Érase un matrimonio que tenía un hijo. El rey mandó a buscarlo, porque lo quería para él, pero la madre no quiso entregarlo y prefirió meterlo en un cesto de mimbre y lo echó al río. El cesto se detuvo en una rama a la orilla de un molino, y los molineros, que lo vieron, cogieron el cesto. Lo abrieron y vieron que era un niño y lo criaron ellos.
El rey se enteró y les dijo que, cuando el niño tuviera quince años, tenía que llevar una carta a la hija del rey. Cuando tuvo quince años, el rey le dio la carta, y el muchacho se marchó a dársela a la hija del rey, que vivía muy lejos. A la noche estaba muy cansado y vio una casa en un monte, que era de unos ladrones. Llamó a la puerta, y salió una vieja y le dijo que qué quería. Dijo que iba a llevar una carta a la hija del rey y que estaba muy cansado; que si le dejaban dormir allí aquella noche. Ella le dijo que era una casa de ladrones, que, si le veían, que lo matarían. Él dijo que lo mismo le daba, que estaba muy cansado, y se tumbó a dormir en un banco.
Cuando llegaron los ladrones, preguntaron a la vieja que quién era. Y ella les respondió que era un muchacho que se había perdido, que iba a llevar una carta a la hija del rey. Los ladrones le quitaron la carta, la abrieron y vieron que ponía que, en cuanto llegara, le dieran muerte. Los ladrones tuvieron compasión y le cambiaron la carta: le decían que, en cuanto llegara, se casase con la hija del rey.
En cuanto la princesa vio la carta, se pusieron a preparar la boda. Pero el padre, que lo supo, fue y le dijo al joven que, si no le llevaba tres pelos de la cabeza del diablo, no se casaría con su hija.
El chico se marchó a por los pelos y se encontró en un pueblo un centinela que le preguntó que qué sabía. Él dijo que todo. Entonces le dijo el otro que cómo un árbol que antes daba mucha fruta ahora no daba nada. Él dijo que a la vuelta se lo diría, y se fue andando a otro pueblo. En este pueblo otro centinela le preguntó que qué sabía. Él le contestó que todo. Y le dijo el centinela que cómo una fuente que antes daba vino ahora no daba nada. Él respondió que a la vuelta se lo diría.
Luego fue y llegó a un río. Y le preguntó el barquero que qué sabía. Él le contestó que todo. El barquero le dijo que cómo podría él dejar el oficio de barquero, y él le respondió que a la vuelta se lo diría.
A otra orilla del río estaba la boca del Infierno. Estaba sola el ama. Y le dijo que qué quería. Él dijo que quería tres pelos de oro de la cabeza del diablo y también le contó lo que le habían preguntado los centinelas y el barquero. Ella le dijo que el diablo no estaba; pero que esperase un poco. Entonces lo convirtió en hormiga y se lo metió entre los pliegues del vestido.
Cuando llegó el diablo, dijo:
—¡A carne humana me huele! ¡Si no me la das, te mato!
Y ella le dijo que había estado un joven, pero que se había ido ya. Pidió después que se acostaran. Y mientras dormían, le arrancó un pelo. Él le preguntó que por qué se lo había arrancado. Y dijo ella que sin darse cuenta y que había estado soñando. Le preguntó que qué soñaba. Y le dice:
—En que un árbol que antes daba mucha fruta ahora no da nada.
—¡Qué tontos! ¡Si lo supieran!
Dice:
—¿Qué es?
—Es que hay una lombriz que roe las raíces.
Otra vez se durmieron y le arrancó otro pelo.
—Pero ¿qué estás haciendo?
Ella dijo otra vez que había estado soñando. Le preguntó él que qué había soñado. Y dijo ella que en una fuente que antes daba vino y ahora no daba ni agua. Y dice el diablo:
—¡Ah, qué tontos! ¡Si lo supieran!
Dice ella:
—Pues ¿qué tenían que hacer?
Dice:
—Mirar bien, que hay un ratón en el caño. Y como me arranques otro pelo, te doy un puñetazo.
Pero le arrancó otro pelo, y el diablo la pegó. Ella dijo que había estado soñando otra vez. Dice el diablo:
—¿Qué soñabas ahora?
—Soñaba que un barquero, que lleva ya muchos años en el río, que cómo podría dejar de serlo.
—¡Ay, qué tontos! ¡Si lo supieran!
—¿Qué tenía que hacer?
—Dejarle el remo al primero que vaya a pasar el río.
Luego el diablo se quedó dormido. Y sacó el ama la hormiga de dentro de su vestido y la convirtió otra vez en un hombre. Se lo dijo todo —lo que le había dicho el diablo— y le dio los tres pelos. Luego fue el joven a pasar el río, y le dijo el barquero que qué tenía que hacer. Y le contestó que dejar el remo al primero que pasara el río. Y el barquero le dio mucho oro.
Pasó por donde estaba el centinela del primer pueblo, que también le preguntó que qué tenía que hacer. Y le dijo que tenían que mirar bien, que había un ratón que impedía salir al vino. También el otro le dio mucho dinero.
Cuando pasó por el otro pueblo, el centinela también le preguntó que qué tenía que hacer, y le contestó que tenían que matar la lombriz que roía las raíces. El centinela también le dio mucho dinero.
Después fue al palacio del rey y le dio los tres pelos del diablo. El rey le preguntó que de dónde había cogido tanto dinero, y él le dijo que la orilla del río estaba llena. Entonces el rey quiso ir también a por dinero y cogió muchos sacos. Pero al pasar el río, el barquero le dejó el remo y se quedó de barquero para siempre. Y el muchacho y la princesa se casaron y vivieron felices.