País Relato - Autores

asataro miyamori

el honesto kyusuke

Gonzaemon, el cacique de la aldea de Tamamura, en la provincia de Kozuke, cuya familia había amasado una gran fortuna con el paso de varias generaciones, tenía a su servicio un gran número de sirvientes. Entre ellos había uno llamado Kyusuke que había sido contratado tras la recomendación de un campesino de la misma aldea que afirmaba que era increíblemente honesto. Aunque era muy joven, a diferencia de otros sirvientes trabajaba duro y realizaba sus tareas tan competentemente cuando nadie estaba observándolo como bajo la mirada de su señor. Gonzaemon, por tanto, comenzó a apreciarlo y a interesarse por él.
Un día llamó a Kyusuke a su habitación y le dijo:
—Kyusuke, me satisface que siempre te esfuerces tanto, pero preferiría que te fueras a la cama a la misma hora que tus compañeros en lugar de quedarte trabajando. Si sigues siendo tan afanoso, empezarán a quejarse.
—Mi buen señor —contestó el joven—, no quisiera desobedecer sus órdenes, pero me temo que soy incapaz de dormir antes de las nueve de la noche.
—Me sorprendes —dijo Gonzaemon—, pero al menos podrías obedecerme quedándote en la cama hasta que llegue la hora habitual de levantarse por la mañana.
—Mi buen maestro —contestó Kyusuke de nuevo—, me sabe mal contradecirle otra vez, pero no hay nada que hacer conmigo. Si le soy sincero, soy incapaz de quedarme en la cama después de las siete de la mañana.
Es preciso decir que, según el antiguo modo de contar el tiempo, las nueve de la noche era medianoche y las siete de la mañana equivaldría a las cuatro en punto. Por lo tanto, Kyusuke nunca dormía más de cuatro horas cada noche, hecho que sorprendió mucho a su señor.
—¡Eres un portento! —exclamó—. Pocas veces se encuentra a hombres que amen tanto el trabajo. Me alegro de haber encontrado a una excepción como tú. Confío en que no te hayas tomado a mal mi sugerencia; era necesaria para que tus compañeros no sufran por culpa de tu entusiasmo por el trabajo.
—Le pido perdón humildemente por atreverme a desobedecer sus órdenes —dijo el joven, respetuosamente.
—No me pidas perdón —contestó el señor—, porque al hacerlo me pones en una situación incómoda.
Después de pensar un par de minutos mientras el siervo esperaba en silencio sus órdenes, Gonzaemon continuó.
—Bueno, Kyusuke, tengo otra sugerencia para ti. Ya sabes que, mientras tus compañeros duermen, tú eres tu propio señor. No quiero que trabajes para mí durante esas horas. Si no quieres descansar, utiliza esas horas para hacer sandalias. Te proporcionaré toda la paja que necesites.
—Es muy amable, señor, pero no creo que esté bien que un sirviente utilice su tiempo libre trabajando para su propio provecho.
Una vez más, Kyusuke había rechazado el amable ofrecimiento de su señor. Gonzaemon estaba sorprendido por su lealtad.
—Si sigues rechazando mis propuestas no voy a saber qué hacer contigo —le dijo—. Haz lo que te pido, aunque solo sea esta vez.
Kyusuke no podía rechazar la amabilidad de su señor, así que aceptó trabajar en su tiempo libre para su propio provecho. Desde entonces, dedicó las primeras horas de la mañana y las últimas de la noche a realizar waraji, sandalias de paja que vendía a un comerciante de utensilios domésticos de la aldea. Esto le proporcionaba unos ingresos pequeños pero regulares, que entregaba a su señor para que se los guardara. Pronto se supo del buen hacer del joven sirviente y la gente de la región comenzó a preferir las «waraji Kyusuke» a las demás. Esto gustó al comerciante, que pedía continuamente a Kyusuke más sandalias. Gonzaemon, que también estaba satisfecho con el éxito de su plan, decidió prestar el dinero guardado para incrementar el total gracias a los intereses. No le costó mucho, porque la gente estaba convencida de que cualquier cosa relacionada con el honesto sirviente daba buena suerte y se alegraba de recibir préstamos de sus ahorros.
