Un hombre y una mujer estaban hablando en susurros a la luz de una lámpara en una habitación separada del resto. Las flores blancas que había sobre la mesa resplandecían bajo la luz de la luna, y lo único que rompía la tranquilidad de la noche era el sonido de las ranas del cercano lago.
El hombre era Sakuma Shichiroyemon, un consejero de Oda Nobuyuki, el señor del castillo Iwakura de la provincia de Owari. Tenía cincuenta y dos años y un aspecto feroz y fuerte. Como era arrogante, malhumorado y muy celoso, tiranizaba a sus subordinados. La mujer con la que estaba hablando tenía más o menos su misma edad y era la supervisora de las sirvientas de Oda. Se llamaba O-tora-no-kata. Era una bruja astuta y avariciosa, y el resto de sirvientas la temían y detestaban.
Dios los cría y ellos se juntan, como suele decirse. La mujer estaba intentando obtener los favores de Shichiroyemon con el fin de asegurarse una buena posición; el hombre le había pedido que espiara a su señor y a sus compañeros y subordinados.
—¿Cómo, señora Tora? —le preguntó Shichiroyemon, mostrando su enfado—. ¿Dices que nuestro señor va a nombrar a ese muchacho, Hachiya, consejero principal?
—Yo repito lo que he oído; eso es lo que dicen los sirvientes.
—¡Argh! ¡Cómo odio a ese muerto de hambre de Hachiya! ¿Quién sabe de dónde ha salido? Es un insecto asqueroso que más parece una mujer que un hombre, y que ha embaucado a nuestro señor a través de sus halagos. Nunca ha estado en ninguna batalla; ¿qué uso se le puede dar a ese ratón de biblioteca en una época de guerra como esta? Y, sin embargo, ese inepto sin experiencia será nombrado consejero principal. ¡Dios, ese hombre me pone a punto de ebullición!
—Todavía no vas a hervir. El fuego aún no es lo suficientemente fuerte.
—¿Eh? ¿El fuego?
—¡Ja! —dijo O-tora con una desagradable sonrisa—. Así es, ¡pero yo tengo un combustible que podría hacerte arder!
—No juegues conmigo —le dijo, con impaciencia—. Cuéntame ya de qué se trata.
La mujer habló lentamente, poniendo énfasis en lo que decía.
—Es el mayor de los secretos. No lo venderé barato.
—¡Qué avariciosa eres! Bueno, compraré tu secreto con esto.
Shichiroyemon sacó un puñado de monedas de su pecho y las arrojó al suelo. La mujer recogió el dinero con una sonrisa astuta en los labios.
—Sakuma, no deberías bajar la guardia.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, sería mejor que te dieras por vencido respecto a Katsuno.
—¿Cómo? ¿Qué renuncie a Katsuno? —exclamó—. ¿Por qué? ¡Dímelo ahora mismo!
—No te sorprendas, pero nuestro señor pretende casarla con Hachiya.
Katsuno era la sirvienta favorita de Oda Nobuyuki: una joven dama de diecinueve primaveras encarnación de la belleza, la gracia y la dulzura, así como del refinamiento y la dignidad. A pesar de su edad, Shichiroyemon estaba locamente enamorado de ella; pero, aunque la había cortejado a través de O-tora, la chica no había respondido a sus pretensiones.
—¿Han consumado ya su relación? —preguntó Shichiroyemon ansiosamente.
—No. Tú sabes que ambos son demasiado honestos, y que no son tan estúpidos. Aunque tuvieran intención de hacerlo, les sería imposible eludir mi vigilancia. ¡Ni el demonio podría hacerlo!
—Entonces, ¿es una orden de nuestro señor?
—Así es. Hoy me ha dicho mi señora: «No es bueno que Hachiya siga estando solo. Katsuno es una sirvienta muy bella, y muy inteligente. ¡Concertaré su matrimonio con Hachiya como compensación por su leal servicio!».
—¿En serio? —preguntó Shichiroyemon, cuyos ojos reflejaban sus intensos celos—. ¡Maldito Hachiya! Es una infamia que se alce sobre un hombre de mi habilidad y experiencia. ¡Qué insulto! ¡Qué humillación para alguien de mi edad! No descansaré hasta que me haya encargado de mi enemigo. ¡Me vengaré!
Estaba tan enfadado que su expresión diabólica asustó incluso a O-tora.
—Es natural que te enfades, pero ya sabes que la ira lleva a la perdición. Deberías pensarlo con calma.
—¿Tienes algo que proponerme?
—Bueno, sí. En primer lugar, Hachiya debe ser asesinado, y después nos las ingeniaremos para sacar a Katsuno de las garras de nuestro señor con algún pretexto. Ya se me ocurrirá algo.
—¡Yo me encargaré de deshacerme de él! ¡Ve con cuidado, O-tora!
En aquel momento, una fresca brisa entró en la habitación y apagó la lámpara que los iluminaba.
* * *
Era una agradable tarde de otoño. En los jardines del castillo de Iwakura, las hojas de arce brillaban bajo la luz del sol y los coloridos crisantemos estaban en todo su esplendor.
Era el aniversario de la muerte del padre de Nobuyuki y todos los residentes del castillo habían estado ocupados desde primera hora de la mañana con las ceremonias religiosas. Habían visitado la tumba del fallecido, y durante la noche se serviría un banquete a todos los samuráis.
A las cuatro, varias sirvientas se retiraron a una habitación privada para descansar y hablar de sus cosas.
—¡Qué parlanchinas sois! Parecéis loros —dijo O-tora al entrar, interrumpiendo la conversación de las chicas. Se sentó y una de ellas, bastante joven por cierto, se aventuró a preguntarle con una recatada sonrisa:
—Pero, señora, las mujeres son parlanchinas por naturaleza, ¿no? El ruiseñor visita las flores de cerezo y los gorriones y los tigres acuden a los bosques de bambú, así que nosotras estábamos hablando como gorriones esperando que la señora O-tora, nuestro tigre, se nos uniera.
