Esto quería ser una reina que tenía dos hijos. Un día los mandó llamar para decirles que ya era hora de que se buscaran una mujer. El mayor de los dos hermanos pasó por un pueblo y en una ventana vio a una mujer, que desde luego de mujer sólo tenía el nombre, pues era muy fea y con viruelas, y muy gorda, muy gorda. Sin molestarse más, va aquél y le dice que la quería. Se volvió al palacio y le dijo a su madre que ya tenía novia, pero su madre le dijo que no se la presentara hasta que pasara algún tiempo.
El hermano más chico estuvo mucho tiempo buscando mujer, sin que le agradara ninguna de las que veía. Cansado de tanto buscar, se sentó a la vera de un estanque y de pronto una ranita se le puso en la rodilla y empezó a hacer: «Cric-crac, cric-crac…» El muchacho se fijó en ella y vio que en una patita tenía clavada una astilla de madera; con mucho cuidado se la sacó, y la rana, como queriendo darle las gracias, empezó a pegar saltos, muchos saltos, y luego habló:
—Ya sé el problema que tienes —le dijo—. Que no encuentras novia.
—¿Y cómo has podido saberlo?
—Pues porque soy una rana sabia.
—¿Te quieres casar conmigo? —le preguntó el príncipe.
—Claro que sí —dijo la ranita.
Así que se fueron al palacio y el príncipe le dijo a su madre que ya tenía novia. La reina le contestó que no se la presentara todavía y llamó al hijo mayor. Cuando los tuvo a los dos delante les dijo que tenía que averiguar cuál de las dos novias era más buena para declararla «princesita real» y que tenía que ponerles unas pruebas. La primera prueba que puso la reina fue hacer unas alforjas, y la que trajera la más bonita para su gusto ésa sería la princesita real. El hermano mayor se estuvo riendo del más chico, diciéndole:
—¡Mira que traerte a una rana! Pareces tonto. En cuanto nuestra madre la vea, te desheredará y yo seré el príncipe.
Bueno, pues la novia del mayor, como era tan basta, hizo unas alforjas de guitas y trapos viejos. En cambio, la ranita hizo unas de hilos de seda y cascabeles alrededor.
—¡Son preciosas! —dijo la reina—. Muy bonitas, sí señor. Ésta gana la primera prueba. Ahora vuestras novias me tienen que regalar un perro cada una.
—A mí qué me importa —le dijo el mayor al más chico—. En cuanto nuestra madre vea que te has traído una rana, te desheredará.
Bueno, pues la fea le regaló a la reina un galgo de esos alimentados con trigo y leche, mientras la rana le mandó un perrito faldero muy simpático. Y otra vez dijo la reina que había ganado la novia del más chico.
—Ahora viene la tercera prueba, que consiste en que me mostréis a vuestras novias.
—¡Ahora te vas a enterar! —le decía el mayor a su hermano, riéndose mucho—. ¡Mira que una rana!
El pequeño se fue muy triste y le contó a la rana lo que le pasaba. Pero ésta le dijo que no se preocupara.
La mayor se montó en un caballo y se echó un pañuelo a la carota, para que no se viera lo fea que era, pero con tan mala suerte que al momento de presentarse ante la reina se fue el pañuelo volando con el viento, y a la reina nada más verla hasta le dio un flato. Ya estaban esperando a la otra novia, cuando la ranita le dice a su novio:
—Anda, clávame este alfiler en la frente.
—¡Pero qué dices! Te voy a matar si hago eso.
—Tú no seas tonto y haz lo que te digo.
Conque cogió el alfiler y se lo clavó a la ranita en la frente. Y al momento se convirtió en una princesa muy guapa. Al verla dijo la reina:
—Vosotros seréis los herederos de este reino. Y en cuanto al envidioso de tu hermano mayor, lo expulsaremos con esa novia tan fea.
Y este cuento se ha acabao, y tal como me lo contaron te lo he contao.