El segundo mes del decimoquinto año de la era Tensho (1587), Toyotomi Hideyoshi, que había conquistado la mayor parte de Japón, cruzó hasta la isla de Kyushu con un enorme ejército para someter a Shimazu Yoshihisa, un daimio independiente que gobernaba ocho de las nueve provincias que formaban la isla.
Durante el mes siguiente, Gamo Ujisato, un célebre general del ejército de Hideyoshi, avanzó hasta el castillo de Ganshaku, en la provincia de Buzen, y lo atacó ferozmente durante tres días seguidos. Sin embargo, la guarnición ofreció tal resistencia que apenas se consiguió nada, y no parecía probable que la fortaleza fuera a caer en las manos de los asaltantes al menos durante algún tiempo. Ujisato, que era impetuoso y de temperamento fuerte, perdió la paciencia y se dirigió a sus hombres severamente.
—¡Cobardes! —gritó—. ¿Por qué estáis tardando tanto en tomar un lugar tan insignificante? ¿Es que os habéis convertido todos en mujeres? ¡Tomaré el castillo yo mismo, si es necesario!
Se apresuró hacia el frente, espoleando a su corcel temerariamente bajo una lluvia de flechas y proyectiles. Cuando se acercó a las murallas, un disparo alcanzó a su caballo en el abdomen y provocó que, con un relincho de agonía, se alzara sobre sus patas traseras y lanzara a su jinete de la grupa. En ese instante, la puerta del castillo se abrió y un grupo de hombres salió precipitadamente. El guerrero caído, rodeado por el enemigo, creyó que había llegado su fin, pero un gigante vestido con una armadura negra y montado sobre un magnífico alazán se lanzó en su rescate. Con poderosas estocadas, cortó y sajó a izquierda y derecha, dispersando al enemigo como si fueran hojas bajo el viento otoñal. Algunos murieron bajo los cascos de su caballo; otros pusieron pies en polvorosa y se refugiaron tras las murallas. Nishimura Gonshiro no se preocupó en seguir a los fugitivos y, saltando de su caballo, se apresuró a ayudar a su superior. Ujisato no tenía heridas graves y con la ayuda de Gonshiro consiguió montar en el caballo.
—Un millón de gracias, gallardo guerrero —le dijo, cogiendo las riendas—. De no haber sido por ti, ahora estaría muerto. Nunca olvidaré que me has salvado la vida y, cuando haya terminado la guerra, será un placer poderte expresar mi gratitud de alguna manera.
La hazaña de Gonshiro pareció elevar los ánimos de los hombres de Ujisato, que asaltaron el castillo con mayor determinación y valentía. Como resultado, en el transcurso de algunas horas la guarnición se vio obligada a rendirse, y en pocos días todo Kyushu estaba en poder de Hideyoshi.
Cuando la calma volvió a reinar en el país, Hideyoshi recompensó a todos los daimios que habían combatido a su lado y Ujisato fue nombrado gobernador del castillo Matsuzaka, en la provincia de Ise, con unos ingresos anuales de trescientos mil kokus de arroz.
Ujisato recompensó a todos los hombres que se habían distinguido bajo su liderazgo. A algunos se les hizo espléndidos regalos; otros vieron aumentados sus estipendios. Gonshiro, que pensaba que había llevado a cabo una hazaña mayor que los demás, ya que había salvado la vida de su señor arriesgando la suya propia, esperaba recibir algún favor especial. Pero, para su sorpresa, no fue así. ¿Cuál podía ser la razón?
Al principio se sintió resentido y abandonado pero, después de un tiempo, como era un hombre al que no le importaban demasiado las ganancias, decidió olvidar el asunto, aunque aún se sentía dolido cuando pensaba en ello.
Mientras tanto, el verano llegó y se marchó. Ya era quince de septiembre, la noche en la que el cielo es más claro y la luna brilla con el mayor resplandor, la noche en la que los poetas pasan las horas componiendo versos sobre la belleza del paisaje mientras beben sake en delicados vasos de porcelana para atraer a la veleidosa inspiración. Aquella noche, Ujisato celebró una fiesta para contemplar la luna e invitó a gran número de siervos a un banquete en la sala principal de su castillo.
