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aurora salas delgado

en la oscuridad

“Las fantasías en las penumbras no deberían dar miedo… las mejores no necesitan ser vistas, tan solo deben ser sentidas.”
Ana estaba ya hasta el chichi de escribir el informe específico, para el cliente específico, del sitio específico que no tenía dirección específica.
Resopló más que enfadada al darse cuenta del último detalle, tanto trabajo para luego no poder enviar el específico correo a tan maldito específico cliente.
—Esto me va sacar ya de mis casillas —bufó en voz alta.
Buscó otro de los papeles a pasar. Jope… y era Nochebuena, ¿cómo podía estar trabajando todavía? Miró el reloj de refilón, estaba encima de la puerta, frente a su mesa de trabajo. Suspiró largamente y se negó en rotundo a contar cuántos papeles le quedaban por escribir.
El nuevo informe a copiar era de un viejo y conocido cliente, menos mal, este ya lo tenía fichado y se sabía todos sus datos de memoria. No tardó mucho, tomó el siguiente, así y otro y otro más… hasta que sin darse cuenta, tan sólo quedó el “específico” sin dirección.
Hacía frio, sabía que en cuanto saliera de la oficina, el pasillo la iba a saludar con un escalofrío, y más aún cuando tocase la calle. No quería ni hacerse la idea, pero era así.
Tomó su abrigo y apagó el brasero, el conserje estaría también bien apretadito con su brasero, viendo en su minitele algún programa de entretenimiento.
Justo cuando iba a salir, las luces se apagaron sin más. Odiaba admitirlo, pero aún le tenía pánico a la oscuridad. Recordó que en su cajón tenía una linterna.
—Tranquila… —se dijo así misma—. La mesa esta cerca, a la derecha, aquí no hay nada que no conozcas…
Andó despacio, tocando a tientas todo lo que pasaba, dibujando en su mente la sala para llegar a su objetivo. Suspiró cuando tocó la tabla y sonó algún lápiz rodando, solo tenía que rodearla… lástima que ya había bajado la persiana y no entraba ni la luz de la farola.
Entonces oyó un ruido, algo que la hizo dar un brinco porque sintió una pequeña corriente de aire a sus espaldas. Dios… juraría que había sido la puerta.
—No recuerdo haber corrientes tan fuertes como para abrirlas —dijo en voz alta, era algo que la ayudaba a mantener la calma.
Siguió escuchando, inquieta, la puerta era difícil de abrir sino cedías con el manillar… y ella no lo había sentido. ¿Un fantasma?
—No, eso sí que no, Ana, deja de fantasear, no existen. —se regañó así misma—. Ahora a por la linterna.
Siguió tanteando la mesa, para darle la vuelta y encontrar su preciado objeto, su salvación en aquellos momentos de tormento.
Pasos, oyó pasos… el vello de la nuca se le erizó, paralizándola en la escucha. Otro paso, otro que se acercaba, otro más… Cielos, debía estar tras ella, era alguien. Calculó movimientos, no sabía nada de defensa personal, pero un rodillazo en las partes bajas debía doler fuese quien fuese.
—Ana…
Aquella voz entró en su mente extraña ante el miedo que empezaba a carcómela.
—¿Cómo sabes mi nombre…? —logró preguntar.
Una suave risa sonó cerca de su oído, unas manos la atraparon por detrás.
—Sé todo lo que hay que saber de ti, amor… todo… —le dijo, en unos susurros que la envolvieron como un dulce.
Aquellas manos comenzaron a acariciarla lentamente, abriendo su abrigo, una subiendo y otra bajando, hacia su pecho y hacia sus piernas. Una boca besaba su cuello con una delicadeza tal que el miedo se esfumó para sustituirle un raro placer que comenzó a devorarla.
Su mente confusa, comenzaba a aclararse, centrándose en el tacto de aquellas manos que ya empezaban a escurrirse por debajo de su jersey y la cinturilla de su malla.
Fueron sus propias palabras la que la sorprendieron ante los actos que la enardecían.
—¿Qué… estás haciendo?
Aquellas manos la giraron hacia el cuerpo que la había atrapado. La fragancia masculina fue un afrodisiaco, un perfume de hombre que sus fosas nasales conocían.
—Quiero comerte esa boca. —dijo la voz varonil provocándole un estremecimiento.
—Pero… ¿acaso… estás…?
De nuevo esa risa, tan suya y sencilla. ¿Quién era? ¿Todavía lo dudaba?
Apenas le dio tiempo de pensar más, tal como le había dicho el hombre, devoró su boca, a conciencia, saqueándola, apretada en un abrazo que todo le daba vueltas… era su presencia… no… era la colonia… no… ¿qué era que la estaba volviendo loca?
—En la oscuridad absoluta… amor… —susurró contra sus labios, besándola entre medias, quitándole el abrigo con un simple movimiento—. Haré de ti un flan delicioso y apetecible… he echado la llave, nadie nos molestará.
—Oh, Dios… —dijo ella en un jadeo.
Su cuello volvió a ser invadido, las manos varoniles regresaron en busca de su cuerpo. Las caricias se multiplicaron entre pequeños gemidos que soltaba sin querer.
—Espero que hayas introducido todos los papeles porque vamos a tirarlos al suelo. —le habló cerca del oído en voz baja, tomándola en brazos y subiéndola a la mesa.
Efectivamente, los papeles cayeron y con ellos los demás utensilios que decoraban la tabla: Lapicero, almanaque, clips… Madre de Dios, los clips iban a ser una tortura tener que cogerlos uno a uno para meterlos en su caja. ¿Cuándo le había bajado las mallas? La mesa estaba helada.
Iba a protestar cuando su boca fue invadida nuevamente, sumergiéndola en las profundidades hasta perder el concepto de la claridad… o quizás era oscuridad…
—Está… está oscuro… —logró decir.
—Cierra los ojos, amor… —le dijo él—. Estoy dispuesto a quitarte ese miedo a la oscuridad para siempre.
—¿Cari…? —lo llamó.
Él rió.
—¿Esperabas a alguien más en esta oscura habitación? —fue su respuesta divertida—. Espero que no, amor… porque soy monógamo. Feliz Navidad…
Ella rió, a veces la oscuridad podía no dar miedo.
Se abrazó a él.
—Feliz Navidad.