País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

los dos hermanos

Pues, señor, esta vez era un matrimonio que tenía dos hijos; uno se llamaba Perico, y otro, María. Y eran tan pobres, que no tenían para darles de comer; así es que los niños siempre estaban llorando y dándoles ruido, porque querían pan y no tenían para dárselo. Un día, ya aburrido el padre, le dijo a su mujer:
—Mira, esto no se puede sufrir; estos niños, si seguimos así, se van a morir de hambre; yo voy al campo y me los llevaré; así que estemos en el monte, en terreno que ellos no conozcan, los dejo allí y me vengo; malo sea que luego no encuentren ellos un alma caritativa que los recoja y les dé de comer.
La madre no estaba conforme con el plan de su marido, pero, como conocía que no le faltaba razón, se conformó y lo dejó hacer.
Sucedió que Perico había estado escuchando la conversación, y, cuando su padre le dijo por la mañana que iban a ir a por leña, lo primero que hizo fue llenarse los bolsillos de salvados y, sin que lo viera su padre, los fue regando por todo el camino.
Cuando llegaron al monte, el padre se puso a cortar leña y a los niños los mandó a coger nidos. Cuando los vio más entretenidos, cogió su leña y se marchó, dejándolos allí abandonados. Vinieron ellos a enseñar a su padre un nido que habían encontrado y, por más que buscaron y dieron voces, no pudieron encontrarlo, por lo que María se puso a llorar con mucho desconsuelo, y Perico le dijo:
—No llores, que ahora nos iremos a casa nosotros.
—Es que nosotros no sabemos el camino.
—Sí lo sabemos; ya verás como lo encontramos.
Buscó entonces el reguero de los salvados y, así que lo encontró, lo fue siguiendo, siguiendo, hasta que llegaron a su casa.
Llegaron a buena hora, porque la leña que había llevado el padre la vendió, y la madre había comprado una buena cena y echaba de menos a sus hijos; así que, cuando los vio llegar, se puso tan contenta. Pero pasaron unos días y volvieron a las andadas; el padre los llevó otra vez al monte; sólo que Perico, que siempre andaba oliendo dónde guisaban, se enteró del plan, y antes de irse, como no encontró salvados, vio unos pocos garbanzos y se llenó los bolsillos. Todo el camino los fue regando sin que lo advirtiera su padre, y así, cuando éste se volvió, dejándolos abandonados, buscó el reguero de garbanzos y se fueron a casa los dos hermanos.
La madre se alegró de verlos, pero el padre decía:
—Yo no sé cómo estos demonios de muchachos han podido dar con el camino, pues hoy los llevé a otro sitio mucho más intrincado que la otra vez.
Le preguntaban a Perico cómo había podido llegar a casa sin perderse; pero él se guardó muy bien de decir lo que había hecho, pues estaba seguro de que su padre había de llevarlos otra vez, y, si se lo decía, estaban perdidos.
Pues, señor, que a los pocos días el padre trató de llevarlos otra vez, y le decía a la madre:
—Ya verás cómo ahora no vuelven, pues los llevaré a un sitio que no puedan ellos conocer.
Pero no contó con que Perico, que no se le escapaba nada, lo había escuchado, y así que se levantó, como no había salvados ni garbanzos, encontró unos higos secos que tenía guardados su madre y se los metió en el bolsillo. Así que salieron, Perico iba detrás de su padre, y sin que lo notara iba sacando los higos, y a medida que andaban los iba tirando a un lado del camino. Cuando llegaron a un sitio muy montuoso que ellos no conocían, como al fin eran niños, se pusieron a jugar, y su padre, aprovechando un momento en que estaban distraídos, desapareció de pronto y los dejó solos. Cuando lo echaron de menos, empezaron a buscarlo y, viendo que no aparecía, María se puso a llorar.
—No llores —le dijo su hermano—, que yo buscaré el camino y nos iremos a casa como otras veces.
Se puso a buscar el sitio por donde había tirado los higos, y por más que buscaba no encontraba ninguno; así que estaba desesperado. Entonces le preguntó María:
—¿Qué buscas, Perico?
—Busco unos higos que vine tirando por el camino y que eran los que habían de conducirnos a casa.
