El decimoctavo año de la era Keicho (1613), Toyotomi Hideyoshi llevaba catorce años fallecido y su hijo, Hideyori, que tenía veintidós años, debería haber estado gobernando Japón como regente en su lugar. Pero sus seguidores habían sufrido una aplastante derrota a manos de las tropas de su rival, Tokugawa Ieyasu, en la batalla de Sekigahara, y la suerte le había dado la espalda. Todos los daimios se habían aliado con Ieyasu, que fue nombrado shogun por el emperador. Pocos años después abdicó en favor de su hijo Hidetada, aunque seguía gobernando el país en la sombra.
Por otra parte, Hideyori había caído en desgracia. Ahora solo era el señor de Settsu y Kawachi, dos provincias relativamente pequeñas, con el título honorífico de «Ministro de Justicia». Sin embargo, en su fortaleza, el impenetrable castillo de Osaka que había sido construido por su padre, Hideyoshi todavía tenía unos cien mil hombres, de los que muchos eran oficiales valientes y leales como Katagiri Katsumoto, Sanada Yukimura, Suzukida Hayato y Kimura Shigenari, el protagonista de esta historia.
Algunos poderosos daimios, como gratitud por los favores que habían recibido de Hideyoshi, seguían apoyando en secreto la causa de su hijo y esperaban una oportunidad para reinstaurar el poder y el prestigio de la familia de los Toyotomi. Ieyasu, con su habitual perspicacia, se dio cuenta de ello y decidió tomar cartas en el asunto. Aquel era el estado de las cosas entre las dos grandes familias, y las hostilidades parecían poder aflorar de nuevo en cualquier momento.
Shigenari tenía veinte años y había servido a Hideyori como paje y sirviente desde su infancia. Su inteligencia y lealtad, además de su dominio de las armas y de las tácticas bélicas, hizo que Katagiri Katsumoto, el consejero principal de Hideyori, lo ascendiera con el título de Nagato-no-Kami, o señor de la provincia de Nagato, con una asignación anual de siete mil kokus de arroz. Mano Yorikane, uno de los veteranos generales de Hideyori, le entregó a su hermosa hija Aoyagi como esposa en prueba de su admiración por su valor y por su excelente carácter.
Debido a sus rasgos masculinos y a su fuerza física, Shigenari era excepcionalmente atractivo; tenía una constitución esbelta y un porte elegante. Lo que llamaba la atención a primera vista no era su fortaleza o habilidad, sino su belleza y refinamiento. Por esta razón, los guerreros que no habían tenido la oportunidad de presenciar su habilidad como soldado se sorprendieron por su repentino ascenso, y algunos llegaron incluso a decir a su espalda: «Shigenari está sobrevalorado. Es afeminado y gentil; en la guerra mostrará su cobardía y huirá cuando comience la batalla». Entre los calumniadores había un monje del té llamado Yamazoe Ryokan, del que se sabía que era un impresentable y un borracho. Nadie dudada de su habilidad en la batalla y tenía una gran fuerza física, así que podía mostrarse presuntuoso; su intención era discutir con Shigenari para provocar un combate entre ellos y humillar al héroe de la corte.
Con este objetivo, Ryokan se escondió un día tras una puerta. Cuando Shigenari pasó corriendo por el pasillo en dirección a la sala de audiencias, el monje interpuso su espada envainada en su camino. El sorprendido guerrero saltó ágilmente sobre ella, pero no pudo evitar que su hakama la rozara. Ryokan salió de su escondite.
—¡Kimura, vas demasiado rápido! —gritó enfadado. Shigenari se giró.
—Perdona mis maneras —le dijo cortésmente.
—¡Demasiado tarde! Me has pedido perdón después de que te amonestara.
—Disculpa mi doble ofensa, entonces. Tenía tanta prisa que no me di cuenta. ¡Discúlpame!
—¡Tonterías! Si llegas tarde es culpa tuya. ¿Crees que puedes pisar mi espada con impunidad? Es cierto que solo soy un monje del té y que mi rango es inferior al tuyo, pero sigo siendo un samurái. La espada de un samurái es su alma. ¡Has pisoteado mi alma, y un insulto así es inexcusable! Lo has hecho con malicia. ¡Te reto a un duelo!
—Te equivocas. ¿Por qué iba yo a actuar con malicia hacia ti, o a desear insultarte?
—Entonces, ¿por qué has pisoteado mi espada?
—Ya te lo he explicado: porque tengo que presentarme inmediatamente ante mi señor.
—Permíteme hacer contigo lo que quiera y aceptaré tus disculpas.
—Por supuesto; haz conmigo lo que desees.
—¡Lo haré!
Y le dio una bofetada con todas sus fuerzas. Shigenari sonrió.
—¡Gracias por el escarmiento! —le dijo, y prosiguió su camino.
