Convidó la zorra a la cigüeña a comer gachas en un plato. Llegó la cigüeña tan contenta a casa de la zorra, y ambas se pusieron delante del plato. La zorra, de cuatro lengüetazos, se lo comió todo en un momento, y la cigüeña, con su pico tan largo, apenas pudo probarlo.
Al poco tiempo fue la cigüeña la que convidó a la zorra a comer gachas, pero en una botella. Llegó la zorra tan contenta a casa de la cigüeña y ambas se pusieron delante de la botella. La cigüeña, con su pico tan largo, se lo comió todo en tres o cuatro veces, y la zorra apenas pudo comer, sino lo que caía por fuera.
La zorra se enfadó mucho y la cigüeña, temiendo sus malas intenciones, le dice:
—No se enfade usted, señora zorra. Que hoy mismo me ha convidado mi hermano a sus bodas, que se celebran en el cielo. Si quiere usted venir conmigo, allí nos vamos a poner como el Quico.
—Pero yo no sé volar —dijo la zorra.
—No se preocupe usted por eso dijo la cigüeña. —¿Usted se marea?
—Yo no.
—Pues entonces yo la llevo entre mis alas.
Dicho y hecho. Se subió la zorra encima de la cigüeña y ésta emprendió el vuelo. Empezó a subir, venga a subir, y ya no se veían los árboles ni nada, cuando dice la cigüeña:
—Señora zorra, veo que no está usted bien vestida como para una boda. Será menester que se vuelva a su casa a vestirse como está mandao.
Y antes de que la zorra contestara, se dio la media vuelta en el aire y la tiró. Cuando venía cayendo, vio la zorra unos peñascos allá abajo y dice:
—Quitaos de ahí,
que no respondo de mí.
Y cuando ya estaba casi en el suelo, dice:
—Si de ésta salgo y no muero,
no quiero yo más bodas en el cielo.
Pero qué iba a salir. Como las piedras no se quitaron, se dio un golpazo tan descomunal, que ya no dijo nada más.