País Relato - Autores

antonio rodríguez almodóvar

la piedra de mármol

Pues, señor, ésta era una vez una madre que era viuda y tenía un hijo que era ya un mozangón y no tenía oficio ni beneficio.
—¡Válgame Dios, hijo! —decía la madre—. Que eres ya un hombre y no quieres aprender un oficio. ¿Por qué no te metes a sastre?
—No me gusta —respondió el hijo.
—Métete a herrero.
—No me gusta.
Y así iba la madre nombrándole oficios, pero él, que lo que quería era no trabajar y esperaba hacer fortuna de otro modo, no le cuadraba ninguno, hasta que un día tanto le dijo la madre, que decidió meterse a pintor. La madre le buscó un maestro, y como el muchacho, aunque no le gustaba trabajar, era muy habilidoso, le dio por la pintura y, cuando el maestro no lo veía, se ponía a copiar lo que pintaba el maestro y aprendió en muy poco tiempo.
Pues, señor, que un día el hijo del rey mandó llamar al maestro y, así que llegó a palacio, le dijo que había soñado con la Flor de la Hermosura y que lo llamaba para que le hiciera un retrato de ella con arreglo a las señas que le daría. Le dio las señas de lo que él había visto en sueños, y el maestro se fue a su casa tan triste, que su mujer le preguntó que qué tenía.
—¡Qué he de tener! —respondió el marido—. Que el hijo del rey ha soñado con una mujer ideal que se llama la Flor de la Hermosura y quiere que yo le haga el retrato. ¿Cómo voy yo a hacer el retrato de una mujer que no he visto?
El aprendiz, que estaba oyéndolo, le dijo:
—No se apure usted, maestro. ¿Cómo dice el hijo del rey que era esa mujer, rubia o morena?
—Rubia; de estas y estas señas.
—Pues déjelo usted de mi cuenta, que yo lo haré. Deme un costal de nueces, dos panes y una botella de vino; me encerraré en el taller y, cuando yo abra, ya estará hecho.
El maestro no quería darle las nueces, porque no creía que él pudiera hacerlo, pero su mujer le dijo que lo dejara, que después de todo nada se perdía, aunque no lo hiciera.
Por fin el maestro se convenció: le dio las nueces, el pan y el vino, y el muchacho lo recogió todo y se metió en el taller.
El maestro y la maestra, ¡qué habían de dormir!, no pegaron los ojos en toda la noche esperando a ver lo que hacía; entre tanto, el aprendiz se llevó toda la noche, ¡tras, tras!, venga a partir nueces y comer. Cuando iba llegando el día, el maestro estaba tan mosca, que dijo a su mujer:
—Éste es un tuno que se está burlando de nosotros, y lo que ha querido es atracarse de nueces y pan a costa nuestra. Estoy por pegarle una patada a la puerta y darle a él una paliza, que se acuerde de mí para toda la vida.
—Déjalo, hombre —decía la maestra—, a ver con lo que resuella. Vamos a acostarnos, que yo tengo mucho sueño.
Y se acostaron.
Pues, señor, que el muchacho, así que se atracó de nueces y pan y se bebió la botella de vino, con la cabeza caldeá, cogió los pinceles y pintó una mujer rubia, más bonita… que no sé… vamos; tan bonita como el hijo del rey pudo haberla soñado. Así que la acabó, se acostó a dormir y, cuando despertó, abrió la puerta, cogió el retrato, fue en busca del maestro y le dijo:
—Tome usted, maestro.
El maestro, que estaba desesperado y temía que trajera un mamarracho, se preparó para meterle un puntapié; al mirar el cuadro, se quedó con la boca abierta y se restregaba los ojos como si no creyera lo que estaba viendo.
—Pero, muchacho —dijo—, ¿cómo has hecho esto?
—Con las nueces y el vino; déjeme usted de preguntas y lléveselo al hijo del rey, que lo estará aguardando.
El maestro salió loco de contento y fue a palacio con el cuadro.
El hijo del rey se quedó maravillado al verlo, y le dijo:
—Ésta es la mujer que yo he soñado. Ahora es preciso que vayamos a buscarla y necesito que vengas conmigo.