Ryokan se paseó arrogantemente por todo el castillo relatando exageradamente lo que había ocurrido a todo el que se encontraba, y llamando «samurái gallina» a Shigenari. Aquellos que envidiaban el ascenso de Shigenari repitieron la historia de un modo aún más exagerado, y muchos samuráis, que no conocían el carácter del joven oficial, creyeron la historia y se rieron con desdén de su supuesta pusilanimidad. Shigenari lo sabía, pero no permitió que esto lo molestara.
Pero no fue así en el caso de su suegro, Yorikane. Como era de temperamento fuerte y muy puntilloso respecto a los asuntos del honor, tan pronto como se enteró del incidente se dirigió a la residencia de Shigenari y exigió verlo.
—Bienvenido, padre —dijo el joven tranquilamente—. Por favor, siéntese.
—¿Que me siente? No, no puedo sentarme, y no vuelvas a llamarme padre. He venido a decirte que debes divorciarte de mi hija inmediatamente.
—¡Esto es muy repentino! ¿Por qué razón me pide algo tan extraño?
—¡Fui un idiota! ¿Cómo pude entregar a mi hija a un samurái gallina como tú?
—¡Ah! ¿Usa ese término para referirse a mí?
—¡No disimules! Bueno, te contaré por qué dicen mis hombres que eres un cobarde. ¡Escucha! Se dice que, hace un par de días, dejaste que un monje del té te diera una bofetada, y aún vive para contarlo. ¿Ya se te ha olvidado? Ah, ¡veo que lo recuerdas!
—Sí, sé que Ryokan me dio una bofetada, pero ¿qué pasa?
—¿Que qué pasa? ¿Que qué pasa? ¿Cómo es posible que un samurái reciba un insulto tan grave como ese sin hacer nada al respecto? ¡Cobarde! ¿Cómo permitiste que hiciera tal cosa?
—Ryokan puso su espada en mi camino cuando yo iba a presentarme ante mi señor; el dobladillo de mi hakama la rozó, pero el hombre insistió en que la había pisado a propósito. Era evidente que su intención era discutir conmigo. Me disculpé, pero se negó a escucharme. Sabiendo que no serviría de nada discutir con alguien así, opté por terminar de la forma más rápida posible y dejé que me golpeara. Eso fue todo lo que ocurrió.
—¡Cobarde indolente! —exclamó Yorikane, más enfurecido tras escuchar las palabras de Shigenari—. Ryokan no es más que un monje del té, y tú eres un samurái de alto rango que sirve personalmente a nuestro señor. Vuestra posición no puede compararse, y deberías haberlo matado en el acto. ¡Tu conducta es totalmente inexplicable!
—Se equivoca, padre, al decir que debería haberlo matado.
—¿Cómo? No existe disyuntiva. ¿Dónde está tu sentido del honor? No perderé más tiempo contigo. Deja que mi hija vuelva a casa inmediatamente. Me avergüenza ser tu suegro.
—Cálmese, padre, y escúcheme un momento. ¿Cree que ignoré el insolente comportamiento de Ryokan porque le tengo miedo?
—¿Qué otra cosa podría pensar?
—Escuche. Recuerde, padre, que la vida de un samurái no es suya, sino que pertenece a su señor. La relación entre nuestro clan y el de los Tokugawa es tan tensa que las hostilidades podrían aflorar en cualquier momento —entonces, Shigenari frunció el ceño y suspiró profundamente—. Sí, la guerra podría estallar en cualquier momento, y del resultado depende el destino de nuestro señor y de nuestro clan. Mi intención es luchar con toda mi fuerza y habilidad para compensar siquiera la milésima parte de los muchos y grandes favores que he recibido de nuestro señor. Entregaría mi sangre para su causa, si fuera necesario. Y este es el deber de todos nosotros, superiores y subalternos por igual. Nuestras vidas nunca han sido más valiosas, ya que todos somos necesarios para la causa. Si, resentido, hubiera matado a Ryokan por un insulto personal, ¿qué bien habría hecho? Aunque su rango sea inferior al mío, aún es un samurái; y como samurái, su muerte no habría pasado desapercibida. Además, Ryokan, aunque tenga forma humana, para mí no es más que un insecto. ¡Sería una deshonra que un samurái desenvainara su espada contra un simple insecto! Por tanto…
—¡Suficiente! ¡Ya es suficiente! —lo interrumpió el impulsivo Yorikane—. Lo comprendo; tienes razón, y en mi precipitación te he juzgado equivocadamente. Perdóname y olvida mis irreflexivas palabras.
Shigenari sonrió, complacido con la reconciliación.
—Somos padre e hijo de nuevo —continuó el anciano—. Me siento orgulloso de nuestra relación; eres un auténtico samurái. Pero, dime —añadió, con una risita—, has dicho que Ryokan es un insecto. ¿Con qué insecto lo comparas?
