País Relato - Autores

asataro miyamori

el heroísmo de torii katsutaka

La pequeña guarnición sitiada en el castillo de Nagashino, en la provincia de Mikawa, se encontraba en una situación desesperada.
Okudaira Sadayoshi, el gobernador del castillo, estaba lejos por un asunto importante y su hijo, Sadamasa, había quedado al mando de una pequeña guarnición de ochocientos hombres. Estos lucharon con coraje pero, como los habían pillado de improviso, el castillo se quedó pronto sin munición ni provisiones. Quince días después solo les quedaban dos opciones: la muerte por inanición o la rendición.
Estaban a finales de abril del tercer año de la era Tensho (1575). Takeda Katsuyori, señor de Kai, sabiendo que su enemigo, Sadayoshi, estaba ausente de su castillo, aprovechó la oportunidad para atacar y rodeó el castillo a la cabeza de veintiocho mil soldados. Después de levantar el cuartel general en una colina frente a la entrada principal del castillo, ordenó ataques continuos a las murallas. Quería conquistar aquel lugar antes de que Tokugawa Ieyasu, señor de Sadayoshi, u Oda Nobunaga, aliado de Ieyasu, vinieran en su ayuda.
Al final de la segunda semana ya habían muerto unos trescientos defensores, o estaban tan gravemente heridos que no podían prestar más ayuda. A pesar de que la habían racionado, solo les quedaba comida para dos días. Ante tal situación, Sadamasa convocó a todos sus hombres y se dirigió a ellos con gran calma y coraje.
—Me siento orgulloso de vuestra valentía y lealtad, y os lo agradezco. Pero la suerte está en nuestra contra, y debemos entregar el castillo. Casi nos hemos quedado sin munición y solo tenemos comida para dos días más. Es imposible ir a buscar ayuda, ya que el enemigo nos rodea por todos lados. Enviaré un mensajero a Takeda para que podáis salir sin ser atacados, y yo me suicidaré. Estoy totalmente seguro de que preferiríais luchar hasta el final antes de entregar el castillo, pero no puedo consentir que sacrifiquéis vuestras vidas. Deseo que viváis para que podáis reuniros con las tropas de mi padre y quizá recuperar el castillo al que ahora nos vemos obligados a renunciar. Por ahora, no se puede hacer nada más. Salvaos y permitidme cometer suicidio.
Sadamasa terminó de hablar y, antes de que el sonido de su severa arenga se hubiera disipado, alguien de entre la multitud tomó la palabra.
—¿Cometer suicidio, mi señor? ¡Es demasiado pronto para tomar una medida tan desesperada! Con su permiso, intentaré traspasar las líneas enemigas para buscar refuerzos antes de que sea demasiado tarde.
—¿Es Katsutaka quién habla? Mi valiente compañero, aprecio tus intenciones, pero la idea es impracticable. ¿Cómo podría una rata, y mucho menos un gigante como tú, atravesar las líneas enemigas sin ser vista? Y suponiendo que lo lograra, ¿cómo conseguiría que un ejército llegara a tiempo para salvarnos antes de que muriéramos de hambre? He meditado mucho la decisión que acabo de comunicaros. La misión que propones es totalmente imposible.
—No lo es, mi señor —dijo Katsutaka, con la tranquilidad de un hombre que ha tomado una decisión y que sabe lo que está haciendo—. Como bien sabe, soy fuerte y un buen nadador. Cruzaré el río de noche e iré rápidamente a ver al señor Tokugawa, a quien pediré que envíe inmediatamente sus tropas para dispersar a los asediadores. He pensado bien en este asunto; puedo hacerlo.
—¡Valientemente concebido y valientemente expuesto, Katsutaka! Bueno, situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Aunque fracases, no estaremos peor de lo que lo estamos ahora. Ve, amigo mío, ¡y que la suerte te acompañe! —Se detuvo, porque estaba tan emocionado que apenas podía hablar. Cuando recuperó la voz, continuó—. Si consigues escapar, como tú esperas, es necesario que nos lo comuniques para que sigamos aguantando hasta el último minuto. ¿Cómo nos informarás de que lo has conseguido?
—Es fácil, mi señor. Subiré a la cima del monte Funatsuki y haré una fogata para que su humo actúe a modo de señal. Desde allí hasta Okazaki, donde vive el señor Tokugawa, hay solo treinta y seis kilómetros. Debería llegar a su castillo mañana a mediodía. Después de entregar mi mensaje, regresaré sin perder un momento.