La embrujada luz de la luna llena envolvía todo el lugar. Las diminutas ondas del foso brillaban como oro líquido. Los grillos cantaban musicalmente entre las altas hierbas. Habían quitado las puertas correderas y la tranquila belleza del exterior conmovía e impresionaba los corazones de los fornidos guerreros, poco acostumbrados a una escena tan diferente de las sangrientas y estrepitosas batallas. Hechizados por la belleza que los rodeaba, muchos comenzaron a componer bucólicos versos, y Usijato estuvo entre los mejores poetas. Pero, después de un rato, el sake que habían tomado comenzó a subírseles a la cabeza, y a nadie le extrañó que algunos de los poetas aficionados comenzaran a animarse demasiado. La charla volvió a las historias de la guerra y comenzaron a contar hazañas. Ni siquiera el anfitrión, Usijato, pudo evitar fanfarronear un poco sobre sus logros.
—Escuchad, amigos míos —empezó diciendo—, ¿recordáis el feroz asalto al castillo de Ganshaku, a principios de este año? ¡Recordarlo hace que me hierva la sangre! Atacamos el castillo sin éxito durante tres largos días. Los hombres estabais desanimados. Para incitaros a realizar un último esfuerzo, cabalgué hasta la puerta totalmente solo bajo una pedrisca de proyectiles enemigos. Un disparo acertó a mi caballo y caí. Aprovechando la oportunidad, el enemigo salió y me rodearon nueve o diez hombres. Yo estaba decidido a morir luchando.
En este punto, el narrador paró un instante para secarse el sudor del rostro, ocasionado por la energía con la que estaba hablando. A Gonshiro le dio un vuelco el corazón y se acercó con interés: por fin iba a recompensar su señor su paciente espera, reconociendo su hazaña ante el resto de hombres.
—Yo estaba decidido a morir luchando —repitió Ujisato, con los ojos brillantes—. Así que luché como nunca antes lo había hecho, con coraje y desesperación. A algunos los atravesé con la espada, a otros los lancé volando, y finalmente conseguí volver a montar en mi caballo y cabalgar hasta el interior del castillo antes de que el enemigo pudiera cerrar las puertas. Mi heroica acción os animó y, siguiendo mi ejemplo, todos vosotros me seguisteis y tomamos la fortaleza.
Ujisato había omitido todo lo que Gonshiro había hecho para ayudarle. ¡Tal ingratitud era más de lo que el fiel siervo podía soportar!
—Gonshiro solicita permiso para decir unas palabras, mi señor —dijo bruscamente.
—Adelante —asintió Ujisato—. ¿De qué se trata?
—Disculpe, mi señor, pero lo que acaba de decir no es totalmente correcto.
—¿Qué? ¿Estás insinuando que he contado una mentira?
—Sí, mi señor. Habla como si hubiera cabalgado hasta el interior del castillo sin ayuda. Eso no es cierto. Cuando cayó del caballo y fue rodeado por el enemigo, yo acudí a su rescate y fue en mi caballo en el que montó. Pudo entrar en el castillo gracias a mi ayuda. Sería justo que modificara lo que ha contado y que reconociera que fui yo quien lo salvó de una muerte segura, mi señor.
Estas palabras causaron mucho revuelo entre los invitados. Muchos de los presentes habían sido testigos y sabían que lo que estaba diciendo el soldado era cierto. Esperaron, con el aliento contenido, qué ocurriría a continuación.