—Con una mosca —contestó Shigenari—. Las moscas se posan tanto en la porquería como en la corona de un emperador, y no distinguen el bien del mal. Pero nadie diría que las moscas son maleducadas. Al pensar que Ryokan es un hombre, uno siente rabia y disgusto; si se le considera una mosca, es ilógico tener esos pensamientos. Por tanto, no me molesta nada de lo que haga o diga.
—¡Bien argumentado, Shigenari! Eres un hombre noble, y admiro tu sabiduría y tu paciencia. Tal como has dicho, la tormenta de la guerra se está acercando a nosotros, y el deber de todos los samuráis leales es estar en guardia en lugar de malgastar sus fuerzas en tonterías como esta. Te pido disculpas de nuevo por mal juzgar tu conducta. Aunque eres joven en edad, querido Shigenari, eres mayor que yo en buen juicio y prudencia. Aunque soy viejo, aún soy tan imprudente e impetuoso como un niño.
Más que satisfecho con la explicación que había recibido, Yorikane regresó a casa y, a partir de entonces, se dedicó a limpiar la imagen de su yerno. Habló con admiración del verdadero motivo que había detrás del comportamiento de Shigenari con el monje del té, y dejó claro el afecto que le tenía. La opinión pública cambia fácilmente, y los que se habían burlado no tardaron en alabar la contención y lealtad de Shigenari. Ryokan, por otra parte, se convirtió en motivo de burla y recibió el apodo de «mosca monje». Naturalmente, en lugar de arrepentirse de lo que había hecho, la envidia y el odio de Ryokan hacia su superior se incrementaron, y siempre estaba buscando una oportunidad para descargar su furia.
En el castillo había un baño enorme que era usado por todo el mundo. Era normal que varios de los samuráis que estaban de guardia por la noche se bañaran al mismo tiempo. Una noche, Ryokan vio a Shigenari entrar en el baño y, creyendo que había llegado el momento de terminar con aquella rencilla, lo siguió sin ser visto. El denso vapor se elevaba del agua caliente, y cuatro o cinco samuráis estaban ya en la enorme bañera cuadrada. Creyendo que uno de ellos era Shigenari, el monje del té se acercó y, con toda su fuerza, le golpeó la cabeza. El hombre salió del agua desnudo y agarró a Ryokan por el cuello. Lo tiró al suelo y le devolvió el golpe que había recibido con intereses.
—¡Yo te enseñaré a atacar a un hombre indefenso sin motivo! —gritó el hombre—. ¿Sabes quién soy? ¡Suzukida Hayato! ¡Prepárate para morir! —Entonces, viendo de quién se trataba, exclamó sorprendido—. ¡Vaya, si es Ryokan, la despreciable mosca monje! ¿Qué pretendías al golpearme la cabeza? ¡Aunque seas una mosca, no puedes insultar a Suzukida con impunidad!
Al escuchar el nombre del célebre héroe, conocido en todas partes por su increíble fuerza física, Ryokan quedó aterrado.
—Le suplico que me perdone, señor Suzukida —balbuceó—. Ha sido un error. Jamás se me hubiera ocurrido golpearle; el ataque iba dirigido a Kimura Shigenari. ¡Perdóneme, se lo imploro!
Pero sus palabras enfadaron a Suzukida aún más.
—¿Qué? —gritó—. ¿Querías golpear a tu benefactor? ¿Al hombre que generosamente perdonó tu intolerable conducta? Bribón, yo me encargaré de darte un golpe de parte de mi amigo Kimura. ¡Muere!
Dicho esto, Suzukida levantó su puño de hierro y no hay duda de que Ryokan habría muerto de no haber sido porque alguien detuvo la mano antes de que cayera. Furioso, Suzukida intentó liberarse, pero fue en vano. Se giró y descubrió con sorpresa que su captor no era otro que el propio Shigenari.
—Disculpa mi rudeza, Suzukida. No hay duda de que, como dice el cobarde, te confundió conmigo, una circunstancia que lamento profundamente. Es normal que te enfades ante el insulto pero, si lo golpeas con el puño, lo matarás en el acto. Este es mi enemigo; ¿puedo pedirte que dejes que sea yo quien se ocupe de su castigo?
—Por supuesto —contestó Suzukida con una gran sonrisa, mientras Shigenari lo liberaba—. Puedes hacer con él lo que te parezca. Se dice que este tipo cada vez es más arrogante y se comporta de un modo más desagradable con nuestros camaradas. Espero que hagas que se arrepienta.
