País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

las tres preguntas

Había un cura en cierto lugar que, saliendo de su misa por la mañana y su rosario por la tarde, perdía toda preocupación. Todo lo demás le tenía «sin cuidao», y tan ufano se sentía el hombre, que llegó a poner en la puerta de la casa parroquial un cartel diciendo: «Aquí vive el cura sin cuidaos». Llegaron los vecinos a protestarle al señor obispo, y éste mandó llamar al cura.
—Vamos a ver, ¿por qué dice usted que es «el cura sin cuidaos»? —le preguntó.
—Su Ilustrísima, porque todo lo que necesito me lo proporciona un criado que tengo.
—Vaya, hombre. Conque ésas tenemos. Pues para que lleve usted algo en qué pensar, le voy a hacer tres preguntas. Y, si en el término de tres días no me las ha contestado, le quito la licencia y se tendrá usted que ir del pueblo.
—Usted manda, señor obispo —dijo el cura.
—La primera es cuánto valgo yo. La segunda, en cuánto se le puede dar la vuelta al mundo; y la tercera, en qué estoy pensando.
Se volvió el cura para el pueblo con mucha preocupación, y cuando llegó a su casa casi estaba llorando. En esto apareció el criado, tan servicial, y al verlo con aquella cara le dice:
—¿Qué le pasa a usted, señor cura? ¿Falta algo en la iglesia? ¿Quiere que le ponga de cenar? ¿Le afeito la coronilla? ¿Quiere usted que ordeñe una cabra?
—No, hombre, no. Déjame tranquilo.
Pero el criado le insistió tanto, que el cura le contó lo que le había pasado y las tres preguntas que tenía que contestar en el término de tres días.
—¿No es más que eso? —dijo el otro—. Pues pierda usted cuidao, que yo se lo arreglo todo.
Conque al día siguiente se puso el criado la sotana del cura y se presentó donde el señor obispo. Le dicen que suba y el obispo le hace la primera pregunta:
—¿Cuánto valgo yo?
Y dice el criado:
—Pues mire usted, si a Jesucristo lo vendieron por treinta dineros, a usted lo dejaremos en veintinueve.
—Está bien, hombre, está bien. Ahora va la segunda: ¿en cuánto tiempo se le puede dar la vuelta al mundo?
—Pues en un caballo de la carrera del sol, en veinticuatro horas.
—Está bien, está bien. Va la tercera: ¿en qué estoy pensando?
—Pues verá usted, señor obispo. En que se cree usted que está hablando con el cura, y está usted hablando con su sacristán, su cocinero, su barbero y su pastor.
Y le hizo tanta gracia al obispo, que perdonó al cura, pero a condición de que le traspasara el criado.