Ujisato tenía la intención de hacer una declaración sincera. Llevaba mucho tiempo pensando en recompensar el magnífico servicio de Gonshiro de un modo adecuado, y su intención había sido nombrarlo gobernador del castillo de Tage, que era una pequeña fortaleza dependiente del castillo de Matsuzaka, donde él mismo residía. Pero el castillo de Tage estaba en una situación inmejorable y se alzaba tan cerca del castillo de Matsuzaka que, si estallaba en él una rebelión, o si era tomado por un enemigo, la seguridad de Matsuzaka podría verse amenazada. Era de capital importancia, por tanto, que fuera entregado a un hombre de absoluta confianza, y el prudente Ujisato deseaba estar totalmente seguro de la lealtad de Gonshiro antes de designarle un puesto de tanta importancia y responsabilidad. Debido a esto, había decidido ponerlo a prueba.
—¡Silencio, Gonshiro! —gritó el daimio, manteniendo la farsa que había decidido jugar un poco más—. ¿Cómo te atreves a decir algo así de tu señor? ¡Mentiroso! No recuerdo haber sido salvado por ti, ni por ninguna otra persona.
—¡Qué extraño, mi señor! En aquel momento me dijo: «Un millón de gracias, Gonshiro. De no ser por ti, ahora estaría muerto. Nunca olvidaré lo que has hecho y, después de la guerra, te recompensaré». No quiero ninguna recompensa, porque soy un soldado sin esposa ni hijos, pero es intolerable que ignore de este modo lo que hice. Es un hecho incontestable, mi señor, que le salvé la vida y abrí el camino para que nuestro ejército tomara el castillo de Ganshaku.
—¡Mentira! Tú no me salvaste la vida.
—¡Es verdad! ¡Le salvé!
—Estás borracho; no sabes lo que estás diciendo. Te lo repito, tú no me salvaste la vida.
Gonshiro estaba furioso y se despojó de su discreción.
—¡Es usted un ingrato y un mentiroso! ¡Le salvé la vida!
—¡Mentira!
Ujisato frunció el ceño. Parecía a punto de ordenar que castigaran al descarado como se merecía pero, cambiando aparentemente de idea, comenzó a reírse.
—Escucha, Gonshiro —le dijo—. Insistes en que me salvaste la vida, y yo lo niego. No vamos a ponernos de acuerdo, porque cada uno tiene su propia opinión. Resolvamos el asunto de una vez por todas con un combate cuerpo a cuerpo, tú y yo. Si me ganas, admitiré que me salvaste, tal como aseguras, y me postraré de rodillas ante ti para suplicarte perdón por lo que he dicho. Esa sería una humillación tan grande como quitarse el casco en el campo de batalla y rendirse ante el enemigo. Por otra parte, si pierdes, serás declarado mentiroso y condenado a cometer suicidio. ¿Lucharás conmigo con estas condiciones?
Los invitados estaban perplejos. Todos hablaban en susurros.
—¡Menuda propuesta!
—¡Es totalmente injusta!
—Uno de ellos arriesga la vida, ¡y el otro solo tiene que disculparse!
—¿Te lo puedes creer?
—Gonshiro es mejor.
—No estoy de acuerdo contigo. Creo que nuestro señor es mejor. Apuesto a que ganará.
—¡Gonshiro no aceptará esas condiciones! ¡Son demasiado desiguales!
Mientras los susurros proseguían, Gonshiro tomó una decisión. Levantó la cabeza con mirada desafiante.
—Mi señor —dijo—, ¡acepto su desafío! Acepto las condiciones, a pesar de lo injustas que son. Soy un samurái y, como tal, no retrocedo ante el peligro. Convencido de mi verdad, lucharé contra usted.
—¡Bien! ¡Prepárate!
—Estoy listo, mi señor.
Hicieron espacio en el centro de la sala mientras ambos contrincantes se despojaban de toda la ropa innecesaria. Entonces comenzó el combate, y durante algún tiempo ninguno tuvo ventaja sobre el oponente. Al final, sin embargo, con un grito, Gonshiro consiguió girar su cuerpo y, con una hábil llave, elevó a su adversario sobre sus hombros y lo lanzó, haciendo un enorme esfuerzo, a una distancia de dos o tres metros. Usijato perdió el conocimiento y todos, consternados, se apresuraron a ayudarlo. Le dieron un reconstituyente y, para alivio del grupo, pronto recuperó la consciencia. El vencido pudo, apoyado en el brazo de un sirviente, retirarse a sus aposentos privados. El banquete, por supuesto, terminó, y la mayoría de los invitados regresaron a sus casas. Gonshiro abandonó el castillo abatido y exasperado.