Tan pronto como Suzukida se hubo marchado de la habitación, Shigenari ayudó a Ryokan a levantarse y, muy amablemente, lo llevó a su propia habitación, donde curó sus moratones con gran diligencia. Cuando el monje del té se recuperó, Shigenari le dijo:
—Es una tontería, Ryokan, que te comportes de un modo tan arrogante con tus camaradas y superiores solo porque estés orgulloso de tu fuerza. Un samurái debe usar sus dones solo para servir a su señor. Deberías esforzarte exclusivamente para el beneficio de tu señor Hideyori. Es lamentable que malgastes tu capacidad en disputas absurdas. El otro día tuviste suerte de que el insultado fuera yo; si hubiera sido otra persona, habrías pagado por ello con tu vida. Eres fuerte y diestro con las armas; ahora que la guerra es inminente, la vida de todos los samuráis es importante. Por eso te perdoné, para que vivieras y sirvieras en este momento de necesidad. Pero no comprendiste mi motivación y has buscado la ocasión de insultarme de nuevo. ¡Qué insensatez! Si no hubiera intercedido por ti, habrías muerto a manos de Suzukida. ¿No es una deshonra para un samurái morir inútilmente? Si te arrepientes de tus errores pasados, le pediré a Suzukida que lo olvide y te perdone, y estoy seguro de que no se negará. ¿Modificarás tu conducta y dedicarás todas tus fuerzas a tu señor y a su causa, Ryokan?
Ryokan escuchó el largo sermón, que había sido pronunciado de un modo tan sincero que traspasaba el corazón, con la cabeza inclinada y la mirada apartada. Un par de cálidas lágrimas bajaron por sus rudas mejillas; se las secó con la manga antes de responder, con voz quebrada:
—Cada palabra que me has dicho me ha llegado al corazón, Kimura —le dijo—. Tu bondad me abruma. Estoy profundamente avergonzado de mí mismo, y ahora me doy cuenta de lo ciego que estuve al no percibir tu noble y altruista motivación. Oh, ¡debería suicidarme como expiación! Pero quitarme la vida iría en contra de tu amable consejo: como has dicho, todos nosotros tenemos el deber de vivir hasta que muramos luchando por nuestro señor. Si puedes perdonarme, desearía que me tomaras a tu servicio. Aunque no soy digno, espero que no rechaces mi petición.
Shigenari, complacido y conmovido por el éxito de sus palabras, aceptó de buena gana la solicitud de Ryokan. Después de pedir permiso a Hideyori, intercambiaron promesas como señor y vasallo y, de este modo, el bravucón y borracho monje del té se convirtió en un hombre nuevo dedicado al servicio de un señor al que adoraba.
* * *
Al año siguiente, la tensa relación entre los Toyotomi y los Tokugawa se quebró. Tal como habían predicho, la guerra estalló. El antiguo shogun, Ieyasu, y el actual gobernante, Hidetada, con un ejército de doscientos mil hombres, sitiaron el castillo de Osaka, aunque todavía no se atrevían a lanzar el ataque definitivo. A pesar de que el enemigo superaba en número a las tropas asediadas, estas estaban bien lideradas por generales veteranos y se defendían con destreza y valentía. Los hombres de Ieyasu cayeron en varias ingeniosas emboscadas fuera del castillo y sufrieron algunas derrotas. A pesar de ello, consiguieron algunos avances gracias a Shigenari, que maniobró hábilmente y luchó valientemente con su compañía.
El asedio duró varios meses, durante los que la pequeña y aguerrida guarnición mantuvo a raya al enemigo. Con cada éxito, su ánimo mejoraba. El astuto Ieyasu, viendo la imposibilidad de tomar el castillo por la fuerza, decidió que la mejor estrategia sería firmar la paz de algún modo y confiar en que el orgullo y arrogancia del enemigo propiciara su propia caída. Por tanto, inteligentemente, propuso la paz a Hideyori con la mediación del emperador. La mayoría de sus generales, incluidos Shigenari y Sanada Yukimura, consideraban que la victoria era posible y se opusieron a aquella acción; pero la infame y hermosa madre de Hideyori, la señora Yodogimi, que tenía una enorme influencia sobre su hijo, fue convencida por sus licenciosos e irreflexivos favoritos, que estaban cansados del confinamiento al que los obligaba el asedio. La mujer usó todo el peso de su autoridad maternal para que se aceptaran los términos. Además, la propuesta venía de las más altas esferas y no podía ser despreciada; por tanto, los defensores, casi sin opción, aceptaron los humillantes términos propuestos, según los que Hideyori tenía que destruir el foso exterior de su castillo para mostrar la sinceridad de sus intenciones de paz. Ieyasu, por su parte, le cedería las provincias de Kii y Yamato.
Se estableció un día para la firma formal del tratado y Shigenari fue nombrado embajador especial para la ocasión, con Kori Shumenosuke como viceembajador.
Ieyasu reforzó la guardia en la entrada de su campamento. Para mostrar al resto de daimios su autoridad, en secreto ordenó a sus generales más leales que humillaran a los embajadores tanto como fuera posible. Estos oficiales, disgustados por las constantes derrotas que les habían infligido, se alegraron de tener la oportunidad de vengarse de sus enemigos a través de sus representantes.
