País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

mariquilla la ministra

Érase un mercader viudo que tenía una niña; todos los años hacía un viaje para ganar en su negocio y tardaba tiempo en volver. Un año, cuando ya la niña era mocita, no sabía el padre dónde dejarla, para que estuviese bien y que nada le faltase mientras él volvía. Entonces le dijo la niña:
—Papá, estoy pensando que me formes un castillo en nuestras tierras; allí metemos todo lo nuestro y cuanto me pueda hacer falta para no salir de él hasta que tú no vengas. Y también me llevas once muchachas para que me den compaña y entre ellas que venga Mariquilla la ministra, para que nos divierta y entretenga con sus cosas.
El padre hizo cuanto su hija le dijo, y cuando todo lo tenía arreglado fue a casa de las jóvenes a por ellas. Cuando todos los padres se convencieron de que era muy fuerte el castillo, accedieron a la pretensión y fueron todas arregladas por la hija del mercader. Cuando éste se marchó para el viaje, se llevó la llave y las doce quedaron muy alegres y contentas, porque dentro del castillo tenían cuanto necesitaban y deseaban. Tenían la costumbre de asomarse al balcón y veían muy lejos una luz muy opaca. Entró Mariquilla en curiosidad y dijo a las otras que quería ver lo que era la luz; pero se reían, porque no había llave para salir, y entonces sacó ella una y abrieron y salieron las doce saltando y corriendo para el sitio donde estaba la luz.
Era una casita de ladrones y al llegar vieron a un viejo que estaba guisando. Entraron y él dijo:
—¡Hola, qué doce rosas! Entrad…
Mariquilla, que era la más pobre, pero la más bonita de todas y siempre tenía salidas para todo, miró por todos lados y vio en un caldero un pie y una mano de niño; indignada de aquello, tiró al suelo el caldero y cuanto allí había, y echaron todas a correr, mientras el viejo gritaba:
—¡No son rosas, que son demonios!
Se metieron en el castillo y lo cerraron todo muy bien. En esto llegaron los ladrones a la casa y el viejo les contó todo lo sucedido, y dejaron uno de guardia para que cogiera a las niñas; pero Mariquilla dijo que no debían ir en unos días y lo dejaron para otra noche. A los dos días fueron otra vez juntas, por más que llevaban miedo, y, al entrar en la casa, el viejecito empezó a decir que, por favor, no le hicieran nada. Pero ellas empezaron a tirarlo todo y armar mucho ruido, cuando llegaron los ladrones y las vieron correr y meterse en el castillo. Pasaron unos pocos días y fueron la tercera vez, y al entrar estaba el ladrón de guardia y salió convidándolas a comer. Todas quisieron marcharse y María dijo que no; que se quedaban a comer. Cuando los demás ladrones llegaron, se les hicieron los dientes agua al verlas tan bonitas, por más que ellas estaban muertas de miedo. Llegó la hora de la cena y Mariquilla dijo:
—Vamos a cenar y luego ya veremos qué pasa.
Cuando se fueron a acostar, aquélla dijo que se usaba acostarse primero los hombres y después las mujeres. Los ladrones dijeron que sí y Mariquilla pidió un lebrillo de agua para espulgarse. Aquéllos oían hablar mucho a las muchachas y a la más bonita, que decía de cuando en cuando: «Ahora tú», y creían que era el tocar a cada una espulgarse, cuando lo que Mariquilla decía era que se escapasen una a una. Así que se quedó ella sola, cogió una gallina y la echó al agua medio muerta para que zangolotease el agua con las alas mientras ella se iba. Cansados de esperar los ladrones, se asomaron y vieron que no había nadie; y acordaron que el capitán, disfrazado de vieja, fuese a llevar al castillo un canasto de higos de sueño.
Cuando se acercó el capitán a la puerta del castillo, empezó a llorar y a quejarse; salió Mariquilla y le dijo:
—Buena vieja, ¿qué lleva usted?
—Voy muy lejos de camino y no sé qué será de mí; ¡si quisieran ustedes hacer la caridad de recogerme!
—Pues entre usted.