—Qué tonto ha sido mi señor —pensó—. Nunca lo habría esperado de él. Ya no seguiré a su servicio. «El sol no solo brilla aquí», como suele decirse. Un hombre de mi habilidad podría buscarse la vida en cualquier parte. ¡Eso es! Buscaré a otro daimio a quien pueda respetar más de lo que respeto al señor Ujisato.
Después de haber tomado la decisión, Gonshiro no tardó mucho en prepararse. A medianoche, se escabulló en secreto con la intención de no regresar jamás.
A la mañana siguiente, todos los samuráis excepto Gonshiro fueron al castillo para interesarse por la salud de su señor. El daimio, que ya se había recuperado, se dio cuenta de su ausencia y llamó a Gamo Gonzaemon, uno de sus consejeros principales, para preguntarle dónde estaba.
—Le informo, mi señor —le contestó Gamo—, de que no ha sido visto esta mañana. Se conjetura que ha huido debido al desafortunado suceso de anoche.
—Si eso es cierto —exclamó Ujisato—, lo siento mucho. Todo fue un engaño para poner a prueba su lealtad, y me duele que esto me haya hecho perder a un buen hombre. Ordena una búsqueda y, cuando lo encuentren, que lo traigan inmediatamente ante mí. Decidle que todo fue una broma y que tendrá una buena recompensa por el servicio que me prestó. Ve inmediatamente, Gonzaemon; no puede haber ido muy lejos.
Se buscó al samurái desaparecido en todos los rincones, pero sin éxito. Nada se supo de él en mucho tiempo.
Un demacrado y harapiento ronin se acercó, sobre unas polvorientas y desvaídas sandalias de rafia y con el contoneo característico de los de su ralea, a la puerta de la residencia de Gonzaemon. Llevaba dos espadas con fiadores raídos y gastados y vainas oxidadas.
—¡Insolente! —gritó el sirviente que se ocupaba de abrir la puerta—. Este no es lugar para ti. Si quieres limosna, ve por la puerta de atrás.
—No soy ningún mendigo que pida limosna —contestó el desconocido orgullosamente—. Soy Nishimura Gonshiro, que hasta hace tres años estuvo al servicio del señor Ujisato. He venido a hablar con él. Por favor, infórmale de mi visita.
Gonzaemon se alegró de su regreso después de su larga ausencia. Para disgusto del ujier, que miró con desprecio al sucio y cansado viajero, este fue acomodado en la habitación de invitados. Tras una cordial bienvenida, Gonzaemon le preguntó:
—¿Y cómo te han ido las cosas desde que nos dejaste, Gonshiro?
—No muy bien, mi señor. Dicen que un sirviente leal nunca sirve a dos señores, pero mi caso ha sido diferente. Verá, abandoné a mi señor y me convertí en ronin. He viajado de provincia en provincia con la esperanza de encontrar un señor honorable, pero no he tenido éxito. Los que yo habría elegido jamás hubieran aceptado a un desertor de otro clan; los que me hubieran aceptado no eran suficientemente buenos. Después de largas y amargas experiencias, he llegado a la conclusión de que ningún daimio merece tanto mi lealtad como mi antiguo señor, Gamo, así que he vuelto para que perdone mi mala conducta del pasado y me permita volver a entrar a su servicio. Por supuesto, no espero que me pague lo mismo que entonces. Estaría agradecido y más que satisfecho si me aceptara como un humilde ayudante. ¿Sería tan amable de interceder por mí ante él?
—Has hecho bien en regresar —contestó el hombre gentilmente—. Espero que te tranquilice saber que nuestro señor se arrepintió de su absurda broma y que movió cielo y tierra para descubrir tu paradero y hacerte volver. Se alegrará de volver a saber de ti. Aguarda aquí y descansa mientras voy a comunicárselo.