—¿Y cómo nos avisarás de la llegada de los refuerzos?
—A medianoche, pasado mañana, estaré de nuevo en la montaña, y una vez más os enviaré una señal con el humo de una fogata. Una columna de humo significará que las tropas del señor Tokugawa vienen solas. Dos columnas, que vienen con las del señor Oda, y tres significará que el ejército de Tokugawa viene con el de ambos señores Oda, un ejército aliado de tres divisiones.
—¿Podrías, de alguna manera, informarnos del número de soldados?
—Nada más fácil, mi señor. Un disparo le informará de que hay diez mil en camino; dos, de que son veinte mil; tres, de que son treinta mil. No se preocupe, mi señor. Estoy convencido que todo saldrá bien.
—¡Que el cielo te ayude, Katsutaka! ¿Cuándo tienes pensado intentarlo?
—Con su permiso, tan pronto como oscurezca, mi señor. No hay tiempo que perder. ¡Adiós!
—Espera, amigo mío. Quiero darte algo antes de que te marches. Toma.
Katsutaka se acercó y su señor le puso en las manos una caja de caro incienso y una valiosa espada.
—Este incienso es una reliquia de mi familia que ha pasado de generación en generación desde nuestro antecesor, el príncipe Tomohira, séptimo hijo del emperador Murakami; y esta espada es otra reliquia familiar, una magnífica arma forjada por Sadamune. Acéptalos como un pequeño reconocimiento a tu valentía y lealtad.
El soldado aceptó los regalos con una reverencia.
—Su señoría es demasiado buena con este humilde servidor. Acepto su generosidad con profunda gratitud.
—¡Espera un poco más, Katsutaka! Quiero tomar contigo un trago de despedida.
Les trajeron dos vasos y una botella de sake. Katsutaka ejecutó entonces una danza bélica mientras entonaba una cantinela marcial. Acto seguido, se retiró para terminar los preparativos necesarios para su peligrosa misión, dejando a todos los reunidos, oficiales y soldados por igual, llenos de admiración por su heroísmo.
Vestido con un atuendo ligero y con un pequeño paquete envuelto en papel impermeable en la mano, Katsutaka se arrastró en la quietud de la noche hasta la orilla del río Iwashiro, que fluía a poca distancia del castillo. Había llovido mucho y el arroyo bajaba con fuerza y rapidez.
Katsutaka se escondió entre los altos juncos que crecían en la orilla y echó un vistazo en todas direcciones. La luna llena, dejándose ver entre las espesas nubes, iluminaba tanto como la luz del día. Consternado, el aventurero descubrió que habían extendido sobre el río una telaraña de cuerdas de las que habían colgado campanillas, y que un grupo de centinelas estaba de guardia en la orilla opuesta. Cuando algo rozaba las cuerdas, las campanillas repiqueteaban ruidosamente y los centinelas aparecían con antorchas para descubrir la causa del sonido.
Aquella dificultad inesperada pilló desprevenido a Katsutaka. ¿Cómo iba a cruzar el río con tanta vigilancia? Para su desesperación, vio agitándose perezosamente en la suave brisa nocturna una insignia ecuestre y una bandera, ambas con un escudo de armas que sabía que pertenecía a Baba Nobufusa, uno de los generales más veteranos del ejército enemigo.
—Realmente, hoy no es mi día de suerte —se lamentó Katsutaka—. Con Baba Nobufusa a cargo de esta parte del río, será casi imposible cruzar hasta el otro lado. Pero no abandonaré sin esforzarme al máximo. Seguro que encontraré una manera de eludir la vigilancia.
Arrancó un junco. Estaba a punto de lanzarlo al río cuando se dio cuenta de que, si la raíz tenía tierra, el sagaz Nobufusa llegaría a la conclusión de que había alguien escondido en los alrededores, y ordenaría a sus hombres que efectuaran una exhaustiva búsqueda. Esto sería fatal para él. Por tanto, lavó el barro del junco y después lo lanzó a la corriente. Inmediatamente se quedó atrapado en la telaraña de cuerdas y todas las campanillas comenzaron a tañer estrepitosamente.
Dos centinelas saltaron al agua y sacaron el junco. Lo llevaron hasta Nobufusa, que examinó cuidadosamente la raíz a la luz de una antorcha.
—No hay nada sospechoso en este junco —dijo el general.
