País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

los cuatro estudiantes

Éstos eran cuatro estudiantes que se hallaban una vez sin dinero para comer. Y dijeron:
—Pues vamos a ver cómo sacamos cuartos para comer.
Entonces dijo uno de ellos:
—Pues miren ustedes que yo pongo la carne.
—Muy bien, muy bien —dijeron los otros.
Y otro dijo entonces:
—Y yo pongo el pan.
Y otro dijo:
—Pues yo pongo el vino.
Y el cuarto dijo:
—Y yo pongo la fonda para que nos preparen todo eso.
Fue el de la carne y sale de la iglesia muy guapo y va adónde está el pavero cuidando los pavos y le dice:
—Oiga usted, que dice el obispo que haga el favor de escogerle dos pavos de los mejores que tenga.
El pavero escogió de su manada los dos mejores pavos que había y se los entregó al muchacho.
Y el estudiante le dijo:
—Ha dicho el señor obispo que después de misa se los pagará.
El pavero dijo que estaba bien, y se fue aquél con sus dos pavos para donde estaban los otros.
Fue el del pan a una fonda, escogió una cesta y le pidió a la patrona un delantal blanco. Fue a la panadería y le dijo al panadero que le pusiera allí una docena de bollos, una docena de galletas y unos cuantos churros. En la mano llevaba él un pegote de pez. Y luego que el panadero le dio lo que pedía, echó a correr con la cesta llena de bollos, galletas y churros.
El panadero, cuando le vio correr, salió y le gritó:
—Oiga usted, el de la cesta, espere un poco, que no me ha pagado.
Pero al doblar una esquina sacó el otro el pegote y se lo puso en el ojo derecho. Cuando el panadero lo vio, lo agarró y le dijo:
—Hombre, usted perdone; no es usted. Márchese usted. El que se fue sin pagarme se ha escapado por aquí, pero no sé dónde se habrá metido.
Y se fue el estudiante para la fonda donde esperaban los otros y allí mandaron preparar todo.
El otro pidió una botella de vino, comieron y bebieron a su gusto. Y después que comieron y se divirtieron bien, le pidieron la cuenta a la patrona. Ella les dijo que eran sesenta reales.
Pronto dijo uno de los estudiantes:
—Voy a pagar yo.
Y otro dijo:
—No, no pagas tú. Yo voy a pagar.
—Que no —dijo el tercero— que el que va a pagar soy yo.
—Que no y que no —dijo el cuarto—. Voy a pagar yo.
Y así estuvieron riñendo por largo rato, hasta que dijo uno de ellos:
—Bueno, pues miren ustedes. Vamos a taparle los ojos al ama y el que ella pille ése paga.
Dijo el ama que estaba bien, y le taparon los ojos. Al momento que le taparon los ojos se salieron aquéllos a la calle y echaron a correr. La patrona andaba buscando a ver a quién pillaba, pero no encontraba a nadie.
Subió entonces su marido, y lo cogió y dijo:
—Tú pagas.
Y él le dijo:
—Ya lo creo que tengo que pagar. Ya te la dieron. Te vieron cara de tonta y te la dieron.
Pasó algún tiempo y el marido de la patrona todavía andaba buscando a los estudiantes. Un día se encontró con uno de ellos y le dijo:
—Hombre, ¿te acuerdas que tal día comiste en mi casa con unos compañeros y no nos pagaste? Ahora tienes que pagar.
—Sí, sí —le dijo el otro—, pero ya no están mis compañeros.
—Eso no importa. De todos modos tienes que pagar.
Y como el otro no quiso pagar fue y lo demandó ajuicio. Y tuvieron que ir a presentarse delante del juez. El estudiante le dijo al otro:
—Hombre, mira, que yo no puedo ir porque no tengo capa. ¿Cómo me voy a presentar delante del juez así, sin capa y sin nada?
El hombre le dijo:
—Por eso no hay cuidado, que yo te prestaré la mía. Vamos caminando.
Y le prestó su capa y se fueron adónde el juez.
Llegaron a declarar y el juez le preguntó al primero:
—Bueno, ¿qué pide usted?
—Pues, señor juez, que este muchacho comió en mi fonda hace ya unos meses con otros tres y no nos pagaron nada y no quieren pagar. Ahora dice que no paga porque los otros no están, y qué sé yo.
Entonces el juez le preguntó al otro:
—Y usted ¿qué tiene que declarar?
—Que no, que no le debemos nada. Lo mismo que si ahora dice este señor que esta capa es suya: ¿va usted a creerle?
Y el otro dijo en seguida:
—¡Claro que es mía! Como que ahora mismo se la he prestado para que viniera delante del juez. ¡Venga acá esa capa!
—Vaya usted con Dios, señor —le dice el juez—. Dice usted que este muchacho le debe la comida en la fonda y no le quiere pagar, y ahora quiere usted hacerme creer que todavía le ha prestado la capa. No señor, no señor; ésa no pasa. Vaya usted con Dios.