María entonces redobló su llanto y su hermano quería consolarla diciéndole que no llorase, que ya encontrarían los higos y volverían a casa. Pero María le dijo:
—Es que los higos no los encontrarás, porque yo venía por el camino detrás de ti, cuando tirabas los higos, y, como tenía hambre, conforme tú los ibas tirando, yo los cogía y me los iba comiendo.
—Pues nos has perdido —dijo Perico—, porque yo no conozco este terreno y no podemos volver a casa. Pero aquí no podemos pasar la noche; saldremos del monte y veremos si encontramos alguna casa donde quieran recogernos.
Se pusieron en camino y andar, andar, ya estaban cansados y se iba acercando la noche, cuando vieron allá a lo lejos una lucecita; se dirigieron hacia ella y encontraron una casa. Como estaba abierto y no veían a nadie, entraron y, cuando llegaron a la cocina, vieron a una vieja que estaba friendo buñuelos. Como los pobres estaban sin comer, tenían mucha hambre, y María le dijo a su hermano:
—Perico, yo querría buñuelos, a ver si puedes coger uno.
Llegó Perico por detrás de la vieja y cogió uno y, como vio que no le decía nada, siguió cogiendo más y entre los dos se los comían. Tantos cogió, que la vieja los echó de menos y se puso a gruñir diciendo:
—Estos buñuelos parece que se evaporan: mientras más frío menos hay, ¿qué es esto?
La vieja no había visto a Perico coger los buñuelos, porque era tuerta, precisamente del lado por donde el niño los cogía; ellos, al ver que no los veía, se reían de la vieja y Perico volvió a coger otros dos y se los comieron.
—Ahora voy yo —dijo María.
Se acercó a cogerlos por el lado contrario y, como aquél era el del ojo bueno, la vio la vieja. Entonces soltó los hierros y se volvió a mirar quiénes eran, y dijo:
—¡Hola, buenas piezas! ¿Sois vosotros los que os estabais comiendo los buñuelos? Ya decía yo que cada vez había menos. Vamos a ver, ¿de dónde venís?
Ellos entonces le contaron quiénes eran y de dónde venían, y entonces la vieja les dijo:
—Bueno, quedaos aquí conmigo, que no os faltará nada.
Los niños se pusieron muy contentos, estuvieron cenando y luego se acostaron, durmiendo a pierna suelta.
Pero aquella vieja era una bruja muy mala, que se comía todos los niños que llegaban a su casa, así que se puso muy contenta al ver que tenía allí dos. Quiso empezar por Perico y fue a verlos, cuando estaban dormidos, pero los encontró tan delgados, que dijo para sí:
—No, ahora no, que no tienen más que huesos; yo les daré de comer y, así que estén gordos, entonces.
Cogió a Perico y bajó con él a una cueva muy oscura. Allí lo metió en una tinaja para que no pudiera escaparse, y todos los días le llevaba de comer cosas buenas para que se pusiera gordo. Como no tenía que hacer nada allí metido, entró una vez un ratón en la tinaja y lo cogió para entretenerse. Cuando pasaron algunas semanas, un día que bajó la vieja a darle de comer le dijo:
—Perico, saca un dedo por este agujeríto.
Pero el niño que se olió lo que la vieja quería, en vez del dedo asomó por el agujero el rabo del ratón, y como estaba oscuro y no se veía, la vieja al tentar el rabo creyó que era el dedo, y dijo:
—Todavía está muy delgado, lo dejaremos unos días.
A los pocos días entró también el gato y, oliendo el ratón, saltó a la tinaja y se lo comió, con lo que Perico se quedó disgustado por no tener qué asomar por el agujero cuando la vieja viniera.
Efectivamente, pareciéndole ya bastante tiempo a la vieja, bajó un día con la comida y le dijo que asomara el dedo y, como ya no tenía el ratón, no tuvo más remedio que asomar el dedo.
—Ya estás bien gordito —dijo la vieja al tentarlo— y voy a sacarte de la tinaja para que vivas conmigo.
Sacó a Perico y lo mandó por una carga de leña. Le dio un barril lleno de agua muy tapado y un pan, diciéndole que por la noche había de traer el pan entero y el barril lleno. Si no, lo mataría.