Katsutaka, que los observaba desde su escondite en la orilla contraria, estaba abatido.
—Es inútil pensar en cruzar —se dijo a sí mismo.
Después de un momento de desánimo volvió a arrancar otro junco, lo limpió de barro y lo lanzó al río. Una vez más, las campanillas alertaron a los centinelas, que entraron en el agua para descubrir la causa.
—Otro junco, mi señor —dijo el hombre, y se lo entregó al general.
—La corriente está arrancando los juncos de la orilla —indicó tras examinarlo—. No es nada, pero no relajéis vuestra vigilancia.
Katsutaka cogió entonces la rama de un árbol que había sido arrastrada hasta la orilla y la lanzó hacia las cuerdas, y después de eso, otro junco. Y así continuó, lanzando ahora una cosa y después otra hasta que los soldados de Nobufusa dejaron de preocuparse por el sonido de las campanillas y no volvieron a adentrarse en el río. Aun así, Katsutaka todavía no podía aventurarse a cruzar, porque los atentos ojos de los vigilantes nunca abandonaban las oscuras aguas. El tiempo pasaba. ¿Qué podía hacer? Katsutaka estaba desesperado. ¡No podía regresar y confesar que había fallado en su misión!
Entonces sonaron los tambores y los hombres de Nobufusa se retiraron para dar paso a los relevos de Atobe Oinosuke. Katsutaka se animó. Oinosuke era conocido por su ingenio, lo sabía, pero no se podía comparar en paciencia y estrategia con Nobufusa. Una vez más, Katsutaka empezó a lanzar cosas al río, pero los nuevos vigilantes estaban alertas y examinaban todo lo que provocaba el sonido de las campanillas. El pobre Katsutaka ya no tenía esperanza alguna. Entonces, las nubes taparon la luna y se oyó el rugido de un trueno a lo lejos. Con asombrosa rapidez, empezó a llover. El ruido era terrible. La lluvia cayendo, el rugido del viento y los truenos convirtieron la tranquila noche en un pandemonio.
Katsutaka no temía a los elementos; solamente pensaba que ahora tenía vía libre. Bailó y gritó de alegría, sabiendo que no podía ser visto ni oído a través del tumulto y de la negra oscuridad. Pero no había tiempo que perder. La tormenta podía pasar tan rápidamente como había empezado. Se desnudó y se ató el paquete alrededor del cuello. A continuación, se adentró en las turbias aguas y cortó algunas de las cuerdas que las cruzaban con su daga. Los centinelas de la orilla opuesta oyeron el ruido de las campanillas pero, cuando algunos hombres estaban a punto de salir a investigar, su general los detuvo.
—No hace falta —les dijo—. El arco de campanillas se mueve por los peces que bajan la corriente. Ningún enemigo estaría tan loco como para intentar cruzar el río durante una tormenta así; sería la muerte instantánea. Quedaos tranquilos.
—Cierto, mi señor —asintió uno de los hombres—. Seguro que solo son peces, tal como dice.
A pesar de que la corriente lo golpeaba y vapuleaba, Katsutaka consiguió llegar a la orilla opuesta a unos ochenta metros del punto desde donde había partido. Encontró el lugar bien vigilado, pero esperaba que la oscuridad y el ruido de la tormenta le permitieran avanzar. Estaba abriéndose camino sigilosamente cuando resbaló y cayó con un golpe sordo.
—¿Quién va? —Escuchó, no muy lejos de donde estaba.
Sorprendido, Katsutaka se puso en pie y colocó la mano sobre la empuñadura de su daga.
—Un patrullero, señor —contestó rápidamente.
—¿Eso es todo? Te compadezco… Menuda tormenta. ¡Que te sea leve!
—Gracias, capitán. Buenas noches.
—Buenas noches. No te confíes en esta oscura noche. El enemigo podría aprovecharse de la tormenta.
—Tendré cuidado, señor.
De este modo, gracias a su entereza, salió airoso de la situación cuando todo parecía perdido. La primera y más difícil parte de su misión había terminado.
Katsutaka subió a la montaña desde la que tenía que hacer las señales a los suyos. La lluvia prácticamente había cesado, y los truenos sonaban ya lejos. Se detuvo un instante para recuperar el aliento. La luna brillaba de nuevo y proporcionaba un plateado encanto al paisaje. Sacó de su paquete lo necesario para hacer una pequeña fogata, confiando en que sus compañeros del castillo la vieran y supieran de este modo que había conseguido escapar. Después prosiguió su camino y llegó a Okazaki a las diez de la mañana siguiente.
