Una vez era un matrimonio que tenía tres hijos; el primero se llamaba Serafín; el segundo Germán, y el tercero, Ricardo.
Un día se acercó Serafín a su padre y le dijo:
—Padre: écheme la bendición, que me voy por el mundo en busca de fortuna.
Serafín recibió la bendición de su padre, y este consejo:
—No sirvas nunca a hombre de barba roja; sirve a hombre de barba negra.
El joven cogió un palo y un zurrón y se marchó de su casa. Y allá, muy lejos, halló un señor de barba roja que le preguntó:
—¿Dónde vas?
—A buscar amo a quien servir.
—¿Quieres servirme a mí?
—De buena gana, si tuviera usted la barba negra; pero me ha dicho mi padre que no sirva a hombre de barba roja.
El señor se marchó y se tiñó la barba. Y por un atajo fue al encuentro del joven y le preguntó si quería irse de criado con él.
Serafín no lo reconoció y aceptó el empleo. Entonces el señor le llevó para su casa, y pasó un día, pasó otro, y no le mandaba hacer nada. A los siete días le dijo Serafín:
—Mi amo: ¿no me manda usted trabajar? Si no me necesita, me marcho.
Y le contestó el amo:
—Sí, vas a trabajar; prepara los bueyes, el carro, un cesto, tres o cuatro sacos, una cuerda y dos hachas, que vamos a ir al monte a por un carro de leña.
Fueron para el monte y allí hicieron una gran pila de leña y le pegaron fuego. Mientras ardía la leña, el señor leía un libro de magia, y cuando el fuego se consumió, en el sitio que había ocupado se abrió un pozo muy profundo, y dijo el amo:
—Serafín, ven acá. En el fondo de este pozo hay un tesoro; con la cuerda voy a bajarte allá para que cojas unos cuantos cestos de oro para nosotros dos; yo tiraré de ellos con la cuerda, y con el último cesto de oro te saco a ti.
Serafín bajó donde estaban las riquezas, y cuando concluyó de cargar el oro, se sentó en el cesto para salir. El señor tiró de la cuerda, y cuando Serafín iba llegando arriba, lo dejó caer al pozo. El señor se puso a leer en el libro mágico y el pozo se cerró.
Después metió el oro en los sacos, los puso en el carro y lo llevó para su casa.
Pasó algún tiempo, y los padres de Serafín comenzaron a ponerse tristes porque no recibían noticias de su hijo.
—No se aflija usted, padre —dijo Germán—; écheme la bendición, que ahora mismo voy en busca de mi hermano.
El padre le echó la bendición y le dio el mismo consejo que a Serafín.
Germán se fue por el mundo, provisto de un zurrón y un palo, y después de andar muchas leguas, halló al señor de la barba roja, el cual hizo con él lo mismo que había hecho con su hermano.
—Padre mío —dijo un día Ricardo—: en vista de que no tenemos noticias de Serafín ni de Germán, voy a ver si los encuentro; écheme la bendición, que quiero emprender el camino inmediatamente.
Ricardo recibió la bendición de su padre y el mismo consejo que sus hermanos. Marchó con el zurrón a cuestas y un palo en la mano. Un día halló al señor de la barba roja, con el cual se fue a servir en iguales condiciones que Serafín y Germán.
Pero cuando bajó al fondo del pozo a cargar los cestos de oro, al sentarse en el último cesto para salir, dijo:
—Con el peso del oro y el mío es fácil que se rompa la cuerda; lo mejor es que mi amo saque el cesto y después que me saque a mí.
El señor tiró del cesto y, creyendo que subía a Ricardo en él, soltó la cuerda. Y leyó el libro de magia y se cerró el pozo.
Ricardo, al verse allí encerrado, echó a andar por un pasillo, y se encontró los esqueletos de sus hermanos. Con los huesos de éstos franqueó la entrada de un agujero, se metió por él, y fue a dar a un jardín donde había una higuera cargada de higos maduros.
—¡Oh, qué higos tan hermosos para quitar el hambre! —dijo Ricardo—. Voy a comer unos cuantos.
Se subió a la higuera, y en cuanto alargó la mano para coger un higo, apareció un gigante y le dijo:
—¿Por dónde has entrado aquí? Baja, que te voy a comer esta noche.