Al oír esta ingeniosa respuesta el resto de sirvientas estallaron en carcajadas, e incluso la misma señora no pudo evitar una sonrisa.
—Tu mención de los gorriones me ha recordado a Takane —dijo O-tora—. Parece que el pájaro no ha cantado en todo el día. ¿Le habéis dado de comer?
Las chicas, que habían estado ocupadas toda la mañana, se sintieron culpables por haberse olvidado de dar de comer al pájaro, una mascota que el shogun había regalado a su señor en agradecimiento a la ayuda que le había prestado durante la guerra. Nobuyuki adoraba al animal por su canto y por lo que suponía para su honor haber recibido tal regalo.
O-tora, observando la consternación de las sirvientas, se vengó diciendo con malicia:
—Será mejor que os dejéis de charlas hasta que hayáis terminado todas vuestras tareas, inútiles.
—¡Qué lástima! ¿Cómo hemos podido olvidarnos del pobre pajarito? —dijo Katsuno, que estaba con sus compañeras—. Pobrecito, debe estar muerto de hambre. Iré ahora mismo a darle algo de comer.
La chica bajó al jardín, se acercó a un árbol y, con las dos manos, cogió la bella jaula de la rama de la que estaba colgada. De repente, el gancho que la sostenía se soltó y la jaula se cayó, con la mala suerte que la pequeña puerta se abrió y el pajarito escapó volando con gran alegría. Consternada, la chica corrió tras él, pero ya era demasiado tarde; el pájaro ya había atravesado los árboles y volaba por el cielo azul hacia la libertad.
—¿Qué has hecho, Katsuno? —le gritó O-tora desde el balcón. Aquella era una oportunidad de oro para deshacerse de Katsuno, pero ocultó su alegría bajo un manto de pánico y consternación—. ¡Katsuno! ¡Has dejado que Takane se escape! ¡Dios santo, qué descuidada eres!
Katsuno, al escuchar las palabras de O-tora, entendió las graves consecuencias a las que tendría que enfrentarse por haber dejado escapar al animal.
—¿Qué vas a hacer, Katsuno? —continuó la vieja arpía, que estaba ya junto a la chica, agarrándola del cuello—. Sabes que Takane no era un pájaro cualquiera, sino un valioso regalo del shogun. ¿Te das cuenta de lo que has hecho al dejarlo escapar? ¿Crees que vas a solucionarlo con unas lagrimitas? ¿Qué vas a hacer para reparar el daño que me has causado a mí, porque seré yo quien será culpada y considerada responsable de esta desgracia? Venga, chica, ¿qué tienes que decir?
Una voz furiosa se escuchó de repente.
—¡Katsuno, prepárate para morir!
Nobuyuki, que había sido informado, desenvainó la espada en un arrebato de cólera y corrió hacia la chica.
En este momento tan crítico se escuchó otra voz.
—¡Mi señor, mi señor, espere! —Era el nuevo consejero principal, Tsuda Hachiya, intentando intermediar—. Cálmese, mi señor, se lo ruego. ¿Ha olvidado qué día es hoy? ¿No es el aniversario de la pérdida de su padre? ¿Realmente quiere manchar este solemne día con un sangriento acto provocado por la ira? Intente contenerse y déjeme este asunto a mí.
La ira de Nobuyuki desapareció tan rápido como había aparecido, y terminó prevaleciendo la razón. Envainó su espada y se retiró al balcón.
La mayoría de los invitados, que ya habían llegado al castillo para el banquete de la noche, habían sido testigos de lo que había ocurrido. Shichiroyemon, que estaba entre ellos, susurró algo a uno de sus invitados y añadió en voz alta:
—Señor, ¿cuál va a ser el castigo de Katsuno? Ha actuado con sabiduría al no infligirle la muerte con sus honorables manos, pero como disculpa a nuestro señor, el shogun, y como ejemplo hacia el resto del clan, es imperativo que la chica reciba un castigo adecuado.
Nobuyuki dudó un momento, y después se dirigió a Hachiya.
—¿Qué opinas tú, Hachiya? ¿Debería hacer lo que dice Shichiroyemon?
—No, mi señor. La historia nos cuenta que una fría mañana de hace mucho tiempo, durante el reinado del emperador Takakura, unos insensatos jardineros cortaron algunas ramas de un bello arce que gustaba mucho al joven emperador, y las quemaron para calentar su sake. Fujiwara Nobunari, el oficial a cargo del árbol, se conmocionó de tal manera que ató de manos y pies a los jardineros e informó al emperador. El monarca, sin embargo, no se enfadó, y dijo tranquilamente: «Tal como dice un poema chino: En el bosque recogemos hojas de arce, y las quemamos para calentar sake. Me pregunto cómo han adquirido estos humildes jardineros unos gustos tan refinados. ¡Qué idea tan poética!». De este modo, el emperador exculpó a los jardineros. Esta es una de las razones por las que, a pesar de que hayan pasado tantos siglos, se sigue considerando al emperador Takakura un gran soberano. Del mismo modo, espero y suplico que mi señor, que tiene el corazón tan grande como aquel emperador, sea indulgente con una chica que no tiene culpa de haber provocado este accidente.
—¡Ya es suficiente, Tsuda! —lo interrumpió Shichiroyemon—. No hay duda de que eres un hombre de letras, y elocuente, pero la débil medida que sugieres sería un mal precedente. Siempre eres amable y compasivo con las mujeres, pero en un caso así no deberíamos hacer distinción de sexo. ¿Perdonarías a alguien que prendiera fuego al castillo y lo redujera a cenizas por el simple hecho de ser mujer? ¿Sería eso justicia?