Cuando se acercaba al castillo se encontró con un oficial a caballo acompañado por algunos hombres a pie. Con gran alegría reconoció a su propio señor, Okudaira Sadayoshi.
—Soy Torii Katsutaka, mi señor —le dijo, haciendo una reverencia—, y he venido hasta aquí urgentemente a petición de su honorable hijo, que está sitiado en el castillo de Nagashino.
—¡Sitiado! ¡Mi hijo, sitiado! ¿Qué significa esta extraña noticia? Sígueme; regresaré al castillo inmediatamente.
Giró su caballo y, seguido por Katsutaka y el resto de su séquito, Sadayoshi volvió por el mismo camino por el que había venido. Una vez en el patio, desmontó y pidió al mensajero que fuera más explícito sobre lo que había ocurrido.
—Esta es, sin duda, una noticia inesperada y nefasta —exclamó—. Mi valiente amigo, te agradezco tu intrépida hazaña. Llegué aquí hace dos días con Tokugawa, con la intención de quedarme un corto período de tiempo. Debo tomar medidas inmediatamente. Espera aquí mientras voy a hablar con su Excelencia; quizá quiera preguntarte algo él mismo.
Al poco rato, un ayudante llamó a Katsutaka a la presencia del célebre gobernante.
—Torii Katsutaka —le dijo amablemente—, eres un hombre valiente y has hecho algo increíble. Explícame exactamente cómo están las cosas en el castillo de Nagashino. Tienes permiso para hablar con franqueza.
Mostrándose de una forma lo más honorable posible, Katsutaka, con la sencilla dialéctica de un soldado, narró detalladamente la situación dentro y fuera del castillo.
—Si no se envían refuerzos inmediatamente, su Excelencia —concluyó—, la guarnición morirá de hambre. No disponemos de mucho tiempo.
—Los refuerzos serán enviados lo más rápidamente posible —dijo Ieyasu—. Por suerte, ambos señores Oda están actualmente en la provincia con sus tropas, y podrán llegar al castillo en dos, o quizás tres días. De no haber sido por ti, no habríamos sabido nada hasta que hubiera sido demasiado tarde. Eres un héroe. Ahora, come y descansa antes de comenzar el viaje de regreso.
Aquella misma tarde, Ieyasu, a la cabeza de veinte mil hombres, se dirigió al castillo de Ushikubo, donde se reunió con ambos Oda y sus fuerzas combinadas de cincuenta mil hombres. Se preparó todo para la partida a la mañana siguiente. A continuación, Ieyasu habló con Katsutaka otra vez.
—Como ves, nuestros ejércitos aliados llegarán a Nagashino en un plazo máximo de dos días. Puedes estar tranquilo; llegaremos a tiempo. Pero debes estar agotado. Quédate aquí unos días hasta que te recuperes totalmente.
—Su Excelencia, es usted muy considerado conmigo, pero no puedo aceptar su ofrecimiento. Debo regresar inmediatamente para informar a la guarnición del éxito de mi misión y de que la ayuda está en camino. Permítame partir sin demora.
—Será bastante difícil que vuelvas a entrar al castillo de la misma manera en la que saliste de él. No te preocupes, y quédate aquí como te he pedido.
—Mil disculpas, su Excelencia —dijo Katsutaka, con respeto pero firmemente—. Acepté esta misión poniendo en peligro mi vida y llegaré hasta el final. Es un gran honor, para alguien tan humilde y pobre como yo, haber podido hablar con su Excelencia. Nada podría ofrecerme mayor honor. Aunque fuera capturado por el enemigo y muriera de la peor manera posible, habría merecido la pena. Mis compañeros se están muriendo de hambre; saber que la ayuda está en camino les dará fuerza para aguantar. Permítame ir, su Excelencia.
—Si tan decidido estás, adelante —contestó Tokugawa—. No añadiré nada más. Llevarás una carta mía para Sadamasa.
—Eso sería muy peligroso, su Excelencia. Si la carta cayera en manos enemigas, sabrían que os acercáis y tomarían medidas al respecto.
—Cierto —dijo Ieyasu con una sonrisa—. ¡Eres tan prudente como valiente, Katsutaka!
Entonces, Katsutaka se despidió de Tokugawa y Okudaira Sadayoshi y, después de coger un arma, emprendió de nuevo su peligroso viaje.