De este modo pasaron ocho años, y Kyusuke seguía trabajando al servicio de Gonzaemon. Un día, el señor llamó al joven a su aposento.
—Mi querido Kyusuke: como suele decirse, el tiempo ha pasado volando. Ocho años han pasado desde que tuve la suerte de tomarte a mi servicio. Nunca has derrochado tu salario, como hacen otros sirvientes; exceptuando una pequeña cantidad para tus gastos personales, has dejado a mi cuidado todo lo que has ganado. Yo habría resultado un mal banquero si no hubiera buscado alguna inversión rentable para tus ahorros. He estado prestando tu dinero durante todos estos años a un interés moderado, y es sorprendente descubrir a cuánto asciende ahora tu capital. ¡Mira! Tus ahorros, junto a los intereses, suman cien ryos. Y bien, ¿qué tienes pensado hacer con todo este dinero?
—¡Debe estar de broma, señor! —dijo Kyusuke, sorprendido ante tal cantidad.
—En absoluto, te digo la verdad. ¿Quieres seguir prestando el dinero, o prefieres disponer de él? Eres tú quien tiene que decidirlo.
—¡Cien ryos! —jadeó Kyusuke—. ¿De verdad ha dicho cien ryos?
—¡Cien ryos! —contestó su señor, sonriendo.
—¡Es increíble!
—Y todo gracias a tu buen hacer —dijo Gonzaemon—. Ahora, dime, ¿qué vas a hacer con el dinero?
Kyusuke meditó durante mucho rato.
—Querido señor —dijo al final—, no es mi intención que piense que me tomo demasiadas libertades, pero me gustaría usar el dinero para visitar el lugar donde nací la próxima primavera.
—Por supuesto —respondió Gonzaemon—. ¿Conoces un buen negocio dónde invertir en tu aldea natal?
—No —contestó Kyusuke—, pero lo comprenderá mejor si le cuento un poco de mi historia familiar. Disculpe si lo molesto con mis asuntos. Soy el segundo hijo de un campesino llamado Kyuzaemon que vive en la aldea de Shimo-Ogita-mura. Esto está cerca de Nanao, provincia de Noto. Mi hermano mayor, tras una vida disoluta que provocó mucho dolor a mis padres, se marchó de casa de repente y no hemos vuelto a saber de él. Mi madre murió poco después, y mi padre se casó con una viuda que tenía una hija. A mi madrastra se le metió en la cabeza adoptar a un chico para que se casara con su hija y sucediera a mi padre como patriarca. Ella me odiaba y me trataba muy mal, así que decidí que lo mejor para todos sería que yo me marchara de casa. Un día, tras escribir una carta de disculpa, me fui sin despedirme. Al principio lo pasé mal pero, como tuve la suerte de convertirme en su sirviente, no puedo quejarme. Nunca le estaré lo suficientemente agradecido por lo amable que ha sido conmigo.
Kyusuke se detuvo e hizo una reverencia, con los ojos llenos de lágrimas. Cuando consiguió someter sus emociones, continuó:
—Cien ryos es la cantidad de dinero más grande que jamás haya visto, y se lo debo totalmente a su bondad. ¿Cómo podría agradecérselo? Debo dar un uso adecuado a su regalo, porque eso es lo que es. Volveré junto a mi padre y, con este dinero, le compraré algunos campos de arroz. Además, si mi hermanastra sigue soltera, intentaré encontrarle un esposo adecuado. Cuando haya hecho esto y mi familia esté establecida, volveré rápidamente a su lado y le ofreceré el resto de mi vida a su servicio como compensación por todo lo que ha hecho por mí.
Gonzaemon estaba conmovido.
—Kyusuke —le dijo—, ¡eres un hombre muy noble! Un hijo responsable, así como un leal sirviente. Admiro tu loable intención. «Regresarás a tu antiguo hogar en esplendor», dice un antiguo proverbio, así que, Kyusuke, ¡regresa en esplendor! Me ocuparé de proporcionarte la ropa que debes vestir, así como unos regalos adecuados para tus familiares.
