Matsudaira Nobutsuna era uno de los ministros del shogun Iemitsu, sucesor de Ieyasu, el mayor de todos los shogunes Tokugawa. Era un hombre de gran sagacidad que contribuyó a la administración de Iemitsu.
De pequeño, cuando Iemitsu aún tenía el nombre de Takechiyo, Nobutsuna, que era conocido como Choshiro, lo servía en calidad de asistente y compañero de juegos.
Una mañana, cuando el joven noble estaba cruzando un pasillo acompañado por Choshiro y otros dos niños camino de la habitación de su padre, el shogun Hidetada, algo le llamó la atención: unos polluelos de gorrión que piaban en el tejado. Takechiyo, de diez años de edad, quiso tenerlos y, volviéndose hacia Choshiro, tres años mayor que él, le ordenó:
—Choshiro, atrapa esos pequeños gorriones para mí.
—Con mucho gusto, pero si me descubren atrapando gorriones seré castigado por el señor y sus oficiales. Por suerte, esta noche estaré de guardia; será entonces cuando, sin que nadie me vea, subiré al tejado. Le daré los pajaritos por la mañana. ¿Podría esperar hasta entonces, mi señor?
—Supongo que sí —contestó, y todos se fueron.
Aquella noche, todo estaba tranquilo. Choshiro se las arregló para subir al tejado, y con gran esfuerzo alcanzó el lugar donde los pájaros habían hecho el nido. Agarró uno de los polluelos con una mano.
—¡Pobres criaturas!
Había sorprendido a los pájaros dormidos y no pudieron escapar.
Choshiro puso el polluelo en su mano izquierda y, con la derecha, cogió otro. Debido al éxito de su misión, o por alguna otra razón, se relajó demasiado: resbaló y terminó cayendo al suelo desde el tejado. En la caída apretó las manos sin querer, matando a los pájaros al instante. Con los pájaros muertos en las manos, perdió el conocimiento. Pero el tejado no era muy alto y había tenido la suerte de caer sobre algunos arbustos, por lo que no murió.
El ruido de su caída despertó al shogun. Salió seguido de su consorte y algunos de sus asistentes. Gracias a la lámpara de uno de ellos, pudo ver un chico tumbado en el suelo. Choshiro ya había recuperado el conocimiento y estaba intentando levantarse a pesar del dolor que le había producido la caída. Cuando la luz de la lámpara lo iluminó, se sintió desfallecer.
—Choshiro, ¿eres tú? —preguntó el señor, reconociendo al chico enseguida—. ¿Qué hacías en el tejado a estas horas de la noche? Acércate y explícate. Esto hay que aclararlo.
El chico, que todavía tenía los gorriones muertos en las manos, obedeció. Se postró frente al shogun, que estaba esperando a que hablara.
—¿Qué es lo que tienes en las manos, Choshiro?
—Gorriones, mi señor.
—¿Gorriones? ¿Te subes al tejado a medianoche para atrapar gorriones? ¡Qué cosa tan rara!
—Sí, señor. Le contaré la verdad. Esta mañana, cuando atravesamos el pasillo, Takechiyo se fijó en unos polluelos de gorrión que había en el tejado, y nos detuvimos a observarlos. Takechiyo dijo que eran muy bonitos y yo deseé cogerlos para él, así que esta noche, cuando todos estabais ya durmiendo, me subí al tejado de la casa a pesar del respeto que le debo y cogí las crías de gorrión. ¡Pero los dioses castigaron mi crimen rápidamente! Tal como puede ver, me caí y mi travesura se ha descubierto. Estoy listo para recibir su castigo.
—Mi señor —interrumpió Eyo, la consorte del shogun—, perdone que le interrumpa, pero creo que Takechiyo debió ordenar a Choshiro que atrapara esos gorriones. No tengo ninguna duda al respecto.
Hay que explicar que Eyo tenía dos hijos: Takechiyo y Kunimatsu. Takechiyo, el mayor, era perspicaz y demasiado activo; su hermano, por el contrario, era callado y tranquilo. Por esto, y seguramente por alguna otra razón, el hijo pequeño era el favorito de la madre, que deseaba que heredara el shogunato en lugar de su hermano mayor. No perdía ninguna oportunidad para menospreciar a Takechiyo ante los ojos de su padre, con la esperanza de que su objetivo para su otro hijo se cumpliera.
—¡Qué chico tan imprudente es Takechiyo! —coincidió el shogun—. No hay ninguna duda de que esto debió instigarlo él. Es una crueldad que pusiera la vida de Choshiro en peligro obligándolo a coger unos pájaros del tejado en plena noche. Aunque no sea más que un niño, no tiene excusa. Dice el proverbio que «Una serpiente muerde aunque solo tenga dos dedos de largo». De alguien que es tan desconsiderado de pequeño no se puede esperar que de mayor, cuando tenga todo el poder en sus manos, gobierne correctamente. Y bien, Choshiro —dijo dirigiéndose al chico, que todavía estaba arrodillado—. Takechiyo te ordenó que le llevases los gorriones, ¿no?