Los soldados de la guarnición esperaban ansiosos y debilitados la señal que les indicaría la llegada de ayuda. Animados al saber que Katsutaka, al contrario de lo que creían, había conseguido esquivar a los centinelas, ahora tenían la esperanza que tuviera la misma suerte en el resto de su misión. Por turnos, los guardias subían a la torre más alta y forzaban sus ojos en la dirección en la que tenía que aparecer la señal prometida. A medianoche del segundo día, divisaron una pequeña fogata en el monte Funatsuki, y rápidamente tres columnas de un humo oscuro aparecieron en el cielo. ¡La ayuda estaba a punto de llegar! Pero ¿sería suficiente? ¿Cuántos soldados estarían de camino? ¡Pum! Un disparo informativo, y después otro, y otro más, hasta que siete disparos les aseguraron que se aproximaban setenta mil hombres. Los hambrientos hombres se animaron de nuevo y, olvidando el hambre y las heridas, esperaron con alegría su rápido alivio.
Pero el sonido de los disparos también llegó a otros oídos. La compañía a cargo de vigilar aquella montaña también los escuchó, y un grupo subió a investigar. El general Naito Masatoyo estaba a cargo de la pequeña dotación. Ignorante del peligro, Katsutaka estaba bajando la montaña alegremente cuando se encontró rodeado de los mismos hombres a los que deseaba evitar.
—¡Alto! ¿Quién eres tú? —exigió saber el general.
La rapidez mental de Katsutaka no lo abandonó.
—Escuchamos disparos y vine con mis camaradas para ver qué ocurría. Hemos buscado por todas partes, pero no hemos podido encontrar a nadie. Ahora regresaba para informar de ello.
—Acércate y déjame ver tu cara. ¿Quién es tu capitán?
—Pertenezco a la compañía de fusileros bajo las órdenes del capitán Anayama.
—¿Tu nombre?
—Mi nombre es…
—Guardias, haced prisionero a este hombre.
Fue más sencillo decirlo que hacerlo. Obedecieron cuatro o cinco soldados, pero Katsutaka ofreció tal resistencia que no fueron capaces de detenerlo, y terminó corriendo montaña abajo. Más soldados estaban subiendo, así que buscó algunos arbustos donde poder esconderse, pero lo vieron y fue detenido. Se resistió, golpeando hacia todos lados, pero eran demasiados y tuvo que rendirse. Le quitaron el arma y se la dieron al general, que descubrió una inscripción en ella: «Una de las 3000 armas propiedad del castillo de Okazaki».
Lo habían descubierto. Dedujeron que el hombre que habían apresado había ido a Okazaki a pedir ayuda, y decidieron llevarlo ante el general Katsuyori inmediatamente.
Katsutaka tenía un aspecto lamentable, con moratones y sangre por todas partes. El general lo examinó a la luz de una lámpara. A pesar de su apariencia, había algo en el porte del hombre que provocaba un sentimiento de admiración por su valor, en lugar de compasión por su condición y circunstancias.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó el general.
Como no tenía ningún motivo para ocultar la verdad, Katsutaka contestó sinceramente.
—Torii Katsutaka, siervo de Okudaira Sadamasa, gobernador de castillo de Nagashino.
—Has estado en el castillo de Okazaki para pedir refuerzos, y has realizado esos disparos en la cima del monte Funatsuki siguiendo un plan preestablecido. ¿No es así?
—Así es, señor.
—Peligrosa misión la tuya. Más tarde deberías contarme cómo lograste cruzar nuestras líneas. Sé apreciar y recompensar la valentía, y me gustaría contarte entre mis hombres. Si te unes a nosotros, te daré un estipendio de mil kokus de arroz anuales. Si te niegas, morirás.
Simulando sentirse complacido con la oferta del general, Katsutaka aceptó con gran gratitud. Pensó que, haciendo esto, podría pillar a sus captores despistados y escapar, o prestar ayuda de algún modo a aquellos que estaban atrapados en el castillo.
—Es todo un honor, su Excelencia —le dijo—. Solo soy un humilde soldado, pero me esforzaré todo lo posible para satisfacerlo.
—Me alegra descubrir que no tienes absurdos escrúpulos respecto a la deserción —dijo el general, al que sin embargo le había sorprendido la rápida aceptación de su propuesta—. Hay algo que deseo que hagas para probar tu sinceridad.