El visitante no tuvo que esperar demasiado. Gonzaemon dijo a Gonshiro que el señor se alegraba de su regreso y que deseaba verlo inmediatamente.
—Disculpa, pero tu ropa está vieja y sucia —continuó—. ¿Quieres cambiarte de atuendo antes de presentarte ante el señor?
—Bajo ningún concepto —contestó el samurái—. Eres muy amable, pero permítame presentarme tal como estoy ahora. Mi aspecto harapiento hará que el señor se dé cuenta de las penurias que he soportado como ronin.
—¡Cómo desees, mi solitario compañero!
Los dos hombres, tan diferentes en aspecto, subieron al castillo y esperaron en la antesala hasta que el señor Gamo los llamó a su presencia.
—¡Ah, Gonshiro! —exclamó afablemente—. Estoy muy contento de verte. Te precipitaste al huir. Yo solo estaba tomándote el pelo, pero tú te tomaste mal mis palabras. Espero que recuperes tu antiguo puesto y que me sirvas tan lealmente como antes.
—Sus amables palabras me abruman, mi señor —dijo Gonshiro humildemente—. No tengo palabras para expresar lo que significa para mí su clemencia. De ahora en adelante, le serviré lo mejor posible.
El bueno de Gonzaemon se alegró de poder ser testigo de la reconciliación entre el señor y su vasallo. El daimio ordenó un festín para celebrar el reencuentro. No pasó mucho tiempo antes de que Ujisato comenzara, como la vez anterior, a jactarse de sus hazañas y destreza en el campo de batalla.
—Gonshiro, cuando luché contigo esa vez que todos recordamos, me ganaste porque estaba medio borracho —dijo—. Mi salud ha mejorado desde entonces y soy mucho más fuerte que antes. Por otro lado, las penalidades que has sufrido te han pasado factura, y ahora no eres más que una sombra del guerrero de antaño. Si peleáramos ahora no tendrías ninguna posibilidad.
Cualquiera habría esperado que la sabiduría ganada de la amarga experiencia haría que Gonshiro tuviera la prudencia de mostrarse de acuerdo con las palabras del señor, y que dijera: «Eso es cierto, mi señor. En aquel entonces gané por casualidad; ahora no tendría la más mínima posibilidad». Pero no era muy listo, y no pudo pasar por alto aquella calumnia sobre su fortaleza y habilidad.
—Como mi señor ha dicho, estoy muy delgado —dijo bruscamente—, pero mi fuerza no ha disminuido. Es normal que un samurái sea más fuerte que su señor. Mis músculos están tan endurecidos por los campos de batalla y los entrenamientos que son como alambres. Discúlpeme, pero ni cinco ni diez hombres de su peso a la vez podrían derrotarme.
—¡Qué fanfarrón! ¡Todavía presumes de tu fuerza! Bueno, si estás tan seguro de ti mismo, peleemos otra vez.
—¡Con mucho gusto, mi señor! —dijo el inmedrentable samurái.
—¡Prepárate!
—Estoy preparado, mi señor.
Dicho esto, los dos hombres se levantaron y se prepararon para el combate. Aquella obsesión desconcertaba a Gonzaemon. Usijato llevaba años arrepintiéndose del acto que lo había despojado de un leal servidor. Gonshiro llevaba años vagando como ronin, sin hogar y, a menudo, sin comida. Señor y vasallo se habían reconciliado y todo estaba yendo bien; ahora, debido a un poco de orgullo, la tranquilidad se veía de nuevo amenazada y un distanciamiento permanente podía ser el resultado. Protestó, pero ninguno lo escuchó. Lo único que pudo hacer fue aconsejar a Gonshiro, por señas, que se dejara vencer. Gonshiro, comprendiendo demasiado tarde su temeraria conducta, respondió del mismo modo: «Lo haré».
