País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

piel de piojo y aro de hinojo

Esto era un rey que tenía una hija que ya pronto entraría en edad de casarse. Un día estaba peinándola su doncella cuando de repente va y le encuentra un piojo. En seguida fueron a decírselo al padre.
—¡Qué raro! —dijo el rey—. Nunca en este palacio se había visto un piojo.
Y en vez de matarlo, lo metieron en un frasco y lo mandaron engordar con harina.
Otro día paseaba la princesa con su doncella por el jardín y se encontraron una matita de hinojo.
—¡Mire usted qué matita tan linda! —dijo la doncella—. ¿Quiere que se la coja?
Pero el rey, que pasaba por allí, dijo:
—No, que la vamos a cuidar a ver dónde llega su ser.
Bueno, pues pasó algún tiempo y el piojo se puso tan grande, que hubo que sacarlo del frasco y meterlo en una tinaja. Y allí lo siguieron engordando con harina. Y la matita de hinojo, de tanto como la regaban, se puso a crecer, a crecer, que pronto parecería un pino. Pasado otro poco de tiempo, el piojo estaba tan gordo que no cabía en la tinaja. Entonces el rey dijo que ya había que matarlo y desollarlo. Con la piel bien estirada harían una pandereta, y la pandereta tendría el aro de madera de hinojo. Luego echó un bando diciendo que ya su hija estaba en edad de casarse y que vinieran de todas partes del reino los pretendientes a ver si acertaban de qué estaba hecha la pandereta de la princesa. El que lo acertara se casaría con ella, y los que no, a los tres días serían muertos.
De todas partes vinieron príncipes, duques y marqueses y todos los grandes personajes, que eran condenados a muerte a los tres días de no acertar.
Un pastor oyó también el bando, y va y le dice a su madre:
—Madre, prepáreme usted las alforjas, que me voy al palacio a acertar de qué es la pandereta de la princesa.
—Pero, so pedazo de tonto, ¿no ves que están matando a condes y a señores principales, y tú, que no estás escuchando más que los pedos de las ovejas, tú vas a acertarlo?
—Mire usted, madre, que esos memos sabrán leer y escribir, ¿pero sabrán lo que yo, que estoy acostumbrado a andar con pieles de todas clases de bichos y con todos los árboles del bosque?
Y ya la madre fue y le preparó todo para el viaje, y el pastor se marchó a palacio.
Por el camino se encuentra a un gigante que estaba sujetando una peña para que no se cayera y aplastara el pueblo.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Juntafuerzas.
—¿Y cuánto te pagan?
—Una peseta diaria.
—Pues yo te doy tres, y mantenido.
Y se fueron juntos. Ya habían caminado una larga distancia, cuando se encuentran a un individuo que estaba apuntando al cielo con una escopeta.
—¿Qué haces? —le preguntaron.
—Estoy esperando que salga una nube de mosquitos. Por cada uno que mato me dan diez céntimos. Por eso me llaman Vistalarga.
—Pues yo te doy tres pesetas, y mantenido.
Y Vistalarga se fue con ellos. Ya habían caminado otro rato, cuando se encuentran con uno que tenía el oído puesto en el suelo.
—¿Qué haces? —le preguntó el pastor.
—¡Chist! ¡Silencio! Que estoy oyendo cómo crece la hierba. Por eso me llaman Oidón.
—¿Y cuánto ganas al día?
—Una perra gorda por dar aviso de cómo va la siembra.
—Pues yo te doy tres pesetas, y mantenido.
Así que Oidón se unió a los otros, y al poco de andar se encuentran a uno que estaba con el culo en pompa y tirándose unos pedos tremendos.
—¿Qué haces? —le preguntaron.
—Pues yo echo a andar las aspas de un molino que está a tres leguas de aquí. Por eso me llaman el Gran Soplón.
—¿Y por qué te quedas tan lejos?
—Porque si me pongo más cerca lo derribo.
—Está bien, ¿y cuánto ganas al día?
—Dos reales por la mañana y dos reales por la tarde, si hay molienda.
—Pues yo te doy tres pesetas, y mantenido.
Se unió Gran Soplón al grupo y allá que van todos andando, andando, hasta que se encontraron a uno que estaba atado a un árbol, con dos ruedas de molino puestas en los pies.
—¿Qué es lo que te pasa? —le preguntaron.
—Nada, que si me sueltan me recorro el mundo en un minuto. Por eso me llaman Carrerilla.
—Bueno, hombre, pues si te unes a nosotros te soltamos. Y como ya somos seis, no admitimos más socios.
Carrerilla dijo que sí; de manera que lo soltaron. Luego se montaron todos en las piedras de molino y con lo que empujó Juntafuerzas y lo que hizo Gran Soplón partieron como un rayo. Ya cerca del palacio dijo el pastor:
—Ahora nos toca descansar.
Y se pusieron a descansar.
A esto que Vistalarga vio una hormiga que se estaba ahogando en medio de un charco. El pastor la cogió y se la guardó en las alforjas.