De este modo terminó la conversación, y Kyusuke se retiró para seguir con sus tareas habituales.
A principios del año siguiente, a pesar de las protestas de su siervo, Gonzaemon, fiel a su palabra, preparó la ropa necesaria para que Kyusuke causara una buena impresión durante su visita a su hogar, así como regalos para cada uno de los miembros de su familia. Además, insistió para que Kyusuke aceptara una espada corta para que se protegiera durante el viaje, diez ryos para los gastos, y otros cinco como regalo de despedida.
—Será mejor que no lleves tanto dinero en efectivo —dijo, sacando los cien ryos de Kyusuke—. Podrían robarte por el camino. Te aconsejo que envíes el dinero por adelantado.
—No hace falta, mi señor —contestó Kyusuke—. No será necesario. ¿Quién sospecharía que alguien como yo tiene dinero? Estará seguro guardado en el interior de mi ropa.
—Pero podrías perderlo de algún otro modo —insistió Gonzaemon—. Sería mejor que hicieras lo que te digo; nunca se es demasiado precavido al viajar.
Kyusuke se rio.
—No se preocupe por mí —dijo—. Tendré cuidado.
—Como desees, Kyusuke, pero al menos hazme caso en una cosa. Durante tu viaje, empieza tarde por la mañana y retírate pronto por la noche. Y, sobre todo, no hagas compañeros de viaje y no hables de tus asuntos.
—Tendré en cuenta lo que me dice y seguiré su consejo —dijo Kyusuke—. Mil gracias por todo, mi buen señor. Nunca olvidaré todo lo que le debo.
Kyusuke y su señor se despidieron afectuosamente y el joven partió en su viaje de vuelta a casa. Pero el responsable hijo, una vez en el camino, ansioso por poner sus ojos una vez más en la aldea de sus progenitores, fue lo suficientemente indiscreto como para viajar desde la primera hora del día hasta bien entrada la noche. De este modo, cuando estaba en los aledaños de Oiwake, en la provincia de Shinano, una noche se perdió en la oscuridad y, después de una larga marcha de cinco o seis ri, se encontró en mitad de un extenso páramo totalmente deshabitado.
—¿Dónde estaré? —se preguntó—. Me temo que he sido demasiado temerario. Si hubiera seguido el consejo de mi maestro no estaría en este aprieto. Me lo merezco.
Al poco rato, Kyusuke vio una pequeña luz a lo lejos. Con la esperanza de que fuera una vivienda de algún tipo, dirigió sus cansados pasos hacia ella y llegó a una desvencijada cabaña que parecía ser la única morada en kilómetros a la redonda. Kyusuke se acercó a la puerta y pidió que le abrieran.
—¿Serían tan amables de abrir a un desconocido? Siento mucho molestarles a estas horas, pero me he perdido y no puedo encontrar el camino. Por favor, déjenme entrar e indíquenme cómo ir a la posada más cercana.
La puerta se abrió y salió una mujer. Tenía alrededor de treinta años. Iba pobremente vestida y su peinado era sencillo, pero había algo en ella que parecía contradecir la idea de que su cuna fuera tan humilde como su vivienda.
—Entra —le dijo—, pero no puedes quedarte. Lo siento mucho por ti, pero estás en uno de los muchos páramos de Shinano. Sea cual sea tu destino, tendrás que caminar al menos cinco ri antes de encontrar la siguiente casa.
Kyusuke estaba muy cansado y pidió a la mujer que lo alojara durante la noche, pero ella se negó.
—¿Por qué has venido hasta aquí?
—Ya te lo he dicho. Me he perdido y vi una luz. Sería inhumano que me negaras cobijo durante unas horas… no pido más.
—No querrás quedarte cuando te diga que esta es la casa de un ladrón, de un salteador de caminos.
—¡Un ladrón! —se alarmó Kyusuke, pensando en su dinero—. Disculpa, pero debo irme inmediatamente.
—¿No descansarás ni siquiera un momento?
—Para nada. ¿Cómo podría sentarme sabiendo que esta es la casa de un salteador de caminos? Buenas noches; te estoy muy agradecido.
