País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

las señoritas del manto negro

Juan el tonto vivía con su madre, que apenas tenía para mantenerlo. Un día le dice la madre:
—Anda, hijo, que vas a vender estos dos pemiles de tocino.
Fue Juan con sus dos pemiles para el pueblo. Pero, antes de llegar, pasó por la puerta de una finca y le salieron dos perros.
—¿Qué? —les dijo Juan—. ¿Me compráis los dos pemiles?
Los perros se abalanzaron y cada uno se llevó un pemil en la boca. Dice Juan el tonto:
—Está bien. Mañana me pasaré a cobrarlos.
Volvió a su casa y le dice a su madre:
—Madre, ya vendí los pemiles en una finca.
—¿Y dónde está el dinero, hijo?
—Mañana paso a cobrar.
—Bueno, pues ahora toma estos dos chivitos y ve a venderlos también.
Fue Juan el tonto y en la primera puerta que vio abierta se metió. Resulta que era la iglesia. Se acerca al altar donde había dos santos y les dice:
—¿Me los compráis?
Con la luz de la lamparilla le pareció a Juan que los santos movían la cabeza y decían que sí. Conque agarra y les deja allí los chivitos, amarrados uno a cada santo, diciendo:
—Pues mañana sin falta paso a cobrarlos.
Vuelve a su casa y le dice a su madre que ya había vendido los chivitos a unos señores y que al día siguiente le darían el dinero.
—Está bien, hijo. Pues ahora me vas a vender esta olla de miel.
Allá que va Juan el tonto con su olla de miel. Pero por el camino pasó por delante de un colmenar y, claro, todas las abejas se fueron para la olla.
—¿Queréis comprarme la miel? —les preguntó Juan, y el zumbido que hacían las abejas, zíiiiii, le pareció que decían que sí—. Bueno, os dejo la olla. Pero mañana sin falta paso a cobrar.
Volvió a su casa y le dijo a su madre que ya había vendido la miel.
—¿Sí, hijo? ¿Y a quién se la has vendido?
—A las señoritas del manto negro. Mañana voy por el dinero.
La madre se quedó pensando quiénes serían aquellas señoritas, pero no dijo nada.
Al día siguiente Juan el tonto se levantó muy temprano y salió. Se fue derechito a la finca y otra vez le salieron los perros y se pusieron a ladrarle.
—¡Ah, conque no queréis pagarme! ¡Pues ahora veréis!
Cogió un palo y se lió a garrotazos con ellos. A esto se asomó el amo de los perros y le preguntó que por qué pegaba a los perros. Entonces Juan le dijo:
—Porque ayer me compraron dos pemiles y no me quieren pagar.
—¿Y cuánto valían, hombre? —preguntó el amo, comprendiendo que era mejor no discutir con Juan el tonto.
—Diez duros.
—Vaya, hombre, como éstos —dijo el amo y le pagó, para no tener líos.
Siguió adelante Juan el tonto y entró en la iglesia. Se va para los santos y les dice:
—Aquí estoy.
Como los otros no decían nada, le pegó un garrotazo a uno de los santos y lo rompió. Con el ruido salió el cura y dice:
—¡Pero qué estás haciendo, Juan!
—Nada. Que ayer estos dos me compraron unos chivitos y hoy no me quieren pagar.
El cura comprendió lo que había pasado y de muy mala gana le pagó a Juan los veinte duros que pedía por los chivitos.
Pues siguió adelante Juan con su recaudación y se dice:
—Ahora toca cobrar la miel.
Se fue para las colmenas y al momento las abejas le salieron con muy malas intenciones. Juan se dio la vuelta y les dice:
—¡Pues si no queréis pagarme, ahora mismo doy parte al alcalde!
Se fue para el ayuntamiento y le dice el alcalde:
—¿Qué te trae por aquí, Juan?
—Pues mire usted. Que las señoritas del manto negro me compraron ayer una olla de miel, y hoy no me quieren pagar.
—¿Y quiénes son las señoritas del manto negro, si puede saberse?
—Venga usted conmigo y se las enseño —dijo Juan.
El alcalde acompañó a Juan hasta el colmenar y le dice:
—Mira, Juan, esas señoritas poco es lo que te van a pagar. Yo que tú le daba un garrotazo a todas las que viera.
Y en diciendo esto se le posa al alcalde una abeja en la cabeza, y dice Juan:
—¡Ah, sí! ¡Pues ahí va la primera! ¡Pum!
Y le pegó un garrotazo que dejó al alcalde en el sitio.