País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

no lo arriméis al castaño

Había una vez un matrimonio, ya bastante mayor, que no había tenido hijos. Solamente se decían que se querían mucho. Tanto que la mujer le aseguraba al marido que prefería morirse ella antes que él. El marido, por ver si era verdad que lo quería tanto, se hizo el muerto. Lo amortajaron, lo pusieron en las andas y ya lo llevaban a enterrar. La mujer, que a la hora de la verdad no era capaz de llorarle, llamó a una vecina muy llorona y le ajustó en tres celemines de centeno para que fuera detrás de su marido cuando lo llevaran a la sepultura.
Así que iba la otra mujer llorando como una magdalena detrás del féretro, y dando suspiros decía:
—¡Ay, llorar mariditos ajenos
por tres celemines de centeno!
Poco antes de llegar al cementerio había unos castaños de Indias y, cuando pasó la comitiva por debajo de uno de ellos, el marido que se agarra a una de las ramas, se incorpora y echa al suelo. Toda la gente empezó a correr dando voces, y él también, pero detrás de su mujer, para darle una paliza por no haber sido capaz de llorarle.
Bueno, pues después de aquella paliza siguieron viviendo juntos otros pocos años. Pero un día se murió de verdad el marido, y esta vez la mujer no contrató a ninguna vecina para que lo llorara. Iba detrás de las andas, venga a llorar, venga a llorar. A esto que se da cuenta de que los del ataúd se están acercando a los castaños que había poco antes de llegar al cementerio, y dice:
—¡No lo arriméis al castaño,
no suceda lo que antaño!
¡No lo arriméis al castaño,
no suceda lo que antaño!