País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

los caballitos de caña

Eran un rey y una reina que vivían en un palacio. Cierto día el rey se tuvo que ir a la guerra y la reina se quedó en el palacio con el ama de llaves, que era más mala que el veneno.
Pasaron unos meses y la reina dio a luz dos niños y una niña. El ama de llaves le escribió al rey diciéndole que la reina había tenido tres niños de palo. Entonces el rey le contestó que, si eso era cierto, que tirara a los niños y que a la reina la matara. Pero el ama de llaves, para hacer sufrir más a la reina, la emparedó. Y a los niños los metió en una cestita y la colocó en un río que pasaba por aquel lugar.
Un hortelano que venía a vender sus hortalizas, pasaba por allí y sintió llorar. Se acercó y vio la cestita. La cogió y se llevó a los niños a su casa, donde vivía con su mujer. Como ellos no tenían hijos, los acogieron con mucha alegría.
Pasaron algunos años y los niños crecían felices y contentos, junto a los que ellos creían sus padres. El hortelano, como era muy pobre y no podía comprarles juguetes, les hizo a los niños unos caballitos de caña.
Había vuelto ya el rey de la guerra y un día, paseando por aquellos alrededores, se encontró a los niños jugando con sus caballitos, diciéndoles: «Corre, bebe, anda». Entonces el rey se acercó y les dijo:
—Niños, ¿es que los caballitos de caña corren, beben y andan?
Y la niña le contestó:
—¿Es que las mujeres de carne y hueso tienen hijos de palo?
El rey se quedó asombrado y se fue a su palacio con mucha preocupación. Al cabo de unos días volvió a encontrarse con los niños y les preguntó que dónde vivían. Los niños le indicaron el lugar y fue él a hablar con el hortelano. Le preguntó que si aquellos niños eran de él, a lo cual le contestó el hortelano que no, que los había recogido del río, pero que los había criado como si fuesen sus hijos.
Entonces el rey le dijo que iba a dar una fiesta en palacio y que los invitaba a ellos y a los niños.
Cuando ya iban camino de palacio, la niña les dijo a sus hermanos:
—No comáis de ningún alimento hasta que yo lo haya probado.
Cuando llegaron, había unas mesas muy largas con unos manjares exquisitos. A los niños se les iban los ojos detrás de los platos. Se sentaron a la mesa y el rey les decía:
—¡Niños, comed!
Entonces la niña contestó:
—No comemos hasta que no venga una persona que hace falta.
El rey quiso saber quién era, pero la niña no lo decía. Entonces mandó el rey llamar a todas las personalidades de la corte, y mientras, los niños deseando algo de comer. Por fin, la niña dijo:
—No comemos hasta que no venga mi madre.
El rey exclamó:
—¿Tu madre?
—Sí, nuestra madre, que está emparedada aquí en palacio. Y además, estos dulces están envenenados.
Le echó uno a un gato que estaba allí, que se lo comió y murió en el acto.
El rey quedó tan sorprendido, que mandó llamar a la guardia de palacio para que buscaran por todos los rincones. Entonces la niña dijo que no hacía falta, porque ella sabía el lugar exacto.
El rey acompañó a los niños, y, al llegar donde estaba la reina, rompieron la pared y apareció la pobre muy delgada y muy blanca. Pero aun así el rey la reconoció. La abrazó y se besaron todos. Al ama de llaves la mataron y ellos fueron felices y comieron perdices.