Érase una vez un rey y una reina que tenían una sola hija. Cuando la princesa era todavía muy niña, una gitana le leyó el sino y dijo que a los dieciocho años sería una mujer mundana. Los padres se pusieron a pensar qué harían para quitarle esa idea, y discurrieron hacer un castillo en el monte y llevarla a ella con un ama que tenía una niña pequeña.
Bueno, conque hicieron el castillo y llevaron allí a la hija, que estaba todavía niña, y al ama con la suya. Y allí les llevaron víveres y ropa y de todo para dieciocho años.
Mientras la niña fue pequeña nada le llamaba la atención, pero al tener dieciocho años decía:
—Pero, ¿es que no habrá más mundo que esto, metidos aquí en este castillo?
Un día se asomó a los balcones del castillo, divisó una chocita y vio que de ella salían unos ladrones. Empezó a contar y vio que eran cuatro, y dijo:
—Mañana voy a ver qué es aquello.
Al otro día salió del castillo y se dirigió a la choza. A la puerta se encontró al hijo del capitán. Y sin decir nada entró y le tiró al niño toda la comida que preparaba para los ladrones. Le desbarató toda la cama y se marchó para su castillo. Al llegar al castillo le dijo a la niña del ama:
—He ido a aquella choza que ves allá y me he encontrado con el niño que preparaba la comida y se la he tirado toda, y le he desbaratado la cama. Mañana tempranito vamos otra vez. Como le digas algo a tu madre, te mato.
Por la mañana se marcharon las dos. Ese día se había quedado allí uno de los ladrones para esperar ala joven que había venido el día antes a tirarle la comida al niño y a desbaratarle la cama. Cuando llegaron, el ladrón en seguida las recibió muy contento y quería gozar con ellas. La muchacha le dijo:
—Bueno, pero primero a poner la mesa y a comer.
Y mientras el ladrón ponía la mesa, ellas se salieron por un boquete que había en la choza y se marcharon para el castillo. Llegaron los ladrones a la choza y le preguntaron por la joven al que se había quedado. Él les contó cómo ella le había engañado y se había marchado. Y el capitán le dijo:
—¡Ay, tonto! Ya verás cómo mañana me quedo yo y a mí no se me escapa.
Al otro día se quedó el capitán para ver si venía la joven. Llegó ella otra vez a la choza, y el capitán la recibió muy contento y también quería gozar de ella. Pero ella le dijo:
—Bueno, pero quiero llevarte al castillo primero. Irás conmigo al castillo donde vivo.
Y el capitán se fue con ella. Al llegar, la joven dijo:
—Por este lienzo de muralla y por esta escala subo yo y luego subes tú.
Y subió ella primero. Luego empezó a subir el capitán y a la mediación del lienzo cortó ella la escala y lo dejó caer y se dio un buen golpazo. Y así, roto y dolorido, se fue para su choza jurando venganza. Cuando llegó, estaba tan estropeado que se metió en la cama.
Cuando la joven oyó decir que estaba malo en la cama, se vistió de médico y fue a curarlo. Llegó y le dijeron que entrara. Y entró a ver al enfermo y le dio unas cuantas friegas con ortigas. Y al marcharse dijo:
—Yo soy Rosa Verde, para que te acuerdes.
Y a los pocos días dijo:
—Bueno, ahora el capitán de los ladrones ya debe tener barba.
Y se vistió de barbero y pasó por la choza. El niño del capitán la llamó para que afeitara a su padre. Entró ella y le hizo muchas heridas en la cara y lo dejó rabiando. Se marchó otra vez y al marcharse le dijo:
—Yo soy Rosa Verde, para que te acuerdes.
Bueno, pues vinieron sus padres a por ella porque ya habían pasado los dieciocho años, y se la llevaron al palacio. De contentos que estaban todos, el rey le dijo que escogiera lo más imposible que quisiera, lo que se le antojara, que él se lo concedería. Y ella entonces le pidió que perdonara a los ladrones. Pero el rey, su padre, le dijo que todo menos eso.
A los pocos días fue el capitán de los ladrones a pedir la mano de la princesa disfrazado de gran caballero, y porque ya sabía que ella era la que tanto mal le había hecho, quería casarse con ella para matarla. Y los padres se la dieron en matrimonio. Ella comprendía las intenciones del capitán y el día de la boda mandó hacer una muñeca de dulce, rellena de almíbar, de la misma figura que ella. Y se casaron. Y por la noche ella fue primero a acostarse y metió en la cama la muñeca de dulce con una cuerdecita para que dijera sí y no con la cabeza. Y ella se metió debajo de la cama.
Bueno, pues poco después vino el novio a acostarse con intenciones de matar a la novia y vengarse. Llegó a la cama y le dijo a la muñeca:
—¿Te acuerdas, Rosa Verde, de cuando le hiciste aquel destrozo a mi hijo en la choza?
Y ella con la cabeza decía que sí. Y le dijo:
—¿Te acuerdas, Rosa Verde, del día que me llevaste al castillo y me cortaste la escala y casi me mataste?
Y otra vez respondió ella con la cabeza que sí. Y luego dijo:
—¿Te acuerdas, Rosa Verde, de cuando fuiste de médico a la choza y me diste friegas con ortigas?
Y con la cabeza decía sí. Y dijo:
—¿Te acuerdas, Rosa Verde, de cuando fuiste de barbero a la choza y me hiciste heridas en la cara?
Y ella otra vez dijo sí con la cabeza. Y entonces le dijo él:
—Bueno, pues ahora te voy a matar y pagarás por todo el mal que me has hecho.
Y sacó un puñal y le tiró al lado del corazón. Pero la muñeca se abrió y le cayó al ladrón en la boca un chorro de almíbar, y dijo él:
—¡Ay, Rosa Verde de mi vida, qué muerte tan dulce has tenido! Si yo hubiera sabido que ibas a tener una muerte tan dulce no te mato. Perdóname.
Entonces ella salió de debajo de la cama y se abrazaron. Y vivieron toda la vida muy felices y comieron perdices. Y a mí no me dieron porque no quisieron.