hazme un café
“Sólo porque eres tú, tú y tus besos
Tú y tus miradas…
Tú y tus manos…
Tú y tu corazón… mis tesoros preciados”
—… Ahora arriba… abajo… arriba… abajo… —la instructora seguía con la orden repetitiva del día sin dar tregua.
Le gustaba la clase, le encantaba. Hacía que se olvidase de todo aunque fuese por una hora al día.
—… Muy bien —se giró frente a ella y toda la clase—. Os espero el próximo día. No faltéis.
El ruido de sus compañeras hablando adonde fuesen a ir después, llenó el aula con alegres cotilleos mientras recogían cada una sus cosas.
—Vero, ¿adónde vas ahora?
—Pues quiero ir a la cafetería, me apetece una tacita de café.
Alba la miró de reojo.
—¿Sólo te apetece el café?
Vero sonrió inocente.
—¿Qué otra cosa podía ser después de la pedazo clase que te deja con hambre?
—Claro, el café resulta ser saciante.
—Pues sí. —dijo riendo—¿Quieres venir?
Salieron del pabellón. El ayuntamiento había patrocinado unas clases de zumba, bailes de salón y demás en los pabellones deportivos. Se había apuntado por hacer un poco de ejercicio y descubrió que le gustaba más de lo que esperaba. Pero uno de los días que salió de allí, descubrió un nuevo sitio que estaba empezando a convertirse en una fanática de él.
Alba y Vero caminaron hacia la codiciada cafetería. Entraron y buscaron una mesa.
—Hoy no he sudado tanto —habló Alba—. Menos mal.
—La clase ha sido más de estiramientos que de baile, pero me ha dejado nueva —admitió.
Pronto se acercó un camarero.
Vero le sonrió mirándole fijamente, como siempre hacia.
—¿Qué van a tomar?
—Pues… —Alba miró a su amiga— ¿Café con leche?
—Sí… —contestó sin dejar de mirarle con su sonrisa en los labios.
—Y un cortado —le siguió Alba divertida.
—¿Algo para tomar? —preguntó educado el chico.
—Pues…
—Azúcar —dijo Vero.
El muchacho la miró esta vez riendo. Le guiñó un ojo.
—Tendré en cuenta que te gusta el café dulce, no salado —Vero se sonrojó—. Bueno, os lo traeré enseguida.
—Gracias.
Alba miró a Vero seria.
—¿Qué? —contestó ella con retintín.
—Joder… se te nota demasiado, no eres una colegiala.
—Es que es guapísimo.
—¿Y por qué no le dices que te gusta y ya?
—No, aún no. Me muero de vergüenza —admitió.
—Pues parece que también le gustas.
—Ya.
—Queda poquito para Navidad— se apoyó en la mesa dejándose caer sobre su brazo— ¿Por qué no pides un deseo?
—No soy tan crédula.
—¿Qué pasa? Eres una colegiala pero… ¿no crees en santa Claus? Los niños creen en todo.
—No soy una niña.
—Te acabas de comportar como tal— la señaló.
—Si pido un deseo, ¿me dejarás el temita?
—Vale.
Vero suspiró, cerró los ojos y pidió un deseo. Cuando los abrió, el camarero estaba frente a ella con una ramita de muérdago sobre su cabeza.
—Espero que tu deseo se cumpla —le dijo sonriéndole.
Ella lo miró embelesada, estaba tan cerca que podía reflejarse en sus hermosos ojos, incluso acariciar esa mata de pelo que parecía fino y suave.
—Gra… gracias.
El muchacho se incorporó.
—Sé que te llamas Verónica —le dijo volviéndose hacia ella—. Me llamo Alex.
—Encantada…
Él tomó su mano estrechándosela con la suya.
—Espero que te guste el café.
Dicho aquello, se giró buscando un nuevo cliente que había entrado.
Vero miró a Alba interrogativa aun sorprendida.
—¿Por qué me ha puesto un muérdago encima de la cabeza?
—Estabas pidiendo un deseo— le contestó su amiga.
—Pero esa planta no cumple deseos, es para besar…
Se levantó de la silla de repente.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijo buscándole con la vista, ¿en serio se había cumplido su deseo o estaba a punto de ello? —Tomemos el café y vayámonos. Tengo que hacer unos recados.
Alba la miró curiosa.
—¿Estas bien?
—Sí, sí… claro.
Se tomaron el café. Dejaron la cuenta sobre la mesa con el cambio justo.
—¿No vas a despedirte?
—No, está ocupado.
Su amiga se encogió de hombros.
—De acuerdo, vámonos.
Salieron de allí sorprendiéndolas una bocanada de aire que las hicieron encogerse.
—Bueno… me voy por aquí.
— Y yo por allí —señaló el lado contrario—. Nos vemos en clases.
—Sí, claro— contestó Vero distraída.
Tenía que hacerlo, en su cabeza le daba vueltas. Aquello era una señal, estaba segura, sólo tenía que acertar… ¿Y si no acertaba?
—Me moriría de vergüenza —respondió a sus pensamientos en voz alta.
—¿De qué te morirías de vergüenza? —la sorprendió una voz un tanto preocupada, ella se giró reconociéndola sorprendida—. Te dejaste tu chaqueta.
Se la dio, Vero la tomó aún cortada sin saber cómo reaccionar. Sus pensamientos confusos al verlo de repente allí.
—Esto… ¿gracias? —logró decir.
Alex sonrió, una sonrisa que le hizo dar un pálpito de lo hermosa que le parecía.
Él sacó entonces el muérdago de nuevo.
—¿Sabes el significado de esta planta?
—¿No es para pedir deseos? —contestó sin pestañear.
El chico la colocó sobre su cabeza acercándose a su rostro.
—¿Cuánto más me vas a dejar que siga intrigado?
—¿Intrigado? —preguntó extrañada sintiéndose nerviosa por su proximidad.
—Sí —se acercó más, sus labios tan cerca de los de ella—. Será un beso.
—Eh…
Vero cerró los ojos. Un beso suave, dulce como un caramelo aterciopelado.
—Este es el verdadero significado del muérdago.
Ella sonrió. No tenía nada que perder.
—¿Y mi deseo?
—¿Quieres salir conmigo? —dijo.
Ella rió.
—Sí…
—¿Otro café?
—Hazme un café.