—Tus argumentos son absurdos —replicó el joven despectivamente—. Hablas como si la severidad fuera un buen principio en el gobierno. De ser así, ¿por qué los reyes Chow y Chieh, de la antigua China, y los Taira y los Ashikaga, en nuestro país, encontraron la ruina tan rápidamente? Recuerda que hoy es el aniversario de la muerte del padre de nuestro señor, y que bien podría haber sido el propósito de nuestro señor liberar al pájaro él mismo, por la paz de su venerado espíritu. La falta que Katsuno ha cometido sin querer nos ha conducido al humanitario acto de dar la libertad a un pobre pájaro enjaulado. Una vez leí estas palabras: «Aunque ames las dulces canciones de un pájaro enjaulado, ¿quién sabe la tristeza que hay en su corazón?». En mi opinión, Katsuno no ha hecho nada malo, sino todo lo contrario: ha realizado una buena acción.
A excepción de Shichiroyemon y O-tora todos los presentes escucharon con admiración el elocuente discurso de Hachiya a favor de Katsuno. La despiadada pareja insistió en que había que expulsar a la chica del castillo, pero Nobuyuki hizo oídos sordos a sus argumentos y decidió zanjar el asunto. Katsuno, que todo este tiempo había permanecido arrodillada en el jardín, se postró ante su libertador profundamente agradecida.
* * *
Tsuda Hachiya tenía treinta y un años. Era hijo de un granjero pero, como era un chico atractivo y bien educado, a los dieciséis años había entrado a trabajar como paje en la casa de Nobuyuki, que no tardó en cogerle cariño.
El joven samurái había dedicado sus horas libres al estudio de la literatura y a la práctica de esgrima, y rápidamente adquirió grandes capacidades administrativas raras de encontrar en aquella época entre los samuráis. No tardó en escalar posiciones y ahora, siendo aún joven, era el consejero principal y el asistente personal del señor. A pesar de su rango y poder, se comportaba en público de una manera modesta y diligente y se había ganado la admiración de todo el clan.
Una noche, Hachiya fue convocado ante su señor con urgencia.
—Hachiya —empezó diciendo Nobuyuki, con una amable sonrisa—, creo que ya va siendo hora, ¿no es verdad?
—Perdóneme, mi señor, pero no le entiendo —contestó Hachiya con cara de no comprender nada.
—De llevar a cabo ese importante asunto tuyo.
—¿Un asunto importante? —contestó el joven hombre, más sorprendido que antes.
—¡Ja! ¡Qué lento estás hoy! ¡El asunto de Katsuno!
Hachiya no dijo nada. No era la primera vez que Nobuyuki, entusiasmado por la cuestión del matrimonio de Hachiya, se ofrecía actuar de intermediario con la chica. No era que no le gustara la novia que le habían designado, pero prefería mantenerse prudente, recordando el dicho: «La luna llena siempre termina menguando». No había duda de que su nombramiento como consejero principal, por delante de otros candidatos de mayor edad y experiencia, había causado ofensas. ¿Una boda con Katsuno, la belleza del clan, no sería causa de más celos y envidias? Además, era consciente del interés de Shichiroyemon por la chica y no deseaba provocar su resentimiento. Por tanto, con varias excusas, había logrado evadir mes a mes la insistencia de su señor.
—¿Vas a volver a decirme que el mes que viene? —le preguntó Nobuyuki, casi amenazante, mientras el joven permanecía en silencio—. ¡No creas que vas a engañarme así!
Hachiya no respondió, e inclinó la cabeza como si prestara atención.
—¡Contéstame de una vez! ¿Sigues callado? Dime, ¿te desagrada la chica?
—Oh, no, mi señor. ¡Pero tengo miedo de que no me acepte!
—¿Solamente era eso? No te preocupes, le he preguntado. ¡Pobre chica! ¡Desde lo que pasó con el pájaro su «mal» ha empeorado, y está perdiendo mucho peso!
Nobuyuki, que era muy observador, había descubierto que Katsuno estaba enferma de amor por Hachiya.
—¡No se burle de mí! Le contaré las auténticas razones que hay tras mi indecisión.
Dicho esto, Hachiya le explicó sus razones, que hicieron que su compañero terminara comprendiéndolo todo.
—Admiro tu prudencia y tu planificación —dijo, cuando Hachiya terminó de hablar—, pero recuerda que, si siempre tienes en cuenta los sentimientos de los demás, nunca llegarás a hacer nada. No te preocupes por Shichiroyemon. Estoy decidido a proporcionarte felicidad, y también quiero conceder a Katsuno su deseo. Ya que el fin de año está muy cerca, pospondremos la boda hasta después, y ya no aceptaré más negativas. Sí, eso es lo que haremos, Hachiya.
Tras estas palabras, Nobuyuki llamó a una sirvienta y, en voz baja, le ordenó algo. Regresó con una botella de sake y unas cuantas copas. Entonces se abrió la fusuma entre aquella y la siguiente habitación y apareció una bella mujer vestida con un uchikake. No era otra que Katsuno.
—¿En qué puedo ayudarle, mi señor? —dijo, inclinándose primero ante Nobuyuki y luego ante Hachiya.
—Ah, Katsuno, me gustaría que nos sirvieras sake. Siéntate a mi lado, Hachiya.
—Perdóneme, mi señor. Algo me dice que me necesitan en casa, y ya es tarde. Con su permiso, regresaré ahora mismo.
—No, no. Todavía no. Aunque es tarde, creo que no hay ninguna enamorada esperando tu regreso. Ven aquí, por favor. Katsuno, sírvele sake.
Katsuno dudó con timidez pero, cuando Nobuyuki repitió su orden, cogió la botella y llenó el vaso de Hachiya hasta el borde.
—Cuando hayas bebido, deja que sea Katsuno quien coja el vaso —dijo Nobuyuki.
—Debería dárselo a usted.
—No, yo lo cogeré después de ella. Dáselo a Katsuno.
Hachiya no tuvo más opción que hacer lo que Nobuyuki le había dicho. Ofreció el vaso, en el que había vertido más sake, a la chica, que dio un sorbo con cierta dificultad.
—¡Me alegro mucho de que hayáis intercambiado los vasos de compromiso! —dijo Nobuyuki con una carcajada socarrona, después de tomarse tres tragos—. ¡Ja! ¡Tenéis mi más sincera enhorabuena!