Shigenari y Shumenosuke llegaron a caballo escoltados por un pequeño grupo de ocho hombres. A su llegada ante el campamento de Todo Takatora, los centinelas les dieron el alto.
—¡Alto, señores! El campamento de su Excelencia está cerca, por lo que tenéis que desmontar.
Shumenosuke se dispuso a bajarse rápidamente del caballo, pero su superior lo detuvo con un gesto y miró arrogantemente a los centinelas.
—Somos Kimura Shigenari y Kori Shumenosuke, representantes del señor Toyotomi, Ministro de Justicia. No existe ninguna norma por la que alguien tenga que desmontar ante quien le iguala en rango. ¡Sois unos insolentes! Seguiremos así.
A continuación, Shigenari siguió cabalgando seguido del resto de sus hombres.
Cuando la embajada llegó al campamento del general Li, sus centinelas les ordenaron de nuevo que desmontaran. Dándoles la misma respuesta que antes y a pesar de que intentaron detenerlo, Shigenari espoleó su caballo y continuó avanzando.
Cuando llegaron al campamento del señor Echigo, volvieron a insistir en que continuaran a pie. Shigenari, enfadado, protestó de nuevo contra aquella injustificada descortesía.
—¿Qué pretendéis? —gritó—. A juzgar por cómo nos recibís, parece que Ieyasu pretende ignorar el mandato imperial para la paz. En este caso, es inútil seguir adelante. Volveremos inmediatamente al castillo e informaremos a nuestro señor del vergonzoso trato que hemos recibido.
Dicho esto, dio media vuelta y, cuando estaba a punto de partir, los hombres de señor de Echigo se dieron cuenta de que se habían pasado, pidieron disculpas y le suplicaron que continuara adelante.
Al final, la embajada llegó a la entrada del edificio en el que iban a reunirse con el antiguo shogun. Desmontaron, cogieron sus armas y, cuando estaban a punto de entrar, dos ujieres los interceptaron.
—¡Debéis dejar las armas fuera!
—Un samurái jamás debe abandonar su espada al entrar en un campamento enemigo, bajo ningún pretexto —respondió Shigenari, imperturbable.
Como aquella era una verdad indiscutible, los ujieres no dijeron nada más y permitieron que entraran armados al espacioso salón que había sido preparado para la ceremonia. Un gran número de daimios ocupaba ya su lugar a ambos lados de la sala. Shigenari entró con paso firme y porte digno, a pesar de las muchas miradas hostiles que lo siguieron, y tomó asiento en el centro, no muy lejos del estrado que habían preparado para Ieyasu.
Shumenosuke lo siguió y se sentó a su lado.
Dos maestros de ceremonia informaron de que su Excelencia llegaría en breve.
—Y —añadieron—, como es irrespetuoso llevar espada en su augusta presencia, os pido que las llevéis a la antecámara y las dejéis allí.
—¡Irrespetuoso! —gritó Shigenari en una voz tan alta que reverberó en toda la sala—. ¿A quién os dirigís con esa palabra? ¡Recordad que somos los honorables representantes del Ministro de Justicia! ¡La falta de respeto es vuestra y, si volvéis a mostrar tal insolencia, tendréis que ateneros a las consecuencias!
Y miró tan furiosamente a los dos oficiales que estos se retiraron consternados.
Al poco tiempo, Ieyasu, acompañado por varios sirvientes, apareció y se sentó con gran solemnidad. Todos los daimios presentes se inclinaron con reverencia y, sobrecogido por su porte majestuoso y por el ejemplo de los demás, Shumenosuke hizo lo mismo. Pero Shigenari se negó a hacerlo y, tranquilamente, lo miró directamente a los ojos.
—Me alegra verte, Shigenari —dijo Ieyasu amablemente—. Gracias por venir a esta importante reunión. Tu padre Hitachi-no-suke y yo fuimos amigos íntimos, y estoy en gran deuda con él.
—Perdóneme, su Excelencia —contestó Shigenari—, pero hoy soy el mensajero del Ministro de Justicia. Los asuntos privados están fuera de lugar.
El diplomático Ieyasu no pareció tomarse a mal aquella corrección. Sacó un documento de un receptáculo que llevaba en la mano y se lo entregó a un siervo para que lo hiciera llegar a Shigenari.
—Shigenari, ten la amabilidad de comprobar si todo es correcto —le dijo tranquilamente.
Shigenari leyó atentamente el documento, que decía:
En cumplimiento del edicto imperial, Ieyasu e Hideyori acuerdan la paz con la única condición de que Hideyori llene el foso de su castillo como muestra de sus pacíficas intenciones. Si alguna de las partes toma las armas de nuevo, será culpable de desobedecer el mandato imperial y tratada consecuentemente.
Keicho 19, 12.º mes, 2.º día.
Mientras leía, la expresión de Shigenari oscureció progresivamente, y cuando llegó al final se puso en pie y exclamó, indignado:
—¿Estos son sus términos de paz, su Excelencia? Si lo son, ya ha desobedecido el mandato imperial. ¡Prepárese!