—Por Dios, no me coma; si me perdona la vida, le digo dónde hay un tesoro muy grande.
—¡Ah, pícaro! ¿También tú sabes dónde guardo mis riquezas?
—Fue un señor que me bajó al pozo y me dejó allá encerrado. No me coma usted que puedo prestarle buenos servicios.
El gigante era viejo y aceptó el ofrecimiento de Ricardo, con el cual se encariñó en seguida, y le entregó las llaves del palacio, con la condición de que no entrara nunca en el cuarto del gigante.
Un día dijo Ricardo:
—¿Por qué no querrá mi amo que entre en su cuarto? Voy a entrar a ver qué tiene allí guardado.
Entonces abrió la puerta y vio entrar por la ventana una paloma blanca, otra dorada y otra amarilla. Las palomas se bañaron en una fuente de oro y se convirtieron en tres jóvenes.
Después de un rato de conversación entre sí, tomaron la forma de palomas y salieron volando por donde habían entrado.
Por la noche le preguntó el gigante a Ricardo:
—¿Qué has visto hoy en mi cuarto?
—No he visto nada, porque no entré en él.
—Yo sé que has entrado. Y no te castigo si me contestas a la pregunta que acabo de hacerte.
Ricardo le contó la verdad, y el gigante le dijo:
—Mañana vuelve a mi cuarto. Y cuando entren las palomas coge la pluma de la que más te guste.
A Ricardo le gustó la paloma blanca. Y cuando ésta dejó la pluma en la fuente de oro, para transformarse en mujer, Ricardo se la cogió, por lo cual la joven no pudo marcharse con sus compañeras.
Aquel mismo día el gigante llamó a Ricardo y le dijo:
—Cásate con la joven que has retenido en mi cuarto; se llama Paloma Blanca. Y la pluma que le has cogido guárdala en esta caja y no se la enseñes nunca; si se la enseñas te ocurrirán muchas desgracias.
Ricardo se casó con la joven, y después de algún tiempo le dijo al gigante:
—Mis padres no tienen noticias mías desde que salí de mi casa; si usted me da permiso, voy a verlos y llevo conmigo a mi mujer.
El gigante le dijo:
—Primero son tus padres que yo; ve a verlos cuando quieras y llévales un saco de oro de lo que tengo guardado en el pozo.
Ricardo llegó a casa de sus padres, acompañado de su mujer. Y le entregó el oro de parte del gigante. Y a su madre le dio a guardar la caja que contenía la pluma de Paloma Blanca, y le dijo:
—Que no vea mi mujer lo que hay dentro de esta caja.
Un día, mientras Ricardo estaba cazando, Paloma Blanca entró con su suegra en la habitación donde estaba la caja y dijo:
—¡Qué caja tan bonita! ¿De quién es?
—De tu marido.
—Quiero ver lo que hay dentro. Mi marido, sin duda, guarda en ella cartas de otra mujer.
Y se echó a llorar.
Entonces, su suegra abrió la caja, y Paloma Blanca metió las manos, sacó la pluma y dijo:
—¡Mi pluma! ¡Aquí está mi pluma!
Y se transformó en paloma y se marchó volando.
Cuando Ricardo volvió de cazar y se enteró de lo que había ocurrido, dijo a sus padres:
—No quitaré barba de mi cara, ni camisa de mi cuerpo, mientras no encuentre a Paloma Blanca; voy a preguntar por ella al gigante.
Fue a preguntar y el gigante le dijo:
—Paloma no volvió por aquí, ni volverá. Ve a preguntar por ella al gigante que vive al otro lado de la montaña; aquél sabe más que yo. Toma esta avellana y guárdala, que para algo te servirá.
Ricardo atravesó la montaña, fue a casa del gigante y éste le dijo en cuanto lo vio:
—¡Hola, Ricardo!
—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Ha visto usted a Paloma Blanca?
—No, no la vi. Ve a preguntar por ella al maestro de los gigantes; si éste no te dice dónde está, no te lo dice nadie. Pero ten cuidado que no te coma; a siete leguas de distancia huele la carne humana. Toma esta nuez y guárdala, que para algo te servirá.
Ricardo llegó a casa del maestro de los gigantes un día por la tarde y en ocasión en que estaba sola su mujer, la cual le dijo en cuanto llegó:
—¡Hola, Ricardo!