Los dos jóvenes enamorados respondieron a su bendición con una reverencia, y acto seguido el sonido de la campana de alarma rompió la quietud de la noche.
—¿Qué habrá pasado? —exclamó Hachiya, abriendo la ventana para ver lo que sucedía. No hacía falta preguntar: las llamas se elevaban hacia el cielo, y llovían chispas por todas partes. ¡Alguna casa se estaba quemando!—. ¡Un incendio! Y a no más de cinco manzanas, más allá de los pinos del foso de la ciudad. ¡Tengo que ir a ayudar!
—No hay duda de que se trata de un incendio —dijo Nobuyuki, preocupado—. ¿No es allí donde está tu casa?
—Eso me temo. Permitidme que os deje.
—¡No hay tiempo que perder! Daré las instrucciones necesarias al jefe de bomberos.
Tras dar las gracias y disculparse ante su señor y Katsuno por irse tan apresuradamente, Hachiya dejó la casa y corrió a toda velocidad hacia el incendio. Un viento terrible sacudía las ramas de los altos y ancianos pinos. La campana de alarma no dejaba de sonar.
Todos sus temores se cumplieron cuando llegó a su casa y la encontró completamente en llamas. Una habitación contigua al edificio, que usaba como despacho, había quedado ya reducida a cenizas. Los árboles del jardín también estaban en llamas, y el viento sacudía las ramas esparciendo chispas por todo el lugar. Un grupo de samuráis y bomberos estaban haciendo todo lo posible para controlar el fuego, pero el viento se encargaba de impedírselo. Hachiya, desesperado, suspiró, pero no había tiempo que perder. Era necesario entrar en el edificio e intentar salvar, en lo posible, los documentos importantes y las reliquias de sus antepasados, así como los preciados regalos que había recibido de su señor.
Cuando llegó a la entrada principal, una sombra se abalanzó sobre él desde un pino y le clavó una daga. Antes de que Hachiya pudiera sacar la suya para contraatacar, el asesino se la volvió a clavar, esta vez en el corazón, y el joven consejero cayó muerto al suelo.
El cuerpo calcinado del desafortunado samurái fue encontrado entre las ruinas de la casa a la mañana siguiente.
* * *
Al enterarse de la muerte de Hachiya, Nobuyuki se estremeció, y Katsuno enloqueció de dolor. Se había encontrado una daga, con una excelente hoja que había sido forjada por el maestro Masamune, cerca del cuerpo. Nobuyuki la reconoció enseguida, porque era bien sabido que su hermano mayor, Nobunaga, señor de Owari, se la había entregado al hermano mayor de Shichiroyemon, Genba Morimasa, que era uno de sus consejeros.
Nadie más que Shichiroyemon podría haberla conseguido; por tanto, Nobuyuki no tenía duda alguna de que su consejero favorito, Hachiya, había sido víctima de los celos del hombre al que había superado en afecto tanto en el corazón de Katsuno como en el de Nobuyuki. Además, un hombre que había sido arrestado como sospechoso había confesado, tras el interrogatorio, que había prendido fuego a la casa por orden de Shichiroyemon.
Demostrada su culpabilidad, la autoridad acudió a la residencia de Shichiroyemon para arrestarle, pero la astuta comadreja había huido y fue necesaria una rigurosa investigación para descubrir que se había refugiado en el castillo de Inaba, en la provincia de Mino, que era propiedad de Saito Dozo.
O-tora-no-kata también desapareció aquel día, y se rumoreaba que estaba en la mansión de Genba Morimasa.
Ya era siete de enero, y la mayoría de la gente estaba disfrutando de las celebraciones de año nuevo. Pero Nobuyuki no; todavía le estaba dando vueltas al trágico final de Hachiya. Estaba inmerso en esos recuerdos cuando Katsuno entró en la habitación.
—Katsuno, me alegro de verte —le dijo—. Estaba pensando en Hachiya, y en el gran dolor que debes sentir después de haber perdido a tu futuro esposo justo después de haber hecho el intercambio de compromiso. ¡Lo siento de todo corazón!
—Gracias, mi señor —contestó ella con voz triste—. Es usted muy bueno conmigo.
—Es normal que estés triste —respondió Nobuyuki tras una pequeña pausa—, pero apenarse demasiado no es bueno para nadie. Mucho más adecuado sería que encontráramos la forma de matar al asesino y vengar la muerte de Hachiya.
—Tiene razón, mi señor. Mi prometido se alegraría de saber que está dispuesto a tanto por su honor. ¿Puedo preguntarle cuál ha sido el resultado de sus negociaciones con el señor de Owari?
Como el hermano de Nobuyuki, señor de Owari, era yerno de Saito Dozo, le había pedido que le entregara a Shichiroyemon. Pero Dozo, como era de esperar, se había negado.
—Esto nos dificulta el camino —concluyó el señor.
—Tengo que pedirle un favor. ¿Puedo hablar?
—Por supuesto. Adelante.
—Pido permiso para ir a Inaba.
—¡A Inaba! Quieres ir al castillo de Saito Dozo, ¿verdad?
—Sí. ¡Entraré en su castillo disfrazada y vengaré la muerte de Hachiya!
—¡Ni se te ocurra! —A pesar de que la chica estaba totalmente seria, Nobuyuki no pudo contener una sonrisa—. ¡Una chica joven, y sola! ¡Sería absurdo!
—No, mi señor, ¡confíe en mí! —Los ojos de Katsuno brillaron, y empezó a respirar cada vez más rápido—. Lo tengo todo pensado. ¡Le pido que me deje ir!
Nobuyuki discutió con ella, pero fue en vano. Estaba decidida y nada le haría cambiar de opinión. Al final, le dio permiso y le entregó la daga de Masamune.
—Esta es la daga con la que nuestro Hachiya fue asesinado. ¡Clávala en el cuello de su asesino, y venga su muerte!