Y como las órdenes del rey eran leyes, el pobre pintor se fue a su casa tan apurado, que su mujer le preguntó que qué tenía, que si no le había gustado el retrato al hijo del rey.
—¡Ojalá que no le hubiese gustado, no me vería yo en este apuro! Ahora quiere que yo vaya con él a buscar su capricho. ¿Dónde vamos a encontrar una mujer que no existe más que en su cabeza?
—Maestro —dijo el muchacho—, vaya usted y le dice que tiene usted un hijo y que quiere ir con usted, que, si me deja ir, ya veremos el medio de quedarme yo y que usted se venga.
Llegó el maestro a palacio y le dijo al hijo del rey que estaba dispuesto a ir con él en busca de la Flor de la Hermosura, pero que quería pedirle un favor. Entonces el hijo del rey le preguntó que cuál era y, si podía ser, se lo concedería.
—Señor, ha de saber su real majestad —dijo el maestro— que yo tengo un hijo y, como se ha enterado de que yo voy con su real majestad en busca de la Flor de la Hermosura, me ha dicho que quiere acompañarme y, como él es muy travieso y puede ayudarnos, yo quisiera que su real majestad le permitiese venir.
—Bueno —dijo el hijo del rey—, que venga con nosotros.
Pues, señor, que al día siguiente, de madrugada, salieron el hijo del rey, el maestro y el aprendiz, y andar, andar, pasó un día, pasó otro y, cuando llegaron al tercero, ya el maestro estaba cansado y no podía seguirlos. Entonces el muchacho le dijo al hijo del rey:
—Si quiere su real majestad, que se vaya mi padre, que está cansado, y yo seré el guía.
—¿Te atreves tú a serlo? —le dijo el príncipe.
—Sí, señor.
—Bueno, pues entonces que se vaya a casa y nosotros seguiremos nuestro camino.
Se fue el maestro a su casa y el hijo del rey y el muchacho siguieron su camino, y andar, andar, llegaron a un bosque muy espeso, y cuando ya estaban cansados, vieron una casa que estaba rodeada de muchos árboles. Entraron en la casa y no vieron a nadie, pero encontraron una mesa muy bien puesta, y como llevaban hambre se pusieron a comer, y así que acabaron buscaron dónde acostarse y encontraron una alcoba con dos camas muy limpias, con buenos colchones, que parecía que les estaban esperando. El hijo del rey quería acostarse desde luego, pero el muchacho, como no había visto a nadie, estaba desconfiado, y le dijo al príncipe:
—Aquí es necesario que mientras uno duerma otro vele, no sea que esta casa sea una cueva de ladrones y vayan a sorprendernos.
—Bueno —dijo el rey—, ¿y quién duerme primero?
—Yo dormiré hasta las once y luego usted.
Convino en ello el hijo del rey y, cuando dieron las once, despertó al muchacho.
—¿Ha visto algo su real majestad? —preguntó.
—No, no he visto nada.
—Bueno, pues acuéstese, que ahora velo yo.
Se acostó el hijo del rey y, como tenía sueño, no tardó en dormirse.
Así que dieron las doce, sintió ruido como de dos personas que entraban, y después, aunque no veía a nadie, oyó dos voces que decían:
—Adiós, Juan.
—Ve con Dios, Pedro.
—¿No sabes cómo el hijo del rey quiere casarse?
—¿Con quién?
—Con la Flor de la Hermosura.
—Eso es imposible, porque es muy difícil encontrarla.
Se callaron las voces, y el muchacho, que estaba con el oído alerta, se quedó con las ganas de saber dónde se podría encontrar la Flor de la Hermosura.
«Puede que mañana a la noche lo digan —dijo para sí—. Nos quedaremos mañana a ver».
Cuando fue de día, despertó el hijo del rey.
—¿Has oído algo, muchacho?
—No he oído nada.
—¿Nos vamos?
—No, señor, hoy nos quedamos aquí, que quiero averiguar lo que hay en esta casa.
Pasaron allí el día, comieron, bebieron y se pasearon, sin ver a ninguna persona en todo el día, cosa que les llamaba la atención. Llegó la noche, se acostó el muchacho y encargó al hijo del rey que lo despertara cuando dieran las once. El príncipe lo llamó así que dieron las once, y se acostó él. Se quedó el muchacho velando y, cuando dieron las doce, volvió a oír los pasos de la noche antes, y después oyó hablar.
