Érase una vez un matrimonio muy pobre, que tenía una hija que se llamaba María. Un día se murió la madre y se quedaron el padre y la niña pasando muchas penas, sin nada que comer ni que beber. El padre iba por leña al monte con un borriquito para hacer carbón y venderlo.
Un día vino una bicha en la leña. María se la encontró, la cogió y la metió en un cántaro. Todos los días la sacaba para darle de comer de lo poco que a ella le tocaba, por lo que se fue quedando cada vez más flaca. Hasta que su padre empezó a darse cuenta y le preguntó que qué le pasaba. Ella dijo que no le pasaba nada, pero aquella misma noche le habló la bicha:
—María —le dijo, y al pronto la niña se asustó—: esta noche va a haber una tormenta muy grande y vendrá una riada. Tú me vas a sacar del cántaro, porque te vas a morir de no comer. Así que en la riada tienes que dejarme ir por la cuneta abajo.
María se puso a llorar de pena, pero la bicha, que ya no cabía en el cántaro, siguió diciéndole:
—Antes de tirarme me metes las manos en la boca y luego la cabeza. Así ya me puedo ir tranquila. Si alguna vez me necesitas, vas al monte y buscas mi ayuda, que yo acudiré, pero no me olvides, porque te ocurrirán muchas desgracias. Y cuando yo no esté, te puedes lavar las manos, que echarán monedas de plata, y cuando te peines, echarás monedas de oro.
María la obedeció, y cuando le metió la cabeza en la boca, la bicha le lamió los ojos. Aquella noche pasó todo como lo había dicho la bicha. Vino una tormenta muy grande y la niña dejó a su amiga con la riada.
A la mañana siguiente le dijo María a su padre:
—No tengas pena, papá, que ya no vas más a por leña.
Entonces se lavó las manos y se peinó y empezó a echar monedas de plata y oro. El padre cogió unas cuantas y se fue contento a la taberna. La gente, cuando lo vieron con tanto dinero, sospecharon de él y dieron parte. Lo acusaron de ladrón y se lo llevaron a la cárcel.
María estaba muy impaciente de ver que su padre no volvía. Entonces una vecina, que se enteró de lo que había pasado, fue a contárselo y María no tuvo más remedio que descubrir su secreto para que soltaran a su padre. Al ver en el pueblo que echaba monedas de plata y de oro cuando se lavaba las manos y se peinaba, se quedaron maravillados y en seguida se corrió la voz por todo el reino. De manera que el príncipe mandó al capitán que tenía en aquel pueblo a comprobar si aquello era verdad, y que si era verdad que le dijeran a la niña que se presentara ante él, con las criadas que ella quisiera llevarse. Como el capitán comprobó que era cierto, 1 e transmitió el deseo del rey y ella escogió a la vecina por haberle ayudado con lo de su padre, y a una hija que aquélla tenía, y se pusieron en camino.
Pero la vecina pensó que mejor sería su hija la que se presentara ante el rey, a ver si se casaba con ella, y cuando iban por medio del monte, pararon un momento, amarraron a María, le sacaron los ojos y luego la dejaron irse. Los ojos se los guardaron en un pañuelo.
Cuando la niña se vio ciega y tirada en el monte, no hacía más que llorar. Al cabo de un rato pasó por allí un pastor, que sintió lástima de ella y se la llevó a su cabaña. Cuando la mujer del pastor la vio entrar, se enfadó mucho con su marido, pero la niña le dijo:
—No se preocupe usted, que le pagaré todo lo bueno que hagan conmigo.
Al día siguiente María le dijo al pastor que la llevara otra vez al monte, donde hubiera mucha leña, y que no se asustara de lo que podía pasar. Entonces llamó a la bicha tres veces, y la bicha, que era ya una serpiente muy grande, se presentó y le dijo:
—Ya sé lo que te pasa, pero tenías que haberte acordado antes de mí. Bueno, te voy a dar tres habichuelas y que el pastor las siembre en cuanto volváis a la cabaña. Mañana mismo habrán salido tres flores muy raras y muy bonitas. El pastor irá a venderlas por las cercanías del castillo y, cuando quieran comprárselas, pedirá por ellas los ojos de una mocita.
Cuando el pastor se puso a pregonar las flores, salió la vecina, que se había convertido en ama de llaves, haciéndole creer al rey que su hija era la que echaba monedas de plata y de oro, aunque no podía demostrárselo hasta más adelante.
