País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la urraca, la zorra y el alcaraván

La urraca hizo su nido en una encina y allí vivía con sus urraquitas. Una mañana muy temprano vino la zorra y le dijo que tenía mucha hambre y que por qué no le daba una de sus crías.
—No, que no te la doy —dijo la urraca—. Si quieres comer hijos, teñios tú.
—Pues, si no me das una de tus crías, corto el tronco con mi cola y, cuando estéis abajo, me las como todas —dijo la zorra, y acto seguido se puso a pegar coletazos en el tronco de la encina.
La urraca se asustó y, por salvar a las demás urraquitas, le echó una a la zorra y ésta se la comió.
A la mañana siguiente volvió la zorra a la encina y otra vez dice:
—Señora urraca, tengo mucha hambre. ¿Por qué no me da usted una de sus crías?
—No, que no te la doy. No tengo yo crías para darlas. Si quieres comer hijos, teñios tú.
—Pues, si no me la das, ya sabes. Corto el tronco con mi cola y, cuando estéis abajo, me las como todas.
Y otra vez empezó a golpear la encina con su cola, y la urraca, muerta de miedo, le tiró otra de sus crías.
La zorra se empicó y todas las mañanas volvía con la misma historia a comerse una urraquita, hasta que ya sólo quedaba una en el nido con su madre. Acertó a pasar por allí el alcaraván, que es primo de la urraca. La sintió llorar y le preguntó:
—¿Qué te pasa, primita?
La urraca le contó lo que pasaba y entonces dice el alcaraván:
—¡Pero qué tonta eres! Cómo va la zorra a cortar el tronco de la encina. Para eso se necesitan buenas hachas y muy afiladas. Cuando venga otra vez la zorra, le dices:
—Anda zorrita matutina,
que tu rabo no corta encina.
Hachas sí cortan troncos,
y no rabos de raposos.
O también le puedes decir:
—Mi nido no se derriba,
a culadas ni rabadas,
que se derriba con hachas
de acero bien afiladas.
Y así fue. A la mañana siguiente llegó la zorra con el mismo cuento, y dice:
—Si no me la das, ya sabes. Corto el tronco con mi cola y cuando ya estéis abajo, ahí me las como todas.
Y contesta la urraca:
—Anda zorrita matutina,
que tu rabo no corta encina.
Hachas sí cortan troncos,
y no rabos de raposos.
Mi nido no se derriba,
a culadas ni rabadas,
que se derriba con hachas
de acero bien afiladas.
La zorra se quedó muy mosca y le preguntó:
—¿Y quién te ha enseñado a ti eso?
Y la urraca, la muy tonta, fue y se lo dijo:
—Ha sido mi primo el alcaraván.
—Pues ya pillaré yo a ése, culo arriba en el cascajal —dijo la zorra.
Conque se fue la zorra en busca del alcaraván. Lo buscó por todas partes, hasta que lo halló con la cabeza debajo de un ala, con la intención de dormir. Se le acercó sin meter ruido y le echó una zarpa encima, diciéndole:
—¡Muy buenas, señor alcaraván!
El alcaraván se llevó un susto de muerte, pero en seguida se repuso:
—Muy buenas tengamos todos, señora zorra —le dijo—. ¿Cómo usted por aquí?
—Pues nada, buscando un sitio para echar una siestecita. No le importará a usted que durmamos juntos, ¿verdad? Que luego ya hablaremos.
—Lo que usted diga, señora zorra.
Pero la zorra no le quitaba la pata de encima al alcaraván, y éste sólo cerraba un ojo. La zorra, al verlo, le preguntó:
—¿Cómo puedes dormir sin cerrar más que un ojo?
Y le contesta el alcaraván:
—El que duerme con compañero
que no sabe si es cierto,
duerme con un ojo cerrado,
y el otro muy bien abierto.
Y dice la zorra:
—Pues mira, para que no sufras más, voy a comerte ahora mismo, que tu prima me ha dejado sin desayuno.
—Ya me lo estaba yo calculando —dijo el alcaraván—. Sólo te pido una cosa.
—Tú dirás.
—Que, cuando me hayas tragado, vayas a la encina a demostrarle a la urraca las consecuencias de haberme delatado, y grites muy fuerte: «¡Alcaraván comí!».
—Está bien. Si eso te complace —dijo la zorra, y de un solo bocado se tragó al alcaraván. Luego fue a la encina y se pone desde abajo: «¡Alcaraván comí!», y le dice el alcaraván desde la barriga:
—Más fuerte, que así no se entera.
Y otra vez la zorra:
—¡Alcaraván comí!
—Más fuerte, zorrita, que mi prima es un poco sorda.
Y la zorra con todas sus fuerzas, otra vez:
—¡¡¡Alcaraván comí!!!
Y claro, abrió tanto la boca, que el alcaraván pudo salir volando y diciendo:
—¡A otro tonto, que no a mí!