Satisfecho por haber evitado una catástrofe, Gonzaemon se ofreció como árbitro. Se levantó y alzó un abanico abierto. Después de los primeros movimientos, los combatientes forcejearon. Fue un combate duro. La intención de Gonshiro era dejar a su maestro la satisfacción de ganar.
«Pero —pensó—, si me dejo vencer con facilidad mi señor sospechará; además, no puedo dejar que piense que soy débil».
Durante el combate, animado, pensó de nuevo:
«Si me dejara vencer a pesar de tener la fuerza para ganar, sería una criatura despreciable que se vende para mantener un puesto y una paga. Nada deshonra tanto a un samurái como ser un adulador. “Un hombre solo vive una generación, pero un buen nombre vive para siempre”. Un buen nombre está por encima de todas las recompensas materiales. No puedo fingir una derrota. Debo hacer todo lo posible y, si así debe ser, vencer a mi señor de nuevo».
Entonces afianzó los pies y dobló el cuerpo. Con un sonoro grito, cargó contra su oponente y lo lanzó a tres esterillas de distancia, justo como la vez anterior.
El árbitro, creyendo que Gonshiro había seguido su consejo y que había sido él quien había sido lanzado, corrió hacia ellos.
—¡Bien hecho, mi señor! —exclamó—. ¡Es el mejor derribo que he visto nunca!
No pudo decir nada más, ya que rápidamente se dio cuenta de su error. Consternado, descubrió que Gonshiro había sido, otra vez, el vencedor y que era su señor quien había sufrido, por segunda vez, una humillante derrota. ¡Era exasperante! La historia se repetía de nuevo.
Cuando se calmó, Gonshiro se sintió avergonzado y mortificado por lo que había hecho.
Ujisato se levantó sin ayuda y, con zancadas furiosas, se marchó a otra habitación.
—¡Qué tonto soy, lo he vuelto a hacer! —se lamentó Gonshiro, desesperado—. A pesar de tu consejo, a pesar de mi propia determinación, mi vanidad ha podido conmigo y, olvidando todo lo demás, he cometido esta imperdonable ofensa por segunda vez. Me suicidaré. ¡Os suplico que me hagáis el honor de ser testigos de ello!
Dicho esto, el infeliz tomó su espada corta y, cuando se disponía a clavársela, la puerta se abrió y Ujisato corrió rápidamente para detenerle.
—¡Detente! ¡Detente, Gonshiro! —gritó—. Siempre eres demasiado impetuoso. No te culpo, porque es el verdadero espíritu samurái, el mismo espíritu que, a pesar del deseo, el hambre y los harapos, se niega a adular a los demás para conseguir alguna ganancia. ¡Esto te honra, mi valiente! Las penalidades de los últimos tres años podrían haber cambiado tu carácter, haciendo que estuvieras dispuesto a vender tu honor para obtener mi favor y la prosperidad terrenal, así que fingí estar borracho y fanfarroneé para poder, una vez más, desafiarte a un combate en el que probarte. Pero has superado la prueba con nobleza. Te has negado a adularme a pesar de las consecuencias. ¡Eres un ejemplo para el resto de samuráis! En reconocimiento al servicio que me prestaste en el ataque al castillo de Ganshaku, te nombro gobernador del castillo de Tage, con un estipendio de diez mil kokus. Como recompensa por vencerme hoy, a pesar de la tentación de hacer lo contrario, te concedo un estipendio adicional de mil kokus. Y en reconocimiento a la derrota que me infligiste hace tres años, tendrás otros mil. Esta es la orden escrita de tu nombramiento.
Ante aquella inesperada generosidad por parte de su señor, ni siquiera Gonshiro, un guerrero endurecido por la guerra, pudo contener las lágrimas.
En los siguientes años, Gonshiro sirvió a su superior, el señor Gamo, con devoción y lealtad. Cuando Ujisato, presa del ardid de un adversario, fue envenenado, su leal vasallo se suicidó sin ayuda de nadie para acompañar a su maestro hasta el otro mundo.