El general Katsuyori dio una orden en voz baja a su edecán, que se retiró y volvió un poco después con un escrito que entregó al general. Resultó ser una carta de Sadayoshi a su hijo informándole de que, debido a una repentina rebelión, el señor Tokugawa no iba a poder enviar a sus tropas como refuerzo para la guarnición de Nagashino, y que no podía hacerse otra cosa que rendirse en las mejores condiciones posibles. La carta era una hábil imitación de la escritura de Sadayoshi, porque había sido escrita por un oficial que había servido bajo sus órdenes y estaba acostumbrado a su letra.
Katsuyori, orgulloso, mostró la falsificación a Katsutaka.
—Debes escribir una carta confirmando la información que contiene esta, y ambas misivas serán enviadas a la vez al otro lado de la muralla —le dijo—. ¿Qué? ¿Dudas?
Viendo que no tenía más remedio que obedecer, Katsutaka hizo lo que le había pedido. Ataron las dos cartas a una flecha y fueron lanzadas al interior del castillo por un hábil arquero.
La consternación y la decepción de la expectante guarnición no podían ser explicadas con palabras. Aquellas noticias fueron más amargas debido a la esperanza que las había precedido. Incluso los hombres más fuertes lloraron.
Pero Okudaira Jiyemon, el primer consejero, después de examinar minuciosamente las cartas, estalló en carcajadas.
—No creo que este sea el momento de reírse, Jiyemon —dijo Sadamasa, disgustado con aquella inapropiada reacción—. ¿Puedo preguntarte dónde está la gracia?
—¡Ja! Le pido disculpas, mi señor, pero Katsuyori no debe ser muy listo si cree que puede engañarnos tan fácilmente. Si se fija en este papel, descubrirá que no es del tipo que se fabrica en esta provincia, como el que usa siempre nuestro señor, sino de la clase que se manufactura en la suya. Este detalle deja claro el engaño. ¡No tema, mi señor! Confíe en mis palabras, y esté seguro de que las señales de Katsutaka decían la verdad. Esto no es más que una treta para engañarnos y provocar que nos rindamos antes de que llegue la ayuda.
Ya no había duda de que las cartas no eran auténticas, y los ánimos se elevaron de nuevo. Sadamasa subió a la torre más alta y gritó a los centinelas del otro lado.
—¡Soldados de Kai, acercaos! Tengo algo que deciros en respuesta a las cartas que acabo de recibir. Pedid a un oficial que se acerque lo suficiente para poder oír mis palabras.
Deduciendo que Sadamasa deseaba discutir los términos de la rendición, el propio Katsuyori se adelantó, acompañado por sus hombres.
—Os agradezco las cartas que me habéis enviado —empezó Sadamasa educadamente—. Habéis sido muy amables al entregarme el comunicado de mi padre, y os estoy agradecido. —Entonces, de repente, su tono cambió—. ¿Creíais que un truco tan torpe nos engañaría, o que me induciría a ceder la fortaleza de mis ancestros? ¡Idiotas! ¡Veremos quién ríe el último! ¡Ja!
Los hombres que estaban a su espalda estallaron en carcajadas, disfrutando de la turbación de los soldados enemigos.
Katsuyori estaba furioso.
—Vamos, Katsutaka —gritó—. ¡Ve hasta el borde del foso y diles que no vendrá ninguna ayuda, y que deben rendirse!
Escoltado por dos hombres, porque todavía no había sido puesto en libertad, Katsutaka caminó hasta el borde del foso y, elevando la voz para que sus palabras resonaran con claridad, dijo:
—Escuchad, mi señor y camaradas. Lo que os digo es la verdad. El señor Tokugawa y los dos señores Oda, con un ejército aliado de setenta mil hombres, vienen en vuestra ayuda. Estarán aquí mañana. Las cartas de las flechas son totalmente falsas. ¡Estad tranquilos!
Tan inesperadas fueron sus palabras que nadie pensó en detenerlo hasta que hubo acabado. Un tremendo vítor se alzó entre los asediados, pero los furiosos soldados del ejército contrario agarraron a Katsutaka y, airados, lo golpearon y patearon sin piedad. Después, a la orden de Katsuyori, lo crucificaron justo delante de la puerta del castillo que había dado la vida por salvar.
A primera hora de la mañana siguiente llegaron las tropas aliadas y el ejército de Kai fue totalmente aniquilado, y el asedio levantado.