—Adiós, Juan.
—Ve con Dios, Pedro.
—¿No sabes cómo el hijo del rey se ha puesto en camino para buscar la Flor de la Hermosura?
—Sí, pero es muy difícil que la encuentre, porque está de aguas allá.
—Sí, pero eso le es muy fácil pasar. Ahí está colgado «el cuerno de llaves», que en tirándolo al mar se vuelve un «puente de plata» y pasa como por su casa.
Se callaron las voces y, como el muchacho no sabía todo lo que deseaba, decidió al hijo del rey a que pasara allí el día siguiente, y así lo hicieron. Se acostó, encargando que lo llamara a las once. Luego se acostó el hijo del rey y se quedó él velando. Cuando dieron las doce sonaron los pasos, y después las voces se pusieron a hablar.
—Adiós, Juan.
—Ve con Dios, Pedro.
—¿Sabes que el hijo del rey está decidido y debe de venir muy cerca?
—Tal vez parará aquí.
—No, quizá pasará de largo.
—Pero lo que yo creo es que, aunque pueda pasar el mar, no logrará traerse la Flor de la Hermosura, porque hay guardándola un gigante y dos leones muy furiosos.
—¿Y no hay un medio para poderla coger sin que lo vean?
—Sí, si los coge dormidos y pasa la mar antes que se despierten, pero ¡ay de ellos si logran alcanzarlos!
Se callaron las voces, y así que fue de día despertó al hijo del rey y, cogiendo el cuerno de llaves, se fueron derechos al mar. Cuando llegaron, tiró al agua el cuerno de llaves, que se volvió un puente de plata y pasaron al otro lado.
Entraron en una isla y encontraron un gran palacio, en el cual vieron a un gigante con una maza muy grande y dos leones, pero los tres estaban dormidos. Entre el gigante y los leones estaba una mujer tan hermosa, que era la delicia del mundo. Así que ella los vio, les dijo:
—¿Quién los ha traído a ustedes por aquí?
—Venimos por ti.
—¡Ah! Si el gigante se despierta, desgraciados de vosotros, que os matará, y si son los leones, la migaja mayor que harían de vuestros cuerpos sería como una hormiga.
—¡Chist! Cállate y déjate llevar.
La cogieron con mucho tiento y se fueron a escape hacia el mar. A poco despierta el gigante y, al verse sin la Flor de la Hermosura, se enfureció y salió a buscarla. Miró hacia el mar y vio que se la llevaban por el puente de plata. Echó a correr y, como tenía las piernas muy largas, en dos zancadas llegó al mar en el momento en que ellos acababan de pasar y levantaban el puente. Entonces el gigante, como no podía perseguirlos, alzó el puño amenazándolos y dijo:
—Adiós, Flor Bella, he llegado tarde para cogerte, pero permita Dios que la primera noche de novios seas comida de lobos, y si esta maldición no te alcanza, que, al primer hijo que tengas, te conviertas en piedra de mármol.
Mientras el gigante rabiaba, el hijo del rey y el muchacho con la Flor de la Hermosura se pusieron en camino y fueron a dormir a la casa del bosque. Se acostó el muchacho primero, y a las once se levantó y se acostaron los otros. Cuando dieron las doce, sintió de nuevo los pasos y puso atención a lo que hablaban.
—Adiós, Juan.
—Ve con Dios, Pedro.
—¿No sabes cómo el hijo del rey se ha traído la Flor de la Hermosura?
~¿Sí?
—Sí, cogió dormidos a los guardianes y se la trajo, pero no sabe que trae consigo la maldición que les ha echado el gigante.
—¿Y qué maldición les ha echado?
—Que la primera noche de novios sea comida por lobos.
—¡Qué lástima, tan hermosa como es! ¿Y no podría librarse?
—Sí, si el día que se casen pone el rey alrededor de la ciudad un ejército de soldados para pelear con los lobos que se presenten.
Se callaron las voces y se acostó el muchacho. Cuando fue de día, salieron todos en dirección a su casa. Así que llegaron, los recibieron con repiques de campanas y fuegos, y todos quedaron enamorados de la Flor de la Hermosura, que decían que no había otra tan bonita en todo el mundo.