Kyusuke se dispuso a irse, pero la mujer lo detuvo.
—Viajero, debo decirte que el peligro te rodea en todas direcciones. Después de todo, creo que lo más seguro sería que pasarás aquí la noche. Yo te esconderé de mi marido. No regresará hasta dentro de un rato.
El discurso y modales de aquella mujer inspiraban confianza, y Kyusuke consideró que lo prudente era seguir su consejo. Se quitó el enorme sombrero de bambú que llevaba como protección de la lluvia y el sol y se sentó en el suelo de la cocina, alegre de poder descansar por fin sus agotadas piernas. La mujer le preparó rápidamente una cena sencilla y Kyusuke la tomó con gusto aunque deprisa, porque temía el regreso del marido. A continuación, la mujer lo condujo hasta una leñera que había en la parte de atrás de la cabaña y le dijo:
—Si mi esposo te descubre, estarás en peligro. Mantente oculto en este cobertizo, aunque no sea demasiado cómodo. Cuando se haga de día y mi marido se marche, te avisaré y podrás continuar tu viaje con seguridad.
Kyusuke le dio las gracias y, tan pronto como se acomodó entre los montones de leña, escuchó un sonido que provocó que el corazón le diera un brinco.
—O-nami, ya he regresado.
—Oh, por fin —lo recibió su esposa.
—¡Qué frío hace! ¡Malditos vientos fríos del monte Asama! ¡O-nami!
—¿Sí? ¿Qué pasa?
—¿De quién es ese sombrero?
—¿Sombrero? ¿Qué sombrero?
—Venga, no disimules. Hay un sombrero en el suelo, y tú debes saber de quién es. ¡Dímelo! ¡No me gusta esa costumbre tuya de ocultarme las cosas! ¡Estás escondiendo a alguien en la casa!
—¡Claro que no! ¿Por qué iba yo a esconder a alguien?
—Entonces, ¿cómo ha llegado este sombrero de bambú hasta aquí? ¿Quieres que crea que lo ha traído el viento, ya que esta es la única casa que se interpone en su camino en kilómetros a la redonda? ¡Venga, mujer, habla!
Se escucharon movimientos rápidos, y un grito.
—Piedad, piedad…
—Venga, ¡habla o morirás!
Kyusuke se imaginó la escena desde su escondite en la leñera.
—¡Esto es terrible! —pensó—. ¡Cómo pude ser tan tonto y olvidar mi sombrero! ¡Podría costarle la vida a esa mujer!
El ruido de la cabaña se incrementó, entremezclado con los lamentos de la pobre mujer y las amenazas de su enfurecido esposo. Kyusuke salió de su escondite y miró con cuidado a través de la rendija de la puerta. Horrorizado, descubrió que el hombre estaba arrastrando del cabello a la mujer por toda la habitación mientras la golpeaba repetidamente. Kyusuke, olvidando su miedo, entró en la habitación.
—Señor, señor, ¡le daré todo el dinero que llevo conmigo! La mujer no tiene la culpa, ¡perdónela!
—¿Quién eres tú?
El furioso hombre se detuvo durante un momento para mirar con perplejidad la inesperada aparición.
Aprovechando el momento de calma, Kyusuke sacó rápidamente sus cien ryos y lo que le quedaba del dinero que su señor le había dado para el viaje y como regalo.
—Tenga, buen señor, tómelo. No tengo más… y no castigue a su esposa por haber hecho una buena acción. El único culpable soy yo.
El rufián soltó a la mujer, que se quedó sollozando en el suelo, y se giró para coger con avariciosas manos el dinero que le ofrecía el viajero. Sin embargo, no contento con todo aquel dinero, pidió toda la ropa que Kyusuke llevaba puesta y su daga. ¡Pobre Kyusuke! Todos los ahorros de ocho años de duro trabajo habían ido a parar a los bolsillos de un asaltante.
—Por favor, devuélvame mi ropa. No podré ir a ninguna parte estando desnudo —le suplicó Kyusuke—. Y necesito mi daga para defenderme de gente como usted, aunque ahora no tenga nada que pueda ser robado —añadió con pesar.
