Hace ya mucho tiempo había un matrimonio muy pobre que tenía tres hijos. El menor se llamaba Miguelín, y aunque era muy pequeño, muy pequeño, tenía fama de listo y de valiente. Sus hermanos se burlaban de él, pero también le tenían envidia. Un día el padre les dijo que él no podía seguir manteniéndolos y que se tenían que buscar la vida como fuera. Así que los tres hermanos decidieron marcharse.
Andando, andando por el camino adelante, los cogió la noche en medio del campo. No sabían qué hacer ni dónde meterse, hasta que vieron a lo lejos la luz de una casa. Se acercaron y llamaron a la puerta. Cuando ésta se abrió, pareció una giganta horrible, que les preguntó muy amablemente quiénes eran y a dónde se dirigían. Los dos hermanos mayores no podían ni abrir la boca, de miedo que tenían, pero Miguelín contestó:
—Es que nos hemos perdido y no sabemos dónde pasar la noche.
—Está bien, muchachos, está bien. Podéis quedaros aquí.
Cenaréis y mañana por la mañana podréis seguir vuestro camino.
Cuando entraron en la casa vieron también al gigante, que estaba sentado a la mesa, chupando un montón de huesos de su comida. El gigante los recibió muy bien y les dijo que no tenían más que una cama donde dormían sus tres hijas, pero que se acostarían con ellas. Total por una noche…
Y así lo hicieron. El gigante arrimó a sus tres hijas a la pared y puso a los tres hermanos a la orilla. Luego apagó todas las luces y se fue a acostar. Pero Miguelín, que le escamaba tanta amabilidad, no se durmió y escuchó que el gigante le decía a la giganta:
—Ya tenemos para mañana. En cuanto estén dormidos, los degüello.
Entonces Miguelín despertó muy callandito a sus hermanos y les hizo que se cambiaran poco a poco de sitio con las tres hijas del gigante, que se quedaron de esta forma a la orilla y ellos del lado de la pared.
Al poco rato, Miguelín sintió cómo el gigante venía de puntillas, se acercaba a la cama, y tocaba del lado de la orilla, dejando entonces caer su hacha por tres veces, con lo que mató a sus hijas, y en seguida se retiró a su habitación. Miguelín despertó otra vez a sus hermanos y les mandó que se vistieran sin hacer ruido. Abrió una ventana que había en la alcoba y por ella se tiraron al campo, echando a correr con las claritas del día.
Y sin parar de correr llegaron al castillo del rey. Allí contaron lo que les había pasado, y el rey, que tenía peleas con el gigante desde hacía mucho tiempo a cuenta de la leña del bosque, los acogió en su castillo y les dio trabajo. Al poco tiempo se dio cuenta de que el más listo era Miguelín y lo nombró su consejero, dejando a los hermanos en las faenas más duras. Éstos le tomaron una gran envidia a su hermano y determinaron buscarle una ruina. Un día le dijeron al rey:
—¿Sabe usted que el gigante tiene el caballo más hermoso del mundo?
—No, no lo sabía.
—¿Y sabe usted lo que dice Miguelín?
—¿Qué dice?
—Que él es capaz de ir y robarlo para usted.
Al rey se le metió en la cabeza la idea de hacerse con aquel caballo y le preguntó a Miguelín que si era verdad que él había dicho tal cosa. Miguelín dijo que no, pero, como el rey tenía tantas ganas de poseer aquel caballo, le forzó a que fuera a la casa del gigante y se lo trajera. Miguelín no quiso disgustar al rey y emprendió la marcha, muy preocupado, pensando cómo se las arreglaría.
En esto se encontró con un viejecito, que, en viendo su cara de preocupación, le preguntó que qué le pasaba. Miguelín se lo contó y el viejecito le dijo:
—Mira, tienes que aprovechar la hora de las diez, que es cuando el caballo sale a comer el verde. Si no, tendrás que enfrentarte con el gigante. Pero si no tienes más remedio, escóndete bien.
Miguelín apretó el paso para llegar antes de las diez, pero como era tan pequeño, sus pasos no le adelantaban todo lo que él quería y, cuando llegó a la casa del gigante, ya el caballo había comido y estaba amarrado en la cuadra. Miguelín entró en la cuadra y con un palo que había por allí hizo en el suelo un hoyo suficiente para poderse esconder. Luego se puso a desatar el caballo, pero éste empezó a dar coces y bocados y a relinchar con tal fuerza que atronó la casa, hasta que acudió el gigante. Cuando Miguelín oyó los pasos tan fuertes del gigante, se metió en su escondite. El gigante registró toda la cuadra, aplacó a su caballo y, no viendo nada extraordinario por allí, se volvió a la casa muy disgustado de que el caballo le hubiera hecho ir hasta allí para nada. Al poco rato, volvió Miguelín a salir de su escondite y a intentar otra vez desatar el caballo, pero el caballo volvió a encabritarse y a relinchar, haciendo que el gigante volviera a acudir, echando sapos y culebras por la boca. En cuanto lo sintió acercarse, Miguelín se metió en su agujero, y cuando el gigante entró no vio nada. Pensó que eran locuras del caballo, y para curarlo de ellas empezó a darle una paliza tan espantosa con un palo, que lo dejó medio baldado. Luego se retiró, diciéndole al caballo terribles amenazas.