Pues, señor, que se casaron y el día de la boda mandó el hijo del rey que todos los soldados rodearan el pueblo; así fue que, cuando estaban todos preparados, vieron llegar una infinidad de lobos por todos lados, que venían aullando que daba horror oírlos. Los soldados empezaron a tiros hasta que los mataron a todos, y eso que parecía que no acababan nunca de tantos como venían.
Pues vamos, que se acabaron las fiestas y todo el mundo estaba loco de contento con la princesa y sobre todo el hijo del rey. Pasó el tiempo, y la Flor de la Hermosura dio a luz un niño tan hermoso, que daba gloria verlo. El padre lo cogió en seguida y se lo llevó a la reina, que se puso muy contenta al ver a su nieto. Volvió el hijo del rey a la alcoba de su mujer y se desesperó al encontrársela convertida en piedra de mármol, así que toda la alegría que tenía por su hijo se le volvió pena al ver a su mujer en aquel estado, por lo que estaba inconsolable. Mandó entonces preparar una sala para convertirla en tumba donde colocar a su mujer; la mandó adornar con lo mejor y colocó la estatua en el centro para recrearse en aquella hermosura muerta, ya que ñola podía ver viva.
Pues, señor, que el aprendiz de pintor, que se había quedado viviendo en palacio, viendo la tristeza del hijo del rey, determinó ver si era posible aliviarla, y para ello pensó en hacer un viaje a la casa del bosque a ver si la casualidad le hacía averiguar algo.
—Deme su real majestad un caballo —le dijo al príncipe.
Le dio orden de que cogiera el que quisiera, y montando en él se puso en camino; andar, andar, hasta que llegó al bosque. Entró en la casa, comió y no quiso acostarse por temor a dormirse y no oír lo que dijeran las voces si es que algo decían.
Así que dieron las doce, sintió el mismo ruido de pasos que otras veces, y al poco rato oyó las voces que decían:
—Adiós, Juan.
—Ve con Dios, Pedro.
—¿No sabes lo que pasa?
—¿Qué es?
—Que, aunque el hijo del rey venció a los lobos con los soldados la noche de su casamiento, no ha podido librarse de la segunda maldición que le echó el gigante a la Flor de la Hermosura.
—¿Cuál fue?
—Que al primer hijo que tuviera se convirtiese en mármol.
—¿Y qué ha pasado?
—Que la Flor de la Hermosura ha tenido un niño muy hermoso, pero ella se ha convertido en piedra de mármol.
—¡Qué lástima! ¿Y no sería posible que volviese a la vida?
—Sí, hay un medio, pero es muy triste, porque, para dar vida a la madre, tiene que morir el hijo. —¿Cómo es eso?
—Si matan al niño y echan la sangre en una redoma, en frotando con esta sangre las venas de la madre, vuelve a la vida.
Dejaron de hablar las voces, y el pintor, que no podía dormir, estaba deseando que fuese de día para ponerse en camino. Por fin amaneció, cogió el caballo y no paró hasta que llegó al palacio. Cuando llegó, le dijo al príncipe lo que había que hacer para que la Flor de la Hermosura volviese a la vida. La reina se opuso, porque no quería que mataran a su nieto y porque decía que se iban a quedar sin uno y sin otro.
El hijo del rey tenía confianza en el pintor y creía en que su mujer recobraría la vida, pero, como quería mucho a su hijo, tampoco quería que lo mataran; mas, viendo que era el único remedio, dijo que era preciso hacer el sacrificio, porque en todo caso antes que el hijo era la madre.
Conque entonces mataron al pobrecito niño, recogieron la sangre en una redoma y fueron frotando con ella todas las venas de la piedra de mármol. Conforme las iban frotando iban tomando movimiento, hasta que concluyeron y la Flor de la Hermosura volvió a la vida con gran contento de todo el mundo que la conocía.
El hijo del rey, que había sentido mucho a su hijo, al ver viva a su mujer, poco a poco se fue olvidando de aquello; luego tuvieron nuevos hijos y vivieron felices muchos años, y el pintor no volvió a agarrar los pinceles y se murió de viejo en palacio.
Y se acabó mi cuento con pan y rábano tuerto.