Tomó su espada como si estuviera a punto de atacar al anciano gobernante. Todos los presentes se levantaron para interceptar el ataque. Ieyasu, alarmado, levantó ambas manos con desdén y pidió al joven que volviera a sentarse.
—Cálmate, te lo ruego —dijo apresuradamente—. Soy viejo, y mi memoria ya no es buena. Me he equivocado de documento… ¡Aquí está el correcto!
El astuto gobernante sacó otro documento del estuche y se lo entregó a Shigenari. No es necesario explicar que aquello era una estratagema. Ieyasu había ordenado que se prepararan dos documentos con distintos términos. Si los embajadores hubieran aceptado el primero, en el que Ieyasu tenía ventaja, no habría sacado el otro, en el que se establecían las verdaderas condiciones del tratado. Pero Shigenari era un hombre sagaz. Examinó el nuevo documento, que decía así:
TRATADO DE PAZ
Artículo I. En cumplimiento de la orden imperial, Ieyasu y Hideyori prometen firmar la paz y mantener una relación amistosa.
Artículo II. Hideyori destruirá el foso de su castillo. A cambio, Ieyasu le devolverá las provincias de Kii y Yamato antes del próximo enero.
Artículo III. Inmediatamente después de firmar este Tratado de Paz, Ieyasu disolverá su ejército y regresará a Yamato.
Artículo IV. Si cualquiera de las partes viola los votos y se levanta en armas, será declarada culpable de desobediencia a la orden imperial y castigada por los dioses.
Keicho 19, 12.º mes, 2.º día.
Shigenari leyó el documento atentamente varias veces.
—Es correcto, su Excelencia. Sea tan amable de poner su firma y sello.
Ieyasu lo hizo y se lo devolvió. Tras recibirlo, el embajador lo guardó en una bolsa brocada.
—Permita que le felicite, su Excelencia —dijo con solemnidad, aunque con una pizca de sarcasmo, e hizo una educada reverencia. A continuación, dirigiéndose a los daimios reunidos, añadió—: Gracias por asistir.
Tras esto, volvió a hacer una reverencia ante Ieyasu.
—Si me lo permite, partiré inmediatamente, su Excelencia. Adiós, caballeros.
Shigenari volvió a hacer una elegante reverencia y se marchó de la sala de audiencias con su subordinado. Todos se vieron forzados a admirar su noble porte y su valor.
* * *
Hideyori cumplió con su parte del tratado de paz. El foso, que había sido el elemento clave de la impenetrabilidad de su castillo, fue llenado y rasado. Pero Ieyasu, que nunca había tenido la intención de cumplir con su parte del trato, no entregó las provincias estipuladas a pesar de las demandas de Hideyori. Debido a esto, las hostilidades se reanudaron durante la primavera del año siguiente, y un enorme ejército comandado por Ieyasu rodeó una vez más el castillo de Osaka.
La guarnición resistió con tenacidad durante algunas semanas, pero la fortaleza carecía ahora de su principal protección y los generales favoritos de la señora Yodogimi mantenían una disputa con el resto de oficiales. En consecuencia, los defensores fueron derrotados en más de una escaramuza y sus tropas se redujeron tanto que fueron incapaces de mantener el castillo durante mucho tiempo más.
Una noche, Sanada Yukimura, el primer general, se encontró en secreto con Shigenari.
—No podemos aguantar más —dijo con pesimismo—. Debemos sacar a nuestro señor del castillo y llevarlo hasta algún lugar seguro; podría refugiarse en la provincia del señor Shimazu. Con su ayuda podríamos hacer algo para recuperarnos de nuestras pérdidas y restaurar el poder de nuestro clan. Algunos de nosotros deben ir con nuestro señor pero, para poder escapar con facilidad, debemos engañar al enemigo con la idea de que Hideyori y sus guerreros más valientes han caído; por tanto, debemos dejar atrás a sustitutos que se parezcan a nosotros. Cuando encuentre sus cuerpos, el enemigo pensará que estamos muertos y no nos perseguirá, como haría si supiera que hemos huido. Yo ya he encontrado a mi sustituto; busca tú al tuyo. Es una lástima que sea necesario que estos hombres sacrifiquen su vida por nosotros, pero debemos actuar por el futuro del clan al que debemos alianza. El resto de consideraciones personales deben apartarse. ¿Apruebas mi plan?
—Es una excelente idea —contestó Shigenari, después de una breve reflexión—. La apruebo, pero si todos los generales experimentados abandonan el castillo, aunque se queden sus sustitutos, Ieyasu no tardará en sospechar algo. Yo debería quedarme. Ieyasu y sus hombres me vieron hace poco; no habrán olvidado mis rasgos y no me confundirán con ningún otro hombre, aunque este lleve mi armadura. Por tanto, dejo la escolta de nuestro señor y la restauración del clan en tus manos y en las del resto de generales. Me quedaré solo con la guarnición y lucharé hasta el final. Tanto mi muerte como tu vida son necesarias por el bien de nuestro señor, así que no intentes disuadirme. Estoy decidido.