Choshiro había escuchado con sorpresa las palabras del shogun y de su consorte acerca de su querido señor. ¿Qué habían querido decir con lo de «Una serpiente muerde aunque solo tenga dos dedos de largo»?
Si sus sentimientos hacia el niño eran de esta naturaleza, ¿de qué serían capaces si descubrían lo que había pasado realmente? Choshiro decidió llevarse toda la culpa, aun arriesgando la vida.
—Oh, no, mi señor —dijo—. Takechiyo nunca me ordenaría eso. ¡Nunca! Cogí estos gorriones para mí. Quiero decir, uno para Takechiyo, y otro para mí.
—¡Tonterías! Lo que ha pasado es típico de Takechiyo. Eres un descarado, ¿cómo te atreves a mentirme? Veamos, ¿qué debería hacer? Traedme una de esas bolsas.
El shogun señaló una gran bolsa de piel, parecida a las que se usan para guardar el dinero y los objetos de valor en caso de incendio o de terremoto.
—De acuerdo, Choshiro —dijo el shogun cuando le entregaron la bolsa—; si no me confiesas la verdad te meteré dentro de esta bolsa y no te dejaré volver a casa nunca más, ni te daré de comer. ¿Todavía insistes en mentir?
—No es ninguna mentira, mi señor: la verdad es que cogí los gorriones porque yo quise. Solo yo soy responsable. Me caí desde el tejado como castigo de los dioses, y es justo que usted también me castigue por ello. Le ruego que lo haga.
Dicho esto, Choshiro, intentando no mostrar signos de miedo, se metió él mismo en la bolsa.
—¡Qué chico tan terco! —exclamó el shogun, enfadado.
Entonces, con la ayuda de su consorte, ató bien la bolsa con el niño dentro y la colgó de la pared del pasillo.
A la mañana siguiente, después de desayunar y de asearse, Eyo salió al pasillo con dos de sus damas y ordenó que descolgaran la bolsa. Al abrirla encontraron al chico aún sosteniendo los gorriones muertos.
—Buenos días, señora —dijo Choshiro, frotándose los ojos con los puños.
—Takechiyo te ordenó que cogieras los gorriones, ¿verdad? —le preguntó Eyo, esperando que el chico confesara la verdad.
—No, mi señora. Fue idea mía. Takechiyo no tuvo nada que ver.
—Venga, chico. Si sigues siendo tan obstinado, permanecerás encerrado para siempre y te morirás de hambre. Pero, si confiesas lo que yo sospecho que es la verdad, te dejaremos libre y podrás comer. Ahora, habla.
—Mi señora, le diría la verdad, pero estoy tan hambriento que me cuesta hablar. ¿No podría comer algo antes? Si se me permite comer musubi, le contaré toda la verdad.
—Buen chico. Tendrás tu musubi.
La dama ordenó la comida y el chico devoró su arroz, tres o cuatro musubis de buen tamaño.
—Gracias, mi señora. Ahora ya tengo fuerzas para hablar.
—Entonces, di la verdad. Rápido. Estoy cansada de esperar.
—Atrapé a los gorriones por decisión mía. No recibí ninguna orden, directa o indirecta, de Takechiyo. Esta es la verdad.
Furiosa, la dama entró en la habitación del shogun y le explicó, exagerando, lo que había ocurrido. El hombre se enfadó mucho.
—¡Será travieso! —gritó, cogiendo su espada corta—. Lo voy a matar. Tango Hasegawa, trae a Choshiro aquí.
Tango encontró al pobre chico sentado sobre la bolsa con las manos en el regazo.
—Choshiro —le dijo—, el señor está muy enfadado por tu insolencia. Quiere matarte con sus propias manos. ¡Prepárate para una muerte rápida!
—Estoy preparado.
—Tu padre es un viejo amigo mío. Si tienes algún mensaje para él, se lo haré llegar.
—Gracias, señor, pero no tengo nada que decirle a mi padre. Los samuráis tienen la obligación de sacrificar su vida por lealtad. Después de mi muerte, quedará clara la razón por la que no quiero confesar lo que el shogun desea escuchar. Dile a mi padre que me enfrenté sin miedo a la muerte. Mi única tristeza es por mi madre, ya que está enferma y esta noticia podría conducirla también a ella a la muerte. Ese es mi único pesar.
—¡Qué decisión tan heroica! —exclamó Tango, incapaz de contener las lágrimas—. Tu padre se sentirá orgulloso de ti, chico, cuando le cuente cómo te enfrentaste a la muerte.
Tango cogió a Choshiro de la mano y lo llevó en presencia del shogun y de su dama. El noble estaba de pie en la entrada, con la mano en la empuñadura de la espada, y les indicó que se acercaran. El valiente chico se arrodilló, apartó los mechones de su cabello del cuello, y esperó con los ojos cerrados su decapitación. El compasivo shogun no pudo soportar aquella trágica imagen.
—Choshiro, ¡estás perdonado! —exclamó, lanzando su espada a un lado—. Te has mantenido fiel a tu joven señor hasta la muerte. Tango, creo que, cuando Takechiyo me suceda como shogun, nadie podrá ayudarle en la tarea de gobernar al pueblo tan bien como este joven samurái. Choshiro, ¡estás perdonado!