Las demás compañeras se oponían, temiendo que fuese una asechanza de los ladrones y que, cuando volviese el mercader, les riñera. Pero Mariquilla la sentó junto a la candela y le preguntó qué llevaba en el canasto.
—Hijas mías —contestó la viejecita—, llevo un canasto de higos para el cura.
—Pues nosotras queremos que nos dé para probarlos.
—No puede ser, niña, porque el cura va a conocer que faltan.
Y al fin tanto dijo Mariquilla, que la vieja regaló dos higos a cada una. Mariquilla hizo como que se los comía y vio que todas sus compañeras se dormían; entonces fingió él dormirse también; pero antes ayudó a Mariquilla a llevar a cada una a su cama, porque ninguna daba cuenta de sí. Mariquilla, haciéndose la dormida, vio que la viejecita encendió una vela y a cada una les fue echando una gota de cera en la cara para convencerse; ella sufrió el dolor y salió de puntillas detrás de la vieja, que se puso en el balcón y tocó un pito. Mariquilla entonces la cogió por detrás y la tiró al campo.
Vinieron los ladrones, y al ver a su capitán en aquel estado, se lo llevaron a la casa y juraron vengarse.
Cuando llegó de vuelta el mercader y vio a todas buenas y contentas, dio muchos regalos y cada una se marchó a su casa. Todas las noches iban las amigas a ver a la señorita y en una de ellas Mariquilla les pidió una ropa de hombre, un bastón y un cuchillo y una libra de sal. Fue derecha a la casa de los ladrones y se fingió médico, para curar al capitán, que seguía en la cama. Los ladrones la dejaron entrar y ella les dijo que la encerrasen sola con el enfermo, pues tenía que hacer la cura secreta y que, aunque oyesen gritar mucho, no hicieran caso, porque iba a ponerle los huesos en su sitio.
Entró Mariquilla en la habitación y cerró por dentro. Cuando el enfermo la conoció, le pidió perdón y que no le hiciese nada; ella le amenazó con el cuchillo y empezó a meterle sal por las heridas y luego lo vendó. Al salir, encargó que no se le viera hasta dentro de un par de horas y tomó el camino del pueblo para contar a sus amigas lo que había hecho. Los ladrones, viendo que el capitán gritaba tanto, entraron y se enteraron de todo lo ocurrido.
Al cabo de algunos meses, cuando ya nadie se acordaba de lo pasado, vio Mariquilla pasar por la calle a un caballero muy compuesto, que le echó muchos requiebros y la pretendió para casarse con ella. Admitió muy alegre el partido y no quiso decir a nadie que había conocido en aquel caballero tan bien vestido y tan guapo al capitán de los ladrones que había salado.
Hubo mucha alegría en el pueblo, todas sus amigas le hicieron regalos y se preparó todo con mucho lujo y fiestas para la noche de la boda. El día antes Mariquilla encargó al confitero que le hiciera una muñeca de dulce, de tamaño natural y con un resorte para moverle la cabeza.
Se casaron y, estando todavía la gente en la fiesta, Mariquilla fue a su cuarto, acostó en la cama a la muñeca y amarró una cinta al resorte para que llegase al suelo por un agujero que hizo en los colchones. A la madrugada le dijo al capitán que se iba a acostar primero y se metió debajo de la cama. Al poco tiempo entró él, dándole empellones a la muñeca, y le dijo que ya había llegado la hora en que las pagara todas juntas. Mariquilla tiraba de la cuerda y la muñeca movía la cabeza, como estando conforme con todo lo que decía el capitán. Éste sacó un cuchillo y le dio una puñalada en el corazón, salió un chorro de miel y le dio en los labios. Entonces el capitán se arrepintió, diciendo:
—¡Qué lástima de Mariquilla, hasta su sangre era dulce!
Y le daba muchos abrazos y besos a la muñeca. Y cuando le pareció a Mariquilla que ya había llorado bastante el capitán y viendo que era tan hermoso y tan guapo, salió de debajo de la cama y le dijo:
—Pues tu Mariquilla está viva.
Entonces se abrazaron los dos, fueron muy felices y yo fui y vine y no me dieron nada.