Erase una vez un señor que tenía un gallo un poco viejo, y dijo:
—Éste ya sólo sirve para el puchero.
Mandó llamar a la criada y le dijo:
—Mañana vas, te coges el gallo y lo matas. Y como la carne no está para desperdiciar, lo echas en la olla.
El gallo, que andaba por el tejado, oye lo que están tramando y dice:
—¡Conque ésas tenemos! Pues me escapo y lo que es a mí no me pillan, aunque sea viejo.
En cuanto se hizo de noche, se escapó el gallo y se fue al monte. Andando, andando, se encontró con un burro viejo que ya no era más que costillas. Va el gallo muy estirado y le dice:
—Buenos días, compadre. ¿A dónde bueno por estos montes?
—Pues nada —responde el burro—, que, como ya estoy viejo y no puedo con la carga, mi amo me ha echado al monte a que haga la vida.
Le dice el gallo:
—Pues mira, a mí me ha pasado algo por el estilo. Sólo que, antes de que hicieran conmigo un buen caldo, he decidido correr mundo.
—Bueno, bueno —dice el burro—, si te parece seguimos juntos y así nos hacemos compañía.
Le pareció bien al gallo y siguieron caminando, el burro pasito a paso, de lo viejo que estaba, y el gallo muy estirado y muy tieso. Por el camino en que iban se encontraron con un toro, y dice el gallo:
—Buenos días tenga usted, señor toro. ¿Qué le trae por estos montes?
—¿Yo? Yo ando siempre por aquí, cerquita de la dehesa. Como ya me he hecho viejo, no se preocupan por mí.
—¿Y no te gustaría venir con nosotros a buscarte la vida?
—Pues, hombre, la verdad es que no estoy mal yo aquí —contestó el toro.
Y entonces el gallo le dice:
—Te advierto que ahí atrás vienen unos toreros…
—¿Ah, sí? Pues ahora mismo me voy con vosotros.
Y sin pensarlo más se unió a los otros dos.
A poco que caminaron vieron a un galgo sarnoso. El gallo, muy estirado, como siempre, se adelantó a saludarlo:
—¡Muy buenas, señor galgo! ¿A dónde bueno tan tempranito?
Entonces les contó el galgo que, como ya estaba viejo y sarnoso, su amo lo había despedido. Y el gallo, muy indignado, dice:
—¡Vaya unos amos que hay por ahí! ¡Maldita sea! Pero no se apure usted, y véngase con nosotros, que juntos nos haremos compañía.
Se unió también el galgo a la comitiva, y al poco rato se encontraron un gato con hambre de seis semanas y maullando como un desesperado. Y le dice el gallo:
—Amigo, ¿qué hace usted tan desolado por estos montes?
Y el gato les contó su historia:
—Hará poco más de un mes que mi ama me dejó al cargo del puchero, como todos los días cuando se iba a misa. La muy beata tardó un día más de la cuenta, y me entró tanta hambre, que no pude resistirme. Le pegué un empujón a la olla, que la tiré al suelo, y me zampé toda la carne. Cuando volvió mi ama, me arreó una paliza que tengo el espinazo como un dominó. Y ahora arrastro un hambre que no veo.
—¡Vaya, hombre, vaya! —dijo el gallo—. ¿Por qué no se une usted a nosotros, que de seguro encontraremos algo de comer?
El gato no se hizo de rogar y se juntó a los otros la mar de contento. El gallo iba dando explicaciones de cómo habían de hacer para conseguir comida, pero se iba haciendo tarde y todavía no habían encontrado nada que comer. El burro ya apenas podía sostenerse, de hambre que tenía, y el galgo sarnoso tampoco podía caminar, de hambre y de sed. El toro entonces permitió que se le subiera encima. Y ya les cogía la noche, cuando el galgo creyó divisar una lucecita a lo lejos. El gato saltó encima del galgo y el gallo voló encima de él, para comprobar, y dijo:
—Pues es verdad. Es una casa.
