.
Sus labios volvieron a fusionarse.
—Feliz Navidad.
—Feliz Navidad. —le dijo tomando su trasero y regresando a su pecho.