—Toma esto —dijo el ladrón, lanzándole un traje acolchado y un ceñidor, la peor vestimenta posible.
—Muchas gracias. Mi daga…
—La daga me será de utilidad.
—Pero sin ella estaré a merced de cualquier perro del camino…
—¡Qué pesado eres! Pero nadie podrá decir que te he dejado sin nada con lo que defenderte. ¡Toma esto y lárgate!
El ladrón sacó de un armario una vieja espada, sin duda robada a otro desafortunado viajero, y se la dio a Kyusuke.
—Cuando salgas de la casa, ve recto hasta que encuentres un camino amplio. Si lo sigues en dirección norte llegarás a Oiwake. ¡Ahora vete!
—Muchas gracias —dijo Kyusuke, haciendo una reverencia. A continuación se dirigió a la pobre mujer y le dijo en voz baja—: Siento mucho haberte metido en problemas, perdóname.
—No, no. La culpa ha sido mía, pero hice lo que me pareció mejor.
—¡Dejaos de tonterías! —gritó el ladrón, impaciente—. Toma esta antorcha para iluminar tu camino y lárgate de aquí antes de que cambie de opinión.
—Entonces me voy, señores. Adiós.
Y con estas palabras, Kyusuke tomó la antorcha y emprendió el camino. Pero el destino parecía estar en su contra porque, tan pronto como salió, comenzó a llover a mares y su luz se apagó, quedándose en completa oscuridad. Pero su mala suerte, en realidad, le salvó la vida, porque el ladrón le había dado la antorcha con malvadas intenciones, ya que pretendía disparar al viajero tan pronto como le diera la espalda. Cierto era que podría haberlo asesinado antes de que se marchara de la cabaña, pero en ese caso su esposa podría haber interferido y habría sido difícil; además, no le gustaba la idea de traicionar a Kyusuke asesinándolo justo después de que le hubiera entregado sin rechistar todo lo que tenía. Aunque era un hombre malvado, no podía hacer algo tan ruin. Sin embargo, tan pronto como Kyusuke cerró la puerta, el ladrón, con el arma en la mano, la abrió silenciosamente de nuevo y salió para apuntarlo gracias a la luz que llevaba. Pero desafortunadamente para él, y afortunadamente para su pretendida víctima, la lluvia había extinguido la antorcha. Murmuró «¡Perro con suerte!» y volvió a entrar en su casa dejando que Kyusuke continuara con su viaje.
Cuando llegó a Oiwake, Kyusuke respiró aliviado y se alegró de haber escapado por los pelos de aquella casa. Abandonó la idea de visitar su viejo hogar y decidió regresar por donde había venido, pidiendo limosna ya que no tenía dinero para pagar el viaje. Gonzaemon lo recibió amablemente pero, después de escuchar los detalles de la aventura de Kyusuke, no pudo evitar decir:
—¿No te lo advertí? Si hubieras enviado el dinero por adelantado en lugar de llevarlo encima, esto no habría pasado. Pero ya es demasiado tarde; no sirve de nada lamentarse. Tuviste suerte de perder solo el dinero; podrías haber perdido también la vida. No desesperes. Descansa durante unos días y luego vuelve a trabajar.
Mientras hablaba con Kyusuke, el señor cogió la vieja espada que el ladrón le había entregado. El cordón de la empuñadura estaba deshilachado y se soltó. Intentó desenvainar la espada, pero estaba tan oxidada por el poco uso que fue imposible. Le llamó la atención el broche decorativo, que estaba convencido de que no era de latón. Pensando que el arma podría tener más valor del que parecía en principio, la envió a un anticuario llamado Kichibei y le pidió su opinión, fingiendo que pertenecía a uno de sus amigos que deseaba venderla al mejor postor.
El anticuario, con el conocimiento adquirido por la práctica, sacó la espada de su vaina y, después de examinarla minuciosamente, dijo:
—La espada es valiosa. La hoja está tan oxidada que no puedo decir nada sobre ella, pero no hay duda de que la ornamentación es de oro puro. El pomo y el broche tienen grabados Goto y la guarnición es de Nobuie, que vale al menos treinta y cinco ryos. Estoy dispuesto a darte ciento treinta ryos solo por las partes decorativas.
