el tatuaje que acarició papá noel
“Es suave, uniforme… quizás con un poco de relieve, pero es una parte de mi vida hecha en mi piel… reflejada en una imagen.”
Pepa estaba sentada, con la espalda recta y las piernas cruzadas, en pleno centro de su mullida alfombra, con música de fondo suave en la que sonaban las olas marinas rompiendo contra la orilla. Sus ojos de pestañas perfiladas que le daban ese toque de pillina y dulce niña, permanecían tranquilas cubriendo sus ojos mientras su respiración controlada la sumergía en el estado de plenitud al que pretendía llegar.
Sus hijos pronto acabarían las clases, debían aprovechar y ponerse al día en los momentos libres que se pudiese permitir. Así lograría controlar sus nervios, y si ella estaba calmada, todos lo estarían a su vera.
La música comenzaba a llegar a su fin. El olor a incienso se iba perdiendo en el ambiente. Suspiró largamente abriendo sus ojos marrones, dando vida a su rostro que no aparentaba la edad que en verdad tenía, y si era el caso, su espíritu era lo contrario.
Estiró sin esfuerzo, pausadamente, no tenía ganas de nada, de nada que no fuera relajarse más aún de lo que ya estaba. Por desgracia, había tareas que hacer en casa y la “chacha” era ella, y más en su día libre.
Así que se incorporó estirando también sus piernas y el resto del cuerpo, enfundado en su ropa deportiva preferirá para la ocasión: ancha y escotada, que dejaba entrever su top deportivo, y engañaba de miradas al bellísimo cuerpo que estaba debajo de tan gran ropa.
Su marido estaba trabajando, de hecho, estaba segura por la hora que era, que todos sus vecinos estaban trabajando. Excepto los de enfrente de su balcón de la parte de atrás, que ya estaban jubilados. Pero posiblemente habían salido a su paseo habitual.
Subió las escaleras, con la música en la cabeza que pondría para seguir con sus tareas domésticas. Tomó la escoba cantando en poco la canción que surgió en los altavoces, terminando; fue cuando al dejar la escoba, vio algo extraño sobre la encimera de la cocina. Una caja roja con una carta la estaba esperando con su nombre inscrito.
La tomó entre sus dedos abriéndola.
“Querida Pepa:
Sé cuánto necesitas relajarte, así que te mando este set para un baño perfecto. Úsalo cuanto antes, no lo pienses. Luego acariciaré a ese hermoso tatuaje.
Tuyo, Papa Noel.”
—¿Papá Noel? Sí, claro, y yo soy la reina maga de oriente, no te jode. —dijo en voz alta incrédula, luego rió y abrió la caja.
Sales perfumadas con olor a azahar, aceite de baño para dejar la piel suave, incienso y velas. Un disco de música relax también estaba en el paquete.
No lo pensó, sencillamente, se fue hacia el baño, ya era hora de estrenar el jacuzzi. Desde que se mudaron hacía unos meses, entre el trabajo, los niños, la casa… por no hablar de los cambios de vecindad. Vamos, que no había tenido ocasión.
Puso el calefactor mientras dejaba el agua caer en aquel tanque ovalado al que había que subir un par de escalones, colocado en la esquina derecha del baño, entre los dos ventanales con vidriera de colores. Echó el aceite y las sales, puso la música, dejó un albornoz preparado, incluso la alarma del reloj por si se le pasaba la hora para recoger a los niños… y comenzó a desnudarse.
El espejo de cuerpo entero que tenía la puerta cerrada pegado, le devolvía una silueta delgada y pequeña, con sus proporciones correctas en cada lugar, al darle la espalda para subir los peldaños, un tatuaje de una calavera enredada en un rosal, se veía hermosa en una de sus costados. Su símbolo de muerte y vida, de supervivencia, una etapa superada con creces y aprendida, sin lugar a dudas, de una mujer fuerte bajo aquella piel que parecía delicada.
No supo el momento en que cerraba los ojos, adormecida por la música y el olor al azahar. Sólo con la luz de las velas y el incienso como acompañante del todo relax que estaba teniendo.
Un suspiro escapó de su boca al sentirse tan bien. Las burbujas hacían milagros en sus tensados músculos, el agua caliente terminaba por arrastrarla hasta las estrellas. Fue cuando pasó.
Algo la estaba acariciando, algo áspero y caliente, grande y con dedos… aquello hizo que su mente la alertara y la hiciera abrir los ojos.
—¿Papá Noel? —preguntó incrédula mirando a su lado.
Papá Noel, no contestó, sólo sonrió a través de su falsa barba, comenzando a desnudarse delante de ella, con claras intenciones. Pepa, atónita por lo inesperado, tardó en reaccionar tapándose con sus brazos.
—Dije que vendría a acariciar ese tatuaje. —dijo la voz masculina en un sensual ronroneo que la deshizo, ¿era él?
Ya nada ocupaba su cuerpo, señalado de gimnasio, apetecible… aquél mástil que asomaba la dejó más que pillada y con la boca abierta.
Se metió en la bañera con ella, no se quitó el gorro ni la barba, estaba claro que no quería que lo reconociera. Sus ojos chocolate se clavaron en los suyos marrones mientras la tomaba con el dedo índice y el pulgar de la barbilla.
—Pepa… —la llamó dulce y sin esperar, atrapó su boca, consumiendo su aliento—. Sabes tan bien… —dijo entre susurros, en una acortada respiración para volver a su boca y saquearla a placer.
Su mano la atrajo hacia él, más aún, sorprendiéndola de que el agua no se saliese, que ambos cogiesen tan escandalosamente bien. Quizás esa bañera—jacuzzi estaba hecha para ellos.
Sintió sus caricias bajando por la espalda, apenas le daba tregua a besarla, como si ella fuese su droga y perdición, la barba le hacía cosquillas cuando se movía a los lados. Llegó al lugar deseado, acariciándolo con cariño y fue cuando se despegó de su boca, quitó su barba.
Ella sonrió.
—No sabía que el azahar era un afrodisiaco. —le dijo a su marido.
—Feliz Navidad, cariño. —contestó volviendo a su deseados labios.