—Una noble decisión, amigo mío —dijo Yukimura con admiración—. ¡Ojalá pudiera quedarme contigo! Me apena dejarte solo y echaremos en falta tu ayuda pero, si estás decidido, no puedo disuadirte. El enemigo sabe que tú eres el favorito de nuestro señor y que siempre estás cerca de él; cuando encuentren tu cuerpo sin vida en el campo de batalla, no sospecharán que él ha escapado. Tu muerte propiciará la restauración del poder de los Toyotomi. ¡Te envidio de todo corazón, camarada!
—Entonces, está decidido. Mañana atravesaré las líneas enemigas con mis hombres y los despistaré mientras vosotros escapáis.
Después de algunas palabras de afectuosa despedida, los dos hombres se separaron sabiendo que nunca volverían a encontrarse.
Shigenari se retiró a su habitación para descansar, y habló con su joven esposa con su habitual alegría.
—Mañana haremos una incursión con la que conseguiremos librarnos del enemigo —le dijo—. Será un momento importante y me gustaría llevar la armadura que me regaló el señor el año pasado. ¿Podrías traérmela?
Cuando su mujer la trajo, Shigenari cogió el casco y, tras quemar un poco de incienso, lo sostuvo sobre el humo para que lo impregnara.
—Pretendes morir durante la batalla de mañana. ¿No es eso, esposo mío?
—¿Morir durante la batalla? —dijo Shigenari—. ¿Por qué lo preguntas? ¿No expone siempre su vida el soldado cuando entra en el campo de batalla?
—Sí, pero tengo razones para creer que morirás mañana. He escuchado a menudo que los guerreros suelen quemar incienso bajo su casco cuando saben que van a morir. Sé que el castillo caerá dentro de poco y estoy segura de que pretendes morir en la batalla de mañana. No intentes engañarme. Soy la hija de un samurái. No dejaré que mueras solo.
—¡Mi valiente esposa! Perdona que te haya ocultado mi decisión. No he querido contártelo porque temía justo esa respuesta.
Entonces contó a su esposa la conversación que había tenido con Sanada Yukimura, y la decisión que había tomado.
—Así que daré mi vida por mi señor —terminó—. No seas impulsiva; no debes morir conmigo. Deseo que sobrevivas y que reces por la prosperidad de nuestro señor. Debes vivir, por su bien. Esta es mi última petición.
—Tus deseos son órdenes —le contestó su mujer—. Te obedeceré. ¡Sé que tendrás una muerte gloriosa y que tu fama se perpetuará eternamente!
Entonces, Aoyagi trajo sake y dos delicados vasos y bebieron los dos juntos como despedida. Cuando terminó la ceremonia, Aoyagi se excusó y se retiró a sus aposentos. Como no regresaba, Shigenari, preocupado por su larga ausencia, fue a buscarla y descubrió horrorizado que se había suicidado con una espada corta que estaba junto a su cuerpo sin vida. Explicaba las razones de su acto en una nota.
Esposo, perdóname por morir antes que tú. Mi intención era obedecerte, pero no puedo hacerlo. Kou de China, aunque era un valiente guerrero, debido al dolor que le provocaba separarse de su esposa vaciló vergonzosamente antes de partir a su última batalla. En nuestro país, Kiso Yoshinaka mostró la misma debilidad. No es que te compare con esos hombres, pero sigo pensando que será mejor que yo, que sin ti no tendría ninguna razón para seguir viviendo, muera ahora, antes de que luches tu última batalla. Te esperaré en el otro mundo. ¡Haz todo lo posible para combatir al enemigo! Nos encontraremos de nuevo en el mundo espiritual… ¡Adiós hasta entonces!
Aoyagi.
A la mañana siguiente el día amaneció claro y sin nubes. Era el primer día de mayo del vigésimo año de Keicho (1615).
Un gran ejército bajo las órdenes de Li Naotaka avanzó desde el campamento enemigo en formación de ataque. Shigenari los recibió a la cabeza de setecientos jinetes, que combatieron con ferocidad. A pesar de que su número era inferior, la compañía de Shigenari, movida por la desesperación, hizo retroceder al enemigo. Pero, cuando un regimiento era derrotado, otro más avanzaba para ocupar su lugar. Era imposible que el grupo del castillo ganara al final.
—Tenemos que abrirnos camino hasta el regimiento principal —dijo Shigenari durante una breve pausa a su fiel vasallo Ryokan, el mismo que había sido conocido en el pasado como el monje del té—. Si consiguiéramos asesinar a Li Naotaka, el comandante al mando, el enemigo se vendría abajo y tendríamos alguna posibilidad.