Estas palabras sobrepasaron las expectativas de Gonzaemon. Despidió al anticuario con la excusa de que tenía que consultarlo con su amigo y después le contó a Kyusuke lo que le había dicho.
Kyusuke no podía creerse su buena suerte. Gonzaemon, sin embargo, animado por la opinión de Kichibei, pensó que un experto de Edo podría valorar mejor la espada y comprarla a mejor precio. Una hoja con una empuñadura tan rica debía ser buena y, como sabía la estimación que tenían allí aquellas artesanías, decidió ir a Edo y hacer todo lo posible por su leal aunque pobre siervo.
Una vez en Edo, envió el arma a Honami para que la examinara. Honami, que era el mayor entendido en la materia, afirmó que la espada era, sin duda, obra de Bizen Nagamitsu, uno de los diez discípulos más aventajados de Masamune, aunque la firma del autor no estaba en el arma. Tan seguro estaba de su creencia que se ofreció a comprarla por ochocientos ryos, una oferta que Gonzaemon aceptó alegremente.
Cuando el negocio que lo había llevado a la ciudad concluyó de un modo tan satisfactorio, regresó rápidamente a su hogar e informó al asombrado Kyusuke de la transacción.
—Mi querido Kyusuke, ¡mira qué bueno es ser honesto siempre! —dijo, dejando el dinero ante él—. Tu mala suerte resultó ser una bendición disfrazada. El cielo, satisfecho con tu honesta conducta, te ha concedido este enorme favor. ¡Qué agradecidos deberíamos estar! Ahora ve a casa de nuevo, pero esta vez sigue mi consejo y no lleves contigo mucho dinero en efectivo.
Tan pronto como Kyusuke se recuperó de la sorpresa, hizo una reverencia ante su señor.
—Mi buen señor, me abruma con su amabilidad. No tengo palabras para expresar mis sentimientos, pero no estaría bien que me apropiara de esta enorme suma. Siento contrariarlo, pero solo considero míos cien ryos, ya que esa es la cantidad que me fue robada, y es esa suma la que enviaré a casa por giro como me ha aconsejado. En cuanto al resto, después de descontar los gastos de su viaje a Edo, se lo llevaré al ladrón. La espada era suya y no puedo enriquecerme a expensas de un pobre asaltante. ¡Eso no estaría bien!
Gonzaemon estaba impresionado por la desinteresada conducta de su sirviente.
—Mi buen amigo —le dijo cariñosamente—, ¡tu honestidad me hace avergonzar! Pero no deberías poner en riesgo tu vida. En cuanto a mi viaje a Edo, es asunto mío y debes olvidarte de ello. Piensa antes de actuar imprudentemente y ponerte de nuevo en poder de un hombre desesperado.
Pero Kyusuke era obstinado, a la par que honesto.
—No es mi intención oponerme a sus deseos —dijo con respeto—, pero le suplico que me deje hacerlo a mi manera. No quiero que se preocupe, pero creo que, aunque sea un villano, seguramente no dañará a un hombre que va a hacerle un gran bien. No será peligroso.
Gonzaemon, que sabía por experiencia que intentar persuadirle sería una pérdida de tiempo, permitió a regañadientes que su siervo hiciera lo que quería. Después de enviar cien ryos a su padre por giro, puso los setecientos restantes en una pequeña bolsa que guardó en su pecho y partió. Al contrario que la primera vez, esta vez le fue difícil encontrar la cabaña del asaltante; sin embargo, al final llegó a la puerta, que en respuesta a su llamada fue abierta de nuevo por la amable señora. Kyusuke se inclinó ante ella y, educadamente, le agradeció lo amable que había sido con él la vez anterior. La mujer estaba muy sorprendida pero, controlando su emoción, dijo:
—Mi buen viajero, no sé cómo pedirte disculpas por lo que te hice el otro día. Sin embargo, ¡has vuelto! Estaré aún más apenada si te roban por segunda vez. Afortunadamente para ti, aunque yo lo sienta, mi esposo está enfermo en la cama. Por favor, date prisa y regresa por donde has venido.