Por fin llegaron al palacio y pidieron posada frente por frente. Se fue el pastor al palacio y se quedaron los otros cinco esperándole. Cuando llegó aquél, dijo que venía a acertar de qué era la pandereta de la princesa.
—Está bien; aquí la tienes.
El pastor se puso a darle vueltas tocando la piel y el aro por todas partes. Y, después de mucho pensarlo, dice:
—Pues… la piel es de cabrito y el aro de cornicabra.
—¡Que te crees tú eso! Nada. Te has equivocado. Mañana vuelves, y si a los tres días no aciertas, ya sabes lo que te espera —dijo el rey.
El pastor volvió muy afligido a la posada y les contó a sus socios lo que le había pasado. Entonces Oidón dice:
—Eso es cosa de poco rato. Quedaos aquí.
Y se fue y se acercó al palacio por la parte de atrás. Pegó una oreja al muro y escuchó que en aquel momento le decía la princesa a su doncella:
—¿No es lástima que tengan que morir tantos duques y tantos marqueses?
—Eso, y luego vaya usted a saber con qué churripuerco le loca casarse, porque a ver quién va a acertar que la piel es de piojo y el aro de hinojo
—Calla, mujer, que te pueden oír.
—Ande usted, quién va a oírme aquí en este cuarto, tan solitas las dos.
Al momento volvió Oidón y le contó al pastor lo que había escuchado. Al día siguiente va el pastor al palacio y dice:
—Aquí estoy otra vez. ¿Me quieren ustedes acercar la pandereta?
Se la dieron y él hizo como que la palpaba y la repalpaba, hasta que dice:
—¡Ya lo sé! ¡La piel es de piojo y el aro de hinojo!
Todo el mundo se quedó muy asombrado y en seguida empezaron los de la corte a hacerse lenguas de que la princesa tuviera que casarse con un pastor. Tampoco a la princesa le hacía ninguna gracia, pero el rey dijo:
—Pues no tienes más remedio, porque palabra de rey es palabra de ley. Lo único que puedo hacer es ponerle algunas pruebas, porque es la costumbre.
Y va y le dice al pastor:
—Resulta que mi hija tiene los papeles para casarse en Roma. Y si mañana no has traído esos papeles, pues no te casas con ella.
Regresó el pastor muy afligido a la posada y les contó a sus socios lo que ocurría.
—Bueno, tú no te apures, que en un minuto te traigo yo esos papeles —dijo Carrerilla. Y no había acabado de decirlo cuando echó a correr como un rayo y volvió de Roma en un santiamén con los papeles en la mano—. Aquí los tienes.
Fue otra vez el pastor al palacio con los papeles bajo el brazo, pero antes de llegar a la puerta se le acerca una bruja y se pone a entretenerlo y a decirle cosas para que se durmiera. Cuando ya lo tenía casi dormido, Vistalarga, que lo estaba viendo todo desde la posada, cogió su escopeta y le pegó un tiro a la bruja, que la dejó tiesa allí mismo. Con el estampido se despertó el pastor y siguió su camino hasta la puerta del palacio.
—Está bien —dijo el rey cuando vio los documentos—. Has ganado otra vez, pero ahora tienes que escoger una cámara de maíz en una noche, separando en tres partes el bueno, el malo y el regular.
Lo metieron en la cámara donde estaba el montón de maíz, que llegaba hasta el techo, y allí lo encerraron. Se sentía muy preocupado el pastor, pensando que de allí no salía, cuando de pronto oyó una voz que le decía:
—No tengas cuidao, hombre, que yo te haré ese trabajito.
Y era la hormiga que habían salvado de ahogarse y que estaba metida en las alforjas del pastor. Éste la cogió y la puso en el suelo. La hormiga no paró de trabajar en toda la noche, y a la mañana siguiente estaban los tres montones de maíz muy bien separados: el bueno, el malo y el regular, porque las hormigas entienden mucho de eso.
—Ya ves, hija mía —dijo el rey—, que todo se ha cumplido. Ahora no tienes más remedio que casarte con él.
Pero entonces salió un conde, que estaba muy enamorado de la princesa, y le dice al pastor:
—Te doy todo el oro que puedas llevarte, si me cedes la mano de la princesa.
—De acuerdo —dijo el pastor—. Pero tiene que ser con la ayuda de uno de mis socios.
—Está bien. Pero uno solo.
Mandó el pastor llamar a Juntafuerzas, que se presentó con unos cuantos sacos. Llenaron un saco de monedas de oro, y Juntafuerzas lo cogió como si nada. Llenaron otro, y lo mismo. Y otro y otro, hasta que el conde dijo que no tenía más dinero y que rompía el trato. Salieron corriendo el pastor y su amigo con todos los sacos de dinero debajo de los brazos. El rey mandó a su ejército a perseguirlos, pero entonces el Gran Soplón se puso frente a todos los soldados con el culo en pompa y de un solo pedo los levantó por los aires.
Pronto se les unieron al pastor y a Juntafuerzas los demás socios, y se repartieron el dinero como buenos amigos.