—Lo haré o moriré en el intento. Se lo agradezco, mi señor.
La chica estalló en lágrimas y salió apresuradamente de la habitación.
—Te deseo toda la suerte del mundo —dijo Nobuyuki mientras la chica se marchaba, y después volvió a sus pensamientos.
* * *
Disfrazada de la esposa de un mercader y bajo un nombre falso, Katsuno emprendió el viaje hacia la ciudad amurallada de Inaba para instalarse en la residencia de un tío suyo que era campesino en una villa cercana a la ciudad. Allí esperó una oportunidad para ejecutar su plan.
Un día, Yoshitatsu, el hijo de Saito Dozo, se detuvo a descansar en la casa después de un día de caza. Katsuno lo recibió y le sirvió té. Su belleza y sus buenos modales atrajeron la atención del joven noble. En respuesta a sus preguntas, el tío de Katsuno le contó que la mujer había perdido recientemente a su marido, un mercader, y que deseaba entrar al servicio de la consorte del daimio. Yoshitatsu le propuso que se uniera al servicio de su madre, y la chica aceptó con alegría. Pronto se convirtió en una más del castillo, donde sus refinados modales agradaron tanto a la señora que rápidamente se convirtió en su favorita.
Ya era primavera, y los cerezos en flor llenaban de belleza el lugar. Un gran número de hombres llevaba desde el alba barriendo y colocando arena limpia en el patio del castillo. Algo importante iba a ocurrir, y Katsuno quería saber de qué se trataba.
—Perdone —dijo, mientras servía una taza de té a su señora—, ¿por qué están trabajando todos esos hombres? ¿Se acerca alguna celebración?
—¿No lo sabes? Mañana habrá una competición de arquería ecuestre.
—¿Arquería ecuestre? ¿Qué es eso? —preguntó Katsuno, simulando que no sabía de qué se trataba.
—Todos los samuráis que dominan el arte del tiro con arco lo practicarán montados a caballo.
—¿Vendrán muchos guerreros, mi señora? —preguntó Katsuno. Su corazón empezó a latir rápidamente ante la esperanza de poder encontrarse con su enemigo.
—Participará en la competición un centenar de hombres. Además, todos los samuráis de nuestro clan y sus familias estarán presentes.
—¿Quiénes serán los arqueros?
—¿Por qué lo preguntas?
Katsuno se sintió avergonzada durante un momento, pero enseguida respondió.
—Por ninguna razón en especial. Mi padre, aunque solo era un campesino, era muy bueno con el arco, y desde pequeña he sentido interés por este arte.
—Ah, entiendo. Esta mañana me trajeron el programa de los acontecimientos del día. Aquí está; puedes mirar los nombres de los arqueros tú misma.
La señora le entregó una gruesa hoja de papel llena de negros ideogramas. Intentando ocultar su ansiedad, Katsuno recorrió la lista con la mirada. A la mitad encontró el nombre de Sakuma Shichiroyemon.
¡Por fin! Aquel era el momento que tanto había estado esperando.
—Todos los arqueros parecen buenos samuráis. ¡Qué buen espectáculo nos ofrecerán! Me gustaría mucho verlo, aunque fuera desde lejos.
—No creo que haya problema. Tienes mi permiso.
—Mi señora, le estoy profundamente agradecida.
No pudo decir nada más, y durante el resto del día fue incapaz de concentrarse en sus tareas. Aquella noche no pudo dormir.
* * *
Al día siguiente, el clima siguió siendo bueno. El amplio patio ya estaba preparado. En el centro habían colocado una valla cuadrada, y a su alrededor se había dispuesto el espacio para los espectadores, con alegres alfombras y suaves cojines que proporcionaban color al conjunto. Justo en el lado este del lugar y a una distancia prudencial de las dianas, se habían colocado guirnaldas de seda blanca y púrpura que se movían al compás de la brisa. Este era el lugar de honor en el cual Saito y su familia estarían sentados.
Los samuráis empezaron a llegar al castillo a primera hora de la mañana, y el recinto se llenó de gente enseguida. Al final apareció el señor del castillo, acompañado por su familia y seguido por sus consejeros, pajes y sirvientas. Katsuno, con un vestido de vivos colores, maquillada para la ocasión y con la daga de Masamune escondida entre sus ropas, formaba parte de este séquito. Evitó la atención de los demás y esperó ansiosamente su oportunidad.
«Hoy o nunca —pensó—. Quizá no vuelva a tener otra oportunidad como esta, ¡no puedo dejarla pasar! ¡Querido Hachiya, mírame desde el otro mundo! ¡Vengaré tu muerte antes de que se ponga el sol!».
Entonces unió las manos y empezó a rezar.
«Oh, Hachiman, dios de la guerra, ¡dame tu favor para que tenga éxito!».
Cuando el árbitro, el pregonero, el guardavía y el anotador estuvieron listos, los participantes de la competición se dirigieron a sus posiciones. El sonido de un enorme tambor dio por iniciado el torneo.
Uno tras otro, los arqueros se pusieron los kosode, los hitatare y los mukabaki. Se subieron a sus caballos y formaron una fila para salir y disparar sus flechas al objetivo.
El árbitro, después de inspeccionar con detalle el resultado del disparo, notificaba su decisión al pregonero y este anunciaba el nombre del arquero y el resultado. Era el anotador quien escribía el registro. Después llegaba el turno del guardavía, que anunciaba el evento al público, el cual aplaudía y gritaba tan fuerte que hacía caer las flores de cerezo de los árboles.
Los arqueros fueron disparando hasta que llegó el turno del número cincuenta y tres: Sakuma Shichiroyemon.
Katsuno, que llevaba un buen rato esperando impaciente, agarró involuntariamente la daga que llevaba escondida en el pecho.
Shichiroyemon cabalgó despacio. Después de inclinarse ante su señor, espoleó a su caballo y empezó a galopar. Katsuno, nerviosa, se preparó para clavar la daga a su enemigo en el momento en el que se acercara al estrado. Al hacerlo rozó el hombro de su dama y retrocedió, pero inmediatamente se recuperó.
