Una vez era un matrimonio que no tenía hijos. Un día la mujer se puso hecha una furia y le dijo a su marido:
—¡Quisiera tener hijos, aunque al nacer se convirtieran en ranas o en culebras!
Al año de haber manifestado este deseo, dio a luz una rana y una culebrina. Ésta, en cuanto nació, se fue al mar, pero a la rana la criaron sus padres con mucho cariño.
Un día estaba la rana dando saltos por casa y le dijo su madre:
—Poca suerte tengo contigo; me ves tan apurada calentando el horno para cocer pan y no me ayudas a trabajar; ni siquiera sirves para llevar la comida a tu padre, que está en el monte sin comer.
—¿Que no sirvo para llevar la comida a mi padre? Póngala usted en una cesta y verá como la llevo.
La rana fue a llevar la comida a su padre, y tan contenta se puso, porque servía para hacer algo, que al volver del monte no cesó de cantar en todo el camino. Cantaba que era una maravilla.
Un cazador se enamoró de su voz y la fue acompañando hasta su casa. La madre de la rana creyó que el cazador iba acompañando a su hija por divertirse, y salió tras él con la pala de hornear, y dijo:
—De mi hija la rana no se burla nadie.
El cazador volvió al día siguiente a ver a la rana y entonces se hizo novio de ella. Era hijo del rey, y tenía un hermano gemelo.
El rey estaba preocupado, porque no le era fácil determinar cuál de los dos gemelos había de heredar el trono; pues, cuando nacieron, nadie se acordó de tomar nota del que había nacido en primer lugar.
El rey llamó un día a sus dos hijos y les dijo:
—Bien sabéis que me es imposible saber cuál de vosotros es el heredero del trono. Y para solucionar este conflicto, os voy a mandar que me traigáis tres cosas cada uno, en cuyo asunto han de intervenir vuestras novias. El que traiga las tres cosas mejores será mi heredero. La primera cosa que me vais a traer es un vaso como no haya otro igual en el mundo. Id a buscarlo.
El que cortejaba a la rana se dijo:
«Mi hermano es novio de la hija del platero del reino y traerá un vaso mejor que el mío; la pobre rana ¿cómo me va a ayudar en este asunto? Voy a contarle lo que me ocurre».
Cuando la rana se enteró del caso, le dijo a su novio:
—¡Aparéjame el gallo!
En cuanto lo tuvo aparejado, cabalgó sobre él, fue a la orilla del mar y dijo:
—¡Culebrina mía!
—¿Quién me llama?
—Tu hermanita la rana.
—¿Qué quieres?
—Un vaso tan hermoso que no haya otro en el mundo que le iguale; me lo pide mi novio para su padre, el rey.
—Te daré el vaso en donde beben mis gallinas.
La culebrina salió saltando por entre las olas y entregó un vaso precioso a su hermana. Ésta montó en el gallo y, a todo correr, fue a llevárselo a su novio.
—Ahora —dijo el rey a sus hijos cuando le entregaron los vasos— traedme un tapiz de seda bordado en oro.
Y fueron a buscarlo.
«Mi hermano —se dijo el novio de la rana— traerá mejor alhaja que yo, porque la hija del platero borda muy bien y su padre tiene bastante hilo de oro para bordar el tapiz. Voy a hablar de este asunto con la rana».
Se presentó a ella y le dio cuenta de las dificultades que encontraría para cumplir los deseos del rey.
—No te apures por eso. ¡Aparéjame el gallo!
En cuanto lo tuvo aparejado, cabalgó sobre él, fue a la orilla del mar y gritó:
—¡Culebrina mía!
—¿Quién me llama?
—Tu hermanita la rana.
—¿Qué quieres?
—Un tapiz de seda bordado en oro, tan hermoso que no haya en el mundo otro que le iguale; me lo pide mi novio para su padre, el rey.
—Te daré el paño de limpiar mis candiles.