Pues, señor, salió Perico, llegó al monte, se puso a cortar leña y, cuando acabó, tenía mucha hambre; pero, como la vieja le había dicho que trajera el pan entero, no se atrevía a tocarlo y se puso a llorar. En esto se le apareció un viejecito y le dijo:
—¿Porqué lloras, niño?
Perico le contó lo que le sucedía, y el viejo le dijo:
—No llores, come y bebe lo que quieras, que no te pasará nada, porque, cuando llegues a casa, el pan estará entero y el barril lleno; pero mira, aquella vieja es muy mala y esta leña es para caldear el horno y tostarte en él. Así que el horno esté caliente, te dirá ella que te pongas a danzar en la pala; pero tú le dices que no sabes, que lo haga ella para verlo y luego lo harás tú. Cuando ella se ponga a danzar, le das un empujón y la metes en el horno, y luego con el hurgonero y la pala le dais para que no pueda salir, diciendo: «Aquí San Juan, aquí San Pedro, tú con la pala y yo con el hurgonero». Luego, cuando se queme la vieja, saldrán del horno dos lebreles, los acaricias, y con ellos, que son muy cazadores, te ganarás la vida.
Pues, señor, Perico hizo caso de lo que le dijo el viejo, y, cuando llegó a casa, vio que el pan, a pesar de haberse comido la mitad, estaba entero y el barril lleno. Se lo contó a su hermana, mientras la vieja caldeaba el horno. Entonces los llamó y ellos fueron corriendo.
—Perico —le dijo la vieja—, antes de cenar, quiero que dances un poquito sobre la pala.
—Yo no sé danzar —contestó Perico—, si usted quiere decirme cómo se hace, yo lo aprenderé para hacerlo.
—Eso es muy fácil —dijo la vieja, ya verás.
Y subiéndose en la pala, se puso a danzar sobre un pie.
Perico, que estaba al cuidado, le dio tal empujón, que la metió de cabeza en el horno. La vieja dio un grito e intentó salir, pero María con la pala y Perico con el hurgonero la metieron dentro diciendo:
—Aquí San Juan, aquí San Pedro, tú con la pala y yo con el hurgonero.
La vieja no dejó de gritar, hasta que se oyó un estampille que apagó el horno y salieron dos lebreles preciosos, que se pusieron a acariciar los dos hermanos.
Pues, señor, que ya, libres de la bruja, se quedaron allí viviendo, y los perros eran tan cazadores, que todos los días traían caza para comer y vender, así que nada les hacía falta; pero había por allí dos cazadores que tenían envidia a Perico, porque veían que él siempre mataba y ellos no cazaban nada. Entonces determinaron matarlo, pero, como los perros eran muy valientes y siempre lo acompañaban, pensaron primero quitarle los perros, y se llegaron a su casa y le dijeron a María que, como al día siguiente no les tuviera allí los perros, mataban a su hermano.
La pobre María se asustó, y al día siguiente le rogó a su hermano que le dejase los perros, porque tenía miedo de quedarse sola. Perico le dejó los perros y se fue solo a cazar.
Cuando llegaron los cazadores, María les dio los lebreles a cambio de que no le hicieran daño a su hermano. Ellos se llevaron a los perros y los encerraron, tapándoles los oídos con algodones para, si los llamaba su amo, que no le oyeran. Luego salieron y sorprendieron a Perico, diciéndole que se preparara para morir.
Perico les pidió por favor que le dejaran dar tres voces; ellos creyeron que era para llamar a los perros, y, como les habían tapado los oídos, no les preocupó concedérselo, y le dijeron que bueno.
Entonces él dijo:
—Aquí San Juan, aquí San Pedro, tú con la pala y yo con el hurgonero.
Los cazadores se echaron a reír, pero en aquel momento aparecieron los dos perros, se abalanzaron sobre los dos cazadores y los mataron. Perico quedó libre.
El niño fue a casa y se quejó a su hermana, pero María le contó lo que había pasado y, viendo que ella no tenía culpa de nada, la abrazó y vivieron contentos y dichosos por toda su vida.