Shichiroyemon galopó a la velocidad del rayo. La crin del caballo rozó la barandilla antes de que Katsuno pudiera actuar. La chica profirió una exclamación de consternación sin dejar de observarlo.
—¿Qué te pasa, Katsuno? —le preguntó la señora de Saito, descontenta con las malas maneras de su sirvienta favorita.
—¡Perdone mi comportamiento, señora! Me ha perdido la pasión que siento hacia este deporte.
—¡Sí que te gusta el tiro con arco!
—Sí, mi señora. No hay nada que me guste más.
—¡Qué chica tan rara! —dijo la señora, mirándola con curiosidad—. Pero estás demasiado excitada; te veo pálida, y tienes los ojos enrojecidos. ¿Te duele la cabeza?
—No, señora, pero anoche no dormí bien.
—¿No te encontrabas bien?
—No es eso, señora; lo que me mantuvo nerviosa fue la emoción del día de hoy.
—¡Qué apasionada amante de la arquería! —dijo la señora riendo, y Katsuno se sonrojó un poco.
La ejecución de los distintos números del programa requería que los arqueros tuvieran que aparecer varias veces. Cada vez que Shichiroyemon montaba, Katsuno lo observaba con odio esperando que llegara su oportunidad, pero el hombre siempre salía del lado opuesto.
La chica temía que su enemigo la hubiera reconocido. Estaba impaciente, y pensó en abandonar su plan.
El programa había llegado prácticamente a su fin: solo quedaba la ceremonia final, llamada nanori o «declaración de ganadores». ¿De qué se trataría?, se preguntó. Su temor era que Shichiroyemon no se acercara lo suficiente a ella. ¿Debería saltar al campo de tiro y matarlo allí? No, eso sería demasiado peligroso. Sin duda alguna fallaría, y ese sería su fin. Por otra parte, si dejaba pasar esta oportunidad, no tendría otra. Debía decidir rápidamente.
La ceremonia empezó mientras Katsuno decidía qué hacer. Uno a uno, los arqueros se acercaron para saludar al señor; decían su nombre y se retiraban lentamente. Rápidamente, la chica se preparó para la acción.
El día había avanzado y ya era media tarde. Los cerezos en flor seguían brillando bajo los rayos de sol, pero el viento no era lo suficientemente fuerte para hacer caer sus delicados pétalos. El público empezaba a mostrarse cansado, pero Katsuno permanecía alerta.
—¡Número cincuenta y tres!
A su llamada, Shichiroyemon se subió al caballo. Katsuno le echó un vistazo rápido y descubrió que estaba espléndidamente vestido con un kosode blanco estampado de ruiseñores encaramados en ciruelos. Con el arco y las flechas en la mano, empezó a galopar con gallardía. Katsuno se puso en guardia.
Tras dar tres vueltas al escenario, Shichiroyemon tiró de las riendas bruscamente y su caballo se detuvo ante el estrado. Era la oportunidad de Katsuno. Tan solo estaba a un paso de distancia, y nadie la podría detener.
—¡Cuánto tiempo, Sakuma Shichiroyemon! ¡Soy la esposa de Tsuda Hachiya, a quien asesinaste tiempo atrás! ¡Prueba el filo de mi daga!
Dicho esto, clavó la daga en el costado del jinete con todas sus fuerzas. Fue tan rápido el ataque y con tanta fuerza que, a pesar de lo fuerte que era Shichiroyemon, este cayó a la arena. Al grito de «¡Hachiya ha sido vengado!», Katsuno volvió a clavarle la daga dando el golpe mortal.
Un pétalo blanco, traído por la fresca brisa que soplaba, cayó sobre la daga ensangrentada bajo la mirada de terror de toda la gente que estaba presente.
* * *
Saito Dozo, que admiraba la heroicidad de Katsuno, habría deseado perdonarla. Pero era un samurái y su honor no se lo permitía por dos razones: una era que se había negado a entregar a Shichiroyemon a Nobuyuki, y la otra el escándalo que suponía que un guerrero bajo su protección hubiera sido asesinado por una mujer. Por tanto, ordenó que encerraran a la culpable y exigió que fuera vigilada día y noche. Katsuno, que ya había cumplido su objetivo y no temía a nada, esperaba su sentencia con tranquilidad.
Una noche, mientras estaba colocando unas flores de wisteria que le había regalado el samurái que la vigilaba, la esposa de Saito entró en su celda.
—¡Con qué elegancia has arreglado estas flores, Katsuno! —le dijo—. ¿Ya te encuentras mejor?
La chica sonrió.
—Sí, gracias. He logrado mi objetivo y ya no deseo nada más en este mundo. Estoy lista para enfrentarme a mi destino.
—¡Eres una gran mujer! ¡Cómo te admiro! Es incomprensible que alguien tan virtuosa como tú se vea sometida a la ignominia de la cárcel durante tanto tiempo. Le he implorado muchas veces a mi señor, pero sin ningún éxito.
—Es usted demasiado buena conmigo, pero ya no tengo esperanza alguna de que me dejen libre. Estoy preparada para morir.
—No tengo intención de dejar que tu vida sea sacrificada. Escucha… —le dijo, acercándose y susurrándole al oído—. He logrado que la guardia se vaya un rato, y esta noche, Katsuno, tendrás la oportunidad de escapar.
—Mi señora, ¡no puede ser! Ya estoy preparada para morir. Sin Hachiya mi vida no es nada, y si el señor descubre lo que ha hecho, su ira será terrible.
—No tengo miedo. No creo que mi señor sospeche que he tenido algo que ver con tu huida y, aunque fuera así, no me mataría. ¡No te preocupes por mí y huye!
—Pero, mi señora…
—¡Qué obstinada eres! ¿Por qué quieres arruinar tu vida? ¡Katsuno, soy tu señora y te ordeno que huyas esta noche!