—¡Vamos, vamos! ¡A ver si llenamos la tripa! —dijo el gato.
Apretaron el paso lo más que pudieron y cuando ya estaban cerca de la casa, dice el gallo:
—¡Alto ahí! Mejor será que me adelante yo sólo a ver qué hay.
Fue el gallo hasta la casa sin hacer ruido y por una ventana vio a un puñado de ladrones comiendo a dos carrillos alrededor de una lumbre. Volvió y les contó a los demás animales lo que había. Les dice:
—Amigos míos. Miren ustedes lo que vamos a hacer. Nos allegamos todos sin que nos sientan y se coloca cada uno en un lugar alrededor de la casa. Luego, a una señal mía, todo el que sepa cantar, que cante, pero muy fuerte, para que se espanten y se vayan.
Y así lo hicieron. El gallo trepó al tejado. El toro y el burro se pusieron cada cual en una ventana. El perro y el gato a cada lado de la puerta de salida. Y todos a un tiempo se pusieron a cantar. El gallo:
—¡Quiquiriquíiii, cuántos ladrones hay aquíii!
Y el toro:
—¡Múuuuchos, múuuchos, múuuchos!
Y el burro:
—¡Ga-chón, ga-chón, gachón!
Y el perro:
—¡Guar-dias, guar-dias, guar-dias!
Y el gato:
—¡Mii-ra, miira, mii-ra!
Al oír tanto ruidos, los ladrones se murieron de miedo y salieron corriendo. Decía el capitán:
—¡Son los demonios! ¡Son los demonios!
Y corrieron hasta que no pudieron más. Entonces bajó el gallo del tejado y gritó:
—¡Hala, hala, compañeros! ¡A lo gordo! ¡A lo gordo! ¡A llenar la tripa, que aquí hay de todo!
Y entraron en la casa y se hartaron de comer. Decía el gato:
—¡Estoy de queso que no me puedo ni mover!
Y el galgo decía:
—Me he atracado de carne y estoy como una bola.
Y el gallo, más tieso y estirado que nunca:
—Yo bien les decía que juntos hallaríamos —y después de un rato, dice—: Pero me temo que esos ladrones puedan volver. Habrá que prepararse para darles una buena zurra. Pero ahora, no a cantar, sino a patadas y a mordidas y a picotazos, y que cada cual se esconda en un sitio.
El gallo se subió otra vez al tejado. El gato se arrinconó a un ladito de la lumbre. El galgo se puso a la puerta. El toro, junto a una ventana, y el burro, junto a la otra.
Los ladrones habían decidido mandar a uno de ellos a explorar. Al poco rato se acercó a la casa y entró sin hacer ruido. Pero el gallo lo había visto desde el tejado y ya había avisado a los demás. Como estaba muy oscuro, el ladrón se acercó a la lumbre para encender la luz. Pero en ese momento salta el gato de su rincón y le pega un arañazo en la cara.
—¡Ay, que me han arrancado la nariz! —gritó.
Y sale corriendo, pero, como estaba tan oscuro, tropieza y se cae al suelo. Allí el galgo le pega unos cuantos bocados en las nalgas. Luego el ladrón tira para una ventana, pero allí estaba el burro, que le dio de coces en la barriga y lo mandó para la otra ventana. Allí el toro, de una cornada, lo despachó por lo aires. Y mientras, el gallo, desde el tejado, cantaba:
—¡Quiquiriquíiii!
Llegó el pobre ladrón adónde sus compañeros todo magullado y contando que no había nadie en casa, pero que un demonio le había arrancado la nariz con un rastrillo, otro le había tirado al suelo, otro le había mordido las nalgas con unas tenazas, otro le había apaleado la barriga y, por último, otro lo había vareado como si fuera paja.
—Y encima, otro desde arriba, gritaba: «¡Traédmelo aquí! ¡Traédmelo aquí!».