Un rey tenía una hija muy bonita. La reina había educado muy bien a la princesa y había logrado que le gustara mucho hacer labor.
La habitación de la princesa tenía un balcón que daba al campo. Un día se puso a coser en el balcón, cuando vio que venían siete conejos blancos que formaron una rueda debajo del balcón. Entusiasmada, mirando a los conejos, se le cayó el dedal, lo cogió uno de los conejos con la boca y todos echaron a correr.
Al día siguiente volvió a ponerse a coser al balcón, y a poco vio que iban llegando los siete conejos blancos y que hacían la rueda. A la princesa se le cayó una cinta, la cogió un conejo y todos echaron a correr.
Al otro día lo mismo con las tijeras de la costura.
Otro día se llevaron los conejos un carrete de hilo, otro día un cordón de seda, otro día un alfiletero, otro día una peineta, y ya no volvieron a aparecer los conejos.
A la princesa le entró una pena tan grande que cayó enferma, y se puso tan malita que sus padres creyeron que se moría. Los médicos confesaron que no sabían la enfermedad que tenía, y el rey mandó echar un pregón diciendo que la princesa estaba enferma y que acudieran a verla las personas que tuvieran la confianza de curarla, ofreciéndoles, si era mujer, todo el dinero que quisiera, y si era hombre, darle la mano de la princesa en matrimonio.
Como es de suponer, fue mucha gente, pero todos fracasaron.
Un día salieron de un pueblo próximo una madre y una hija con ánimo de curar a la princesa, confiando en sus conocimientos de las hierbas del campo, a cuyo comercio se dedicaban.
Para ganar tiempo se fueron por un atajo y a la mitad del camino se pusieron a merendar para descansar y reponer sus fuerzas. Al sacar el pan, se les cayó, bajó rodando por una loma y se metió en un agujero. Bajaron, corriendo detrás del pan, la pequeña loma, y al agacharse para cogerlo, vieron que aquel agujero comunicaba con una gran cueva que estaba iluminada por dentro. Observaron por el agujero y vieron una mesa con siete sillas. Poco después vieron que por el suelo andaban siete conejos blancos que se quitaron el pellejo y se convirtieron en príncipes. Se sentaron alrededor de la mesa, en la que había unas cuantas cosas.
Y oyeron que uno de los príncipes, cogiendo un dedal de la mesa, decía:
—Éste es el dedal de la princesita. ¡Quién la tuviera aquí!
Y luego otro decía:
—Ésta es la cinta de la princesita. ¡Quién la tuviera aquí!
Y otro:
—Éstas son las tijeras de la princesita. ¡Quién la tuviera aquí!
Y así los siete, cada uno dijo su cosa.
Las dos mujeres se fijaron en que a poca distancia había una puertecita muy disimulada y emprendieron el camino a palacio.
Cuando llegaron y dijeron que querían ver a la princesa para ver si la podían curar, las mandaron pasar.
Conque saludaron a la princesa, que estaba acostada, y empezaron a decirle que ellas tenían en el pueblo una herboristería heredada de su padre y de su abuelo, luego le contaron el viaje que habían hecho para venir a verla y llegaron en su relato a contarle lo que habían visto en la cueva de los siete conejos blancos.
Entonces la princesa se sentó en la cama y pidió que le trajeran un caldo. El rey se puso muy contento, porque era la primera vez que pedía de comer, y entró a verla.
—Padre, ya me voy a curar. Pero tengo que ir con estas señoras.
—Eso es imposible. ¡Con lo débil que estás!
—Pues no tengo otro remedio. Que nos lleven en coche.
Y se fueron las tres en un coche de palacio. A la mitad del camino se apearon del coche, porque la cueva estaba bastante retirada del camino, y ya empezaba a hacerse de noche.
Las dos mujeres le señalaron a la princesa el agujero y la puertecita. Miraron por el agujero y por las rendijas de la puerta, pero no veían nada. Esperaron mucho rato y seguían sin ver nada. Mientras tanto se iba haciendo de noche y ya estaban conformes las tres en volver al día siguiente a la misma hora que los vieron las mujeres, cuando se iluminó el interior de la cueva y vieron a los siete conejos que se quitaban el pellejo y se convertían en príncipes.
Y volvieron a repetir la relación desde el que empezaba: «Éste es el dedal de la princesita. ¡Quién la tuviera aquí!», hasta el último que decía: «Ésta es la peineta de la princesita. ¡Quién la tuviera aquí!».
Entonces la princesa dio un empujón a la puerta, entró y dijo:
—Pues aquí me tenéis.
Y escogió al más guapo y le dijo que se fuera con ellas, a ver a sus padres, y a los demás les dijo que quedaban invitados a la boda. Y fueron felices y comieron perdices, y a mí me dieron con los huesos en las narices.