Entonces, animados por el espíritu de su líder, el pequeño grupo se lanzó sobre el enemigo. Incapaz de resistir contra aquella ferocidad, la cuarta y quinta compañías se dispersaron, y parecía que una revuelta general sería el resultado.
El único que se mantuvo en su puesto fue Li. Blandiendo su espada, bramó:
—¡Cobardes! ¿Huis ante un ejército tan pequeño? ¡Regresad, regresad, la victoria está cerca!
Sus palabras tuvieron efecto al momento. Sus tropas regresaron, mantuvieron sus posiciones y lucharon valientemente. Viendo esto, Shigenari sonrió fúnebremente.
—Ahora es mi momento. ¡Atravesaré las líneas, mataré a Li y moriré!
Espoleó su caballo y se lanzó tan rápido como un rayo, con su brillante casco y su resplandeciente armadura relumbrando bajo el sol. Ryokan lo siguió de cerca con un pesado garrote de hierro, y el resto del grupo se esforzó por avanzar, abriéndose camino a espadazos a través de las filas. El ataque fue tan violento que, una vez más, los hombres de Li flaquearon. En aquel crítico momento, Seki Jurozaemon, un samurái célebre por su enorme fuerza, apareció de repente junto a Shigenari y lo golpeó con su alabarda, pero la lanza de Shigenari atravesó limpiamente su cota de mallas y cayó muerto sobre su caballo. Los soldados de Li se dejaron llevar por el pánico y no se atrevieron a oponerse a Shigenari, que continuó avanzando y atacó a Li antes de que este tuviera tiempo de escapar. No podía compararse a su asaltante, y hubiera caído de no ser porque Fujita Noto-no-Kami acudió en su rescate. Furioso, Shigenari se giró para lanzarlo de la silla y, en ese momento, Li consiguió escapar.
Al mirar atrás, Shigenari podía ver a pocos de sus hombres; casi todos habían caído en el ataque. Gravemente herido y débil por la pérdida de sangre, Shigenari se dio cuenta de que no podía hacer más. Sin que lo vieran, se bajó de su corcel de guerra y se retiró a una pequeña arboleda que había sobre una colina. Un soldado del campamento de Li, que estaba escondido tras los árboles, lo vio acercarse. A pesar de su debilidad, Shigenari seguía inspirando respeto y temor. El cobarde escondido no se atrevió a atacarlo directamente, pero mientras el héroe herido yacía tumbado en el suelo, se aproximó silenciosamente por la espalda y se preparó para darle un golpe en la cabeza. Shigenari escuchó el suave susurro de su arma al acercarse y se giró. El desdichado huyó, y Shigenari lo llamó.
—Seas quien seas —dijo—, ven y toma mi cabeza.
Pero el hombre, temiendo que fuera un truco, no obedeció.
—Cobarde —gimió el moribundo guerrero—, no tienes nada que temer. Córtame la cabeza, pero prométeme que no me quitarás el casco hasta que la entregues a tu señor Ieyasu. Estoy impaciente… Córtame la cabeza, como te he pedido.
Mientras hablaba, Shigenari levantó las solapas inferiores de su casco y estiró el cuello para recibir el golpe. Como en trance, el cobarde se acercó y lo decapitó. Entonces, animándose, levantó el goteante trofeo en el aire y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Yo, Ando Chozaburo, he cortado la cabeza de Nagato-no-Kami Shigenari, el más célebre guerrero del ejército de Osaka!
La noticia llegó a oídos de un hombre cubierto de sangre que estaba aún combatiendo. Era Ryokan.
—No es posible que un pusilánime como Ando haya matado a mi señor —gritó, tan fuerte como se lo permitieron sus desfallecientes fuerzas—. Debía tener alguna razón para permitir que le cortaran la cabeza. Recordad eso, enemigos.
Dicho esto, se clavó la espada en el abdomen y murió.
Después de la batalla, llevaron la cabeza de Shigenari, aún dentro del casco, para que Ieyasu la inspeccionara. Llevaba todo el día deseando conseguir la cabeza del héroe, e hizo que quitaran el casco para poder verificar su identidad. Cuando lo hicieron, el dulce aroma del incienso flotó en el aire.
El anciano gobernante examinó los nobles rasgos con una especie de reverente admiración.
—¡Nunca ha habido un samurái más leal y con más coraje que Nagato-no-Kami! —dijo lentamente—. ¡Ojalá tuviera yo muchos como él!
El intento de fuga del castillo fracasó. El ocho de mayo, los asaltantes atacaron de nuevo el castillo desde todos los flancos y tuvo lugar una de las batallas más sangrientas de la historia de Japón. Como resultado, todo el clan de los Hideyori fue aniquilado y el castillo quedó reducido a cenizas. El desafortunado noble, su madre y todas sus sirvientas murieron entre las llamas.