Salió de nuevo Miguelín, pero esta vez el caballo ya no se atrevió a moverse ni a relinchar, y siguió dócilmente al muchacho.
Cuando llegó al castillo, tan pequeño y montado en aquel caballo tan grande y bonito, el rey lo recibió muy contento y le prometió un rebaño de ovejas. En cambio los hermanos de Miguelín, que no daban crédito a lo que había pasado, le tomaron todavía más envidia y empezaron a maquinar una nueva perdición para él.
Un día empezaron a decirle a la reina que había en la casa del gigante un loro precioso, que hablaba la mar de bien, y que daba conversación a todas las mujeres.
—¿Y sabe usted lo que dice Miguelín?
—¿Qué dice?
—Pues que no le costaría nada ir a robarlo para usted.
—¿Es cierto eso? —le preguntó la reina al muchacho.
Miguelín no se atrevió a disgustar a la reina y, aunque no dijo ni que sí ni que no, ella lo tomó como cierto. Ya iba Miguelín otra vez camino de la casa del gigante, muy apesadumbrado por lo expuesto que le parecía aquella aventura, cuando se encontró al viejecito. Éste, viéndolo tan preocupado, le preguntó que qué le pasaba. Miguelín le contó que ahora tenía que robar el loro del gigante, y teniendo en cuenta que el loro hablaba.
—A ver, déjame pensar —dijo el viejecito—. Ya lo tengo; vas y entras por la puerta falsa, cuando el gigante y la giganta ya estén dormidos. Te acercas al loro muy despacito, y lo agarras bien por el pico, para que no diga nada. Si no, tendrás que enfrentarte con el gigante. Pero si no tienes más remedio, escóndete bien.
Miguelín lo hizo todo como se lo habían dicho, pero no acertó a la primera a cogerle el pico al loro, y éste se puso a escandalizar, gritando: «¡Amo, que me roban; amo, que me roban!», con lo que el gigante se despertó y empezó a buscar por toda la habitación. Pero Miguelín, como era tan pequeño, se escondió en un pliegue de la cortina, y el gigante no dio con él. Se volvió a acostar, y el muchacho esperó a que se durmiera. Salió de la cortina y se acercó otra vez al loro, pero el loro, que estaba avisado, se le escurrió de las manos y empezó a gritar: «¡Amo, que me roban; amo, que me roban!». Se despertó el gigante y se puso a buscar, pero Miguelín se había metido en el pliegue de la cortina y el gigante, cansado de mirar por todas partes, pensó que era una locura del loro. Se fue para él y le pegó tal manotazo, que lo dejó sin ganas de gritar para una temporada. Entonces Miguelín lo cogió como si tal cosa y se presentó con él en el palacio.
Cuando la reina vio al loro, se puso muy contenta y le prometió un rebaño de vacas. También le decía:
—¡Qué valiente eres Miguelín!
Y éste respondía:
—Yo qué voy a ser valiente…
Sus hermanos tramaron entonces una nueva estratagema. Como la hija del rey estaba para casarse, fueron y le dijeron:
—¿Sabe usted dónde está la manta más bonita del mundo, la que una princesa debe lucir en su cama la noche de bodas?
—No, ¿dónde? —dijo la princesa.
—Pues en casa del gigante, sobre la cama del gigante y de la giganta. ¿Y sabe usted lo que dice Miguelín?
—No, ¿qué dice?
—Pues dice que con gusto él se la traería para regalo de bodas.
La princesa buscó a Miguelín y le preguntó si aquello que decían sus hermanos era cierto. Y Miguelín, viendo que no tendría más remedio que ir en busca de la manta, por no disgustar a la princesa, no dijo ni que sí ni que no, pero se puso en camino. Se encontró otra vez al viejecillo, el cual le dijo:
—Pues esta vez sí que es difícil, porque con el frío que hace… Bueno, tendrás que esperar a que estén bien dormidos, y si no tienes más remedio que enfrentarte con el gigante, escóndete bien.
