ante el espejo
No podía estar pasándole a ella, pero le pasaba. Una puñalada, un martillazo en la cabeza, una cerilla que hubiera prendido la gasolina arrojada sobre ella, algo así pero dentro, un inmenso dolor que no se concentraba en un punto, que le recorría todo el cuerpo. ¿Cómo haberlo imaginado? Ningún cambio de actitud en él en esos meses que le hubiera podido anunciar de algún modo la traición que acababa de confesarle.
Pero lo tenía delante y lo primero en lo que pensó fue en salvar los trastos de su orgullo. Lo miró fijamente e inmovilizó su rostro. Ningún gesto, ninguna pista que delatara la sangría que se estaba produciendo en su interior. No quería darle ese gusto. Se mantuvieron la mirada unos segundos, él inquisitivo, ella hierática. Dio media vuelta y se dirigió al baño. Se encerró y trató de encerrar también los sollozos, de llorar sin gemir. «Qué estúpida», pensó, «como si encerrarse en el baño no fuera ya bastante revelador. Pero al menos no lo veo, me ahorro tener que aguantar además sus ojos compasivos».
No podía estar pasándole a ella, pero le pasaba. No iba a salir del baño, se quedaría allí un mes seguido si hacía falta, pero no podía volver a mirarlo a la cara, no de momento, ni tampoco mirar la suya propia en el espejo, bastaba sentir la desfiguración que el dolor le provocaba por dentro.
Se llevó las manos a la cara para tapar el llanto, luego las apoyó en el espejo y comenzó a darse cabezazos contra él.
Mientras lloraba su mente se dedicó a repasar las imágenes recientes de sus salidas, de sus encuentros con amigos y conocidos en busca de pistas que solo le traían escenas inconexas, recuerdos confusos. El intento racional de encontrar indicios, hechos entonces inadvertidos pero quizá ahora esclarecedores, en lugar de aplacarla la aturdía, quería apartarlos del cinemascope de su mente, entregarse de lleno al sufrimiento sin explicaciones, ser dueña del presente con todo su dolor antes de que el tiempo, como hacía siempre, acabara encargándose de los indicios, las causas, los razonamientos y hasta de poder volver a mirarlo a la cara.
«No le veo la cara porque se la ha tapado con las manos, igual es para no ver a la mujer que la estaba mirando hasta que también ella se ha tapado la cara con las manos, pero sé que está muy triste, ahora lleva las manos a las manos de la mujer, y también la cabeza a la cabeza de ella, y empiezan a darse cabezazos, están las dos llorando y, bajito, bajito, dicen “cabrón hijo de puta, cabrón hijo de puta” pero yo solo oigo a mamá, la otra, que se le parece mucho, igual es muda, no sé, igual el cabrón hijo de puta es papá pero no sé, porque siempre es el jefe de papá, pero mamá nunca había llamado cabrón hijo de puta al jefe de papá, eso solo lo hace papá, decir cabrón hijo de puta siempre va con malas caras pero no lo había visto con lloros, no sé si cuando sepa hablar bien y me den ganas de llorar, que me dan muchas veces, será bueno decir cabrón hijo de puta, igual no es por el jefe, igual es por papá, papá también se da besos con la tía Sara y a veces se tocan como se tocan y se besan papá y mamá, yo los he visto, pero la otra mujer ¿Ella por qué llora? Igual también se besa y se toca con papá, aunque yo con ella no lo he visto, se parece mucho, mucho a mamá».
«¿Ahí estás tú, cariño?, Ay, hijo mío, ¿tú solito te has puesto en el orinal?».