El amable corazón de Kyusuke se llenó de compasión por el enfermo y su mujer.
—Lo siento por ambos. Permite que le presente mis respetos y que le pregunte por su estado.
—¡No, no, señor! Sufre mucho, pero su avaricia podría excitarse al verte. Una vez más te exigirá todo lo que lleves encima, y de nuevo te causaría molestias.
—No te preocupes por eso. He venido para traerle un dinero.
—¿Qué quieres decir?
—Es normal que estés sorprendida. Déjame entrar, y lo sabrás. Debo ver a tu marido.
La mujer le dejó entrar en la casa a regañadientes. Kyusuke entró a la habitación donde estaba el enfermo y lo saludó.
—Amigo, ¿cómo está?
—Es el viajero al que trataste tan mal hace poco tiempo —le explicó la mujer, viendo que su marido no reconocía al visitante.
—¿Cuál de ellos? —preguntó el ladrón amargamente.
—Señor, soy yo. No sé cómo compensarle por la amabilidad que mostró conmigo el otro día. Pero ahora debo contarle qué me trae aquí de nuevo.
A continuación, Kyusuke informó al ladrón de lo que había ocurrido con la espada.
—Del precio que me dieron por la espada he descontado cien ryos para mí, que he enviado a mi casa por giro —dijo, tras dejar la bolsa de dinero junto a la cama—. El resto lo he traído conmigo y está dentro de la bolsa, excepto una pequeña cantidad que he tomado para los gastos del viaje. No tengo suficiente para llegar hasta mi casa, en la provincia de Noto, y desde allí regresar a la de mi señor en Tamamura, en la provincia de Kozuke, por lo que me veo obligado a pedirle un poco más. En cuanto al resto, puede quedarse con todo. Ah, qué alivio deshacerme de este dinero, que ha sido una fuente de ansiedad constante desde que empecé este viaje.
El enfermo parecía impresionado por el relato de Kyusuke.
—Dices que tu hogar está en Noto; ¿de qué parte de la provincia eres?
—Nací en Ogita-mura, cerca de Nanao. Mi nombre es Kyusuke y soy el hijo de un campesino llamado Kyuzaemon.
—¿Tu hermano mayor se llamaba Kyutaro?
—¿Cómo sabe eso?
—¿No lo adivinas? Kyusuke, apenas me atrevo a decírtelo… Yo soy Kyutaro. Caí, como puedes ver, en lo más hondo de la degradación y la miseria.
—¡Mi hermano mayor! ¡Kyutaro!
—Me avergüenza decirlo, pero sí.
Los dos hermanos se abrazaron entre lágrimas. O-nami estaba muy sorprendida.
—Entonces, ¿de verdad eres el hermano de mi marido? Perdona, no lo hubiera adivinado nunca.
Y ella también empezó a llorar.
Kyusuke se apresuró a consolarla.
—No llores, por favor. Perdona mi rudeza cuando no sabía quién eras, y perdona también todos los problemas que te he ocasionado.
Kyutaro, afligido al pensar en todas las tropelías que había cometido, cogió un cuchillo de caza que estaba a su alcance y lo clavó en su abdomen. Su esposa y su hermano intentaron detenerlo en vano.
—¡Detente, no hagas ninguna locura! —gritó Kyusuke.
—¡Esposo mío! Oh, ¡qué has hecho! —exclamó su esposa.
Kyutaro apenas podía hablar.