Cuando el pastor le pidió los ojos de una mocita, ella se acordó de los ojos de la niña, que tenía en un pañuelo, y se los entregó. Cuando María le llevó los ojos a la bicha, ésta los lamió y le dijo que se los pusiera. Así lo hizo María y en seguida vio estupendamente. Luego le dijo la bicha:
—Ahora me tienes que matar.
María porfió con ella que eso no podía ser, pero la bicha siguió explicándole:
—No tienes más remedio que hacerlo. Cuando me mates, me rajas, y de las siete costillas que tengo, coges la de en medio. A ella le podrás pedir todo lo que tú quieras, porque para esa costilla no hay nada imposible.
María, aunque le daba mucha pena matar a la bicha, obedeció: la mató, la rajó y le sacó la costilla de en medio.
Cuando volvieron a la cabaña, María le dijo a la mujer del leñador:
—Ahora prepáreme usted una palangana y tráigame un espejo y un peine.
Empezó María a lavarse las manos y a peinarse, hasta que tuvo un buen montón de monedas de plata y de oro. —Esto es para ustedes, por lo bien que se han portado con— migo. Ahora me tengo que ir.
Y se fue.
Cuando María llegó al castillo le dijo a la costilla:
—Costillita, quiero que me hagas un castillo tan grande como ése, justo enfrente y a una distancia que no quepa más que una persona entre los dos.
A la mañana siguiente, cuando se levantaron los del castillo, les pareció estar soñando, de ver aquel otro tan grande y tan cerca. El príncipe mandó a uno de sus criados a averiguar qué magia era aquélla. El criado se puso debajo del balcón donde María se había sentado a bordar, le dio los buenos días y le preguntó:
—¿Puedo pasar un rato con usted?
—Cuando usted quiera —contestó María.
Aquella misma noche subió el criado y le dijo:
—Ya estoy aquí.
—Ea, pues vamos a acostarnos —y empezó la niña a desnudarse, pero le dijo—: antes haga usted el favor de cerrar las puertas —según era lo que le había pedido a la costilla.
El criado se puso a cerrar las puertas, pero una que cerraba, otra que se abría, una que cerraba, otra que se abría, y así estuvo toda la noche, dando portazos para nada.
A la mañana siguiente el príncipe le preguntó que qué tal lo había pasado.
—Estupendamente —dijo el criado.
—Pues esta noche voy a ir yo.
Cuando llegó el príncipe, ella empezó a desnudarse, pero le dijo:
—Haga usted el favor de traerme un poco de agua del pozo —según era lo que le había pedido a la costilla.
El príncipe fue a por agua, pero aunque sentía el cubo llenarse no traía ni gota cuando estaba arriba; lo volvía a echar y volvía a pasar lo mismo, y así estuvo toda la noche. Por la mañana, María le dijo:
—Parece que está usted acostumbrado a bregar con mujeres tontas.
—Está usted equivocada —contestó el príncipe, que estaba bastante enfadado—, pues mañana me voy a casar con una que echa monedas de plata cuando se lava las manos y de oro cuando se peina.
—Eso no puede ser —dijo María.
—Ya lo veremos. Si quiere, está usted invitada.
El rey preparó una comida para todos los invitados, y delante de todos le pidió a la hija de la vecina que hiciera por fin la demostración. Ésta se puso a lavarse, y como si nada, y se puso a peinarse, y peor, porque empezó a soltar tal cantidad de piojos, que todos los invitados salieron corriendo. Entonces María se puso a lavarse y a peinarse y entonces sí que caía gran cantidad de monedas, y todos los invitados volvieron para verlo y para celebrarlo. Pero, cuando ya iban a comer, un loro empezó a gritar:
—¡No comáis ninguno, que falta uno! ¡No comáis ninguno, que falta uno!
Quiso saber el rey por qué decía eso el loro, y entonces le confesaron que habían emparedado a un hombre hacía ya algún tiempo, por orden del ama de llaves. Mandaron abrir la pared, y apareció el padre de María, que se abrazó en seguida con su hija. Ésta le contó al rey todo lo que había pasado, e inmediatamente el rey mandó emparedar a la vecina y a su hija. El príncipe y María se casaron y vivieron felices y por fin todos pudieron comerse las perdices.