Rompióse una ola y salió de ella un tapiz hermosísimo; en el centro tenía el escudo del rey. La rana se lo dio a su novio, el cual fue corriendo a entregárselo a su padre.
El rey les dijo a sus hijos:
—Os falta la última prueba. Traed al palacio a vuestras novias para ver cuál es más hermosa.
El que cortejaba a la hija del platero se puso muy contento, porque tenía la seguridad de que su novia era hermosa. Y el que cortejaba a la rana dijo para sí:
«Yo no me atrevo a presentar a mi novia en el palacio; pero yo creo que, como me sacó de dos apuros, me sacará de tres».
Y le dijo a la rana:
—La tercera cosa que me pide mi padre es que lleve a mi novia al palacio para ver si es más hermosa que la de mi hermano.
—Entonces, a mí no me querrás.
—Sí, te quiero.
—¿Para casarte conmigo?
—¡Sí!
—¡Aparéjame el gallo! Y, después que me lo aparejes, sígueme hasta la orilla del mar.
Cuando llegaron, gritó la rana:
—¡Culebrina mía!
—¿Quién me llama?
—Tu hermanita la rana.
—¿Qué quieres?
—Un coche con cuatro caballos como no haya otro igual en el mundo; lo quiero para ir con mi novio al palacio del rey, su padre; tú nos acompañarás.
En esto salieron resoplando del mar cuatro caballos blancos, aparejados con guarniciones de oro, tirando de un coche de marfil. Y en él montaron la rana y la culebrina.
El hijo del rey subió al pescante, cogió las riendas y se dirigió con el coche al palacio. Y cuando iba llegando, la rana dejó caer intencionadamente su pañuelo a la calle.
Su novio detuvo los caballos y se bajó a recogerlo; pero cuando lo fue a entregar a la rana, vio, lleno de asombro, que dentro del coche había una joven hermosísima.
—No te asustes —le dijo—; yo, al nacer, me convertí en rana por causa de una maldición de mi madre, y no podía salir de aquel estado mientras no encontrara un hombre que quisiera casarse conmigo, y tú me has vuelto a mi ser. Quiero que me pongan el nombre de María. Ahora, mi hermana se vuelve al mar.
Cuando el rey vio llegar a su palacio un coche tan hermoso y bajar de él una joven tan guapa, mandó que se reuniera la corte para que fallara sobre las tres cosas que había pedido a sus hijos.
Pero antes celebraron un banquete. Y al tiempo de sentarse todos a la mesa, a la hija del platero le dijo su novio:
—Has de hacer todo lo que haga la novia de mi hermano.
Y de cada plato que servían, María echaba una cucharada en su regazo. Y lo mismo hacía la hija del platero. Y al final del banquete, María cogió a puñados la comida que había echado en su regazo, y la tiró sobre el rey y sobre todos los convidados, convertida en flores.
La hija del platero quiso hacer lo mismo que María; y comenzó a tirar puñados de comida al rey y a las demás personas que allí había y les manchó los vestidos.
Después, el rey presentó a la corte las tres cosas que había pedido a sus hijos, y todos convinieron en que las mejores eran las que había presentado el novio de María. Por lo cual fue nombrado heredero del trono y al día siguiente se casó con ella.
Uno de los príncipes convidados a la boda dijo que quería casarse con la culebrina. Entonces fue a la orilla del mar con María, y ésta gritó:
—¡Culebrina mía!
—¿Quién me llama?
—La reina, tu hermana.
—¿Qué quieres?
—Que salgas del mar para siempre; este príncipe quiere casarse contigo.
Salió la culebrina y preguntó al príncipe:
—¿Me quieres de verdad?
—¡Sí!
—Mira que no soy más que una culebrina.
—No me importa: yo te quiero tal como eres.
—¡Gracias! Tú me sacas del estado en que me colocó una maldición de mi madre.
Y se convirtió también en una princesa muy guapa.
Y aquí se acaba el cuento, y como me lo contaron te lo cuento.