Miguelín se metió debajo de la cama de los gigantes y esperó a que los dos roncasen a base de bien, con lo que hasta los cimientos de la casa se removían. Entonces se puso a tirar suavemente de un lado de la manta, pero el gigante se despertó diciendo:
—¡Giganta, no tires de la manta!
Miguelín se quedó quieto y esperó a que roncaran otra vez. Volvió a tirar suavemente, pero también se despertó el gigante, gritando más fuerte:
—¡Giganta, no tires de la manta!
Por tercera vez ocurrió lo mismo y ya el gigante se puso a pelear con la giganta. Pero ésta encendió la luz y dijo que ella no estaba haciendo nada. Entonces el gigante sospechó y miró debajo de la cama.
—¡Yate tengo, maldito! —dijo agarrándolo con una mano—. ¡Conque tú eres el que me ha robado el caballo y el loro! ¡Ahora me las pagarás todas juntas!
Lo amarró a una silla en la cocina, encargándole a su mujer que fuera preparando el guiso, mientras él iba a por dos compadres para invitarlos a comer.
Entonces Miguelín se puso a llorar y le dijo a la giganta:
—Deme usted el cuchillo que se lo afile, mientras usted prepara las cosas, porque, si no, voy a sentir mucho la muerte.
—¿Y cómo vas a afilarlo si estás amarrado?
—Con una mano que me suelte usted tengo bastante.
Y la giganta consintió. Cuando estaba más descuidada pelando ajos y patatas para el guiso, Miguelín se cortó las sogas y se fue hacia ella por detrás, clavándole el cuchillo y dejándola allí muerta. Luego la hizo pedazos y los metió en la olla, menos la cabeza, que la puso en la cama muy bien puesta, como si estuviera dormida. Cogió la manta y salió corriendo.
Cuando llegó el gigante con sus compadres, empezaron a llamar:
—¡Comadre, comadre, que ya estamos aquí!
Pero vieron su cabeza en la cama y se creyeron que estaba dormida.
—Estará cansada. Bueno, comeremos nosotros.
Y se pusieron a comer, venga a comer, y cuando ya se habían hartado, dice el gigante:
—Yo ya la voy a despertar.
Fue a la cama y, al decirle «despierta», la empujó y salió la cabeza rodando por el suelo.
—¡Compadres —empezó a decir el gigante—, que ese maldito muchacho nos ha engañado y nos hemos comido a la giganta! ¡Ya me parecía a mí mucha carne!
Cuando Miguelín llegó al palacio, la princesa se puso muy contenta con aquella manta tan bonita. Pero el rey se preocupó con la historia que le había contado el muchacho, pensando que ahora el gigante atacaría hecho una furia, con todos sus compadres.
Entonces Miguelín ideó que mejor sería ir a su terreno con algún engaño. Le pidió al rey que le diera tres carros, tres hombres y tres hachas, y se fue al bosque, de donde siempre habían surgido las disputas con el gigante, que decía que toda la leña que allí se cortara le pertenecía. Mandó a los tres hombres que se pusieran a cortar árboles y en seguida acudió el gigante hecho una furia, pero le dijeron:
—No se preocupe, que esta leña es para quemar al rey. Si quiere usted verlo, no tiene más que venir con nosotros. Y si no es verdad, usted hace lo que quiera.
El gigante se puso muy contento de pensar que aquello le ahorraría tener que realizar su venganza y aceptó. Pero le dijeron que tenía que entrar en el castillo sin que lo vieran, porque, si no, la gente se pondría otra vez de parte del rey, y que le harían una caja muy grande donde él pudiera meterse y que así lo llevarían entre los tres carros. El gigante dijo que bueno, pero, cuando ya estaba dentro de la caja, los hombres empezaron a echarle troncos encima, y por más que golpeó no pudo salir de la trampa. Y Miguelín le decía:
—Gigante, gigante, que Miguelín te lleva por delante.
Y así se presentó con él en el castillo, donde en seguida prepararon una hoguera para quemar al gigante, con lo que el rey se puso muy contento y le prometió la mano de su hija.
—¿Y con tus hermanos qué hacemos? —le preguntó.
—Pues ellos dicen que son capaces de meterse en un pajar, prenderse fuego y salir tan campantes.
—¡Ah, sí! —dijo el rey, que se lo creyó, por mucho que dijeron los otros que eso era mentira, puesto que las otras veces se había creído lo que habían dicho ellos de Miguelín. De modo que los metieron en un pajar, les prendieron fuego y, claro, se quemaron como dos chicharrones.
Miguelín y la princesa se casaron y luego fueron y les llevaron a los padres de él todas las ovejas y todas las vacas que el rey y la reina le habían prometido. Y todos fueron felices, y colorín colorao, este cuento se ha acabao.