Viendo que su dueña no iba a aceptar una negativa, la chica se rindió y procedieron a discutir el plan.
—Y cuando estés a salvo, Katsuno, ¿qué será de tu vida?
—Me gustaría convertirme en sacerdotisa y pasarme el resto de mi vida rezando a Buda por la paz del alma de mi difunto prometido.
—Una decisión admirable, pero totalmente absurda. ¿No quieres a tu familia? Ah, olvida lo que acabo de decir, ahora recuerdo que tus padres y tus hermanos murieron. No quiero hacerte daño con mis palabras, pero ¿no ves que en ese caso es imposible que dediques el resto de tus días a la devoción? ¿Quién proseguirá con el apellido de tu familia?
—Pero, mi señora, fui la mujer de Hachiya.
—Sí, sí, pero solo estuvisteis prometidos. Si te hubieras casado con él realmente, todo sería diferente. Un compromiso no es nada; ninguna otra mujer lo hubiera considerado razón suficiente para vengar una muerte. Tu heroicidad ha demostrado tu gran valor. Tu devoción pasará a la posteridad como modelo para todas las demás esposas pero, ahora que ha acabado, tienes otros deberes.
—¿Qué quiere que haga, mi señora?
—Vuélvete a casar.
—¡Un segundo matrimonio!
—No, un primero. Tal como me contaste, nunca llegaste a casarte con Hachiya, por lo que nadie podrá acusarte cuando te cases con otro hombre. Seguro que Hachiya, desde el otro mundo, lo aceptaría.
Katsuno reflexionó sobre estas palabras. Era cierto que no podía dejar que el apellido de su familia desapareciera.
—Tiene razón —dijo, tomándose su tiempo—. Si logro escapar, no me negaré a casarme.
Pero suspiró, porque su corazón estaba aún con Hachiya.
—Estaba segura de que lo entenderías. Y, ahora, escucha lo que te tengo que decir. Un conocido mío, Osuga Katsutaka, un siervo del señor Tokugawa de la provincia de Mikawa, está buscando esposa. Solo tiene veintisiete años, pero es conocido por su inteligencia, por su valentía y por sus logros militares. Tiene un gran futuro por delante, y lo que es más importante para una mujer… ¡es muy atractivo! ¿Te casarás con él? Ya le he hablado de ti y está ansioso por hacerte su esposa. No declines su oferta.
Katsuno permaneció en silencio, en parte debido a su modestia y en parte porque era tan repentino que necesitaba pensárselo un poco.
—¿Por qué no contestas? ¿Cuál es el problema? Te prometo que Osuga es todo lo que una mujer puede desear. ¡Si te casas con él no te arrepentirás! Y lo más importante es que, si tienes dos o tres hijos con él, podrás adoptar a uno de ellos para que sea el heredero de tu padre y lleve su apellido.
—Estoy profundamente agradecida por todo lo que me está ofreciendo, mi señora. Haré lo que me ha pedido: es más sabia que yo y sabe lo que es mejor para mí.
—Entonces, ¿estás de acuerdo? Eso está muy bien. Eres una buena chica, Katsuno. Serás muy feliz junto a Osuga, lo sé. Pero es tarde, y ya es hora de que te vayas. Un palanquín y diez sirvientes te están esperando para llevarte a casa de Osuga. Me entristece separarme de ti, pero las cosas son como son. Te deseo lo mejor.
Tras decir estas palabras, la señora Saito entregó a Katsuno una carta dirigida a Osuga Katsutaka y un sobre con dinero para los gastos del viaje. La chica lo aceptó con agradecimiento y, tras desear buena suerte a su señora, se dirigió a la salida que la llevaría a su nuevo destino.
* * *
Osuga Katsutaka se casó con Katsuno con la aprobación de su señor, Tokugawa Ieyasu, el cual mostró gran admiración por la valentía de la chica y le prometió su protección.
Al conocer la noticia de la llegada de la chica, Genba Morimasa, el hermano de Shichiroyemon, un famoso guerrero que se había ganado el sobrenombre de «Genba el Tigre», se puso furioso. Contó toda la historia a su señor, Nobunaga, y le pidió permiso para tomar represalias contra la chica.
—Si no hacemos nada —dijo furioso—, el espíritu de mi hermano no descansará en paz.
—Cálmate, Morimasa.
—¡Piense en ello, mi señor! Mi hermano fue asesinado por una mujer que ha conseguido la protección de un poderoso noble, así que no puedo llegar hasta ella. Si dejo las cosas así, mi reputación de guerrero se verá comprometida. Si usted se niega a ayudarme, iré personalmente a hablar con Tokugawa. ¡Al menos me dejará hacer eso!
—Si estás decidido, veré lo que puedo hacer —dijo Nobunaga de mala gana, y envió un guerrero a Ieyasu para pedirle la entrega de Katsuno.
Ieyasu aceptó el mensajero pero, tras escuchar lo que tenía que decir, le contestó sin rodeos:
—Lo siento, pero no lo puedo consentir. Katsuno es una heroína, algo poco común hoy en día en Japón. Si te soy sincero, Shichiroyemon no se comportó bien. En mi opinión, se merecía su destino y fue justo que muriera como murió. ¿Qué puede aducir su hermano como excusa para su crimen? ¡Su demanda es un disparate! ¡Piensa en Katsuno! Vengó la muerte de un hombre con el que solo estaba prometida, apuñalando a un fuerte guerrero en mitad de una celebración. ¡Qué valor! ¡Buena forma de dejar en ridículo a un hombre! Y la chica acudió a mí en busca de protección, honrándome con su confianza. ¿Crees que voy a traicionarla? ¡Nunca! Dile a tu señor que Ieyasu no faltará a su palabra, y que se niega a entregar a esta valiente mujer a sus enemigos.
No había nada más que añadir. El mensajero regresó ante su señor y le comunicó la respuesta. Nobunaga admitió que era razonable, y ni siquiera el temperamental Morimasa pudo negar que fuera cierto. Pero era terco y vengativo por naturaleza, así que siguió dándole vueltas y confabulando en secreto para conseguir su objetivo.