—Hermano, esposa, ¿cómo podría seguir viviendo? —dijo, con voz débil y dolorida—. Kyusuke, cuando recuerdo lo vil que he sido, me siento arrepentido y avergonzado. La última vez que estuviste aquí te habría matado, sin sospechar que eras mi hermano. Las protestas de O-nami no habrían servido de nada; fue la providencia la que te salvó apagando milagrosamente la antorcha que llevabas. Mis malignas intenciones propiciaron tu buena fortuna; la espada que te di para animarte a abandonar esta casa resultó ser un valioso regalo, y te ha proporcionado una gran suma de dinero. En lugar de enriquecerte, te has tomado la molestia de venir para entregármela. Kyusuke, ¡qué meticuloso eres! Tu naturaleza es tan honesta e inmaculada como la nieve… la mía es tan negra como el carbón. Ahora estoy pagando mi maldad: la enfermedad que sufro es el castigo del cielo. Lo que me acabas de contar iluminará mi camino hasta el otro mundo, como si fuera la bendición de un sacerdote. Estoy decidido a morir y unirme a mi difunta madre para ofrecerle mis humildes disculpas por mi mala conducta. En este último momento, solo hay una cosa que me perturba: pensar en O-nami. Tuvo la mala suerte de casarse con un miserable como yo, pero su corazón es puro y tierno. Cuida de ella cuando yo me haya marchado. Sé amable con ella, Kyusuke, te lo suplico.
Kyutaro, incapaz de soportar los aguijones de su recién despertada conciencia, consiguió zafarse de los brazos de su esposa y de su hermano y murió como un hombre.
Kyusuke y O-nami mezclaron sus lágrimas sobre el cuerpo sin vida de Kyutaro. Para evitar que sus lamentos retuvieran su espíritu, contuvieron su dolor con gran esfuerzo y enterraron al ladrón muerto de la mejor manera posible.
Después, Kyusuke partió de nuevo, cogiendo el dinero que había llevado hasta allí y el cabello del fallecido. O-nami lo acompañó. Antes de empezar el viaje, quemaron la casa para que nadie pudiera volver a utilizarla con malas intenciones.
Al llegar a su hogar, Kyusuke contó a su viejo padre, a su madrastra y a su hija todo lo que le había acontecido desde su marcha, muchos años antes. Ya habían recibido los cien ryos que había enviado por adelantado, y añadió a ellos todo el dinero que llevaba encima. También sacó el cabello del hombre muerto. El viejo Kyuzaemon lamentó el trágico final de su hijo mayor, pero al mismo tiempo se alegró de tener un hijo menor tan admirable como Kyusuke. La madrastra, arrepentida de su egoísmo en el pasado, le pidió perdón. Todos se apiadaron de la pobre O-nami. La bondad de un hombre puede obrar milagros en los corazones de los que están a su alrededor, y esto ocurrió en aquella casa. Sus familiares querían que Kyusuke sucediera a su padre y heredara el apellido familiar, pero él se negó firmemente y dispuso que su hermanastra se casara y que la nueva pareja fuera el heredero del anciano después de su muerte. En cuanto a O-nami, estaba decidida a hacerse monja y dedicar el resto de sus días al servicio religioso por el alma de su esposo muerto, ya que su única preocupación era orar por la purificación de sus pecados. Se decidió que se construiría un lugar de reclusión donde pudiera pasar su vida sin ser molestada. Este fue el origen del convento Nanao.
Después de ocuparse de todos sus asuntos familiares, Kyusuke aceptó una pequeña cantidad del dinero que había llevado, suficiente para volver al hogar de su señor en la provincia de Kozuke. Después de contarle sus aventuras y todo lo que había vivido, Kyusuke pidió a Gonzaemon que volviera a aceptarlo a su servicio con las mismas condiciones que antes. Gonzaemon estaba sorprendido y complacido. Las encomiables acciones de Kyusuke conmovieron tanto al bondadoso cacique que le propuso que fundara uno de sus clanes secundarios. La modestia de Kyusuke no le permitía aceptar aquel honor, pero viendo que aquel era realmente el deseo de su señor, al final aceptó. No es necesario decir lo laboriosamente que realizó todos sus deberes para no desacreditar la confianza que su señor había puesto en él. Su familia prosperó en Tamamura. En cuanto a la espada que había recibido de su hermano, fue comprada por el señor Matsudaira, daimio de la provincia de Awa. La llamó Sutemaru, espada huérfana, en referencia a su historia, y la guardó como un tesoro. En la actualidad sigue siendo una valiosa reliquia de la familia.