—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Ha visto usted a Paloma Blanca?
—¡No! La habrá visto el gigante; pero tú no puedes preguntarle por ella. Yo te ayudaré en este negocio, para lo cual tengo que esconderte en la casa.
Entonces la giganta leyó por el libro del gigante y transformó a Ricardo en una hormiga y la puso encima de una mesa, tapada con una taza.
Por la noche llegó el gigante y le preguntó a su mujer:
—¿A quién tienes en casa? Me huele a carne humana.
Será el olor que dejaron unos cazadores que pasaron por aquí esta mañana.
Cenaron y se acostaron, y cuando el gigante se durmió, la giganta le dio un puñetazo en la cara y despertó gritando:
—¡Qué haces, mujer!
—Soñaba que se había desencantado Paloma Blanca, y de alegría alargué los brazos para abrazarla, y lo que hice fue darte con la mano en la cara. Y a propósito de Paloma Blanca: ¿sabes dónde está?
—Sí; está a tres leguas de Peñanegra; pero es difícil ir allá, porque una legua es de agua, otra de fuego y otra de clavos colocados con la punta hacia arriba.
Cuando amaneció, la giganta leyó por el libro del gigante y sacó a Ricardo del estado de hormiga. Después le dijo lo que debía acerca de Paloma Blanca y lo despidió, diciéndole:
—Toma esta bellota y guárdala, que de algo bueno te servirá.
Llegó Ricardo a Peñanegra y encontró la legua de agua; como sabía nadar pasó fácilmente al otro lado. Pero allí estaba la legua de fuego, que le impedía continuar su camino.
Y para poder pasar quitó la corteza a un árbol, y después de empaparla en agua cubrió con ella su cuerpo y así logró llegar a la legua de clavos. Y la pasó valiéndose de la misma corteza envuelta en los pies.
Por fin, llegó al palacio donde estaba encantada Paloma Blanca y fue recibido por una procesión de brujas, con estas palabras:
—¡Hola, Ricardo!
—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Han visto ustedes a Paloma Blanca?
—No; no la hemos visto.
Ricardo cenó con las brujas, y al final de la cena cascó la avellana y salió de ella un palacio precioso.
—Si nos regalas ese palacio —le dijeron las brujas—, te traemos a Paloma Blanca y duermes esta noche con ella.
Ricardo aceptó la proposición muy contento. Después le dieron a tomar cierta bebida que le transformó. En esto acudió Paloma Blanca, se lo llevó a la cama y durmió con él hasta la hora del alba, en que abandonó el lecho.
Cuando Ricardo volvió en sí, tenía una idea de que no había dormido solo.
Llegó la noche, y después de cenar, Ricardo cascó la nuez y salió de ella un palacio más hermoso que el que había salido de la avellana. Las brujas se lo pidieron a cambio de que le entregaran a Paloma Blanca.
Él aceptó, y le ocurrió un caso igual al de la noche anterior. Y por la mañana le dijeron las brujas:
—Vamos a salir de paseo y mientras tanto te quedas aquí solo; puedes recorrer todo el palacio, pero líbrate de entrar en el cuarto del corredor.
En cuanto se marcharon las brujas, Ricardo entró en aquel cuarto, y allí encontró a Paloma Blanca. Se abrazaron llenos de alegría y ella le dijo:
—Esta noche, después de cenar, rompe la cáscara de la bellota; de ella saldrá un palacio maravilloso, regálaselo a las brujas como les regalaste los otros, pero guárdate de beber ninguna clase de bebidas para no perder el sentido, como lo perdiste las dos noches pasadas.
Ricardo les regaló el palacio a las brujas; después hizo como que bebía la bebida que le ofrecieron y que había perdido el sentido. Entonces Paloma Blanca se lo llevó a la cama, y al amanecer le dijo muy bajo para que no le oyeran las brujas:
—Levántate y coge una piedra negra que hay debajo de la cama, y con ella rompe la lámpara de la escalera en siete pedazos.
La rompió, y Paloma Blanca salió de su encantamiento, y fue muy feliz con Ricardo en aquel palacio, donde vivieron toda la vida.
Y cuento contao, por la chimenea se va al tejao.