Un agradable día de otoño, Katsuno estaba paseando por los jardines de la parte trasera de la residencia junto a una de sus sirvientas. Tenía un aspecto hermoso y dulce, y su rostro reflejaba la tranquila felicidad de una joven esposa. En el lado oeste de los jardines estaban las dependencias de los sirvientes de su marido, y por el ruido de las cuerdas tensándose dedujo que los samuráis estaban practicando tiro con arco. Había un bosquecillo de arces al otro lado, y sus hojas rojas contrastaban con el verde oscuro del fondo. Delante, en el sur, una hilera de pinos negros bastante altos rodeaban los campos del templo. Los pájaros revoloteaban por todas partes y, con sus suaves trinos, daban vida al lugar.
Katsuno estaba dando de comer a las carpas del estanque cuando la llamaron. La puerta que daba acceso al jardín se abrió de repente, y entró una mujer.
—Me alegro de verte, Katsuno. ¿O debería decir señora Osuga? —dijo la recién llegada, inclinándose educadamente.
—¡Señora O-tora! —exclamó Katsuno, sorprendida por aquella inesperada visita—. ¿Es usted? Estoy muy contenta de verla, ya que ha pasado mucho tiempo desde la última vez. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—Por pura casualidad —respondió la mujer, sonriendo—. Pasaba por la calle y te reconocí a través del seto. Tienes una casa muy bonita. ¡Envidio tu buena fortuna!
Katsuno no respondió.
—Pero ¿qué hace en esta zona? —le preguntó bruscamente—. ¿Ha venido a vivir aquí?
—Es una larga historia —respondió O-tora con inquietud—. No te lo puedo contar con pocas palabras. Hoy no tengo tiempo, pero volveré a verte pronto y te lo contaré todo. Ahora tengo que despedirme de ti.
—¿Dónde se aloja?
—No muy lejos de aquí. Volveré pronto. ¡Adiós!
Y desapareció. Katsuno se quedó de pie con una expresión de duda y curiosidad. De repente, desde detrás de los arces, una flecha pasó silbando y rozó su ropa para terminar clavándose en la puerta de una de las habitaciones de los samuráis.
Al instante se levantó un gran revuelo en el jardín pero, antes que pudieran hacer nada, otra flecha volvió a pasar rozándola. Katsuno se tiró rápidamente al suelo pero su sirvienta, que estaba paralizada por el miedo, se quedó donde estaba.
En aquel momento, los jóvenes samuráis se acercaron a ellas, gritando.
—El villano se esconde tras los arces —gritó Katsuno—. No lo dejéis escapar. ¡Rápido, rápido!
Con las espadas desenvainadas, los samuráis se dirigieron a los rojizos arces.
* * *
Cuando esto ocurrió, el marido de Katsuno había salido para ocuparse de unas cuestiones administrativas en el castillo. Detuvieron a dos rufianes pero, como los samuráis no conocían la personalidad de O-tora ni sus malignas intenciones, no intentaron atraparla también.
Tras interrogarlos, los matones confesaron que eran espías y que habían sido contratados por Genba Morimasa para asesinar a Katsuno, usando a O-tora como señuelo. Ieyasu, furioso, ordenó que los decapitaran y que sus cabezas fueran expuestas en la entrada del castillo con un cartel que dijera:
«Estos matones, tras un estricto interrogatorio, confesaron haber sido contratados por Sakuma Genba Morimasa, un subalterno de alto rango de Oda Nobunaga, para cometer un asesinato. Sin embargo, es posible que fueran ladrones comunes y que se hubieran inventado la historia para ocultar sus crueles propósitos. Por tanto, los hemos juzgado como ladrones, y como tales mostramos sus cabezas».
El fracaso de sus planes afectó en gran medida al estado de ánimo de Morimasa. Nobunaga tuvo que intervenir. Envió un mensajero a Ieyasu con su queja, a la cual recibió como respuesta:
«Si un samurái del honorable rango y posición de Genba Morimasa quisiera vengarse de un enemigo, lo habría hecho públicamente y en persona. No habría confiado una misión tan importante a unos asesinos de poca monta, ni habría degradado su honor de esta manera. Este fue un acto propio de un campesino, de un simple mercader o de un ronin. Llegué a la conclusión de que esos hombres eran simples ladrones, y así pedí que se escribiera. ¿Tiene algo que objetar al respecto el señor Oda?».
¿Qué podían responder Nobunaga o Morimasa a una misiva tan mesurada? No podían confesar que los detenidos habían dicho la verdad y que eran asesinos contratados, en lugar de los ladrones que Ieyasu parecía creer que eran. Estaban desconcertados. Pero Nobunaga seguía furioso y decidió declarar la guerra a Ieyasu para limpiar su nombre. Rápidamente, ordenó los preparativos.
No era difícil predecir el resultado de una contienda entre los dos rivales. Ieyasu, que tenía pocos hombres, no tenía ninguna posibilidad contra su poderoso enemigo. Katsuno estaba sumida en la desesperación. Sabía que ella era la causante del peligro que ahora amenazaba a los Tokugawa, ya que Ieyasu se había negado a entregarla. Katsuno había renunciado a su vida al llevar a cabo su venganza en el castillo de Inaba, y solo se había salvado gracias a la ayuda de la señora Saito. Aunque su marido la amaba y no era infeliz, seguía sin desear vivir. Si al final tenía que morir, no tenía sentido comenzar una desastrosa guerra.
En la vigilia de una tranquila noche de invierno, cuando la plateada luna iluminaba toda la comarca con su silenciosa belleza, Katsuno se levantó de la cama y con una daga puso fin a su vida a la pronta edad de veintidós años.
Había dejado cuatro largas cartas para Ieyasu, Katsutaka, la señora Saito y Oda Nobuyuki, explicando las razones de su acto y dándoles las gracias por la ayuda recibida.