detalles
Por detalles de momentos, pero no de regalos. Por detalles de tiempo dedicado pero no de perdones sin hablar…
Por detalles que me hacen quererte, como siempre, a la antigua; por detalles… que sólo tú puedes entender y convertir mi mundo en un universo con tu sonrisa.
Aparqué el coche, suspiré, sabía que quedaban más de dos horas para que saliera, aun así, quería esperarla ahí.
La busqué desde mi cutre visión de día lluvioso, una tarde de invierno, una cualquiera, en la que las últimas hojas van cayendo al suelo por la fuerza del agua y el aire, y molestan, molestan tanto que me dan ganas de acércame hasta donde sé que está trabajando.
Apago el motor, miro el bar de enfrente. Está abierto y no hay jaleo. Me decido y salgo con la chaqueta tapándome la cabeza como un loco al que no quiere que vean los de la prensa rosa. Llegando a mi objetivo, cierro el coche con el mando, bendito invento.
Encuentro mi lugar y me pido una coca cola que me sirven con unos frutos secos; son las casi las siete de la tarde. Las clientas vuelven a entrar y salir con sus rulos y pelos envueltos en gorros para fumar a pesar de la que está cayendo.
Y ahí estás tú, con ese delantal de chillones colores fosforitos, con tu nombre escrito en la pechera. Tu corto pelo recogido para que no te moleste en tu trabajo, con tus gafas doradas y redondas que hacen de tu cara un dulce atrevido, estás tan sexy así.
Suspiro de nuevo. Estoy en un lugar público, con pensamientos en ti y no precisamente sanos en ese momento.
Te sigo observando, ya sí, ya te tengo en mi punto de mira. El ventanal de tu peluquería está bien limpio a pesar del tiempo que corre o será que yo ya sé tan bien cómo es tu silueta que por mucho que el agua quiera caer sé bien donde estás.
Cepillas un cabello, ríes, regañas a la del al lado por quitarse la toalla. Miras hacia atrás, pendiente de algún tinte… y así se pasan las horas.
Tres refrescos y sigo en el mismo lugar, esperándote.
Voy viendo como el local se vacía y por fin vas bajando las persianas. Es mi momento. Pago al camarero y me acerco. Por suerte ha parado la lluvia aunque aún siguen cayendo esas últimas hojas que se despiden de un otoño retrasado, mezclado con una casi navidad.
Llamo a la puerta. Miras a través de la persiana y me abres con una sonrisa, esa sonrisa que ensancha mi mundo.
—Aún tengo que limpiar… no he acabado…
—No importa —le dije viendo donde estaba la escoba y recogedor.
Me puse manos a la obra. Ella cerró la puerta. Las luces de colores que adornaban el escaparate iban en venían con una extraña melodía que parecía sonar en mi cabeza, era su canción, esa canción de antaño que a ella le gusta tanto y a mí me encanta para bailarla a su lado.
Siento el grifo y sé que estás lavando los cepillos que te quedan. Recojo y sigo con lo mío, no es la primera vez que ayudo. Entre los dos terminamos en menos de lo que creemos.
Suelto el fregón satisfecho, te miro y me miras, sonríes y yo vuelvo a encandilarme en esa curva de tus labios.
—Gracias.
Me acerco más a ti.
—No hay de qué.
—Sí que lo hay.
—Digamos que ya estoy compensado.
Vuelves a reír y me tomas con tus manos mi rostro. No soy guapo, sólo sé que tú eres perfecta en todos mis sentidos, mi diosa, mi todo.
Me besas lentamente y el nerviosismo se me pasa al estómago, como un joven enamorado por primera vez.
—Perdón por acabar tarde.
—No tienes que pedir disculpas —le dije besándola yo esta vez, tomando su rostro y atrayéndola hacia mí—. Tus clientas se han ido la mar de contentas.
Su risa, esa música celestial que atraviesa mis oídos.
—Me encanta que me esperes.
—¿No preferirías un ramo de rosas y una cena en casa?
—¿Y marcharme sola? No —me miras seria—, te prefiero aquí y ahora, a ti y a nada más. ¿Rosas? Tu tiempo, ese no se marchita… y me haces quererte tanto…
Sonreí, mi chica, la que le es de detalles, pero de detalles de momentos, de esas antiguas que se valen con tu presencia no con objetos… mi amor.
Me arrodillé sacando la cajita que ya tenía preparada. Ella se me quedó mirando con sorpresa.
La abrí y ahí estaba, ese anillo que nos salió en una bola de esas de las máquinas para niños, uno que su sobrina me dio para pedirle matrimonio.
Rió.
—¿Quieres casarte conmigo?
Se agachó cogiendo el anillo poniéndolo en su dedo meñique, el corazón de purpurina brillaba con las luces del escaparate.
Me abrazó haciendo que cayera hacia atrás, besándome intensa, con esa pasión cegadora que me sobrecogía. Mis brazos la abrazaron no queriendo dejarla escapar.
—Síiiiiiii…
Reímos.
—Feliz Navidad.
—Feliz Navidad —me contestó haciendo que terminase de perder mi cordura.